Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 27
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Capítulo 27

El problema de las explicaciones razonables era que la gente las utilizaba para dejar de comprobar cosas.

Yo había cometido esa obscenidad en la cocina de Patri hacía una hora.

Reventa , había dicho.

La tarjeta VIP no estaba a nombre de Mara, de modo que alguien debía de habérsela vendido. Fácil. Lógico. Una de esas respuestas que encajan tan bien en el hueco que nadie se molesta en comprobar si debajo hay una trampilla.

Cuando Aimi cerró la puerta detrás de nosotras, la palabra ya me picaba en el cerebro.

Reventa .

Bajé los pocos peldaños que había desde la puerta hasta la calle, empujando a Sandra por la espalda porque seguía intentando oír qué ocurría dentro.

—Solo quiero saber qué le preguntan.

—Y yo quiero unos abdominales sin dejar los hidratos. Hay deseos que conviene aceptar como inviables.

Aimara bajaba detrás de nosotras con el móvil en la mano y la mirada fija en una pantalla que no le ofrecía ninguna noticia nueva sobre Samael. Ni libertad ni cargos ni noticias sobre si Javi había logrado meterlo en la cárcel.

Sandra se montó en su scooter para regresar al ático e intentar contactar con Sue y Aimi pidió un Uber. Yo me quedé haciéndole compañía.

—¿Quieres que lo compartamos?

—No, vivimos en extremos opuestos, así que me pillo el bus.

—Intenta descansar, Nina.

Me conocía lo suficiente para saber que eso, en mi idioma, significaba dejar de trabajar durante el trayecto entre dos lugares de trabajo.

—No puedo prometerlo.

La abracé antes de que llegara su coche. La noté rígida, cansada y a dos notificaciones de cometer un delito contra su ex.

Yo fui a la parada y tomé la dirección contraria a mi casa.

Conseguí sentarme entre una señora con un carro de la compra y un adolescente que escuchaba vídeos sin auriculares sobre un tipo llamado John Pork. La humanidad se iba a la mierda.

Saqué la libreta y me puse a lo mío.

Doscientas tarjetas VIP del baile de máscaras. Doscientos códigos QR. Doscientas titulares. Mara Salcedo no estaba entre ellas. Estaba segura porque lo había revisado.

Los pases eran nominales. No habíamos comprobado documentos en la entrada porque Nina Goffi podía organizar un evento literario o instaurar un régimen policial, no ambas cosas antes de las ocho de la tarde.

Cada código había quedado registrado al escanearse.

Si alguien le había cedido el suyo a Mara antes del evento, la titular original no podía haber entrado con él.

Tenía que existir una ausencia.

Una sola.

La dueña del pase.

El problema era que la fotografía que la policía había enviado no permitía identificarla. El QR salía incompleto en el encuadre y los dígitos visibles no bastaban para cruzarlo con una titular concreta.

Escribí:

PASE DE MARA

Llamar a las 200 titulares.

Confirmar quién asistió.

Comprobar quién conserva su pase.

Identificar quién lo perdió.

Irme a casa.

El punto cinco era optimista. También eran optimistas las personas que dicen «solo respondo este correo» a las once de la noche y amanecen diseñando una campaña internacional con un ojo temblando.

Ciarán había enviado el mensaje a las siete y trece:

Tras los acontecimientos ocurridos durante el retiro, hoy no será necesaria vuestra asistencia a la editorial. Descansad. Mañana reorganizaremos prioridades .

«Descansad».

Plural. Imperativo.

Ciarán Ashveil usaba el lenguaje como si cada verbo hubiera sido educado en un internado suizo.

Salí del metro frente a Vetusta.

No iba a trabajar. Iba a comprobar una cosa. La frase favorita de todas las personas con una relación sana, equilibrada y nada preocupante con las hojas de cálculo.

La editorial estaba casi vacía. El guardia de recepción levantó la cabeza cuando entré.

—Hoy no trabajabais. Órdenes de arriba.

—No voy a trabajar. Solo vengo a… A saludar. Estaba aquí al lado.

Llevaba a Pinky en el bolso, el termo bajo el brazo y una libreta con cinco puntos numerados. El hombre tuvo la delicadeza de no señalar la evidencia.

La redacción sin gente resultaba incorrecta. No silenciosa: incorrecta. Faltaban los teléfonos, las conversaciones cruzadas, Beatriz preguntando por una fecha que ya figuraba en tres calendarios.

También faltaba Darian Blake en la mesa de enfrente.

Me molestó advertirlo.

«Mejor. Hoy no necesitas una voz de audiolibro preguntándote si los informes te ponen cachonda».

Me encerré en el despacho de campañas, encendí a Pinky, preparé el mate y abrí la base de datos de acreditaciones. Volví a ampliar la fotografía policial del pase.

Nada.

El QR seguía cortado y los pases eran idénticos por delante. No tenía nombre, número ni detalle visible que me permitiera distinguirlo de los otros ciento noventa y nueve.

Añadí una hoja nueva al archivo.

Columnas: NOMbrE. ASISTIÓ. CONFIRMACIÓN QR. CONSERVA EL PASE. OBSERVACIONES.

Añadí una sexta: NIVEL DE CONVERSACIÓN INNECESARIA.

La borré. La volví a añadir. Había que respetar los datos relevantes.

Marqué el primer número.

—¿Sí?

