Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 23
37%

Capítulo 23

La cocina de mi casa había visto dramas. Vino derramado, crisis creativas, ataques de hambre a las tres de la mañana y una vez a Sandra llorando encima de una bolsa de patatas porque TikTok le había tumbado un vídeo por «contenido sensible» cuando solo había enseñado lomos de libros.

Pero nunca las había visto así.

Las tres sentadas alrededor de mi mesa, con el móvil de Sandra apoyado contra una taza, escuchando a Sue García Tuá hablar de muertos como si estuviera colocando chinchetas sobre un mapa que, por desgracia, tenía nuestras vidas en el centro.

Aimara no había dicho casi nada desde que llegó y eso, en ella, era un caso digno de estudio.

Tenía las manos cruzadas sobre el regazo y la mirada fija en el audio, aunque el audio no tuviera ojos.

Nina estaba de pie, pegada a la encimera, con una libreta abierta y el boli detenido en mitad de una palabra.

Sandra, por supuesto, había empezado a morderse el pellejo del pulgar.

Yo intentaba concentrarme en lo que estábamos escuchando y no divagar, lo cual no se me daba. Literal.

Cuando algo me sobrepasaba, mi cerebro lo convertía en composición.

La pantalla encendida. La taza con un desconchón.

Aimara pálida como una ilustración mal escaneada.

Nina convertida en línea vertical de ansiedad.

Sandra hecha un garabato humano. Y yo, la artista que tenía una manzana de cera sobre la encimera porque en su momento me había parecido «arte conceptual».

La voz de Sue llegó al cierre:

—… leed también entre líneas.

Sandra pausó el audio y nos sometió a la mirada escrutadora de una partida de mentiroso.

Nadie habló durante tres segundos. Tres segundos, en nuestro grupo, eran prácticamente una experiencia extracorpórea.

—Vale —soltó Aimara—. Que alguien me diga cómo coño esa tipa puede saber todo eso. ¿La habéis oído? Tiene más datos que el estúpido de Javier. Y mira que el listón está en el subsuelo, pero, aun así.

—Esa es la pregunta —corroboró Nina—. Cómo lo sabe. Y quién se lo está contando.

Tenían razón en todo, aunque una parte inútil de mi cerebro solo podía pensar en que el diseño del pódcast era precioso. Y que Sue, o quien le llevara la imagen, tenía una estética brutal, con una paleta cromática impecable.

Sandra me señaló con el pulgar, ofendida.

—¡Patri!

—¿Qué? Estoy procesando desde mi área de competencia.

Nina me ignoró, cosa que solía hacer cuando se ponía en modo lista de pendientes.

—Ha mencionado la tarjeta VIP. Eso no debería estar circulando. ¿Cómo es posible que esté al corriente?

—Lo dijo la policía, ¿no? —preguntó Aimara—. Me parece que lo oí en las noticias…

Nina apretó la mandíbula. Ahí estaba.

El gesto de «mi Excel interior acaba de encontrar una celda en rojo».

—Nina, ¿qué pasa? —le pregunté.

—No me cuadra —confesó—. Mara llevaba una tarjeta VIP.

Todas la vimos en la funda de su teléfono.

Pero yo gestioné esos pases. Doscientos.

Cada uno con QR, acreditación, nombre, lista y control de acceso.

¿No tendría que sonarme? No la reconocí de nada en el retiro. Tampoco su nombre, y eso es rarísimo.

—No tienes por qué recordar a todo el mundo —apostilló Sandra—. Yo no recuerdo ni lo que cené ayer.

—Tú no eres Nina, no te ofendas, bella —dijo Aimara, haciendo un gesto vago con la mano.

—Gracias, supongo.

—A ver, no digo que recuerde todas las caras —continuó Nina—. El evento era un baile de máscaras y había gente con medio rostro tapado, però … debería sonarme algo. El apellido. Una incidencia. Una nota. Cualquier cosa. Y, sin embargo, estoy en blanco. ¡ Cazzo !

Aimara se frotó la frente.

—Aquel evento fue un caos. Demasiada gente disfrazada de pecado editorial, sin contar camareros, actores, personal de apoyo… Igual se coló alguien. O alguien revendió su entrada. No sería tan extraño.

