Capítulo 26 #2
Le guiñé un ojo. Descarado. Porque si iba a morir, al menos que fuera por buena causa.
—Tranquila, peque, no nos importó darte clases visuales de lo que era el sexo. Esperamos que te sirvieran…
Alzó la barbilla.
Ahí estaba. Mi ruina con piercing .
—Lo que me sirvió fueron las prácticas. Menos lobos, Caperucitas… Y vamos a mirar las malditas imágenes, a ver si logramos evitar que la siguiente muera y me dejáis tranquila.
Rem se movió antes de que yo me levantara.
Le sujetó el brazo y la detuvo.
No fue brusco. No le hizo daño. Pero la pegó a él con la seguridad de quien sabe exactamente hasta dónde puede acercarse antes de perder la cabeza.
—¿Va a morir otra mujer, Patricia? —preguntó ronco.
Cuando mi hermano decía su nombre completo, subía el pan.
Patri parpadeó.
—Yo… Em… No lo sé, pero hay un refrán que dice que no hay dos sin tres.
—Pues esperemos que se equivoque —suspiré—. Venga, vamos arriba.
La cogí de la muñeca y tiré de ella.
Subimos con el aire convertido en una cosa espesa, llena de dientes y promesas complejas.
Ella delante de mí. Él detrás de mí. Lo sentía en la espalda.
Su deseo no era tan ruidoso como el mío.
Pero yo lo conocía desde que era un crío flaco con rabia en los huesos y mirada de animal recién arrancado del bosque.
Rem quería, la quería a ella, me quería a mí, nos quería a los dos, y yo, que podía bromear con casi cualquier cosa, no encontraba ni una puta frase graciosa para eso.
Odiaba anhelar tanto en un pasillo tan estrecho, con una orden de Yara detrás y una investigación colgándonos del cuello.
La luz de la mañana se colaba por la ventana.
El ordenador estaba sobre la mesa; las láminas, apoyadas contra la pared; había libros con post-its , ropa en una silla, una estantería llena de muñecos, botes de lápices, cajas y ese desorden que no era abandono, sino tormenta en pausa.
Su olor estaba por todas partes. Piel. Jabón.
Pintura. Sueño. Frustración. Calor acumulado en sábanas que mi cabeza no debería haber imaginado.
Mi lobo tuvo hambre de hembra, de lobo, de los dos.
«No aquí, no ahora», me reñí.
Patri fue hacia el ordenador con demasiada rapidez.
—Tengo las carpetas por libro. Creo que guardé los bocetos en la nube…
Le hice un gesto mínimo a mi hermano, él entendió.
Militares especialistas en misiones complicadas, y esta lo era de cojones: revisar una habitación sin parecer que lo hacíamos, controlar una erección con olfato de manada y no empotrar a nadie contra una mesa llena de rotuladores.
Yo miré la estantería.
Fotos. Objetos de coleccionista. Libros. Una taza con pinceles. Una libreta abierta boca abajo. Nada evidente. Nada que gritara asesina.
Entonces vi el reflejo en la ventana. Remo estaba junto al cubo de la ropa sucia y tenía unas braguitas de Patri entre los dedos.
No debería haberlas cogido. No debería habérselas llevado a la nariz. No debería haber cerrado los ojos durante medio segundo, buscando en aquel olor el orden que llevaba años sin encontrar. Y desde luego no debería habérselas guardado en el bolsillo.
«Puto cabrón».
Me ardió la sangre, no de celos. O sí, pero no de los malos. De esos que no quieren quitarle nada al otro, sino mirar cómo lo devora y luego meter las manos para compartir.
Desvié los ojos hacia Patri.
Estaba inclinada sobre el ordenador, buscando carpetas, el culo tensando los leggings de una forma que debería considerarse delito.
Me imaginé poniéndome detrás de ella, bajándoselos lo imprescindible.
No del todo. Lo justo para morder la curva alta y hacerla jadear.
Trazar con la lengua la marca de la cinturilla e ir deslizándolos despacio, para terminar con ellos en las rodillas, abrirla con las manos y comerla lento, hundir mis dedos en su humedad mientras seguía mirando la pantalla como si ignorara lo que le hacía.
«Busca, peque».
Sus gafas puestas, los dedos temblando sobre el ratón.
Yo de rodillas detrás, lengua, dientes, hambre.
Rem apoyado en la pared, mirándonos, la mano dentro del pantalón, las braguitas de Patri apretadas contra la boca para no gruñir más alto de la cuenta.
Mi polla dio un latido doloroso.
«No puedes fantasear ahora».
—Aquí está —avisó Patri.
Su voz me arrancó de la imagen con una crueldad digna de denuncia.
Me giré demasiado rápido.
Rem también se acercó, con la cara perfectamente controlada y unas bragas robadas en el bolsillo.
Patri hizo doble clic.
—Aquí tenéis. El dibujo que inspiró la escena y no al revés en el libro tres.
Rem se inclinó hacia la pantalla, agarrándose al respaldo de la silla de ordenador.
Yo me fijé en la escena y empecé a sudar.
No por la temperatura ambiental, sino por lo que había en la imagen y la capacidad de Patri para plasmar el placer.
—Joder —se me escapó.
Ella se quedó muy quieta.
—¿Qué?
No contesté. Porque en aquel dibujo no había solo una escena. Había algo que ninguna humana tendría que haber sabido dibujar. Y, por primera vez desde que entramos en su casa, dejé de preguntarme si Patri era inocente para preguntarme quién demonios le había enseñado aquello.