Capítulo 26
Yara Sanz tenía una forma muy particular de pedir favores.
No los pedía.
Te miraba con esa cara de loba que llevaba demasiados informes leídos, escritos por gente incapaz de encontrar una garganta aunque se la pusieran delante, cruzaba los brazos y soltaba la orden, regalándote la oportunidad de no ser imbécil.
—Que fuera vuestra vecina no la convierte en inocente.
La nostalgia es una venda pésima y a mí no me sirve para un informe.
Los humanos no tienen nuestra fuerza, pero tienen imaginación, conformidad y una capacidad obscena para justificar atrocidades.
Revisad a Patricia Espejo de arriba abajo.
Estuvo en el mismo retiro que la segunda víctima, y eso es una alarma.
Eso nos había soltado un par de horas antes, en su despacho.
Se refirió a ella como Patricia. No Patri. No la ilustradora. No la hermana de Mateo. Patricia Espejo. El nombre completo la empujaba hacia otra imagen: sangre bajo las uñas, el cuerpo arrodillado junto a un cadáver y la satisfacción de haber llevado su obra hasta el final.
No me hizo gracia.
A Rem tampoco. A él se le notaba menos porque traía la cara de pocos amigos incorporada de fábrica, pero yo lo olí. El cabreo, el rechazo, la puta obligación.
Porque ese era el problema: que Yara no estaba completamente loca.
Dos muertas. Dos escenas. Dos fantasías convertidas en carne fría y, en medio de todo, la mano de Patri plasmando aquellas escenas. Sus imágenes. Su manera de mirar el mundo como si pudiera pelarlo hasta el hueso.
Mara había estado en el evento y nuestra vecina también.
Yara no confiaba en las coincidencias. Yo tampoco. La diferencia era que yo sí confiaba en Patri.
O eso me repetía mientras la veía apoyada contra la encimera, con la mandíbula tensa, una taza olvidada entre las manos y esos ojos de «como me toques los ovarios, te los arranco y los uso de pendientes».
Una visión preciosa, de lo más sugerente.
—Vais a empezar a hablar —soltó— u os echo de mi cocina.
—Peque, no puedes echarnos, aunque será divertido que lo intentes. Conseguirlo es otro género literario.
—Estoy de acuerdo: fantasía épica, porque igual necesito la espada que tengo guardada en el sótano.
—Mmm, siempre me han gustado las mujeres violentas.
Rem no se movió de donde estaba. Brazos cruzados. Patri lo miró un segundo de más. Apartó la vista.
Yo, por mi parte, estaba intentando no pensar en lo bien que olía.
Fracaso moderado.
—Tenemos que hacerte unas preguntas —empecé.
—Qué novedad. Desde que habéis aparecido, no hacéis otra cosa.
—Mentira. También he mordido una manzana de cera.
—Y sigo pensando en denunciarte por eso.
—Qué aburrida te estás volviendo, peque.
Patri dejó la taza sobre la encimera con un golpe seco.
—Pregunta y lárgate ya.
Ahí estaba el problema. Cuando una mujer como Patri te abría la puerta, aunque fuera para tirarte una silla a la cabeza, había que entrar.
—Genial. Empecemos entonces. —Cogí una silla, le di la vuelta, me senté y la miré—. La noche que murió Sofía —solté—. ¿Dónde estabas?
El silencio no duró mucho, pero pesó.
Patri parpadeó despacio.
—¿Perdona?
—Sofía Reyes —apuntó Rem—. La primera víctima.
—Sé quién es Sofía Reyes.
Claro que lo sabía. Todo el mundo lo sabía ya. La prensa la apodaba «la muerta de la bañera».
La chica convertida en titular, en teoría de mierda, en hilo de Twitter con faltas de ortografía y en excusa para que medio internet jugara a detective con la delicadeza de una excavadora.
—Queremos reconstruir movimientos —insistí—. Puede que, además de con Mara, coincidieras con ella.
—¿Y por qué iba yo a coincidir con Sofía?
Rem se movió apenas. Un paso. Patri lo vio. Patri lo veía todo. Por eso dibujaba así. Por eso era tan peligrosa con un lápiz en la mano y tan insoportablemente atractiva con la boca abierta.
—¿Qué hiciste aquel día? —preguntó él.
Ella soltó una risa corta.
—Trabajar. Comer mal. Odiar un encargo. Volver a trabajar. Lo habitual en una artista autónoma que no ha heredado un ducado.
—¿Saliste?
—A comprar tabaco.
—No fumas —apunté.
—Pues imagínate cómo estaba el día.
Sonreí. No debía, pero lo hice.
—¿Fuiste al recital?
—¿Qué recital?
—El de poesía. El sitio donde vieron a Sofía antes de morir.
Los ojos de Patri se entornaron.
—¿Y por qué iba a ir yo a un recital de poesía?
—No sé. A ti siempre te han molado las reuniones de artistas. Quizá fuiste y la viste.
—Ya… Y como tú eres militar, igual fuiste a la Franja de Gaza a hacer turismo, no te fastidia.
Me llevé la mano al pecho.
—Peque, si yo hiciera turismo, nunca lo haría en zona hostil.
Rem no se dejó arrastrar.
—¿Fuiste o no?
—Estaba aquí. Tengo archivos guardados con hora, mensajes, facturas y el pedido de la cena. ¿Queréis también interrogar al repartidor o con eso os alcanza para dejar de mirarme como si escondiera una pala debajo del fregadero?
—No te miro así, peque.
—No. Tú me miras peor. Un día voy a denunciarte.
—Un día voy a conseguir que dejes de avisar y hagas mis sueños realidad.
Me enseñó el dedo corazón.
