Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 22
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Capítulo 22

Aquella noche no entré en sus sueños.

No por falta de ganas. La falta de ganas siempre me había parecido una superstición humana, una excusa tierna para no admitir miedo, cansancio o aburrimiento.

Yo no estaba aburrido. Con Aimara Duque era imposible aburrirse.

Podía estar de pie a tres metros, con una copa de vino entre los dedos y sus amigas despedazándole la compostura a base de chistes obscenos, y, aun así, convertir el aire en una cuerda tensa.

No entré en sus sueños porque estaba harto de ser una sombra.

Había pasado demasiado tiempo al otro lado de su descanso, en ese territorio sin testigos donde ella me invocaba sin saberlo y yo acudía como si todavía creyera en ciertas formas de piedad.

Había escuchado mi nombre en su respiración.

Había visto su imaginación abrir puertas que no debería conocer.

Había dejado que me escribiera, que me deformara, que me convirtiera en muso, monstruo, fantasía nocturna y error recurrente de Pinterest.

A partir de ahora quería convertirme en su maldita realidad. No iba a tomarla en sueños cuando podía hacer que me eligiera despierta. Con los ojos abiertos. Con esa boca suya afilada por el sarcasmo y la piel respondiendo antes de que encontrara una frase para defenderse.

Quería que me anhelara. Que me pidiera. Que me negara. Que volviera.

Así que, cuando ella y sus amigas fueron a sus aposentos, salí a caminar para no ir a por ella.

Me alejé de la finca y tomé el sendero que pasaba bordeando el bosque hacia la zona del hotel Las Siete Puertas, que quedaba aproximadamente a un kilómetro.

Así, las huéspedes no necesitaban vehículo para poder ir a descansar.

Estaba llegando cuando la vi. Mara. Llevaba una chaqueta sobre los hombros y el móvil en la mano. La tarjeta VIP de Aimara asomaba en la funda transparente. Al verme, se sorprendió y una sonrisa genuina empujó las comisuras de su boca.

—Señor Vane.

—Buenas noches, Mara. ¿No deberías estar ya descansando? Después de una sesión como la tuya, el cuerpo necesita reponerse.

—Sí, bueno, es que me he sentado un rato en una piedra a pensar. Lo de hoy ha sido catártico. Aprovecho para darle las gracias sin gente delante.

—No es necesario; solo te he dado lo que has venido a buscar.

—Igualmente, me… me gustaría, si no le importa, robarle algunos minutos. Po… podríamos hablar en mi cuarto. No me siento cómoda haciéndolo donde cualquiera podría oírme. Le prometo que serán apenas cinco minutos.

—No estaría bien, Mara. Hay líneas o esperanzas que es mejor no cruzar.

—No, no —respondió nerviosa—, le juro que solo quiero hablar. Lo necesito. Necesito que comprenda por qué vine y lo mucho que me ha ayudado. Nada más, se lo prometo.

Debería haberme marchado. El agradecimiento sincero era una trampa más eficaz que la tentación. La tentación, al menos, tenía la decencia de enseñar los dientes.

Fueron cuarenta y tres minutos.

Un familiar. La infancia. Una casa donde nadie escuchó.

Terapia durante años. Un cuerpo convertido en habitación cerrada desde dentro.

Y la llave, por supuesto, siempre en manos de otros.

No lo contó con morbo. Solo dejó las palabras en el aire, una detrás de otra, como quien descarga piedras de un bolsillo.

—Hoy he sentido que mi cuerpo seguía siendo mío —dijo al final—. Hay alguien. Una persona buena. No me atrevía. Pensaba que iba a romperme si daba ese paso. Ahora creo que puedo intentarlo después de lo ocurrido hoy.

—Entonces inténtalo. Pero solo si quieres. No porque sientas que debes demostrar que ya estás reparada.

—Se lo agradezco más de lo que imagina. ¿Puedo darle un abrazo?

Normalmente no aceptaba; sin embargo, asentí.

Me marché aceptando su gratitud.

La serpiente, bajo mi piel, estaba quieta. Con Mara y las demás mujeres era lo que tenía que ser.

🧙🏻‍♀️🧛🏻🧚🏻🐺

A la mañana siguiente, cuando pedí voluntarias, Aimara levantó la mano en la sala circular.

Sus amigas hicieron un ruido colectivo muy poco espiritual. Sandra se llevó las manos a la boca. Patri sonrió como si acabaran de regalarle un incendio. Nina murmuró algo en italiano que no necesitaba traducción.

Aimara se levantó nerviosa.

Mi placer más antiguo no fue verla desear. Fue verla luchar contra ello.

Caminó hasta el centro con esa valentía suya de mujer que prefería morder antes que admitir temblor. Llevaba el pelo suelto, la barbilla alta y los ojos fijos en mí, dispuesta a culparme de todo antes de que empezara.

—Me alegra que hayas decidido dar el paso sin coacción.

—Yo no estaría muy segura de ello —dijo, cabeceando hacia sus amigas.

—Podemos parar cuando quieras.

—Eso espero, porque si me humillas delante de treinta desconocidas, mis amigas venderán entradas para la secuela.

—Tus amigas te sostendrán.

—Mis amigas me harán memes.

—También.

Cerró los ojos.

—Respira —ordené.

—Estoy respirando.

—No. Estás negociando con el oxígeno, que es distinto. Voy a sentarte frente a mí, en una esterilla. ¿Te parece bien?

Sus pupilas se abrieron apenas. Ahí estaba. La grieta. Asintió.

La coloqué: fuera zapatos, las plantas de los pies en contacto con el suelo, rodillas separadas, muslos abiertos. Entrega.

