Capítulo 28
Corrí hasta que el dibujo dejó de parecer un dibujo.
No funcionó: seguía viéndolo cada vez que cerraba los ojos; la curva de una espalda femenina, el pelo apartado de la nuca, la piel hundiéndose bajo unos dientes que Patri no debería haber sabido colocar y, después, más abajo, bajo el pecho derecho, el nudo.
No uno cualquiera, sino aquel: un entramado celta cerrado sobre sí mismo, atravesado por la silueta de un lobo.
No era demasiado grande ni parecía convertido en un adorno de festival espiritual con puesto de pulseritas.
Estaba en el sitio exacto, con la forma exacta, como si hubiese copiado una marca real.
Apreté el ritmo. Las zapatillas golpearon el sendero con más fuerza, el aire me arañó la garganta y los árboles empezaron a pasar a ambos lados convertidos en manchas oscuras. Aquello solía bastar. Cuando el cuerpo estaba ocupado sobreviviendo, la cabeza se callaba.
Esa noche, mi cabeza había decidido ponerse creativa.
Patri no podía conocer la marca. No aparecía en libros, no se enseñaba a los humanos ni siquiera se mostraba fuera de las manadas, salvo que existiera un motivo para hacerlo. Era íntima, privada, el tipo de señal que no necesitaba testigos porque solo importaba para quienes sabían mirarla.
Y ella la había dibujado.
No solo el nudo, también la mordida: la profundidad de los caninos, la inclinación, el modo en que la piel cedía en la base de la nuca.
Las humanas dibujaban mordiscos como si fueran chupetones, dos agujeros bonitos y un poco de sangre para que el conjunto quedara sugerente.
Patri había dibujado el sello del vínculo, las dos marcas juntas sobre el mismo hombre.
El lobo se revolvió bajo mi piel con bastante menos disimulo que yo y aceleré aún más.
Rómulo había visto lo mismo. Lo supe antes de mirarlo, por cómo se le cortó el olor durante un segundo, por el sudor que le nació en la nuca y por la forma en que dejó de respirar frente a la pantalla. No dijo nada. Por una vez, el muy cabrón tuvo el buen juicio de mantener la boca cerrada.
No nos limitamos a ver la imagen: leímos el capítulo y todo tomó una dimensión distinta cuando nos dimos cuenta de que ella sí era loba, pero él no.
Había dibujado una pareja mixta.
A la omega no se le veía el mordisco romo del humano porque llevaba el pelo suelto, cayendo desordenado sobre la espalda, pero, si hubiese quedado a la vista, lo habría reconocido y habría tenido que explicar por qué conocía aquella marca antes incluso de que la manada me enseñara su significado.
La había visto en mi abuelo cuando se quitaba la camisa y la mordida quedaba al descubierto entre el nacimiento del cabello y la primera vértebra. No era una cicatriz fea ni irregular. Tenía la limpieza de las heridas que el cuerpo decide conservar porque borrarlas sería una forma de traición.
El nudo lo vi una sola vez. La marca estaba allí, bajo su pectoral derecho.
—¿Eso qué es? —pregunté.
Mi abuelo se rio.
—Una elección —respondió desde dentro.
Durante años pensé que hablaba del dibujo; después entendí que hablaba de ella, de mi abuela. Ella era humana; él, lobo.
Doblé en el siguiente recodo y forcé las piernas un poco más, aunque ya empezaban a protestar.
Mi padre había nacido a medias entre ambos mundos y pasó toda su vida demostrando que ninguna de aquellas mitades le quitaba el derecho a pertenecer a la manada.
Mi madre era loba. Yo salí tres cuartas partes de lo que los puristas consideraban aceptable y una cuarta parte del motivo por el que habrían preferido que no naciera.
La manada nunca nos rechazó. Los lobos no abandonaban a los suyos. Sin embargo, una parte de la facción llevaba generaciones confundiendo pureza con miedo y miedo con el derecho a decidir quién debía existir.
El sendero empezó a ascender. Incliné el cuerpo hacia delante y mantuve el ritmo mientras las ramas se cerraban sobre mi cabeza.
Mi abuelo había sobrevivido a los insultos, a las miradas y a quienes hablaban de él como si acostarse con una humana hubiera sido una invasión militar.
Mi padre creció escuchando que era menos fuerte, menos estable y menos digno de representar a nadie.
Luego se convirtió en todo lo contrario.
Era más rápido que muchos lobos de sangre completa, tenía mejor control durante la transformación y la mala costumbre de defender a otras familias mezcladas delante de personas a las que no les gustaba que las contradijeran.