—¡ Madonna ! ¿En serio piensas que alguien pudo vender su pase? —preguntó Nina, seca.

—¿No viste a cuánto revendían en Vinted las galeradas que mandamos a algunas colaboradoras? —cuestioné con desaprobación—. Hay booktokers que por un poco de pasta venderían a su abuela y luego harían un unboxing del ataúd.

Sandra abrió la boca.

—No des ideas.

—Tendría sentido —admitió Nina, aunque se notaba que le dolía físicamente—. Si el pase no era suyo originalmente, por eso no me sonaba de nada. Mara no estaba en mi lista. O no con ese nombre.

El problema era que aquello no tranquilizaba. Solo cambiaba la forma del agujero.

Sandra levantó una mano.

—Yo tengo que contaros otra cosa.

La miramos.

—El domingo estuve conectada al directo especial que hizo Sue.

Aimara parpadeó.

—¿Ayer?

—Sí, bueno, en mi cabeza sonaba mejor. A ver, no me miréis así.

Era sobre los crímenes de BookTok y necesitaba saber qué se cocía en la periferia.

Entré por responsabilidad de amiga, bookfluencer y persona con insomnio severo después de ver cómo se llevaban detenido en mis narices a un tío capaz de provocar orgasmos sin tocarte. Iba a quedarme cinco minutos.

—Define «cinco minutos» —pedí.

Sandra hizo una mueca.

—Hasta las tres y pico, puede que fueran las cuatro.

—Sandra.

—¡Había muchísima gente conectada! Los crímers estaban en plena ebullición. Por eso necesitaba que escucháramos juntas el pódcast de hoy.

— Però , ¿esa gente qué es exactamente? —se interesó Nina.

—Una mezcla de flipados del true crime , cotillas profesionales, investigadores frustrados y señoras con foto de perfil de gato que tienen más datos que un inspector de Hacienda.

—Maravilloso —dijo Nina—. Una UCO con avatares de la vieja del visillo.

Sandra se inclinó hacia la mesa.

—En el directo hablaron de la primera fallecida.

Un tío aseguró que era camarero del bar en el que ella había estado horas antes de morir.

Dijo que llevaba varias semanas quedando con el mismo hombre.

Y que ese hombre no había vuelto por allí desde aquello.

Según él, era lo más sospechoso del mundo.

—Según un camarero anónimo de internet —matizó Nina—, que no sabemos si es camarero o una señora llamada Eustaquia embutida en un sofá con bata de coralina.

—Podría ser. Pero luego entró otro. El hijo de un taxista.

Dijo que su padre estaba en la parada frente al edificio de la chica asesinada esa noche.

Que se fijó en ella por el vestido y que la vio entrar con un tipo.

El padre no era de olvidar una cara con facilidad.

Y tampoco olvidó al hombre ni la ropa que llevaba.

Coincidía con lo que había dicho el camarero.

—Moreno, abrigo largo oscuro —dije.

Sandra me miró.

—¿Cómo lo sabes?

—A ver, estamos en Madrid. Por la noche ya refresca. No hace tanto frío como para un plumas, así que me he ido a lo básico-normativo. Moreno, abrigo oscuro y vibra de señor de recital de poesía.

Aimara siguió preguntando, aunque intentó que no se le notara la preocupación y le salió regular.

—¿Dijeron algo más del tipo?

En el fondo todas sabíamos en quién estaba pensando. Samael llevaba el fin de semana en manos de Javier Expósito y, por muy bueno que fuera su abogado, un calabozo seguía siendo un calabozo. Y Javier, un gilipollas con placa y ganas de usarla.

Sandra tragó saliva.

—Extremadamente alto. Cuarenta y tantos. Elegante. El taxista no dio muchos más detalles, pero dijo que rondaba los dos metros.

El aire cambió de peso.

—Podría ser Samael —murmuró Sandra con tiento.

—O un jugador de baloncesto —soltó Nina—. Hoy día cualquier tío de metro noventa ya parece una amenaza.

—¿Un jugador de baloncesto yendo a un bar de recitales? —pregunté—. No es por ser clasista, pero… ¿quién va a sitios así? ¿De verdad existen? Pensaba que se habían extinguido junto a Góngora y Quevedo.

