Capítulo 24
Samael Vane llevaba casi dos días detenido y parecía recién salido de un puto masaje con final feliz.
Eso fue lo primero que pensé al entrar en la sala.
No que era inocente. No que era culpable. No que tenía a media prensa babeando en la puerta de comisaría, a la Fiscalía pidiéndome cautela y a mis superiores usando palabras como «prudencia» con esa vocecita de quien en realidad quiere decir «como la cagues, te cuelgo de las pelotas».
Pensé que aquel cabrón estaba descansado.
Y solo un psicópata podía estarlo después de lo que había hecho.
Porque sí, estaba convencido de que había sido él.
Los homicidas atractivos tenían esa ventaja repugnante: parecían menos culpables aunque llevaran la muerte en las manos.
Conseguían cartas en prisión, documentales con fotografía cuidada y mujeres defendiendo en foros que seguro que nadie los había entendido bien.
Si además prometían orgasmos sin tocar a nadie y lo envolvían en incienso, espiritualidad barata y voz de audiolibro para mujeres desesperadas, ya teníamos el pack completo.
Estaba sentado al otro lado de la mesa. Espalda recta. Manos relajadas sobre la superficie. Camisa negra sin una arruga visible. Barba perfecta.
¡Perfecta! Después de un fin de semana en dependencias policiales.
El parte de noche decía que había dormido seis horas seguidas.
Sin pedir nada. Sin llamadas. Sin exigir abogado.
Sin hacer absolutamente nada de lo que hacía cualquier persona, inocente o culpable, cuando se encontraba al otro lado de una mesa con esposas en las muñecas. Se había limitado a esperar.
Con la paciencia obscena de quien tiene tiempo de sobra para desquiciarte el sistema nervioso.
Yo notaba la camisa pegada entre los omóplatos, el café de máquina arañándome el estómago y una vena en la sien latiendo como si quisiera independizarse. Él, en cambio, parecía listo para posar en la portada de un libro de autoayuda titulado Respira mientras el cadáver se enfría .
Dejé la carpeta sobre la mesa.
—Buenos días, señor Vane.
Levantó la vista.
—Inspector Expósito.
No dijo buenos días. No sonrió. No hizo nada que pudiera usarse contra él, y aun así me dieron ganas de partirle la cara por respirar con tanta suficiencia.
Me senté.
El fluorescente parpadeó una vez. La sala olía a lejía, papel húmedo y cansancio institucional. El olor exacto de cuando una investigación empieza a quedarse sin margen y todos fingen que no lo notan.
—¿Ha descansado bien?
—Lo suficiente. Le agradezco que se preocupe.
—No me preocupo, créame.
Abrí la carpeta sin mirarlo.
Esa forma de hablar me desquiciaba. Como si cada frase llevara un segundo fondo, un pasillo secreto y una puerta con terciopelo. El tipo de frase que a Aimara le habría arrancado una anotación en una libreta. O un gemido a medianoche.
La nuca se me calentó.
A Aimara le gustaban los hombres así. Me quedó claro cuando construyó una saga entera usando el físico de ese cabrón. El mismo con el que fantaseaba mientras yo dormía a su lado haciendo el ridículo de creer que todavía pintaba algo allí.
El pensamiento llegó con la certeza sucia de las cosas que uno intenta no pensar y que vuelven igual, como las cucarachas.
Saqué las fotografías.
Mara Salcedo dentro del pentagrama. Las velas.
Las marcas en las muñecas. El pañuelo de seda negra alrededor del cuello.
La tarjeta VIP del evento de Aimara colocada junto al círculo con una intención demasiado evidente para ser casualidad.
Un tomo del segundo libro de la saga abierto por el capítulo ocho.
Empujé la primera imagen hacia él.
—Mara Salcedo. Treinta y dos años. Asistente a su retiro en El Umbral. ¿Le suena?
Samael bajó la vista.
No apartó la mirada. No fingió horror. No interpretó pena. Miró la fotografía como se mira una verdad desagradable que no necesita decorado.
Eso me molestó más que cualquier reacción.
Ya le había enseñado esas imágenes cuando lo detuve. Volvía a hacerlo por estrategia, por si encontraba una duda, un tic, una grieta. Cualquier cosa. Un músculo traicionándolo. Un dedo tensándose. Una puta pestaña haciendo su trabajo.
Nada.
—¿Le gusta lo que ve? —pregunté.
—Lo mismo que el sábado, cuando me la mostró. Es imposible que algo así me agrade.
—La encontramos muerta en su habitación. Con una puesta en escena sacada del capítulo ocho del segundo libro de Aimara Duque, la escritora a la que le estaba haciendo una de sus demostraciones de feria cuando lo detuve, aunque ya sabe a quién me refiero, ¿verdad?
Su cara no cambió con el nombre.
Ni un parpadeo de más. Ni una tensión en la boca. Nada.
