Capítulo 25 #2
«Viendo lo que se tensa ahí abajo, deja que dude de todo lo que sé sobre anatomía humana. Qué afortunado el condenado Pátula».
—Sí. Em… Estoy bien. Estoy en el suelo por torpe.
—Levanté la lámina transparente entre dos dedos—.
¿Qué es esto? ¿Tienes una serpiente en tu cuarto?
Porque, si la tienes, debe de ser enorme.
Tipo documental de La 2. ¿Está mudando la piel?
Me gustaría saber si hay reptiles con capacidad de comerse a mi perro o a un bebé.
Ciarán bajó la mirada al objeto.
Durante un segundo, algo cruzó sus ojos. No miedo. No exactamente. Más bien cálculo. Como cuando alguien descubre que ha dejado a la vista una carta que no pensaba enseñar.
—No tengo serpientes.
—Vale. Genial. Cero serpientes, muy a favor. A ver, tampoco es que hubiera podido oponerme, pero…
Intenté ponerme de pie con una mano en el suelo y la otra sujetando aquello. Fue una coreografía lamentable. Ciarán se inclinó para ayudarme, pero levanté la palma.
—No, no. Si me tocas ahora mismo, puede que haga un sonido raro y no necesito otra humillación en el expediente.
Su boca se movió apenas.
No fue una sonrisa completa. Ciarán no sonreía; parecía autorizar un pequeño cambio climático alzando las comisuras de sus labios.
—Es mío —dijo.
Parpadeé.
—¿Tuyo?
—Sí.
Miré la lámina. Lo miré a él. Volví a mirar la lámina.
—¿Tuya de… propiedad? ¿Tipo «esto lo compré en una subasta»? ¿O tuya de… tu cuerpo la ha producido?
—Mi piel se descama en ciertas zonas…
Mis ojos, que eran unos traidores sin contrato ni ética profesional, bajaron solos hacia su entrepierna, porque su piel era perfecta y el único lugar a cubierto era…
—Oh. Ah. Dios. Yo… Em…
El calor me subió desde el pecho hasta las orejas con la violencia de una olla exprés mal cerrada.
—Sandra.
—No, no, espera. Ya está. Ya he atado cabos.
«O rabos. No pienses en eso, Sandra».
Le tendí la lámina con el cuidado reservado a una prueba forense.
—Menuda idiota debo de parecerte. No sabía que tenías psoriasis. ¿Por eso tomabas el sol en bolas? ¿Por tu afección de la piel? A ver, yo nunca he tenido psoriasis, pero sé que es muy jodida y produce descamaciones.
Ciarán aceptó aquello con dos dedos.
Su expresión era ilegible, pero había algo en los ojos. Algo divertido y sorprendido a la vez.
—En parte.
—Claro. Tiene sentido. El sol va muy bien para ese tipo de afecciones cutáneas, ¿no?
Bueno, eso he oído. También que el agua de mar ayuda muchísimo.
Aunque aquí lo tenemos complicado porque Madrid tiene muchas cosas, pero playa, lo que se dice playa…
Da igual lo mucho que se empeñen en llamar al Manzanares playa fluvial, no lo es.
»Esta ciudad tiene otras cosas: terrazas, obras, gente que camina con prisa y señores que te empujan en el metro como si fueran a salvar al presidente, pero agua salada y olas, no.
Él no dijo nada y yo seguí con mi diarrea verbal.
—Y si lo tuyo es tomar el sol como Dios te trajo al mundo, que por otra parte es lo natural, vinimos a este mundo desnudos y nos iremos desnudos, aunque espero que en mi caso me pongan un sujetador decente porque una tiene una edad en la que la gravedad no perdona ni en el más allá…
Su boca se curvó otro poco.
«Qué horror. Le estoy hablando de mis tetas post mortem a un tío bueno desnudo».
—Lo lamento de verdad —solté, llevándome las manos a la cara—.
Cuando me pasan cosas me aturullo y no sé parar.
En fin, que si esto sucede con frecuencia podemos poner un horario en plan terraza nudista de nueve a once viernes, sábados, domingos y festivos.
Yo soy muy defensora del cuerpo libre y las bolas sueltas.
Dicen que así el esperma es de mayor calidad porque los testículos no sufren.
Aunque no sé por qué estoy hablando de tu esperma.
No debería. Tú y yo no vamos a tener hijos, aunque es de buena compañera de piso preocuparse por el futuro de tu descendencia, o eso creo.
Perdona. Vuelvo a hacerlo. Será mejor que me vaya a mi cuarto antes de que me prohíbas vivir aquí por contaminación acústica y cerebral.
—Sandra.
—Sí.
—Respira.
Me quedé mirándolo.
—No me digas eso con esa voz, por favor.
—¿Con qué voz?
—Con voz de que tomar oxígeno podría ser un preliminar.
Esta vez sí sonrió.
Poco, pero sonrió y yo tuve que agarrarme a una mesita porque mi sistema nervioso era una república bananera.
—No pretendía incomodarte —afirmó.
—No, claro. Y no lo has hecho, te lo juro. —Lluna apareció detrás de él—. Y tú ven aquí, traidora perruna —le dije—. Ven.
No vino.
La muy perra apoyó la barbilla en el pie de Ciarán.
—Perfecto. Me alegra saber que te has adaptado tan bien al nuevo entorno. Igual luego pides tu emancipación para quedarte con nuestro casero.
Ciarán miró a Lluna y le acarició detrás de una oreja con una delicadeza que no ayudó absolutamente nada a mi estabilidad.
—Está tranquila aquí.
—Sí, ya veo. Yo también lo estaría si te me... Quiero decir… No. No quiero decir eso. No he dicho eso. Quiero morirme, así que voy a hacerlo sobre mi colchón. ¿Vale?
Di media vuelta y emprendí la huida casi corriendo.
—Voy a borrar mi cerebro con lejía. No te preocupes. Sigue… recargándote y secándote al sol.
—No estaba preocupado.
—Pues tendrías que estarlo. Vivo aquí y he visto más de lo que debería.
Huí. No hay otra palabra. Huí por el pasillo con la vergüenza arrastrándose detrás de mí como una bolsa rota del súper. Entré en mi habitación, cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella.
Durante unos segundos solo pude respirar mal.
Como si acabara de correr una maratón o de ver a Ciarán Ashveil desnudo.
Ah, no, espera, que eso sí había ocurrido.
Me llevé las manos a las sienes y empecé a masajearlas.
—No pasa nada —murmuré—. Solo has visto a tu casero sin ropa, has confundido una escama gigante con psoriasis, has hablado de testículos, esperma y tus tetas muertas, y tu perra ha elegido bando. Todo normal. Muy lunes después de un asesinato en un retiro de orgasmos.
Me dejé caer sobre la cama boca arriba.
El techo no tenía respuestas. Muy mal por su parte.
Mi móvil vibró en el bolsillo.
Lo saqué con la esperanza absurda de que fuera Nina, Aimara o Patri mandando cualquier cosa que me permitiera fingir que el cuerpo de Ciarán no acababa de colonizar mi cerebro.
No era ninguna de ellas. Era el mensaje de respuesta al mío.
SueCrime.
«Sandra, he escuchado tu audio y me encantaría ayudaros. Seguro que a mi comunidad le flipa ir a la caza de ese cabrón, pero necesito que me cuentes exactamente si hay algo que no esté diciendo la policía y de lo que vosotras tengáis información.
Te dejo mi número y, si te apetece, quedamos para tomarnos un café en algún lugar poco concurrido.
Ya me dices; espero tus noticias».