Nina iba a decir algo, pero se detuvo en seco al escuchar la voz, cantarina, masculina y con cero respeto por mi sistema nervioso, que atravesó la estancia.

Pegué un bote tan ridículo que casi mandé la taza contra la pared. Rómulo estaba en el umbral, apoyado con el hombro en el marco y la familiaridad del dueño, y Remo detrás, más serio, más callado, con la mirada recorriendo la habitación antes de quedarse en mi cara.

Remo siempre hacía eso: miraba primero las salidas y después a las personas, como si el cariño fuera aceptable solo después de descartar una emboscada.

—¿Qué hacéis aquí? —pregunté.

Rómulo levantó un paquete de café vacío.

—Se nos ha acabado. Y hemos visto las noticias.

—¿Y por eso entráis en mi casa? ¿Desde cuándo tenéis llaves?

Pasó su escáner rápido por la cocina, vio la manzana en la encimera y la cogió para lanzarla arriba y abajo.

—No las tenemos. Simplemente sé dónde escondes la de repuesto.

Muy mal, peque, por cierto. Debajo de una maceta es el equivalente doméstico de escribir «róbame» con rotulador fluorescente.

Además, necesitábamos asegurarnos de que estabas bien mientras le echábamos mano a tu cafetera…

—Silbó—. Otra tía relacionada con vuestra serie ha estirado la pata.

Y después se llevó la manzana a la boca y le pegó un mordisco.

Sí. A mi puta pieza de arte.

Dos segundos después escupió contra el suelo con un ruido que no voy a reproducir por respeto.

—¿Qué mierda es esta? ¿Dónde compras la fruta? Porque ecológica no es, desde luego.

—¡Era una obra artística! —estallé—. Era de cera, idiota, y acabas de mordisquear mil pavos a lo bestia.

—¿Y cómo iba a saberlo? No debería estar en la encimera de la cocina. La gente se confunde, peque.

—La gente no se confunde porque la mayoría de mis invitados pregunta antes de comerse algo que no le pertenece.

Sandra se tapó la boca. Aimara soltó una risa mínima, rota, de esas que daban más pena que alegría. Nina cerró los ojos como quien pide freno a un santo italiano muy ocupado.

Remo se acercó al fregadero, abrió el grifo, esperó a que su hermano se enjuagara la boca y le tendió un trapo. Todo sin decir nada. Rómulo lo aceptó sin un ápice de orgullo herido y con restos de cera en la lengua.

—Sabe a cirio —protestó.

—¿Has comido muchos para saberlo? —refunfuñé.

—No te haces una idea… Aunque no de los que piensas.

—Eres un cerdo.

—Soy un hombre con experiencias amplias.

—¿Os parece si seguimos con el debate? No el de los cirios, el de antes —recondujo Sandra, con la voz demasiado aguda.

Remo miró hacia la mesa.

—¿Cuál era?

—Jugadores de baloncesto en recitales de poesía. ¿Misión imposible o misión improbable? —contestó Nina.

Rómulo se secó la boca con el trapo.

—Depende. Si la tía a la que quieres sonsacar es lectora de Silvia Platz, acudes a cualquier cosa que rime con mojar.

Lo miré despacio.

—Pero ¿sabes algo de Silvia Platz? No es una tía a la que le va el BDSM.

—Te crees muy listilla, ¿eh, peque? ¿Quieres que te susurre al oído todo lo que sé sobre ella?

—Prefiero que le susurres a una yegua.

Mentira. Era incapaz de hablar con Rómulo sin pensar en cosas poco honestas recitadas en mi oreja. Sobre todo sabiendo que Remo no nos quitaba los ojos de encima.

Era lo puto peor.

—Estábamos escuchando un pódcast de true crime —explicó Aimara—, y la chica que lo conduce parece saber más cosas que el estúpido de mi ex, que, por si se lo preguntan, resulta ser el inspector al mando de la investigación —remató sin énfasis.

—Esa Sue sabe muchísimas cosas —insistió Nina—, y tiene una comunidad muy amplia. Está visto que Javier no está tocando las teclas que debe; podría aprender de ella.