«Joder, qué mujer».
—¿Y Mara? —preguntó Rem.
El nombre le cambió la cara. No se vino abajo. Patri no se venía abajo fácil; sin embargo, algo en su olor se movió por debajo de la rabia. Pena. Culpa de superviviente. Miedo, quizá.
—No la conocía, la vi por primera vez en el retiro de Vane.
—En la escena había un pase VIP de un evento; tú vas a todos, ¿no? —apunté.
—A esas fiestas va mucha gente. Personas con capas, vestidos imposibles, máscaras, un tío con lentillas rojas que parecía tener conjuntivitis de Satanás y una señora que quería tatuarse una de mis láminas en el bajo vientre.
Si Mara pasó por mi lado, no la registré.
Nina hizo doscientas tarjetas VIP y ella perjura que su nombre no estaba en la lista.
—¿Recuerdas si alguien recogía tarjetas? —pregunté—. Camareros. Personal. Fans. Alguien que rondara la barra.
Patri apoyó las dos manos en la encimera.
—¿Os dais cuenta de cómo suena esto?
—Como una investigación.
—Buscáis algo en todo lo que digo.
—Eso hacemos, aunque no por lo que crees.
La cocina se quedó sin aire.
Yo podría haberle dado una patada. A Rem. A la mesa. A mí mismo. Pero no lo hice, porque Rem tenía razón y porque Patri merecía una verdad sucia antes que una mentira bonita.
Ella tragó saliva.
—¿Y qué creo?
—Que queremos culparte y no es así.
Ahí. Sin adornos, sin perfume encima de la mierda.
Patri se quedó inmóvil.
—¿Perdón?
Necesitaba interceder.
—Algunas personas pueden llegar a pensar que a la artista se le ha podido ir la cabeza. Que quizá alguien no está recreando tus obras, sino que tú estás…
—Consumándolas —acabó ella.
—Sí.
Durante un momento no hubo piques. Ni calor. Ni juegos.
Solo Patri mirándonos como si acabáramos de enseñarle un cuchillo con su nombre grabado en el mango.
—¿Y vosotros?
—Nosotros estamos aquí —contesté— porque sabemos que no es así, peque.
—No me llames peque.
—Patri —corregí—. No creo que seas tú y Remo tampoco.
—Y, sin embargo, investigas que no lo sea.
—Soy muy bueno en misiones que me joden.
—Qué heroico. ¿También lloras mirando al horizonte?
—Solo si el horizonte tiene buen culo.
La rabia volvió a sus ojos.
Bien, prefería que quisiera matarme a que quisiera llorar.
—Eres un gilipollas y esto no es tu puta misión. Pensaba que dijiste que queríais protegerme, aunque ya lo dudo con tus teorías de mierda. ¿Habéis terminado el interrogatorio? Porque todo esto no puede ser más absurdo.
—Estoy de acuerdo —afirmó Rem—. ¿En qué te inspiraste para crear las imágenes de los libros? ¿Vino antes el dibujo o el texto?
La pregunta la pilló a contrapié.
Lo noté en el olor antes que en la cara.
Un golpe pequeño de sorpresa. Patri podía defenderse de la sospecha, del deseo y de mí, que ya tenía mérito.
Pero aquello era otra cosa. Rem no había preguntado por dónde estaba ni a quién había visto.
Había metido la mano en el proceso. En la cocina donde ella y Aimara habían fabricado la serie que puso en peligro el equilibrio.
—Depende… —contestó.
Yo incliné la cabeza.
—Explícate.
—Es cierto que, cuando Aimara vio mi portfolio , comentó que algunas imágenes le inspiraban escenas que quería plasmar.
Rem se enderezó.
—¿Las de las dos fallecidas?
—No. Esas las dibujé habiendo leído el texto.
Aquello era importante.
La bañera no había salido primero de Patri. El pentagrama tampoco. No eran dos fantasías suyas empujando a Aimara hacia el papel. Eran texto primero. Después imagen. Después asesinato.
—Entonces, ¿cuáles? —pregunté.
Patri se humedeció los labios.
Mi lobo levantó la cabeza dentro de mí con una atención maliciosa.
—Hubo una escena del libro tres y otra del cuatro que dibujé primero y ella quiso incluirlas.
—¿Podemos verlas? —pidió Rem.
—Están en mi ordenador o en los libros y las láminas que tengo en el cuarto.
—Si querías invitarnos a tu habitación, podrías haberlo hecho antes —contesté—. Vamos.
Y entonces Patri se puso nerviosa.
Un hombro algo más alto. La respiración un punto menos regular. La mirada yéndose hacia la puerta. Los dientes rozándole el labio inferior, provocando que su piercing se moviera.
Fue como si alguien hubiera abierto una botella de perfume en una habitación cerrada.
Su olor cambió. No solo había miedo o desconfianza, también algo más picante, calor, deseo. Una nota dulce y oscura que me golpeó en la boca como un puñetazo.
Rem emitió un gruñido tan bajo que cualquier humano lo habría confundido con una vibración de la nevera.
Yo lo sentí en los dientes y en el rabo.
«Joder».
Me puse duro con la misma elegancia con la que un lobo mete la cabeza en una trampa porque al otro lado huele a sangre y a hembra.
—¿Qué ocurre? —pregunté, mirando hacia la puerta que ella había mirado—. No vamos a juzgar el desorden en el que habitas. Parece que quieras huir de nosotros.
Patri se volvió despacio.
—¿De vosotros? ¿Tengo que recordarte que los que me dejasteis tirada en el bar fuisteis tú y tu hermano? Yo no huyo.
—Ya… Solo espías detrás de las ventanas.
Se tocó el pelo, indignada.