Capítulo 31
Salir de tomar café con una podcaster de true crime y pensar que había ido bastante bien debía de contar como una señal de alarma.
Sue García Tuá tenía esa voz capaz de hablarte de un cadáver mientras te arropaba con una manta.
En persona resultaba todavía peor: era cercana, tenía un humor cínico y te miraba con una atención que volvía imprescindible todo lo que decías.
Una técnica peligrosísima con alguien como yo, que empezaba contestando «sí» y podía terminar explicando por qué una vez fingí una intoxicación alimentaria para no acudir a una cena de empresa.
Habíamos quedado en una cafetería pequeña, lejos del centro y con tan poca gente que hasta el camarero parecía sorprendido de tener clientes. Sue pidió otro café. Yo seguía con el primero, ya frío, porque hablar de asesinatos me quitaba el sueño, pero no la costumbre de tener una taza delante.
—No busco que me cuentes nada que pueda perjudicar a la editorial o a vuestro trabajo —me aseguró—. Solo intento separar los hechos del circo.
—Buena suerte. El circo lleva aro de luz, código de descuento y un equipo de marketing preparando el carrusel.
Sonrió. Me cayó bien.
Habíamos hablado de sus episodios, de los testimonios que le llegaban y de la facilidad con la que internet convertía una muerte en entretenimiento antes de que la familia tuviera tiempo de asumirla. Después empezó a preguntarme por el retiro.
Yo había ido preparada para no contarle nada que las cuatro no hubiéramos hablado antes.
La preparación me duró aproximadamente siete minutos.
—Mara estaba allí —admití—. La vimos durante una de las sesiones.
—¿Hablasteis con ella?
—No. Bueno, la reconocí de redes y ella se acercó a Aimara en modo fan-lectora, pero no éramos amigas ni nada parecido.
—Llevaba una tarjeta VIP del evento de Vetusta.
No era una pregunta. Ese dato ya había aparecido en su pódcast .
—Sí. Aimara la vio dentro de la funda del móvil.
Sue removió el café.
—Pero Nina no recordaba haberla acreditado y cree que su nombre no estaba en los listados.
La miré buscando algo a lo que agarrarme.
—Intento saber si después averiguasteis algo más. A veces se queda información que no somos capaces de reconocer a simple vista.
—No. Nina cree que la tarjeta podía haberla adquirido en reventa, pero solo es una hipótesis. Había doscientos pases, un baile de máscaras, gente entrando, saliendo y perdiendo la mesura junto al guardarropa. Todavía no sabemos de quién era ni cómo terminó en manos de Mara.
Aquello era todo.
No sabía si la tarjeta se había perdido, vendido o materializado en la funda por intervención del santo patrón de las acreditaciones mal gestionadas.
Tampoco sabía qué estaba haciendo Nina para averiguarlo.
La conocía lo suficiente para suponer que no pararía hasta dar con la clave, aterrorizando a empleados con preguntas formuladas en tres idiomas.
—¿Visteis a Mara con Samael fuera de las sesiones? —preguntó Sue.
—Yo no.
—Pero la policía lo detuvo allí.
—Sí. Delante de todas. Muy discreto. Nada llama menos la atención que dos agentes entrando cuando una escritora famosa está a punto de tener un orgasmo espiritual en mitad de una sala.
Sue sonrió, aunque no tanto como antes.
—¿Crees que Vane la mató?
—Creo que un hombre capaz de cobrar lo que cobra por respirar delante de una sala llena de mujeres debería ser investigado por delitos fiscales. Lo demás no lo sé. Tampoco lo conozco tanto.
Era la verdad.
No sabía qué había ocurrido entre Mara y Samael. Solo que Aimara seguía defendiendo al hombre sobre el que llevaba años escribiendo sin conocerlo y que yo había visto cómo Samael la miraba mientras se lo llevaban esposado.
No era una mirada de gurú preocupado por su campaña de imagen.