Apoyó las manos sobre las rodillas. Sus dedos no paraban, un gesto mínimo, casi invisible. La escritora que había construido imperios con palabras no sabía qué hacer con las manos cuando el silencio la desnudaba.

Levanté las mías. No la toqué. Todavía.

Mi don no entró en ella como una invasión. Lo dejé acercarse despacio, como calor bajo una puerta. Primero la respiración: Aimara intentó controlarla y falló en el tercer intento. El aire se le quedó atrapado en la garganta.

—Respira donde te niegas —murmuré.

—Qué frase más insoportable.

—Y, aun así, vas a hacerla tuya.

La energía encontró su pecho cuando mis manos pulsaron el chakra que habitaba entre sus pechos. Sus pezones se endurecieron bajo la tela antes de que pudiera ocultarlo. Su cuerpo se tensó, pero no retrocedió, y mi energía los presionó como a ella le gustaba.

Un pequeño jadeo con sabor a victoria escapó de sus labios.

«Bien».

Bajé las manos unos centímetros. Aimara quería apretar los muslos, pero no podía.

No necesitaba tocarla para saberlo: palpaba su humedad sin rozar su piel, no como un dato, sino como respuesta.

Su cuerpo me hablaba en un idioma anterior a la vergüenza.

Y yo llevaba demasiado tiempo esperando oírlo despierto.

—No pelees conmigo —murmuré.

—No estoy peleando contigo.

—Estás peleando con lo que quieres de mí, que es lo mismo.

Sus labios se entreabrieron. El inferior le tembló una vez. Después su aliento se cortó y el temblor bajó por ella.

La serpiente se movió bajo mi piel. No de alerta, de reconocimiento.

Aimara cerró los ojos. Error. En la oscuridad de sus párpados me conocía mejor.

La energía subió desde su vientre, densa, arrastrando consigo años de ficción, sueños robados y esa respuesta suya sobre las jaulas.

No había solo deseo. Había algo más antiguo.

Algo que no debería estar ahí en una mujer que llevaba cuarenta años viva.

Algo que, sin embargo, me reconoció desde el primer roce como quien reconoce una voz antes de distinguir las palabras.

Me detuve. Un segundo. Solo uno, sobre el latido acelerado de su corazón.

—Mírame —dije.

No obedeció.

—Aimara, quiero tus ojos abiertos ahora.

Sus párpados saltaron como un resorte.

La boca anhelante. Las mejillas encendidas. La gota de sudor en la base de su garganta. La furia de no querer rendirse y el placer quebrándole la estrategia desde dentro.

—Eso es —susurré—. No estás cayendo, estás volviendo a mí.

No supe por qué lo dije. Sí lo supe. Porque la quería consciente.

Su cuerpo respondió con una sacudida pequeña.

El sonido que escapó de su garganta no llegó a gemido, pero tuvo intención de serlo.

Bajé las palmas hasta llegar al punto de calor extremo.

El borde de su placer estaba nítido, caliente, a punto de romperse.

La empujé sin tocarla, moviendo las manos, friccionando el punto de placer, empujando aquella corriente invisible capaz de meterse dentro.

Oscura, terrenal, empapada…

Aimara abrió la boca. Seguí. No podía detenerme, aunque lo que más deseara fuera cargarla sobre mi hombro para hacerla mía del modo más primitivo que existía.

—Estás lista… Bēlatî .

«Mi señora», traduje en la lengua que se hablaba cuando los árboles aún recordaban quién los había plantado.

Aimara apoyó las palmas en el suelo en entrega total. Yo seguí ahondando, tensando, frotando, alcanzando aquel rincón que mi alma quería atravesar. Todo en mí estaba duro, caliente, listo para que ella me recibiera, aunque aún no hubiera puesto un solo dedo sobre su piel.

—No puedo más…

—Córrete, entrégate, sé mía.

Entonces la puerta se abrió de golpe. El placer se cortó como una cuerda. Aimara jadeó, perdida, furiosa, preciosa en su interrupción.

Javier Expósito entró con dos agentes y cara de hombre que había encontrado una excusa legal para odiarme y el motivo de la ruptura de su relación. Todo servido en el mismo plato.

—Samael Vane, queda usted detenido por su presunta relación con la muerte de Mara Salcedo.

Aimara parpadeó incrédula. Temblorosa, sin saber muy bien lo que ocurría. Yo no la miré. Si lo hacía, iba a hacer algo que luego requeriría explicaciones con el Consejo.

—Inspector —respondí, bajando las manos—. Qué acusación tan desafortunada, y en mitad de uno de mis rituales.

Él no sonrió.

—Tranquilo, seguro que en la cárcel su talento le servirá. Muchos le tienen ganas, ¿sabe?

Las asistentes empezaron a alterarse. Aimara se puso en pie y se encaró a su ex, mientras me colocaba las esposas.

—¿Puede saberse qué narices haces? ¿Es que te has vuelto loco?

—La que te has vuelto loca eres tú —dijo con desprecio—, ofreciéndote como una vulgar groupie a este tío que se carga a tus lectoras. No te reconozco.

—¡Él no ha hecho nada!

—Eso tendrá que demostrarlo ante un juez.

—Tranquila, Bēlatî . Esto es un error, como lo fue lo tuyo con él.

Expósito me zarandeó de malas maneras y me llevó consigo, ignorando que, si lo hubiera deseado, ya estaría muerto.

Crucé la sala hacia la puerta. La serpiente empujaba contra mi camisa. Detrás de mí, Aimara seguía de pie donde la había dejado, en el centro exacto de la sala, con el placer a medias y mi nombre atascado.

Aimara todavía no lo sabía, pero Javier Expósito y su placa de hojalata acababan de convertirse en el menor de nuestros problemas.