Después nací yo, la segunda generación, la prueba de que la sangre humana no destruía nada.
Y, doce años más tarde, nuestra casa ardió con todos dentro.
El pie se me enganchó en una raíz. Recuperé el equilibrio antes de caer y seguí corriendo. El bosque olía a tierra húmeda, corteza y hojas pisadas.
Durante un segundo, fue otro bosque, otra noche, y yo volví a tener doce años y un dolor de tripa que me doblaba por la mitad.
Habíamos cenado temprano: guiso de carne, pan y un postre que mi abuela preparaba cuando quería que dejásemos de discutir en la mesa. Yo apenas comí porque llevaba horas con el estómago revuelto.
Lo recuerdo porque mi padre me encontró inclinado sobre la hierba, detrás del cobertizo, y se rio hasta que le dije que, si seguía, le vomitaba los zapatos.
—Eso te pasa por engullir —dijo.
—No he engullido.
—Has nacido engullendo.
Fue la última conversación que tuve con él.
No conseguí dormir. Daba vueltas en la cama, sudando, con la garganta ácida y el cuerpo demasiado despierto mientras la casa permanecía sumida en un silencio extraño.
No escuché a mi abuelo levantarse a beber agua, ni a mi madre caminar por el pasillo, ni a mis hermanos discutir porque alguno ocupaba más cama de la que le correspondía, ni a mi padre maldecir porque alguien había dejado una puerta abierta. Nada.
Salí porque el aire de la habitación me daba náuseas y porque, a los doce años, uno cree que puede resolver cualquier problema metiéndose solo en un bosque de madrugada. Caminé sin rumbo hasta el lago y decidí que era buena idea darme un baño en agua helada.
Estuve más de media hora en una zona que me permitía permanecer tumbado y mantener la cabeza a flote. Me sequé al aire y, cuando quise darme cuenta, el humo me encontró antes de que yo encontrara el fuego.
Primero fue una nota leve, perdida entre los árboles. Después, el viento cambió y el regusto de la combustión me llenó la boca.
Corrí sin pensar ni gritar, hasta que las ramas me golpearon la cara y los pulmones empezaron a partirse.
La vi antes de llegar al claro. La casa entera iluminaba el bosque, con fuego en las ventanas, en el tejado y saliendo por la puerta trasera, como si alguien hubiese abierto las entrañas del edificio y hubiese prendido una cerilla dentro.
Nadie estaba fuera tratando de sofocarlo.
Ese fue el primer detalle que no encajó. Mi manada habría percibido el humo antes de que las llamas alcanzaran la escalera, habría oído crujir la madera, habría despertado y estaría intentando apagar el incendio.
Ninguno lo hizo: todos estaban dentro; nadie salió.
Intenté acercarme. El calor me arrancó el aire. Una ventana estalló y los cristales cayeron delante de mí. Volví a intentarlo por el lateral y grité sus nombres sin obtener respuesta.
Una viga se desplomó dentro. El ruido todavía me despertaba algunas noches sin que pudiera evitarlo.
Entonces vi la sombra al otro lado del claro, entre los árboles: una figura alejándose de la casa sin correr, sin mirar atrás, con la tranquilidad de quien no temía que nadie saliera de allí para seguirla.
No le vi la cara; solo percibí su rastro mientras las lágrimas me inundaban el rostro e intentaba entrar en el infierno sin morir.
—¡Ayuda! ¡Ayúdeme! —No lo hizo.
Aquel aroma no pertenecía al incendio, al bosque ni a ninguno de los míos. Se me clavó en la pituitaria junto con el humo y el sabor del vómito. Podían pasar cien años y seguiría reconociéndolo.
La figura desapareció, la casa terminó de hundirse y yo sufrí varias quemaduras cuyas cicatrices todavía conservo.
La versión oficial habló de un fallo eléctrico: cables viejos, madera seca, mala suerte. No encontraron señales de entrada; nadie había luchado y el fuego había devorado todo lo que pudiera explicar por qué una manada entera había muerto dormida mientras su casa ardía.
Yo hablé de la sombra, de aquel rastro, de que nadie se había despertado —algo imposible— y de que debían haberles hecho algo.
Me creyeron, pero creer a un niño y declarar una guerra contra alguien invisible eran cosas distintas. El caso se cerró y yo acabé en casa de Rómulo con una bolsa de ropa, doce años y la certeza de que cualquier sitio podía arder mientras dabas un paseo.
Reduje la velocidad. Había salido con intención de correr hasta quedarme vacío y regresaba lleno de muertos.
