Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 27 #2
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Capítulo 27 #2

Trabajamos en paralelo. Yo controlaba nombres, horarios, códigos. Darian miraba rostros, movimientos, repeticiones. A los cuarenta minutos, encontramos la secuencia.

Una asistente entrando con el pase colgado del cuello. El enganche, uno barato de esos que la empresa de producción pedía para reducir costes, se soltó. La tarjeta cayó al suelo. Tres segundos después, otra mujer la recogió.

Darian lo vio antes que yo.

—Ahí.

Retrocedí el vídeo. Comparé la cara con la de la lista y sí: era la señora mayor que creía que le habían tocado los seis mil euros.

La mujer llevaba la tarjeta en la mano, dándole vueltas; chocó con una asistente, se puso a dar vueltas como una peonza y se le cayó al suelo. Por poco se rompe una cadera.

Fue justo antes de que empezara el espectáculo y no debió de echarle cuentas porque la dejó tirada en el suelo y fue abriéndose espacio a codazos hasta primera línea.

—Cualquiera pudo cogerla —murmuré.

—Sí, salvo que…

Pátula señaló la pantalla.

Otra mujer vio el pase y se lo entregó a un camarero con antifaz de lobo, este miró a un lado y a otro, y se lo guardó en el bolsillo del pantalón.

—¡ Cazzo ! Tengo que hablar con la empresa de catering y averiguar quién es el lobo —dije.

—Es un buen plan. Quizá el lobo se quedó el pase de la abuelita para cargarse a Caperucita. Te acompaño.

—No, me ocupo yo.

—Tengo coche. ¿Te acuerdas de mi Chevy?

Casi gemí por dentro al pensar en él. Darian empujó las comisuras hacia arriba.

—El metro a estas horas es demencial y, mientras vas de copiloto, puedes seguir repasando detalles…

Miré el reloj.

Las siete menos cuarto.

—Voy a lamentar esto.

—Imposible conmigo de conductor.

****

En Villaverde nos atendió Fernando, camisa a cuadros y cara de hombre que llevaba desde las siete de la mañana apagando fuegos que no había encendido él.

Le describí al camarero del vídeo: pelo oscuro recogido en una coleta, absurdamente alto y con un antifaz de lobo que, en lugar de disimularlo, lo hacía parecer salido de uno de los fanarts de Patri.

Por suerte, no había demasiados hombres así trabajando para la empresa.

Por desgracia, Fernando encontró antes la protección de datos que al camarero.

—No puedo facilitarle su número. Puedo ponerme en contacto con él y decirle que la llame.

—Necesitamos que sepa por qué. Durante el evento se metió un pase VIP en el bolsillo y se lo guardó. Tenemos que averiguar qué hizo con él después.

La expresión del jefe perdió parte del cansancio y ganó atención.

—Mis camareros no se quedan con nada que no les pertenezca.

—No he dicho que se lo quedara. Puede que lo guardase para entregarlo después, que lo olvidara o que lo regalase. Precisamente por eso necesito hablar con él.

Fernando apretó los labios.

—Intentaré localizarlo.

—No lo intente. Localícelo.

Noté a Darian a mi lado, callado.

Ni una corrección. Ni una de sus observaciones de hombre que había asistido al nacimiento del castellano y seguía decepcionado por su evolución.

—En cuatro semanas celebramos el evento de Halloween —añadí—. Todavía no hemos cerrado la empresa de catering ; podría ser la suya o la de otro.

No fue una amenaza.

Fue información comercial colocada sobre la mesa con los dientes hacia arriba.

—Le diré que la llame hoy.

—Sin falta.

Asintió con mucha más convicción que antes. Vetusta organizaba suficientes eventos al año como para que perder la cuenta doliera en algún lugar sensible de su facturación.

Darian le estrechó la mano al salir.

Madrid olía a principios de octubre: asfalto húmedo, tráfico y castañas asadas de un puesto que no se veía. Subimos al coche. Me coloqué el bolso sobre las piernas y esperé a que Darian arrancara.

No lo hizo.

Permaneció inmóvil detrás del volante, con las llaves en la mano y la vista al frente.

—Tengo que contarte algo.

No era su tono de debate.

Tampoco el de audiolibro indecente ni el que usaba para decirme Yanina como si quisiera comprobar qué delitos podía cometer con una grapadora.

Era otro registro.

«Y que no me gusta una mierda».

Sus dedos se cerraron alrededor de las llaves.

—¿Qué pasa?

—Sofía Reyes.

El nombre cayó entre los dos y cambió la presión dentro del coche.

—¿Qué pasa con ella?

—La conocía.

Me giré hacia él.

—¿La conocías?

—Sí.

Esperé. Darian no añadió nada.

—Blake, como pretendas hacerme arrancarte la información palabra por palabra, voy a cobrarte por hora.

Su mandíbula se tensó.

—Nos acostábamos.

La frase tardó un segundo en llegarme a la cabeza y otro en encontrar dónde clavarse.

—¿Cómo?

Mi voz salió más alta de lo necesario.

No apartó la mirada del parabrisas.

—No manteníamos una relación. Nos veíamos de forma esporádica y follábamos.

— Aspetta . ¿Cuándo? ¿Hace un año? ¿Antes de trabajar en Vetusta?

«¡¿Pero tú no eras gay?!».

«No soy gay».

No lo había pronunciado, pero yo lo había escuchado con claridad.

Se me congeló hasta el mate que todavía no había preparado.

«Entonces lo del archivador… Lo que me dijiste… La boca, el hambre…».

Sus ojos cambiaron de plano y bajaron un instante hasta mis labios.

Perfetto .

Fantástico.