Capítulo 30
La editorial vacía resultaba más soportable que llena.
Sin teléfonos, impresoras ni humanos preguntando si una crisis reputacional podía resolverse con un comunicado «más cálido», Vetusta parecía casi un lugar digno.
Casi.
Había esperado a que se marchara el último trabajador.
Por la mañana, Nina convirtió mi orden en desacato, apareció, se fue directa a uno de los despachos y yo envié a Darian para que revisara si se trataba de adicción al trabajo u otra cosa más seria.
Estuvieron más que un buen rato ahí dentro y al final salieron juntos, con el paso rígido de quienes acababan de descubrir algo que preferían ordenar antes de afirmarlo. Los perseguí con la mirada hasta que las puertas del ascensor se cerraron.
Tenía una reunión con él y Vane. Por su bien, esperaba que el vampiro no llegara tarde.
No pregunté. Confié en el proceso, que en mí era todo un logro.
Los vampiros protegían sus debilidades como si fueran primeras ediciones: lejos de la luz y de las manos ajenas.
El hierro de la estructura seguía hundiéndome una presión constante detrás de los ojos.
Samael estaba sentado sobre mi mesa, dueño del despacho desde antes de que levantaran el edificio.
Probablemente pensaba que así era.
No había abierto la boca, salvo por un saludo leve al llegar, después de que el abogado del Consejo consiguiera liberarlo tras la detención del fin de semana.
Yo permanecía de pie junto al ventanal, con las manos en los bolsillos, aguardando a Blake, quien entró sin llamar con la expresión de quien había aceptado asistir porque la alternativa implicaba cadáveres, no porque apreciara nuestra compañía.
Éramos tres criaturas antiguas, peligrosas y con una tolerancia limitada hacia las otras.
Bueno, más bien era un dos contra uno, aunque me importaba entre poco y nada.
Una base excelente para trabajar en equipo.
—Llegas tarde —murmuré.
Darian ni siquiera consultó el reloj.
—Treinta y ocho segundos.
—Para un fae , eso ya cuenta como decadencia institucional —comentó Samael—. No obstante, y sin que sirva de precedente, tiene razón: llegas tarde.
—Deberías entender la gravedad de presentarse cuando a uno le da la gana —le reproché.
—Cuéntaselo al tráfico de Madrid. No tengo la habilidad de teletransportarme.
Darian cerró la puerta.
—Podrías haber salido treinta y ocho segundos antes —señaló Samael.
—Admite que me has echado de menos.
—Ni tu ausencia consiguió mejorarme el fin de semana.
Samael ladeó la cabeza.
—Eso ha sonado casi afectuoso.
—No te acostumbres.
Se entendían mejor de lo que ambos admitirían. No eran amigos. Compartían algo más eficaz: siglos de desconfianza hacia los de mi especie.
—Me alegra que hayáis encontrado una afición común —dije—. Podríais fundar un club.
—Ya existe —respondió Samael—. Se llama historia sobrenatural sin aberraciones.
Darian ocupó una de las sillas.
—La cuota de acceso es haber sobrevivido a una decisión fae .
Activé el sello del despacho. Las líneas de la madera se encendieron y el ruido del edificio desapareció.
—Ahora que habéis terminado vuestro ejercicio de fraternidad basada en el resentimiento, podemos ocuparnos de las dos mujeres muertas.
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Bruna ha cruzado los análisis.
Samael bajó de mi escritorio.
—El laboratorio humano solo ha identificado una formulación artesanal. Bruna ha visto una estructura común.
Abrió la carpeta sin tocarla. Las hojas se deslizaron solas.
Odiaba cuando hacía eso en mi despacho.
—La sustancia del vino de Sofía y la encontrada en la sangre de Mara comparten tres extractos vegetales, un fijador mineral y un enlace ritual que los humanos no han reconocido.
Darian ya leía.
—No es la misma mezcla.
—Qué rapidez —dijo Samael—. Me habría ahorrado dos horas con una bruja de mal humor.
—Todas las brujas están de mal humor cuando apareces tú.
Darian empujó una hoja hacia mí.
—La base coincide. Las proporciones, no. En el vino, el fijador está preparado para adherirse a un metabolismo vampírico. En Mara, el vegetal se triplica y el mineral cambia de función. No repitieron una receta. La adaptaron.
—¿A qué? —pregunté.
—Al efecto que necesitaban —concluyó Samael.
Blake señaló el primer informe.
—Esto debilitó mi control del hambre y alteró la fijación de recuerdos sin dejarme inconsciente. Amplificó una respuesta instintiva sin que pareciera intoxicado.
—Te convirtió en el colmillo perfecto —se sumó el demonio.