—Buenos días. Soy Nina Goffi, de Editorial Vetusta. La llamo para confirmar unos datos sobre su asistencia al último evento VIP de Aimara Duque. ¿Pudo acudir? ¿Conserva todavía la acreditación?

Hubo un silencio.

—¿He ganado algo?

Miré el mate. Después, la lista. Después, el número ciento noventa y nueve que esperaba debajo.

—No —respondí—. Y yo, por lo que veo, tampoco.

La décima me preguntó si habría una nueva caja especial con la edición de invierno de 2024.

La decimoséptima me contó, sin que yo lo pidiera, que había conocido a Aimara en una firma de Córdoba en 2021 y que Aimara le había dedicado el libro con una frase sobre el destino y el amor que le había cambiado la vida. Tardé dieciocho minutos en despedirme.

La vigésima tercera estaba convencida de que la llamada era de El Hormiguero , aunque fueran las doce del mediodía. Todo porque estaba sorda como una tapia y, tras intentar explicarle quién era varias veces, le dije:

«Señora Oreja de Perro, ¿sabe usted qué es lo que quiero?».

Qué malo era el destino cuando se ponía creativo con los apellidos.

Eso sí que lo escuchó la muy hija de GAES.

—¡La tarjeta de El Hormiguero ! —Dio un grito tan brutal que la que iba a necesitar un trasplante de tímpano iba a ser yo—. ¿He ganado los seis mil euros? ¡Pablo! ¡Pabloooo! ¡Te veo siempre y a las hormigas!

—Lo lamento, Socorro. Él a usted no puede verla. Ha sido una confusión.

Le colgué sudando y le puse un círculo rojo alrededor.

No había conseguido averiguar si conservaba la acreditación.

El segundo mate llegó con la cuarenta y dos. Me lo preparé a conciencia, con el agua a su temperatura, el mate bien cebado y el silencio de los rituales que uno hace para no disociarse en mitad de una jornada absurda.

La sesenta y cuatro llevaba media hora discutiendo por Twitter con alguien sobre si el personaje principal de la serie de Aimara era un íncubo o un ángel caído y me pidió opinión. Le dije que no tenía acceso a esa información. Colgué antes de que pudiera procesarlo.

El tercer mate llegó con la noventa y una.

A las dos de la tarde tenía doscientas llamadas, doscientas asistentes confirmadas, ciento noventa y nueve acreditaciones localizadas y una anomalía con problemas auditivos.

Los doscientos códigos QR estaban registrados. Los doscientos habían sido escaneados. No había un pase sobrante. No había habido una titular ausente. No había un hueco.

La tarjeta terminó en manos de Mara y nadie echó de menos la suya.

¡¿Cómo era posible?!

Todas me habían dicho que conservaban su tarjeta. Todas menos la de El Hormiguero , a quien no había conseguido hacerle la pregunta.

Empujé el teclado dos centímetros hacia delante, que es lo que hago cuando necesito reorganizar el pensamiento sin romper nada.

— Bene —le dije a Pinky—. Vamos a hacerlo de otra manera. Si todo el mundo fue y ciento noventa y nueve siguen teniendo su pase, nuestra amiga dura de oído pudo perder el suyo…

Empecé a recopilar.

Todo el material visual del baile: fotografías oficiales, el vídeo corporativo, los directos de Sandra, las stories de asistentes con el hashtag del evento, las imágenes de prensa. Material del equipo de producción que llevaba semanas en una carpeta sin abrir.

El volumen me miró de frente y me dijo que me diera por vencida.

Yo abrí una pestaña más y, como si hubiera olido el cúmulo de trabajo, Darian Blake entró en el despacho.

No llamó. Rara vez lo hacía cuando era yo quien estaba dentro, solo para sacarme de mis casillas.

—Yanina.

—Ni-na —corregí sin levantar la vista—. Y, si vienes a lo de la agenda internacional, hoy no estoy trabajando, así que finge que no existo. Mañana tampoco. Esta semana, en general, me viene mal hablar contigo.

Se quedó callado un momento.

—No vengo por eso.

Levanté los ojos. Estaba de pie junto a la puerta, con la corbata algo aflojada, lo que en él equivalía a un estado de alerta moderada. No había truco en la postura. No había el mínimo rastro de ese tono que usaba para desmontarme la concentración.

«¿Qué quiere? Tiene cara de querer algo útil, que es peor. Cuando quiere algo inútil, sé defenderme».

—¿Qué estás haciendo? —preguntó, mirando las pantallas.

—Buscar a Wally.

No tardó ni cinco segundos en escanear la pantalla.

—El pase de Mara.

—Muy bien, Blake. ¿Desde cuándo te dedicas a cotillear pases perdidos?

—Desde que uno apareció junto a una mujer asesinada este fin de semana y a ti parece interesarte el motivo. Dime, Nina: ¿estás tratando de encontrar al asesino en tu día de descanso obligatorio?

Lo dijo sin variación de tono. Sin bisturí. Y eso me resultó más inquietante que cualquiera de sus provocaciones.

«Está siendo sincero. Cazzo ».

Me ajusté las gafas.

—Siéntate, no toques mi ratón y mantente calladito. Si has venido a tocarme los ovarios, pierdes el tiempo.

—Tus ovarios requieren otro tipo de atención.

«No te haces una idea».

—¿Y si he venido a echarte una mano?

—Entonces, tráete tu portátil y mejor me echas las dos, que aquí hay mucho material.

Mejor trabajar que pensar en indecencias.

Asintió.