—Ambos sabemos que sé quién es Aimara, inspector.
Ahí estaba otra vez.
Su nombre en su boca sonó íntimo, apropiado sin permiso, delante de mí.
Noté el sabor metálico de haberme mordido por dentro.
—Las cámaras del hotel lo sitúan subiendo con la fallecida a las once cuarenta y dos. Bajando solo a las doce y veinticinco.
—Sí. Estuve con ella cuarenta y tres minutos. Ya se lo dije cuando me detuvo.
—Qué memoria tan cómoda. Recuerda haber subido, pero no haberla matado.
—Porque no lo hice. Lamento muchísimo que un ser despreciable acabase con su vida, pero se equivoca de hombre.
Apreté la mandíbula. Lo bastante despacio para no darle el gusto de verlo.
—El recepcionista los vio entrar. Encontramos un pelo suyo en la escena.
Huellas parciales. Y la víctima muerta en un ritual de invocación demoníaca que cualquier lectora de esa saga reconocería a primera vista.
Desnuda. Maniatada. Con un pañuelo al cuello.
Penetrada con un dildo con forma de serpiente.
—Eso no prueba que fuese yo. Ya le conté que estuve en la habitación, y todo el mundo sabe que en otoño se pierde más pelo de lo habitual.
Mara necesitaba hablar. Cuando las mujeres vienen a mi retiro, lo hacen para sanar, y yo no solo me dedico a hacer desbloqueos energéticos, sino que también las escucho. ¿Le suena el concepto?
Solté una risa seca.
—Venga ya. Lo que usted hace no es curar. Es hacer que se corran y cobrarlo como crecimiento personal.
—En ocasiones, ambas cosas están más cerca de lo que a algunos hombres les gustaría admitir.
Me incliné hacia delante.
—¿Hizo que Mara se corriera ese día?
—Sí.
—¿No lo niega?
—No niego lo evidente. Niego haber matado a la señorita Salcedo. No niego haberla ayudado durante una sesión en mi retiro. No lo hice en su habitación, que es distinto.
—Eso lo dice usted.
—Y, aun así, es cierto.
Saqué otra foto. El pentagrama desde arriba, completo. Sus ojos no se movieron.
—Mara publicó en redes durante semanas sobre usted. Sobre lo que vivió en su retiro la primera vez que estuvo. Escribió que había sido una experiencia que le cambió la vida para siempre.
—Lo leí.
—¿La buscó después de leerlo?
—No.
—¿Las mujeres suelen repetir?
—Algunas sí.
—¿Por qué repitió ella?
—Porque una sesión no siempre es suficiente.
—Qué conveniente.
—Qué humano, diría yo.
Me dieron ganas de reírme en su cara. O de lanzarle la foto. No lo hice. Porque todavía me quedaba placa. Poco aguante, pero placa.
—¿Y el sábado por la noche? ¿Fue ella quien lo buscó a usted?
—No podía dormir. Salí a caminar. Nos encontramos. Me pidió hablar y accedí.
—¿En su habitación? ¿No podían hablar en el hall ? ¿En una cafetería? ¿En una puta zona común, ya que estamos?
—Me dijo que era personal. No quería que nadie la escuchara.
—¿Qué le dijo?
—Eso pertenece a Mara.
—Mara está muerta.
—Eso no hace que deje de pertenecerle.
Me quedé quieto.
El muy cabrón no levantaba la voz. No empujaba. No hacía nada que pudiera poner por escrito como «actitud desafiante». Lo suyo era peor. Te dejaba avanzar hasta que el que parecía un animal encerrado eras tú.
—Cuarenta y tres minutos hablando de algo tan personal que no puede contarlo.
—Cuarenta y tres minutos en los que me habló de lo que la asustaba, de lo que estaba intentando permitirse y de una persona que empezaba a importarle. Es lo único que puedo revelar. Acepté un abrazo al despedirnos y después me marché.
—Cuando la abrazó ya no respiraba.
—Sí respiraba, inspector. Me acompañó a la puerta. Su trabajo no debería consistir en obcecarse, sino encontrar a quien la mató.
Me levanté antes de decidir hacerlo.
La silla chirrió contra el suelo. Un sonido feo. Perfecto. Era lo único honrado de aquella habitación.
Vane no se movió. Ni siquiera parpadeó. Se limitó a observarme con la expresión de quien ha visto a demasiados hombres perder los nervios en habitaciones pequeñas y ha dejado de encontrarlo interesante.
—Mató a esa mujer y probablemente a Sofía Reyes.
Saqué las imágenes del primer asesinato y las planté encima de las de Mara.
La bañera. La sangre. El libro abierto por el capítulo diecisiete.
Pensé en la dedicatoria… Todo cobraba sentido en mi mente: el libro estaba dedicado a Aimara porque él le estaba dedicando su obra. Él: Samael Vane, el mismo hombre al que mi mujer convirtió en su obsesión.