La mandíbula de Darian se endureció. Y yo los dejé hablar sin interrumpir.
—Utilizó lo que soy.
—Una distinción importante.
—Para cualquiera que prefiera no ser reducido a herramienta.
Samael sostuvo su mirada. Algo parecido al respeto pasó entre ambos y murió antes de resultar incómodo.
Vane tocó el segundo análisis.
—La mezcla de Mara reducía la respuesta motora, ralentizaba el pulso y mantenía la conciencia en intervalos. Quien la preparó quería que no pudiera defenderse, pero sí supiera qué ocurría.
La oscuridad a su alrededor pareció espesarse.
—Las ataduras no eran decorado.
—Probablemente lo hicieron cuando la sustancia ya había hecho efecto. No necesitaban fuerza, solo tiempo.
—Y conocimiento —añadí—. Una bruja podría preparar algo así.
Samael soltó una risa sin humor.
—Una bruja puede conseguir que un concejal se enamore de una farola. Eso no significa que sepa alterar el hambre de un vampiro sin detenerle el corazón.
—La fórmula exige datos concretos —afirmó Darian—. Cuánto soporta un vampiro adulto. Qué concentración altera la memoria sin provocar apnea. Qué combinación inmoviliza a una humana expuesta a energía demoníaca sin dejar un rastro ritual.
Samael se inclinó hacia delante.
—Mara no estaba expuesta a energía demoníaca de forma permanente.
—Estuvo cuarenta y tres minutos contigo.
—Hablando.
—Tu presencia modifica el entorno aunque recites la guía telefónica.
—Nunca he necesitado la guía telefónica.
—Se nota. Te habría enseñado a buscar ayuda profesional.
—Basta —espeté.
Callaron.
—Ese nivel de información no circula entre especies —señalé—. Cada linaje guarda sus propios registros.
—Exacto —respondió Darian—. Los vampiros conocemos nuestra fisiología. Los demonios convierten la suya en mitología. Las manadas esconden sus debilidades en la sangre. Pero alguien reunió todo eso en un mismo lugar.
Samael giró la cabeza hacia mí.
—Los fae .
No fue una acusación; más bien, una conclusión.
—Mide tus palabras.
—Llevo milenios haciéndolo. Por eso suelen doler.
Darian no apartó la vista del informe.
—Los altos fae estudiaron a las demás especies después de la Primera Fractura. Capacidades, venenos, ciclos, formas de neutralización.
—Para preservar el equilibrio —aclaré.
—Qué expresión tan bonita para «aprender a someternos» —rió Samael.
Me acerqué al ventanal. Madrid brillaba abajo, convencida de que la altura otorgaba perspectiva.
No siempre lo hacía.
Mi mente se puso a trabajar por libre.
Había un libro.
Uno de los textos que los nuestros llamaban sagrados porque «clasificado» resultaba demasiado humano y «peligroso» demasiado honesto.
—El Libro de las Primeras Formas —pronuncié en voz alta.
Ninguno habló.
Lo había visto una sola vez. Seis guardianes armados custodiaban un volumen encuadernado en piel blanca.
Mi padre me obligó a mantener las manos a la espalda mientras pasaban páginas con ilustraciones de corazones vampíricos, glándulas licántropas, nombres demoníacos reducidos a diagramas y anotaciones sobre el punto exacto donde una criatura dejaba de ser invulnerable.
Lo llamaban conocimiento médico.
Nadie rodeaba una cura con tantas espadas.
—Recoge fisiología, incompatibilidades y sustancias capaces de alterar dones o bloquear transformaciones.
—Una manera elegante de catalogar a los «derivados» —observó Darian.
—La mayoría de las copias fueron destruidas. El original no puede salir de su cámara.
—¿Quién lo custodia? —preguntó.
Caedmon alzando una copa. Elowen hablando de cadáveres capaces de aclarar las cosas.
—La Corte Oscura.
Samael silbó.
—Tu futura familia política mejora por momentos.
—Eso no demuestra nada.
—No —concedió Darian—, pero explica de dónde pudo salir el conocimiento.
—El acceso está restringido a los custodios principales.
—¿Tu futura mujer? —pinchó Samael.
—Su padre.
—Tal vez el heredero también, ¿no crees? —añadió Darian.
Lo miré.
—No tengo constancia de que Caedmon tenga acceso, si es lo que preguntas.
—Ya, bueno… seguro que podría ingeniárselas. Además, juraría que he escuchado ese nombre como perteneciente a la facción radical.
—Caedmon no necesita copiar una novela humana para defender sus ideas.
Para sorpresa de nadie, lo estaba defendiendo, aunque no comulgara con sus ideas.
—Tal vez quiera que otros parezcan culpables mientras el miedo hace el trabajo —propuso Samael.
