Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 25
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Capítulo 25

Llevaba dos días callada, dos.

Yo, que hablaba más que respiraba, que grababa storytime en pijama a las dos de la mañana y que una vez hice un directo de cuarenta minutos sobre por qué el protagonista de una saga merecía terapia y no un arco de redención, llevaba tres días con la boca cerrada mientras medio internet ardía con teorías sobre si Sam Vane había asesinado a Mara Salcedo en un ritual demoníaco basado en el segundo libro de mi amiga.

Yo lo vi en directo. Yo estaba ahí. Mi comunidad sabía que lo estaba porque el viernes yo lo subí, y sabía que la historia tenía más agujeros que un queso de Gruyère , porque ¿qué asesino mata a alguien al lado de su negocio, una persona con la que ha conectado delante de un montón de personas procurándole una experiencia religiosa...

? Era de idiota, y yo no veía a Vane como un estúpido, como diría Aimara.

—Haz lo que creas —me dijo ella cuando se lo llevaron detenido.

—No alimentes nada —añadió Nina, cabeceando hacia nuestra amiga.

—Cierra el pico —sintetizó Patri, que siempre iba al grano.

Lo estaba intentando. De verdad que sí. Cada vez que abría TikTok y veía un vídeo más especulando sobre pentagramas, gurús y orgasmos demoníacos, tenía que poner el móvil en modo avión antes de hacer algo de lo que me arrepintiera en diferido, tipo responder en caliente y perder tres mil seguidores antes de que se me pasara el cabreo.

Pero hoy había tomado una decisión.

Había salido de casa de Patri diciendo que iba a escribir a Sue García Tuá, alias SueCrime, alias la mujer que parecía tener más información que la policía, la prensa y el Espíritu Santo juntos.

Lo había dicho con la seguridad de quien tiene un plan maestro a lo MacGyver y con un chicle puede atrapar a un asesino.

Bueno, con una creadora de contenido, que para el caso…

La realidad era que le había mandado un mensaje por privado con un «hola, no quiero parecer una loca» que automáticamente me convertía en loca y un audio de dos minutos en el que decía «eh» unas treinta y siete veces.

Muy profesional todo.

Volví al ático con la sensación de haber tomado una decisión bastante sensata, lo cual solía significar que estaba a punto de hacer una gilipollez monumental.

—Lluna —llamé al entrar—. Gordita, ¿dónde estás?

Silencio.

Me quedé quieta con las llaves todavía en la mano.

Lluna podía ignorar una orden de abandonar mi cama limpia, una dieta veterinaria o una pastilla para los parásitos intestinales. Pero no ignoraba mi llegada. Jamás, porque solía ir ligada a un «vamos a pasear».

—Lluna.

«¿Estará enferma? No lo parecía esta mañana».

El ático estaba demasiado silencioso. Ciarán había salido pronto por la mañana, ni siquiera me lo había cruzado, y pensé que estaría apagando fuegos en Vetusta.

Lo imaginaba trabajando en el despacho con aquella aura de importante, impecable y probablemente insoportable para la gran mayoría de sus trabajadores.

El tipo de hombre que no decía «voy a revisar unos correos», sino «debo atender varios asuntos» y conseguía que sonara a tratado de paz internacional.

Me daba igual que con Darian hubiera tensión suficiente para fundir una editorial entera. Me gustaban demasiado los BL como para que eso me frenara.

Entonces oí un sonido.

Muy bajo.

Una música lenta, casi sin letra, filtrándose desde algún sitio. Y después algo más: una especie de resoplido feliz que conocía demasiado bien.

La puerta de la terraza estaba entreabierta.

Se me paró el corazón.

Lluna nunca había tenido terraza. Lluna venía de un mini piso donde la máxima aventura exterior era asomar el hocico por una ventana con reja y juzgar a los repartidores.

Pero sí tenía una habilidad pasmosa para abrir puertas con las patas, empujar cosas, colarse donde no debía y luego mirarte como si la culpa fuera del arquitecto.

—No, no, no, no…

Solté el bolso en el sofá y crucé el salón casi corriendo.

En mi cabeza ya estaba viendo a mi mastina precipitada al vacío, el cuerpo en la acera, la policía, el drama, yo explicándole a Ciarán que había matado a mi perra porque no estaba acostumbrada a asomarse a barandillas de acero con vistas a Madrid.

Abrí la puerta de golpe y entonces me quedé sin aire.

Lluna estaba perfectamente.

La traidora estaba tumbada en la terraza, sobre una alfombra exterior que probablemente valía más que mi anterior fianza, con la cabeza apoyada en el muslo desnudo de Ciarán Ashveil.

Desnudo. Muy desnudo. Me costó procesar la imagen.

Ciarán. Ashveil. En. Pelotas.

Mi nuevo compañero de piso, hijo del dueño de la editorial, consultor estratégico, príncipe de la compostura y de los anuncios para buscar compañera de piso con mascota, estaba sentado en la terraza con las piernas cruzadas, la espalda recta, el pelo plateado algo húmedo cayéndole sobre los hombros y el cuerpo entero ofrecido a las pocas franjas de sol que se filtraban entre las nubes de Madrid.

No llevaba camiseta. No llevaba pantalón. Y, por el nacimiento de la línea divisoria entre sus dos potencias sureñas, tampoco calzoncillos.