Las mismas fotos que llevaba semanas mirando hasta que el rojo se me había metido detrás de los ojos.
—¿Cómo se conocieron? ¿Pidió información para una de sus pantomimas? ¿La captó por redes? ¿O su crimen fue rellenar un formulario y creerse especial durante diez minutos?
Samael miró las fotos como había mirado las de Mara. Sin horror. Sin culpa. Sin nada que pudiera usar.
Tenía que ser un maldito psicópata para no inmutarse.
—No la conozco.
—Claro que no.
—Es la verdad.
—La verdad… —repetí despacio—. Dos mujeres muertas. Dos escenas sacadas de los libros donde usted es el muso. Dos veces su sombra encima. Y usted sentado ahí, tan tranquilo, hablándome de verdades.
—Es lo único que puedo hacer.
—Pues no le está sirviendo de mucho. —Golpeé la foto de Sofía con el dedo—. Esta tenía treinta y un años. Vivía sola. Era lectora de la saga. Si estuviera viva, ¿le sonaría?
—No.
—¿Asistió a algún retiro suyo?
—No.
—¿Le escribió? ¿Se cruzaron en algún bar? ¿Le pidió una sesión privada? ¿Le prometió usted lo mismo que a todas?
—No, no y no.
Cada no igual que el anterior.
Sin ese medio segundo que necesita cualquiera para fabricar una mentira decente. Me estaba poniendo enfermo.
—¿Y a la señorita Duque? ¿La conocía antes de la misa literaria? ¿Se habían visto para que se documentara?
Ahí. Una mínima detención. Pequeña, casi invisible, pero estaba.
—Si se refiere a si nos vimos físicamente antes de la misa, o a si hablamos a través de redes sociales o telefónicamente, no. No habíamos coincidido antes.
«Samael…».
La voz de Aimara me taladró el cráneo. Otra vez. Su respiración rota. La sábana arrugada. Mi nombre ausente de una cama que también era mía.
—Nunca se habían encontrado antes.
—Como no fuera en sueños… —dijo él.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada sin pestañear.
Mentía. Lo sabía con la seguridad amarga de quien reconoce un veneno porque ya se lo ha tragado antes.
Era la primera vez en dos días que le veía un resquicio y no tenía con qué sonsacarle nada.
Nada. Un pelo, unas huellas y cuarenta y tres minutos en cámara que cualquier abogado mediano me desmontaba antes del segundo café.
La puerta se abrió.
Salas.
—Jefe. El abogado de Vane está aquí. Pide la puesta en libertad inmediata de su cliente.
No aparté los ojos de él.
Samael se acomodó en la silla. Sin alivio. Sin triunfo. Como si la llegada del abogado fuera una molestia menor, no su salvavidas.
Un hombre de unos cincuenta entró con traje gris, gafas finas y una serenidad de despacho caro. Cuatro palabras en voz baja con Vane. Luego me miró.
Aquel tipo era de uno de los mejores bufetes de Madrid.
—Inspector. No hay base para prolongar la detención.
No tenía nada nuevo. Él lo sabía. Yo también. Todos lo sabíamos.
Firmamos. El teatro de siempre. Papeles, frases legales, sellos y esa farsa absurda en la que todos fingíamos que el sistema era una máquina exacta y no un trasto viejo sujeto con celo y café de máquina.
Samael se detuvo junto a mí antes de salir.
—Inspector.
No respondí.
—Estaría bien que, por una vez, no persiguiera al hombre equivocado solo porque su ex lo convirtió en su inspiración.
Sentí el calor subir desde el estómago.
—Eso deja vía libre a quien sí está matando mujeres mientras usted pierde el tiempo intentando convertir su fracaso afectivo en una prueba.
Apreté los puños hasta notar las uñas en la palma. La placa pesaba demasiado para lo poco que me quedaba de cabeza.
—¡Me cago en…!
Salas me agarró del brazo antes de que la cagara a base de bien.
Vane salió.
La puerta se cerró detrás de él.
—¡¿Es que te has vuelto loco?! —me soltó mi compañero.
—¡Ha sido él, joder! ¡Me ha provocado en toda mi puta cara!
—Pues si ha sido él, demuéstralo. Pero no pierdas los papeles y hagas que te quiten el caso.
—Largo.
—Javier…
—¡Que te largues!
Salas apretó la mandíbula, miró las fotos desperdigadas sobre la mesa y se marchó sin decir nada más.
Me quedé solo.
Sofía Reyes. Mara Salcedo. Dos mujeres mirando hacia arriba desde el papel, como si incluso muertas estuvieran esperando que alguien hiciera bien su trabajo.
El hombre equivocado.
Volví a mi despacho con las manos todavía tensas. Encendí el portátil e hice lo único que podía cuando el caso me apretaba hasta dejarme sin aire: abrir el foro.