Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 32
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Capítulo 32

El martes, Lucía me había citado en Vetusta a las once con un mensaje que decía: «Reunión de coordinación reputacional. Es importante que asistas».

Coordinación reputacional era una manera fina de decir que alguien estaba tratando de prender fuego a nuestra imagen pública y varias personas con estudios de Derecho iban a debatir si convenía apagarla o aprovechar la luz para grabar contenido.

Llegué quince minutos antes porque mi ansiedad era puntual, organizada y bastante más profesional que yo en temas legales.

El vestíbulo de Vetusta estaba un poco más silencioso de lo normal.

Dos personas de recepción dejaron de hablar cuando me reconocieron y fingieron revisar una pantalla.

Una chica del equipo de redes me sonrió con tanta lástima que tuve ganas de preguntarle si había muerto alguien más mientras venía en el metro, porque coger el coche en Madrid era demencial.

Pulsé el botón del ascensor y me miré en el reflejo de las puertas: pantalón negro, blusa color vino, pelo suelto, labios pintados a juego y la runa de la muñeca izquierda oculta bajo una pulsera ancha. Parecía una escritora adulta que sabía perfectamente lo que hacía.

Qué belleza de ficción.

Las puertas se abrieron y, como si se tratara de una invocación, apareció el hombre de mis sueños. Literal.

Samael Vane estaba dentro.

Solo.

Traje negro, camisa negra y la ausencia de expresión de un hombre que había pasado el fin de semana en dependencias policiales. Lo primero que hizo mi cuerpo fue recordar el sábado.

La silla. Sus órdenes. Las rodillas abiertas. Su voz. El calor extendiéndose por lugares que no deberían activarse en un ascensor de empresa a las once de la mañana después de que el susodicho casi me provocara un orgasmo que Javier interrumpió.

«Coño de la madre».

Entré porque quedarme fuera habría sido una declaración y todavía no sabía de qué clase.

—Aimara.

Pronunció mi nombre con la familiaridad de una cita acordada, en lugar de coincidir allí por culpa de abogados, asesinatos y una campaña de marketing que había decidido llamarlo mi muso.

—Samael.

Las puertas se cerraron.

Pulsó la planta de dirección. Ya estaba marcada. Solo había una planta por debajo, la del aparcamiento, aunque me hizo dudar de si ese hombre salía del mismísimo infierno; ese físico no era normal.

—Veo que sobreviviste —solté en lugar de hablar del tiempo.

—¿A la detención o a tu ex?

—A la combinación. Nunca subestimes el daño que pueden hacer una placa y un ego herido en el mismo metro cuadrado.

La comisura de su boca se movió.

¿Debería estar preocupada por estar encerrada con un hombre detenido por posible homicidio?

Seguramente.

¿Lo hacía?

No. O sí, aunque no por ese motivo; más bien me inquietaba la integridad de mi ropa interior.

Era preocupante que, después de pasar casi dos días detenido, siguiera pareciendo el hombre más tranquilo de Madrid. Yo había pasado una noche en urgencias por una gastroenteritis y salí con el cabello de una señora que acababa de atravesar un túnel de lavado.

—¿Estás bien? —pregunté.

La frase salió con menos ironía de la prevista.

Samael me miró de verdad. Tenía esa costumbre peligrosa. No te echaba un vistazo: se detenía.

—Sí.

—¿Te hicieron algo?

—Preguntas repetitivas, café mediocre y una cama diseñada por alguien contrario a la columna vertebral y a los hombres altos. He soportado cosas peores.

—Claro. Yo también empiezo casi todos los fines de semana detenida por presunto asesinato. Ayuda a mantener los poros cerrados.

—¿Tú no dormiste bien? —Estrechó la mirada.

«Digamos que llevo varias noches sin soñar contigo y no, no me gusta no hacerlo».

Madre mía, estaba peor de lo que pensaba.

—¿Eso también lo enseñas en los retiros? ¿Cómo detectar ojeras debajo de una capa generosa de corrector?

—No. Es solo que te veo un poco estresada. Suele pasar cuando no concluyo una liberación: el exceso de energía se queda atrapado en el cuerpo y, si no lo sacas…

¿Era yo o se había aproximado más de la cuenta? Mis pezones ya estaban reaccionando y el pulso se me había disparado.

El ascensor siguió subiendo.

Mi boca abrió la puerta antes de que el cerebro pudiera poner el pestillo.

—¿Qué ocurre? —pregunté al notar la proximidad.

—Dímelo tú: ¿qué te ocurre…?

«Que te deseo, que necesito correrme porque me dejaste con las ganas por culpa del imbécil de Javier».

«¡No te olvides de la muerta!», me flagelé.

¡Dios, mi útero estaba haciendo de las suyas!

—Tú eres el experto.

Traté de tragar, lo cual fue imposible cuando se acercó un poco más, sin llegar a rozarme, hasta quedarse a unos cincuenta centímetros de mí. Apoyé la espalda contra el lateral. No debería estar deseando que los recortara y que presionara su mano contra mí…

—Eso es exactamente lo que me preocupa.

Sus ojos se oscurecieron apenas. Yo me humedecí los labios.

Silencio.

No llevaba bien los silencios. Los llenaba. Con palabras, preguntas, chistes, confesiones que luego me perseguían durante años antes de dormir.

—¿Estuviste con Mara esa noche?

No pareció sorprendido ante la pregunta.

—Sí.