No llevaba nada, nada de nada. Cero fibra, algodón o cachemir. Vacío legal del vestuario.

Y no era que me chocara que aquel hombre fuera amante de la vitamina D. Todos tenemos nuestras cosas. Hay gente que toma colágeno, gente que hace ayuno intermitente y gente que escucha audiolibros a velocidad 1.75 como si huyera de Hacienda.

Lo que me dejó clavada fue su piel.

Pálida, casi luminosa, marcada por tatuajes oscuros que no había creído posibles bajo sus camisas de firma.

Le recorrían la espalda desde la base de la nuca hasta el final de la columna, o inicio, dependiendo del enfoque.

Líneas finas, negras y ceniza que parecían ramas quemadas, runas diminutas y una forma alargada que no era exactamente un dragón, pero tampoco dejaba mucho margen a la imaginación.

Una criatura hecha de humo y escamas se enroscaba en su costado, desaparecía bajo las costillas y volvía a aparecer en el hombro como si hubiera decidido vivir dentro de él y asomar solo cuando le daba la gana.

Había también círculos. Símbolos. Algo que parecía una corona rota entre los omóplatos.

Todo tan bonito que daba ganas de insultarlo o de lamerlo; aún no lo había decidido. Sobre todo para alguien a quien le gustaban la tinta y el romantasy . Seguro que Patri habría dicho que era una obra de arte. Para mí, un sueño húmedo que me iba a torturar todavía más.

Porque claro. El señor no podía tener un tatuaje normal. Nada de un infinito en la muñeca, una fecha mal elegida o un tribal de adolescencia con una frase ridícula, como cualquier niñato con pasado y poca supervisión adulta. No. Él tenía un fresco medieval porno-místico en la espalda.

Lluna levantó una oreja.

Ni siquiera abrió los ojos.

—Tú y yo hemos terminado —susurré para mis adentros.

Ciarán seguía inmóvil. De espaldas. Ojos cerrados. La música salía de un altavoz pequeño junto a una maceta. Parecía no haberme oído y yo debería haberme ido hacía rato, en lugar de darme un atracón visual.

Tendría que haber cerrado la puerta, fingido una embolia selectiva y vuelto a entrar haciendo ruido. O, mejor aún, mudarme a Cuenca, cambiarme el nombre y empezar una nueva vida como señora que vende mermeladas artesanales.

Pero no, seguía ahí, mirando.

Actuando como una feminista responsable, adulta y defensora absoluta del consentimiento visual y de no convertir el cuerpo en objeto de deseo.

«¡Ja!».

«No le mires más el culo».

Miré el culo.

«Sandra».

Era un culo muy bien formado. ¿Era lo que le habría llamado la atención a Blake? Era perfecto, redondo, sin matorrales que deforestar y...

—¿Piensas seguir mirando o te apetece probar la experiencia?

Morí.

No de forma metafórica. Mi alma salió de mi cuerpo, hizo una maleta pequeña y se fue a vivir con una familia a Nebraska.

—¿Qué? ¿Cómo? Yo… Em… Qué va. Solo es que… No sabía qué… Pensaba que tú… Que yo… Que no…

Di un paso atrás.

Un cantante de reguetón habría sacado una letra con toda esa mierda.

Volví a dar otro paso rápido. Error.

Mi talón chocó con algo. No supe qué era. El caso es que perdí el equilibrio con una coordinación propia de una jirafa recién parida y me caí de culo.

—¡Auch!

Lluna ladró una vez. Una miserable vez.

Como quien comenta desde el sofá: «Qué torpe eres, Mari Carmen».

Cerré los ojos.

—Lo siento. Lo siento muchísimo. No quería mirar.

Bueno, mirar he mirado, pero no quería mirar mirando.

O sea, quería asegurarme de que Lluna no se había suicidado por imprudencia y entonces estabas tú en modo anuncio de Yoguitea y yo tengo retinas y un sentido común con horario reducido.

Lo siento, de verdad, no debí quedarme en modo gárgola.

Quise creer que había escuchado una risa baja.

Me di la vuelta para no verlo y empecé a gatear hacia la puerta.

Sí, gatear.

Porque levantarme habría implicado abrir los ojos y, si los abría, podía volver a encontrarme con el paisaje. Y yo no estaba preparada para asumir más patrimonio natural.

—Lo siento, de verdad. Voy a entrar. Voy a entrar arrastrándome como una señora con cero modestia.

La mano se me apoyó sobre algo frío.

Abrí los ojos.

Delante de mí había una especie de lámina enorme, casi transparente. Parecía nácar, pero flexible. Tenía una forma irregular, alargada, con bordes finísimos y un brillo muy leve, con un trozo de luz sucia atrapado dentro.

La toqué. No era plástico, no era cristal. Parecía una escama gigante de pescado sin gelatina, cero viscosa, como… piel.

O algo demasiado parecido.

—¿Qué narices…?

—¿Estás bien?

La voz de Ciarán llegó detrás de mí, más cerca de lo recomendable para mi esperanza de no fantasear con él.

Me giré un poco.

Error número dos.

Se había puesto en pie y se había cubierto con una especie de pareo oscuro atado a la cadera. Cubrir, en este caso, era un verbo optimista. Ocultaba lo justo para evitar una denuncia vecinal y dejaba claro que la genética no conocía la mediocridad ni en los acabados.

Tragué saliva.