Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 29
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Capítulo 29

Dieciséis años antes

—¿Estás bien? —preguntó.

—Sí.

—No lo pareces.

—Es mi cara.

No iba a decirle que aquella era la noche del aniversario de la mayor pérdida de mi vida.

Sonrió, apenas una curva en la boca que no pedía nada y, quizá por eso, resultaba más difícil de ignorar.

—Tu madre me ha dicho que no vas a ir al baile. ¿Es porque no tienes con quién?

Patri levantó las cejas.

—¿Te estás postulando?

—No. Es solo que… bueno, quería que supieras que…

Me rasqué la nuca. Hablar no era lo mío, y menos bajo aquella atención suya, empeñada en encontrar más interés en mis silencios que en las palabras que conseguía sacar.

—En fin, que puedes divertirte sola.

—Ya. Tu propuesta es que me plante allí, mueva las caderas en mitad de la pista y me recuerden por marcarme el solitario de mi promoción. No, gracias.

—Los de tu clase son gilipollas.

Eso pareció hacerle gracia.

—En eso estamos de acuerdo, aunque será interesante escuchar tus argumentos. ¿Por qué?

—Porque cualquiera querría ir contigo.

Patri ladeó la cabeza y su sonrisa creció un poco.

—Cualquiera menos tú o Rómulo.

—No somos apropiados.

—¿Porque tenéis dos pies izquierdos?

—Porque no estaría bien.

—Ya.

Ese «ya» llevaba demasiadas cosas dentro. Patri se bajó del murete, cambió de posición y volvió a sentarse a horcajadas, con una pierna a cada lado y el cuerpo vuelto hacia mí. Demasiado cerca para lo poco que necesitaba mi lobo para perder el juicio.

—Para tu información, me han invitado un par de chicos.

Fruncí el ceño.

—¿Qué chicos?

—Vaya, qué rápido se te ha pasado la preocupación por mi autoestima.

—Patri.

—Dos chicos de mi clase.

—¿Cuáles?

—No los conoces.

—Conozco a la mayoría.

—Estás parlanchín hoy, ¿eh?

Lo cierto era que sí; mejor hablar con ella que pensar en mis mierdas.

—Explícamelo.

Patri hizo girar el lápiz entre los dedos mientras se mordía el labio inferior para ocultar la sonrisa. Noté el cambio en su olor, la calidez de las notas, el picor del deseo todavía inseguro, y mi lobo dejó de fingir indiferencia.

—No voy a ir con ninguno —dijo.

—¿Por qué?

—Porque no me apetece.

—¿Te caen mal?

—No.

—¿Les apesta el aliento?

Patri soltó una carcajada.

—Ni idea, tampoco pienso acercarme lo suficiente para comprobarlo.

—Entonces no lo entiendo.

—Ya, bueno, es que soy rara…

—No he dicho eso.

—Lo has pensado.

—No.

—Tienes una cara distinta para cada pensamiento, Rem. Esta era la de «no entiendo a esta chica, pero voy a interrogarla hasta que confiese».

—¿Por qué no quieres ir con ellos?

Patri dejó de hacer girar el lápiz y me sostuvo la mirada.

—Porque siempre he querido ir al baile con alguien a quien me apeteciera besar al final de la noche. Ya está, ya lo he dicho.

Mi lobo se removió.

—¿Y no te apetece besar a ninguno?

—No.

—¿A ninguno de los dos?

Volvió a negar y yo debería haber dejado la conversación ahí, pero la pregunta me salió antes de que pudiera detenerla.

—Entonces, ¿a quién?

Patri sonrió mordiéndose el labio otra vez.

—Solo me ha apetecido besar a un par de chicos en toda mi vida, pero ellos siempre me han ignorado, así que paso de ir.

—¿Qué chicos?

—No eres tonto, Rem. Puedes hacértelo, pero no lo eres.

Se inclinó un poco hacia mí y sus rodillas casi rozaron las mías.

