Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 27 #3
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Capítulo 27 #3

Momento ideal para que mi cuerpo organizara una pequeña fiesta genital mientras hablábamos de una mujer asesinada y sus polvos mágicos.

Si es que, después de tener una cita con un elfo, me faltaba el asesino para completar el álbum.

Me ajusté las gafas.

—Sigue.

—Estuve con Sofía la noche que murió.

La fiesta se canceló.

—¿En su casa?

—Sí.

—¿En el piso de la bañera llena de sangre?

—Nina…

—¿Sí o no?

—Sí.

—¿Te la tiraste esa noche?

No hizo falta que respondiera. Abrí la puerta de golpe y salí del coche.

Necesitaba aire. Espacio. Una distancia mínima de seguridad entre mi cuerpo y un hombre que acababa de colocar su persona dentro de una escena del crimen.

Darian también bajó, pero no se acercó.

—Yo no la maté.

Me reí una vez. Sin humor.

—Excelente. Caso resuelto. Avisamos a la policía, cerramos el expediente y organizamos una merienda pintando tazas.

—Estaba viva cuando me marché.

El hombre alto.

El del abrigo oscuro.

El desconocido del club de poesía del que Sue había hablado en el pódcast.

Todo encajó tan rápido que me dio náuseas.

El corazón me golpeaba las costillas. Apreté la correa del bolso porque necesitaba agarrarme a algo y su cuello no era una opción ni para estrangularlo ni para besarlo.

—¿Lo sabe la policía?

—Saben que hubo un hombre en el piso. Tienen huellas parciales y restos biológicos, pero todavía no me han identificado.

—¿Todavía?

—Acabarán haciéndolo.

—¿Y has decidido esperar sentado a que vengan a por ti?

—He decidido no presentarme voluntario para que un inspector construya un caso alrededor de mí antes de tener una explicación para lo que ocurrió. Ya sabes que en España te cuelgan el muerto antes de que te pertenezca.

—Una estrategia impecable. Nada inspira inocencia como ocultar que estuviste con una mujer unas horas antes de que apareciera desangrada en una bañera.

—Te juro que no estaba desangrada cuando me fui.

—¿La mordiste?

El silencio respondió antes que él.

Se me encogió el estómago.

—Las marcas de su cuello —dije—. ¿Son tuyas? ¿Cómo es posible?

—Existen los dientes retráctiles.

—Dios bendito. El peor detractor del romantasy escenificando mordidas y corridas.

Di otro paso atrás.

Darian Blake podía ser muchas cosas. Un pedante con complejo de academia. Un snob capaz de juzgarte por el lomo de un libro. El sueño erótico de cualquier mujer con problemas de autoestima. Pero ¿un asesino?

No conseguía colocarlo en ese papel.

«No lo veo».

Los hombros de Darian descendieron apenas.

Lo miré con brusquedad.

—¿Por qué suspiras?

—Porque esperaba que pensaras lo peor de mí.

Un escalofrío me recorrió los brazos.

—Deja de hacer eso.

—¿Qué?

—Responder a cosas que no he dicho.

—Eres muy fácil de leer.

Mi mamma siempre dijo que era muy expresiva.

No prometió nada. Por supuesto.

—Tienes que hablar con la policía.

—Lo haré cuando recuerde cómo terminó la noche. —Su voz se endureció al decirlo—. Dime tú qué parte crees que escucharán después de eso.

La ira se me enfrió.

—¿No lo recuerdas?

—Recuerdo a Sofía. El vino. La bañera preparada. Recuerdo marcharme. Entre unas cosas y otras hay huecos que no deberían estar ahí.

—Pero aseguras que estaba viva.

—Me acompañó hasta la puerta.

—¿Y volvió a la bañera?

Se encogió de hombros. Lo observé buscando un resquicio. Una contradicción. Algo que justificara salir corriendo y llamar a Javier Expósito aunque tuviera que purificarme con sal gorda.

No encontré nada. Eso no significaba que dijera la verdad.

Solo significaba que era muy bueno mintiendo o que estaba aterrorizado de una manera que Darian Blake jamás admitiría con esa palabra.

—¿Por qué me lo cuentas a mí?

—Porque eres fiable.

— Madonna . Qué declaración tan conmovedora.

—Y porque quizá puedas ayudarme a encontrar algo que obligue a la policía a mirar más allá de mí.

—Así que no es confianza. Es necesidad.

—Pueden ser ambas cosas.

Miré hacia la calle. El semáforo cambió a rojo. Dos esquinas más allá, un hombre removía castañas sobre una plancha. La ciudad siguió funcionando, indiferente a que mi compañero de trabajo acabara de confesarme que había mordido a una mujer muerta.

«No sé si me lo ha contado porque confía en mí o porque ya no le queda otra opción».

—Voy a pensar qué hacer.

—Yanina…

—Nina. —Levanté una mano antes de que avanzara—. Y, por ahora, no voy a quedarme contigo a solas.

Darian miró alrededor. La calle estaba llena de gente.

—Mañana —continué—. En la editorial. Con mate, todas las luces encendidas y suficientes testigos para que resulte poco práctico asesinarme. Volvemos a hablar.

—No voy a hacerte daño.

—Eso es exactamente lo que diría alguien que lleva dos años utilizando una estilográfica como arma de intimidación.

Una sombra de sonrisa le rozó la boca. Duró tan poco que casi me cabreó más.

—Como quieras.

—Y no pienso volver contigo en el coche.

Alzó las manos y se apartó.

—Tú decides, Nina.

Me marché sin mirar atrás.

El problema no era que Darian Blake acabara de colocar sus dientes en el cuello de la primera víctima.

El problema era que yo ya estaba pensando en cómo demostrar que no la había matado.