Pero tampoco podía presentarle mis sensaciones a una podcaster como pruebas. Bastante daño había hecho ya internet convirtiendo intuiciones en sentencias con música de suspense.
Sue hizo algunas preguntas más. Respondí poco, lo que para mí era prácticamente ingresar en una orden de silencio monástica.
Cuando salimos, me abrazó.
—Gracias por confiar en mí, Sandrita.
Me quedé quieta.
Muy poca gente me llamaba así: mis amigas cuando querían pedirme algo, mi hermano para tocarme los ovarios y mi madre antes de que la voz empezara a fallarle.
Sue ya se alejaba cuando reaccioné.
Decidí que necesitaba andar y Lluna siempre necesitaba mear, así que regresé al ático, la saqué y dimos una vuelta más larga de lo habitual. Ella olió cuatro árboles, intentó ligar con un pastor alemán castrado y se comió algo del suelo que preferí no identificar.
Cuando volvimos, ya me había convencido de que Sue sabría sacar tajada de lo poco que le había ofrecido y convertirlo en algo interesante para sus oyentes.
Esa paz mental duró lo que tardé en abrir la puerta.
Había una mujer sentada en uno de los sillones del salón.
No una mujer normal.
Una aparición.
La doble de la reina de los dragones después de despedir al estilista de la serie y contratar a una asesora de villanas de Marvel.
Alta incluso sentada, pelo rubio nórdico, piel de porcelana cara y un traje claro que parecía cosido sobre su cuerpo por elfos mágicos con un convenio laboral excelente.
Grité.
No fue un grito elegante. Fue un «¡AH!» de señora que encuentra una cucaracha con derechos en su cocina.
La mujer arqueó las cejas muy despacio.
Lluna ladró.
—¿Quién cojones eres tú? Porque pinta de okupa no tienes —solté.
La diplomacia siempre había sido mi don secreto.
La desconocida se puso en pie. Era todavía más alta de lo que parecía y me miró como si yo fuera un desconchón en una pared recién pintada.
—¿Sandra Ruiz?
Eso no ayudó.
Mi cerebro abrió veinte pestañas: ladrona de lujo, agente secreta, extraterrestre nórdica enviada para estudiar por qué los humanos comprábamos velas con olor a vagina.
—Depende. ¿Vienes a matarla?
Lluna volvió a ladrar.
La mujer bajó la mirada hacia ella con una expresión de disgusto que habría congelado la lava de un volcán.
—Haz que se calle.
—Es su forma de pedirte que expliques por qué estás sentada en una casa que no es tuya.
—Esta casa pertenece a Ciarán Ashveil.
—Sí, gracias. Me había enterado cuando acepté entregar un riñón mensual en concepto de alquiler.
La mujer observó el salón: una manta doblada sobre el sofá, dos libros míos encima de la mesa, el juguete mordido de Lluna junto a una pata del sillón.
Parecía estar documentando daños para el seguro.
—Ha permitido demasiados cambios.
—También hemos puesto plantas. Espero que no afecte al valor del inmueble.
Lluna ladró de nuevo y tiró de la correa. Yo no esperaba el movimiento, así que se me escapó de los dedos.
Corrió hacia la desconocida.
—¡Lluna, no!
¿Para qué hacerme caso frente a la Santa Inquisición Perruna?
La mujer levantó una mano. Todo ocurrió demasiado rápido.
Lluna saltó. Ella la empujó. No fue apartarla. Fue un golpe seco y brutal contra el hocico. Lluna salió despedida, chocó contra el borde de la mesa y cayó mal sobre una pata.
El gemido me rajó por dentro.
—¡¿Pero qué coño haces, anormal?!
Corrí hacia ella. Lluna intentó levantarse y la pata delantera le falló. Se pegó a mí, asustada, mientras yo le acariciaba el cuello y buscaba sangre entre el pelo.
—Ya está, mi niña. Ya está. No te muevas.
La mujer se miró la manga.