¿Por qué narices estaba tan excitada? ¿Sería la resaca postimposición de manos? ¿La energía acumulada?

—¿En su habitación?

—Sí.

«¿Por qué narices no te asustas?».

—Vosotros…

Me costaba darle voz a mi temor.

—Hablamos. Ella necesitaba contarme lo que la había bloqueado durante la experiencia. No puedo contártelo; aunque ella ya no esté, debo respetar su voluntad. No puedo convertir su intimidad en propiedad pública.

—Lo entiendo…

¿Lo entendía?

Sí, solo que me habría gustado saber qué había sucedido.

—Pregúntamelo si es lo que deseas.

Me callé. Porque sí tenía dos preguntas y las dos podrían ofenderlo.

—Estaba viva cuando me marché. Mara solo quería desahogarse y darme las gracias porque ahora se veía capaz de empezar algo con la persona que estaba conociendo —añadió—. Me acompañó a la puerta. No vi nada que me hiciera pensar que corría peligro.

—No la mataste.

Simplemente constaté algo que sentía.

—No.

Lo dijo sin ofensa, sin teatro y sin preguntarme si había dudado o barajado la posibilidad.

—No puedo creer que lo hicieras. Y me jode no saber por qué.

—¿Te fías de tu intuición?

—No me corrijas mis propias certezas.

—No son certezas; eso se llama fe.

La respuesta me arrechó porque también tenía razón.

—Me gusta que la tengas en mí, Aimara.

Movió la mano solo para pasar el pulgar por el lateral de mi mejilla.

Todo mi cuerpo reaccionó ante el contacto. Me estremecí de cabeza a pies. Tuve suerte de poder tragarme el jadeo porque habría sido demasiado horrible gemir solo por eso.

Notaba mis senos pesados y la necesidad agolpándose en el centro de mi anatomía. Reclamándolo a él.

Empezaba a ser una costumbre desagradable.

El indicador marcó la sexta planta.

Me acordé de la palabra antes de perder la oportunidad.

— Bēlatî .

Samael se quedó quieto. Después alargó la mano hacia el panel y pulsó el botón de parada. El ascensor se detuvo entre plantas.

No me importó. De hecho, lo necesitaba.

—Lo dijiste en el retiro. ¿Qué significa?

—Mi señora —pronunció con voz ronca.

Había buscado la palabra el domingo. En tres alfabetos distintos, dos foros de lenguas antiguas y una página que intentó venderme un amuleto contra el mal de ojo por treinta y nueve euros. Quería oírselo pronunciar de nuevo a él.

—¿Por qué me llamaste así?

—Porque es la palabra que me viene a la boca cuando estás cerca de mí.

«A mí me vienen muchas palabras a la boca y no por eso las suelto delante de treinta mujeres cuando estoy a punto de…».

Callé mi mente.

Él esperó.

—¿De qué estabas a punto?

—¿Cómo?

¿Había hablado en voz alta?

«Sabes perfectamente de qué estaba a punto», quise responder.

—He dicho que qué estabas a punto de decir.

Ya sufría alucinaciones.

—¿Llamas así a todas?

—No.

—¿A cuántas?

—A ninguna. Solo a ti.

Tenía ganas de saltarle al cuello, comerle la boca y frotarme contra él mientras me estampaba contra la pared con su cuerpo enorme.

¡Madre mía, necesitaba un polvo de emergencia! Las chicas tenían razón cuando dijeron que yo era la más necesitada.

Una voz surgió del interfono y recordé que podían vernos por la cámara.

—Buenos días. ¿Todo bien? Hemos detectado una parada de emergencia.

Me puse nerviosa.

—Sí, sí. Lo… lo siento. Le he dado sin querer.

—Perfecto, no se preocupe. Entonces rearmamos el ascensor para que continúe.

El tirón al reanudarse me hizo contener la respiración. Segundos después, volvió a detenerse.

Las puertas se abrieron y Samael no se distanció, aunque mantenía la mano pegada al lateral del pantalón en lugar de sobre mi cara.

Lucía nos esperaba al otro lado junto a Beatriz y un hombre de traje gris que intuí que era el abogado de Samael. Los tres nos miraron con el interés discreto de quienes habían llegado a una reunión reputacional y encontraban a los protagonistas encerrados juntos en una caja de metal.

Samael tuvo cero sobresaltos y extendió la mano para que saliera primero.

Yo quería fundirme en la pared o contra la pared y, a ser posible, con él.

—Cuando no tengamos público.

Aquello fue lo último que escuché, susurrado en mi oído y lanzado adrede para impactar contra mi maldito útero.

¡Boom!

Justo lo que necesitaba escuchar antes de sentarme frente a cuatro personas dispuestas a hablar de mi carrera, mi muso y los asesinatos como si fuera una campaña con fecha de entrega.

La reunión se celebró en la sala grande, la de la mesa demasiado larga y las sillas que convertían cualquier conversación en una negociación de paz.

Beatriz abrió una carpeta.

—La situación es delicada.

—Gracias. Pensé que nos habían reunido para anunciar una gira por todo el país.

Lucía me miró por encima de sus gafas.

—Perdón, estoy nerviosa por todo lo que está sucediendo.

—Y es normal —dijo la directora editorial mientras asentía.

El abogado de Samael juntó las manos.

—El señor Vane ha quedado en libertad sin cargos. Conviene que eso figure en cualquier comunicación por parte de la editorial; sería importante tanto para ustedes como para mi cliente.