—No puedo llevarte al baile, ya te he dicho que…

—Sé lo que has dicho y no me importa que no lo hagas. De hecho, ni siquiera te he pedido que me lleves.

—Entonces, ¿qué quieres?

Patri apoyó el cuaderno a un lado.

—Que me beses.

Mi lobo golpeó contra mis costillas.

—No.

—Ni siquiera te lo has pensado.

—No necesito pensármelo.

—¿Es por mi aliento? ¿Sin Smint no hay beso?

—Patri.

—Solo sería uno.

—No existe «solo uno» contigo.

La frase salió antes de que pudiera tragármela. Patri se quedó quieta y, después, sonrió despacio, pícara y demasiado satisfecha consigo misma.

—Mira tú. Resulta que sí sabes decir cosas interesantes.

—Olvídalo.

—Ni de coña.

—Si acerco mi boca a la tuya, tu hermano me matará.

—¿Y quién va a contárselo?

—Tú le cuentas todo a Mateo.

—No le conté que le llenasteis al entrenador Márquez el depósito del coche de espuma de afeitar.

—Eso fue Rómulo.

—Tú sujetabas la manguera.

—No es lo mismo.

—Para el coche sí, y sé que lo hicisteis para echarle una mano a mi padre con el taller, porque son tiempos difíciles.

Aparté la mirada para que no me viera sonreír, pero Patri se dio cuenta. Se daba cuenta de todo.

—Solo va a ser un beso tonto —insistió—. Así dejaré de darle vueltas, podré ir al baile con cualquiera de esos dos y no cometeré ninguna estupidez cuando intenten hacerlo ellos.

—Esa lógica es una mierda.

—Es una lógica excelente. Sería como comerme el postre antes de la cena.

—No soy un postre.

Aunque ella olía a pastelito.

Sus ojos volvieron a recorrerme, esta vez sin ninguna intención de fingir inocencia.

—No estés tan seguro. Puede que no haya besado a ningún chico, pero sé apreciar una buena tarta de quesito…

Era una idea pésima, la clase de idea que acababa con Mateo intentando arrancarme la cabeza y con mi lobo creyendo que tenía derecho a reclamar algo que no podía tocar.

—¿Por qué yo?

Patri dejó de sonreír.

—Porque no quiero que mi primer beso me lo dé un tío que me llene de babas y ese par tienen pinta de perros de aguas.

—Patri…

—¿Te parece tan chungo querer que sea alguien con experiencia, que se preocupe por mí y que no intente meterme mano en cuanto cierre los ojos? Porque te aseguro que esos dos no se conformarán con…

La besé, no para que se callara, sino porque llevaba toda la noche queriendo estar en cualquier sitio que no fuera el aniversario de un incendio y ella estaba allí, tranquila, divertida, pidiéndome algo que yo podía darle sin hacerle daño.

O eso creía.

Patri tardó un segundo entero en responder, lo suficiente para que pensara que me había equivocado y empezara a apartarme. Entonces cerró los ojos y me devolvió el beso despacio, con la torpeza cuidadosa de quien no lo había hecho antes y no quería hacerlo mal.

Era su primer beso y yo iba a recordarlo durante el resto de mi vida.

Le sostuve la cara con ambas manos. Sus dedos se cerraron alrededor de mis muñecas y su boca se abrió un poco más bajo la mía, todavía insegura, aprendiendo de cada movimiento, confiando en que yo sabría detenerme donde debía.

Entonces la olí a lo bestia.

No solo percibí el deseo, el calor de su piel y el pulso acelerado que podía escuchar mientras intentaba no parecer nerviosa.

Olí el hogar, la familia, la promesa, la necesidad, el vínculo, todo aquello que no debía existir entre una humana de dieciséis años y dos lobos que tenían prohibido acercarse a ella.

Me aparté de golpe. Patri abrió los ojos. Tenía los labios húmedos, la respiración entrecortada y una pregunta creciendo en la mirada.

—¿Qué pasa?

—Nada. Ya te he besado. Puedes ir al baile.