Su traje tenía una mancha de baba.
—Ese animal me ha atacado.
—Has lanzado a mi perra contra una mesa.
—La he apartado antes de que me mordiera. Deberías aprender a controlarla.
Ahí se acabó la Sandra educada.
Ni siquiera me planteé cómo esa mujer podía tener tanta fuerza. Había oído hablar de las maravillas del pilates y del CrossFit, pero eso ya era pasarse.
Acababa de lanzar a mi perra como si tuviera un escudo de fuerza.
—Y tú deberías aprender a no entrar en casas ajenas vestida como la hija secreta de Legolas y de una abogada de delitos fiscales.
Sus ojos se estrecharon.
—Esta no es tu casa.
El golpe entró limpio porque era verdad.
—Ahora mismo vivo aquí. Tú te has colado, has hecho daño a Lluna y sigues más preocupada por una manga que por si le has roto una pata. O me explicas quién eres o llamo a la policía.
—¿Crees que me importa? No sabes quién soy.
—No, pero tengo varias teorías y en todas acabas invadiendo la Tierra desde una nave minimalista.
La mujer miró a mi perra con rechazo.
—Un animal así no debería estar en este piso.
—Un animal así tiene más humanidad que tú y no llevamos ni cinco minutos de conversación.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué explica?
Me observó de arriba abajo.
Yo llevaba leggings con pelos de perro, una sudadera de Aimara que ponía «Las villanas también lloran» y el moño torcido de quien había pasado la mañana hablando de muertas. Ella parecía salida de una campaña llamada Superioridad Hereditaria.
—La falta de criterio de Ciarán.
El nombre me dejó quieta.
—Ruido. Pelo en los tejidos. Olor a comida. —Arrugó la nariz—. Objetos fuera de su lugar… Nunca habría permitido algo así de no ser…
Calló.
—Sí, qué asco. Una casa con gente viviendo dentro. Llama a la UCO.
Lluna gimió.
Me agaché para comprobarle la pata y la rabia me subió hasta la garganta.
—Te juro que, si le has roto algo, te voy a meter ese traje por un lugar donde no va a necesitar tintorería.
La puerta se abrió.
Ciarán entró con el abrigo sobre un brazo y se detuvo. Su mirada pasó por la mujer, por mí y cayó sobre Lluna.
—¿Qué demonios está ocurriendo aquí?
Mi perra levantó la cabeza e intentó ir hacia él. Dio dos pasos cojeando.
Ciarán dejó el abrigo sobre una silla y se agachó.
—¿Qué le ha pasado a Lluna?
No miró a la mujer. Me miró a mí mientras acariciaba a Lluna detrás de las orejas. Ella se pegó a él con un gemido y Ciarán le pasó una mano por el lomo, después por la pata, con un cuidado que no encajaba con esas manos enormes.
—La ha lanzado contra la mesa y no ha querido decirme quién es —dije a modo de explicación.
—Ese animal me ha atacado —replicó la desconocida—. Solo lo he apartado para que no me mordiera. Deberías preocuparte por mí en lugar de por ese saco de pulgas.
Ciarán levantó la vista. No parecía enfadado, sino más bien molesto. Se le vació la cara y la habitación perdió varios grados.
—No deberías estar aquí, Elowen.
La mujer dio un paso hacia él.
—¡Soy tu prometida!
El mundo hizo un ruido parecido al de una copa rompiéndose, aunque probablemente solo fuera mi cerebro.
—¿Tu qué?
Creo que lo dije en voz alta porque, hasta donde yo sabía, era gay. Por eso me había paseado en bragas y sin sujetador, dejando mis limones libres en el interior de camisetas demasiado anchas.
—Elowen —volvió a pronunciar Ciarán con tono de advertencia.
—E-espera… Acaba de decir que es tu prometida. Es en plan… ¿prometida de boda? ¿De casaros? ¿Con ceremonia, anillos y gente fingiendo que le gusta el menú?