Sandra se enderezó en la silla con esa energía suya de persona que acababa de tomar una decisión y sabía que iba a tener que defenderla.

—¿Y si hablo con Sue? Tal vez podría ayudarnos a dar con el asesino de las reliquias. Se la ve cercana.

Rómulo frunció el ceño.

—¿Quién es el asesino de las reliquias?

—El cabrón que está haciendo de la serie de Aimara su tablero de juego —respondí.

Remo se apoyó en el borde de la encimera, brazos cruzados, mandíbula tensa. No dijo «eso es peligroso». No le hizo falta. Lo llevaba escrito en la postura.

Rómulo, en cambio, sonrió.

—Nosotros somos militares. Podemos ayudar.

—Esto es serio —le solté—. No necesitamos tipos con metralleta.

—Qué poco aprecias el romanticismo de una buena metralleta siempre lista para la acción.

—Rómulo —lo riñó su hermano.

Yo noté el calor bulléndome en el interior.

Remo me atravesó con sus pupilas. Después miró a Aimara, a Nina y, por último, a Sandra.

—Estábamos en el servicio de inteligencia.

La cocina entera cambió de temperatura.

—Eso… eso parece útil —aseveró Sandra.

Rómulo se encogió de hombros.

—Además, mi hermano escucha cosas que los demás no oyen. Yo caigo bien. No se me da mal sonsacar.

—Tú no caes bien. Caes encima —lo corregí.

—No sabes cuánto. ¿Es lo que quieres, peque?

Me quedé sin respuesta medio segundo. Medio segundo de más.

Rómulo lo vio. Remo también.

Aimara se levantó despacio y cogió el abrigo del respaldo de la silla.

—Bueno, pues entonces igual sí nos sirven. Yo me tengo que marchar. Tengo una reunión en la editorial con el señor Ashveil, Beatriz y nuestra querida abogada. Pero me parecerá bien lo que decidan.

Nina cerró la libreta y me miró de reojo con una expresión que llevaba demasiada información para un solo gesto. Luego le dio un codazo a Sandra, que empezó a toser como quien se ha tragado un spoiler .

—Y yo tampoco puedo quedarme, que debo pasear a la perra.

En fin, que me pongo en contacto con Sue y…

—Miró a Rómulo, miró a Remo, me miró a mí, y la frase se le quedó flotando en el aire como un globo de revelación de género con el color del sexo del bebé dentro—.

Vosotros tres, pues em… eso. A hacer lo que sea que vayáis a hacer.

Seguro que será muy… muy… satisfactorio.

Digo ilustrativo. O posicionalmente estratégico.

»Nina, ¿puedes pararme? —gimoteó con las mejillas coloradas al ver la diversión de Rómulo.

—Demasiado tarde, cara . El daño ya está hecho.

—¿Qué has dicho? —pregunté.

Aimara me besó en la mejilla.

—Suerte, bella.

—No me abandonéis con este par y una manzana profanada.

Nina ya estaba llevándose a Sandra a empujones.

—Patri, si descubres algo sobre los crímenes, avisa. Si haces otro tipo de averiguaciones, no quiero detalles.

Salieron como quienes huyen de un incendio y dejan dentro a la amiga con vocación de bombera suicida.

Me quedé con mis vecinos y una sensación extraña en la lengua.

Remo cerró la puerta de la cocina con suavidad.

Rómulo recolocó la manzana mordida y caminó hacia mí.

—Vale. Nada de comer arte. ¿Tienes algo mejor que ofrecer para que le hinque el diente?

Di la vuelta a la barra.

—¿Pero vosotros no habíais venido a por café?

Remo me miró.

—Hemos venido a protegerte. Incluso de ti misma. Cuéntanos lo que tenéis.

Me tragué el orgullo, el miedo y las ganas de preguntarle desde cuándo protegerme le sonaba tan natural.

—Tenemos dos muertas, una tarjeta que no debería estar donde estaba y a alguien que sabe entrar en sitios donde nadie lo invita.

Remo miró hacia la puerta por la que acababan de marcharse mis amigas.

—Entonces empezaremos por ahí —dijo Remo—. Por quién sabía cómo entrar sin que nadie lo viera venir.