—O el libro pudo consultarse hace décadas —añadió Darian—. Puede existir una copia. Un custodio pudo vender información. Alguien pudo aprender de quien sí tuvo acceso.
No acusaba. Ordenaba posibilidades.
—Has aprendido a pensar más allá de tus colmillos —observó Vane mientras tamborileaba los dedos sobre la madera.
—Y tú sigues confundiendo antigüedad con inteligencia. Deberías usar la tuya y dejar de follarte a la escritora en sueños mientras hay un asesino suelto. Eso te altera la percepción.
Los ojos de Samael se clavaron con fuerza en Blake.
—Vuelve a mencionarla como parte de esta reunión y descubrirás qué aprendí antes de que tu especie inventara los espejos.
—Eso ha sonado a amenaza.
—Era contexto histórico.
Intervine antes de necesitar mobiliario nuevo.
—Samael hablará con Bruna. Darian revisará qué otras fórmulas podrían derivarse de esa base y qué especie sería el siguiente objetivo lógico. Yo averiguaré quién consultó el libro, cuándo y bajo qué autorización.
—¿Sin alertar a tu suegro o a tu cuñado? —cuestionó Samael.
—Sin alertar a nadie de su familia.
Darian recogió la carpeta.
—Avísanos en cuanto sepas algo.
—Lo haré.
Samael se detuvo en la puerta.
—Si ese libro ha salido de la custodia de la familia de Elowen, tu problema no será quién lo leyó.
—¿Cuál será?
—Descubrir cuánto tiempo lleváis fingiendo que los conocimientos capaces de aniquilar a todas las especies siguen guardados.
Se marchó. Darian lo siguió, no sin dedicarme antes una mirada que confirmaba que, lamentablemente, coincidía con él.
Tenía que regresar al ático.
A casa.
La palabra apareció con una facilidad que no me gustó.
Mi vivienda había sido durante años un lugar donde dormir y recuperarme del metal de Madrid; no era, precisamente, un hogar.
Desde que Sandra y Lluna llegaron, tenía tazas en la encimera, mantas en el sofá, un mastín atravesado en mitad del pasillo y una voz llenando las habitaciones antes de que su dueña entrara.
Ahora solo me apetecía volver y encontrarla haciendo alguna de esas cosas que conseguían que se me alzaran las comisuras de los labios.
Como cuando Sandra encontró mi escama.
El otoño era época de muda. Las escamas antiguas se aflojaban y caían cuando la nueva capa empujaba desde debajo.
La terraza ocupaba casi la mitad del ático y esa fue una de las razones por las que mi padre lo eligió. No por las vistas. No porque no hubiese otro edificio tan alto alrededor. Por una razón que ningún arquitecto humano habría comprendido.
Necesitaba espacio, privacidad y sol.
Aquella mañana calculé que Sandra tardaría dos horas en regresar.
Me transformé en la terraza, extendí las alas y dejé que el calor recorriera las escamas hasta devolverme la energía que Madrid me arrancaba con su hierro.
Todo estaba controlado.
Hasta que olí a Sandra cuando el ascensor aún subía.
Crema, café, champú y esa nota cálida que ya reconocía antes de verla.
Había regresado casi una hora antes.
Recuperé la forma humana demasiado deprisa. La cola golpeó un macetero y una escama suelta salió despedida sin que la viera. Apenas tuve tiempo de sentarme bajo el sol y adoptar una postura que pareciera deliberada.
Meditación. Desnudo. Por supuesto. Una improvisación indigna de mí.
Cuando ella me vio, capté el desconcierto y la excitación.
Lo cual me gustó. Quizá por eso decidí hablarle en lugar de dejarla huir.
Fue así como tropezó, cayó y encontró la escama. Le expliqué que mi piel se descamaba porque no podía mentir.
Y fue así como concluyó que tenía psoriasis en la polla.
La solución humana más absurda era, a veces, la más eficaz.
Debería haber pensado en el libro, en Caedmon y en las fórmulas capaces de quebrar a un vampiro.
En cambio, recordé a Sandra sosteniendo mi escama entre los dedos y recorriendo mi cuerpo con la mirada mientras fingía que no lo hacía.
Y apareció una imagen que no había solicitado: sus dedos dejando caer la escama para recorrer mi piel, acariciando las zonas donde aún conservaba el calor de la transformación.
El pensamiento fue indecente, persistente y completamente impropio de un príncipe prometido.
Cogí el abrigo.
Tenía un libro sagrado que investigar, una posible conspiración dentro de la corte y una humana esperándome en casa sin saber que compartía piso con un dragón.
Solo una de esas tres cosas me produjo ganas de sonreír.