Él me miró.
—Sí.
Recordé las persianas bajadas del despacho, las solapas arrugadas de Darian, mis teorías y todas las conversaciones de los directos que había mantenido delante de él y que incluían penes, esperma y testículos.
Todo frente de un hombre que tenía una prometida salida de una secuela carísima de Frozen .
Quise morir.
Después quise matar a Nina.
Luego recordé que Lluna cojeaba y prioricé, que de vez en cuando me ocurría.
—¿Y por qué está tu prometida en casa sin que tú estés? Podrías haberme dicho que tiene llaves.
Elowen respondió antes que él.
—Él no necesita darte explicaciones sobre su propiedad. Y yo necesitaba verlo.
Ciarán la miró con una frialdad incómoda.
—No deberías haber venido sin acompañante. Conoces las normas.
Ah. Genial. Era heterosexual, prometido y miembro de una religión aristocrática de castidad donde probablemente apedreaban a la gente por enseñar un tobillo.
Yo había hablado de psoriasis mientras mis ojos volaban hacia su rabo.
Maravilloso.
—No he venido para estar a solas contigo —dijo Elowen—. Y me has malinterpretado: no he dicho «verte». Necesitaba verla a ella y entender.
Cabeceó hacia mí.
—¿Entender qué?
Me dedicó una mirada lenta, diseñada para encontrar todos mis defectos y ordenarlos por tamaño.
—Por qué querrías algo así dentro de tu casa. Ahora que la he visto, lo entiendo todavía menos.
Abrí la boca. La cerré. Volví a abrirla.
Me acababa de insultar en toda la jeta. Ojalá tuviera la mala hostia de Nina para responder.
Ciarán se incorporó.
—No vuelvas a hablarle así a Sandra.
No dijo «a mi inquilina».
Dijo mi nombre.
Elowen recibió sus palabras con la violencia de una bofetada.
—¿Yo? Esa mujer permite que un animal me ataque, me amenaza en tu propia casa y tú me lanzas reproches.
—Te reprocho que hayas entrado sin permiso, que hayas maltratado a Lluna y que insultes a Sandra.
—¡Soy tu prometida!
—Eso no te concede derecho a entrar cuando no estoy.
Elowen palideció aún más.
Mi corazón dio un pequeño salto traidor. Lo agarré mentalmente por el cuello.
No era el momento.
Mi perra estaba herida, había una Barbie extraterrestre marcando territorio y acababa de enterarme de que mi casero tenía prometida. Que estuviera guapísimo enfadado era una desgracia secundaria.
Lluna gimió.
Ciarán se agachó, pasó un brazo bajo su pecho y otro bajo la parte trasera de su cuerpo.
Luego la levantó.
A mis casi setenta kilos de mastín.
Sin esfuerzo. Sin resoplar. La sostuvo contra el pecho como si pesara lo mismo que un bolso grande.
¿Qué hacía aquel hombre en su tiempo libre? ¿Levantamiento de caballos?
Lluna le lamió la cara.
Ciarán ni siquiera se apartó. Después de aquello, yo también quería lamerle la cara.
Mi perra cojeaba y yo quería lamer al casero.
Prioridades, Sandra. Prioridades.
—Vamos, Sandra —murmuró—. Hay que llevarla al veterinario.
Cogí la correa y el bolso. Ciarán caminó hacia la puerta con Lluna en brazos.
—Ciarán, no puedes marcharte con ella y dejarme aquí.
Él se detuvo y miró a Elowen por encima del hombro.
—No debería haberte encontrado aquí. Y tú ya te ibas.
—Tu padre…
—Mi padre no va a saber nada de este incidente y el tuyo menos. Cuando tenga tiempo, me pasaré a verte y ya hablaremos. Haz lo que debes.
Mi niña interior tuvo ganas de sacarle la lengua.
La adulta se limitó a mirarla, sonreír y pronunciar para sus adentros:
«Hasta la vista, baby ».