La mentira más cobarde de mi vida.

Me puse en pie antes de que pudiera responder y me marché sin volver la cabeza, porque sabía que, si la miraba otra vez, no llegaría muy lejos.

No se lo conté a Rómulo. Patri no se lo contó a Mateo.

Durante dieciséis años, aquel beso perteneció solo a los dos.

Nunca supe si ocultárselo a Rómulo me convertía en un traidor o si dejar a Patri sola sobre aquel murete, después de besarla como si hubiera estado esperando toda la vida, me convertía sencillamente en un gilipollas.

Probablemente en ambas cosas.

***

—Me besaste y después te largaste —dijo Patri, devolviéndome al presente—. Ni siquiera me diste tiempo a decirte si había estado bien.

La miré. Seguía sentada a mi lado, con el mismo cuaderno sobre las rodillas y dieciséis años más de razones para mandarme a la mierda.

—Estuvo bien.

—Qué alivio. Temía haber suspendido mi propio primer beso.

—Tú no hiciste nada mal.

La ironía desapareció de sus ojos.

—Entonces, ¿por qué me trataste como a alguien que había hecho algo mal?

No tenía una respuesta que no llegara dieciséis años tarde. Miré hacia el sendero, pero Patri soltó una risa seca.

—Ahí está. Otra vez calculando cuánto tardarías en llegar a casa si echas a correr.

—No voy a correr.

—Tampoco ibas a besarme aquella noche.

La comisura de su boca se curvó y tuve que apartar la mirada.

—¿Se lo contaste a Rómulo? —preguntó.

—No.

—Yo tampoco se lo dije a Mateo.

—Hiciste bien.

—No lo hice por ti. —Rozó la esquina del cuaderno con el pulgar—. No quería que Mateo lo convirtiera en una pelea ni que tú aparecieras diciendo que había sido un favor. Preferí quedármelo.

Aquello me obligó a mirarla.

—¿Quedártelo?

—Era mi primer beso. Tenía derecho a que fuera mío, aunque el chico saliera huyendo como un delincuente después de la invitación.

—No huí.

Patri levantó una ceja.

—Remo, solo te faltó saltar el murete gritando «dispersaos».

Resoplé y ella sonrió, satisfecha por haberme arrancado algo parecido a una risa.

—No me arrepentí —le aclaré.

Patri dejó de jugar con el cuaderno.

—¿Nunca?

Negué con la cabeza.

—Pues lo disimulaste de puta madre.

—Se me da bien camuflar emociones.

—Matrícula de honor. En gestionar las consecuencias, bastante regulero.

El olor de su diversión se volvió más cálido y mi lobo respondió antes que yo, empujando contra una distancia que llevaba años intentando mantener.

—¿Volverías a hacerlo? —preguntó.

La miré demasiado tiempo. Patri sonrió despacio.

—Esa cara no significa que no.

—Esa cara significa que no voy a responder.

—Lo dicho: da igual cuántas veces me mires, siempre te quedas justo antes de hacer algo interesante.

Abrió el cuaderno y recuperó el lápiz para dar por terminada la conversación, aunque ambos sabíamos que acababa de dejarla suspendida entre nosotros.

—Puedes irte a la ducha; ya has demostrado que sigues siendo un cobarde y que no vas a pedirme que te enjabone.

Debería haberme levantado. En lugar de eso, me acomodé mejor en el murete.

Patri no comentó la victoria, pero la sonrisa se le quedó enganchada en la boca mientras volvía a dibujar.

Yo contemplé cómo se movía el lápiz sobre el papel y pensé en la ilustración que llevaba horas intentando dejar atrás, en todo lo que su mano parecía saber sin que ella lo supiera y en el peligro de permanecer demasiado cerca.

—No te haces una idea de lo que haría contigo en una ducha, pero te aseguro que enjabonarme no estaría entre mis prioridades.

Di un salto y me marché sin necesidad de escuchar la respuesta.

Aquella noche no la besé y, aunque lo pareciera, tampoco me fui.