El sendero desembocaba en el parque de detrás de las casas, un trozo de césped mal cuidado, dos bancos y un murete bajo que el ayuntamiento llevaba años prometiendo arreglar. La farola del centro parpadeaba con la constancia de alguien que solicitaba una baja laboral.
Patri estaba sentada bajo la luz, con una sudadera grande, pantalones cortos y el pelo recogido de cualquier manera. Tenía el cuaderno apoyado sobre las rodillas y el lápiz moviéndose deprisa, ajena al mundo o fingiendo estarlo, porque no levantó la cabeza cuando me oyó acercarme.
Reduje el paso al llegar al murete, aunque continué en dirección a casa. No era buena idea parar cerca de ella, nunca lo había sido, y aquella noche mucho menos.
—¿Por qué siempre haces lo mismo?
Me detuve. Patri siguió dibujando, segura de que no iba a ignorarla.
—¿El qué?
—Mirarme con esa cara de estar a punto de decir o hacer algo y largarte antes siquiera de intentarlo.
—No te estaba mirando.
Alzó la vista despacio, con esa expresión paciente que reservaba para cuando sabía que estaba mintiendo y quería comprobar cuánto tardaba yo en admitirlo.
—Remo, llevas media vida mirándome, aunque intentes hacerme creer que no.
La frase entró mejor que el aire frío y dolió bastante más. Patri cerró el cuaderno, apoyó las manos encima y me recorrió con los ojos, sin disimular el camino desde mi cara hasta la camiseta empapada que se me pegaba al pecho.
—¿Vas a seguir corriendo o has terminado?
—Voy a casa a ducharme.
—Lo cierto es que lo necesitas. Estás chorreando.
Su mirada volvió a bajar, esta vez más despacio. Apreté los puños y resoplé, porque podía fingir que no la había visto hacerlo, pero ninguno de los dos se lo habría creído.
Patri dio unos golpecitos sobre el murete.
—Siéntate.
—Estoy demasiado sudado y no es bueno que la musculatura se enfríe de golpe después de…
—Un poco de sudor frío no va a matar a un militar de los cuerpos especiales, ¿me equivoco?
No, no se equivocaba. El problema no era el frío ni la musculatura, sino su puto olor, el calor de su cuerpo y la facilidad con la que mi lobo se revolvía cada vez que ella me miraba como acababa de hacerlo. Debería haberme marchado en lugar de obedecer.
Me senté.
Patri dejó el cuaderno entre los dos y permaneció unos segundos en silencio, contemplando el parque y fingiendo que no acababa de tenderme una trampa.
—También lo hiciste aquella noche.
—¿El qué?
—Venir de correr, sentarte en este murete mientras yo dibujaba y fingir que habías acabado aquí por casualidad.
No pregunté de qué noche hablaba. No hacía falta.
Patri tenía dieciséis años, quedaban unas semanas para su graduación y su madre estaba preocupada porque había decidido que no pensaba ir al baile.
Creía que su hija se quedaría en casa porque ningún chico se lo había pedido y, en un intento de arreglarlo, nos propuso a Rómulo o a mí que la acompañáramos.
Mateo casi se atragantó.
—Ninguno de los dos va a salir con mi hermana, y menos después de lo que sé que hacéis con las tías. Tenéis a Patri prohibida. ¿Estamos?
Rómulo y yo asentimos, porque Mateo era nuestro amigo, porque Patri tenía dieciséis años y porque nosotros teníamos dieciocho y un lobo bajo la piel que llevaba demasiado tiempo reaccionando a ella de una manera que ninguno quería analizar.
Asentir no significaba que me gustara la idea de que se quedara en casa porque ningún cretino de su clase hubiese tenido el valor de pedírselo.
Quería que entendiera que no necesitaba a ningún chico para ir, que podía presentarse allí y hacer lo que le diera la gana sin esperar a que nadie la eligiera.
No se lo dije ni a Rómulo ni a Mateo.
La encontré en aquel mismo murete, con una chaqueta vaquera, el cuaderno bajo el brazo y las piernas balanceándose sobre el borde.
Me senté sin preguntar si molestaba y ella continuó dibujando, absorta, mientras yo miraba hacia el bosque y fingía que no estaba contando las veces que movía el lápiz sobre el papel.
Cuando se dio por satisfecha, cerró el cuaderno y se volvió hacia mí con esa calma suya que no era frialdad, sino paciencia de dibujante, la costumbre de mirar hasta encontrar aquello que los demás trataban de esconderle. Me contempló con aquellos ojos marrones enormes y esperó.