Capítulo 21 #2
Después Patri se dobló sobre sí misma, muerta de risa, tratando de que no se oyera.
—Eres una cerda —le reproché.
—Me gusta compartir, que es distinto. ¿Para qué conformarme con uno pudiendo tener dos? Aunque no parecen muy por la labor. Creo que ser la hermana pequeña de su mejor amigo no ayuda.
—Silencio —murmuró una asistente delante, mirando a Patri ofuscada.
—Perdón, es que mi útero ya ha conectado con la llamada.
Entonces Samael levantó una mano.
La sala cambió.
No hizo nada espectacular. No hubo música épica, ni viento en las cortinas, ni mujeres levitando como extras de videoclip caro. Solo levantó la mano y todas las cabezas se inclinaron hacia él un par de grados, como plantas buscando una ventana hacia el sol.
Pidió una voluntaria.
Se levantó una mujer de unos treinta y tantos, pelo castaño claro, vestido verde oscuro, los nervios temblándole en la comisura.
—Oye, ¿esa no es la que antes te ha dicho que era lectora tuya? —comentó Nina.
Asentí. Lo cierto es que había unas cuantas con las que nos habíamos cruzado en el vestíbulo.
—Ho-hola, me llamo Mara.
«Y llevo seis años sin follar», completó mi mente como si se tratara de una reunión de castos anónimos.
Llevaba el móvil en la mano. Dentro de la funda transparente tenía metida una tarjeta VIP de uno de mis eventos. La vi porque mi nombre asomaba en una esquina, dorado y ridículo.
—Yo la sigo —susurró Sandra—. Subió hace unos días un reel diciendo que el retiro de Samael le había cambiado la vida, aunque no pudo alcanzar el orgasmo.
—¿Es que se puede repetir si no funciona? ¿Es rollo «si no sale satisfecha, vuelva hasta que se corra»? —preguntó Patri.
—Pues tendría su punto, porque esto cuesta un pastizal —afirmó Sandra.
Mara se sentó frente a Samael.
Él no la tocó y, aun así, me puse nerviosa.
Las manos de mi muso quedaron a pocos centímetros de sus hombros, después de su garganta, después del centro de su pecho. La voz bajó hasta convertirse casi en un hilo.
—Respira donde te duela y déjame llegar hasta ahí, Mara. No cierres la puerta.
Mara soltó una risa rota.
—No sé hacerlo. La otra vez no pude.
Ahí estaba la respuesta.
—Eso no debe limitarte. Un «no» jamás significa que no pueda haber un «sí». Solo necesitas abrirte a ti misma. Eres merecedora de placer, Mara. Nadie debe decirte qué o cómo sentirlo porque forma parte de ti. Dame tu aprobación para entrar y te lo demostraré.
«Yo quiero que entres en mí y no dejes de hacerlo», rugieron mis adentros, y por una fracción de segundo creí ver que su atención se posaba en mí.
Nadie respiró. Oí a Nina tragar saliva.
Mi lectora cerró los ojos. Al principio no pasó nada.
Samael volvió a repetir aquellos movimientos sin rozarla. Hizo un gesto y uno de los asistentes acercó una silla de madera.
—Siéntate y separa los muslos, Mara. No me bloquees.
—A mí me dice eso con esa voz y lo necesitada que estoy y me corro al momento —gimoteó Sandra.
—Shhh —la mujer de delante volvió a hacernos callar.
Él impuso sus manos sobre la zona baja de la tripa y comenzó un vaivén hipnótico que pretendía masajear la energía clitoriana y empujarla.
Quise tragar, pero tenía la boca seca, y entonces Mara empezó a temblar.
No de una forma teatral, no como alguien actuando.
Le temblaron las manos, la mandíbula, los párpados.
Una respiración se le quebró en la garganta.
Las mejillas se le encendieron. El cuerpo se le arqueó apenas, como si algo tirara de ella desde dentro y ella por fin hubiera dejado de pelear.
Yo debería haber mirado a otro lado. No lo hice.
Porque era íntimo, sí, pero también hermoso, liberador de una forma incómoda.
En mi cabeza ya lo estaba escribiendo: la mujer que se reconoce, el monstruo que solo señala la puerta y la deja entrar sola.
Maldita costumbre la mía de convertir el milagro ajeno en material documental.
Pero a eso había venido, ¿no?
Mara empezó a gemir, a respirar con dificultad, y de algún modo inexplicable todas conectamos con aquel calor, aquella pasión desbordada.
La vimos romperse, jadear, empujar sus caderas y estallar entre lágrimas, con la respiración tanto o más acelerada que la suya.
Luego se rio. Y luego el sonido que salió de su boca no fue exactamente llanto ni risa, sino una rendición tan pura que se me cerró la garganta.
Samael bajó las manos.
—Vuelve despacio —le dijo—, sin prisa. Tómate tu tiempo, Mara.
Ella abrió los ojos como si acabara de regresar de un sitio sin cobertura.
—Gracias, Dios mío, gracias —susurró con la voz quebrada.
—No le des las gracias a Dios por algo que era tuyo; no lo merece.
A mi lado, Sandra murmuró:
—Vale. O esto es real o esta mujer merece un Goya. Quiero una de esas sillas para mi casa.
Yo no respondí. Samael me miraba. Maldita vaina . ¿Por qué me afectaba?
«Porque tú quieres eso para ti, reconócelo».
Yo quería mucho más que eso y quizá ese era el problema.
En el descanso, intenté escaparme hacia la mesa de infusiones como si el rooibos pudiera salvarme. No pudo. Samael apareció a mi lado con la falta de ruido propia de un depredador.
—¿Te ha gustado lo que has visto? —preguntó.
Cogí una taza.
—Como dijiste, soy escritora; documentarme es mi manera de pagar facturas y, bueno, quizá aquí haya algo de material.
—No has venido por eso.
—¿Ah, no? ¿También haces lecturas de aura con suplemento?
Su boca se curvó.
—Has venido porque una parte de ti sabe que hay cosas que no inventaste en tus libros y que te apetece vivir.
El calor de la taza se me clavó en los dedos.
—¿Y tú qué quieres? ¿Por qué me has invitado? —pregunté.
—Que dejes de escribir desde el borde y lo hagas desde la experiencia.
—No sabes desde dónde escribo.
—Sí lo sé.
La frase me tocó en un sitio raro. No el cuerpo. Más adentro. Abrió una puerta sin usar la mano.
—No inventes.
Sus ojos se oscurecieron, si es que eso era posible.
—Ambos sabemos que no lo hago.
Me fui antes de que mi cerebro decidiera abandonar el barco o bajarse a la bodega con el capitán.
El resto de la tarde transcurrió entre ejercicios de respiración, mujeres llorando con elegancia y Sandra tomando notas mentales para una reseña que, según ella, se titularía: «Fui a un retiro de Sam Vane y ahora entiendo por qué mi terapeuta cobra mucho».
Después de la cena, las cuatro nos sentamos en una terraza con mantas, vino blanco y vistas al monte.
—Aimi —dijo Patri—, tienes que hacerlo.
—No.
—Por documentación —añadió Sandra.
—Menuda panda de Judas con copa, bellas.
Nina se encogió de hombros.
—Una autora comprometida con el rigor debería hacer trabajo de campo.
—Tú cállate, señora «Darian me pone hambrienta». Puedes negarlo todas las veces que quieras, pero todas sabemos que lo vuestro es un haters to lovers de oficina de manual.
Nina se atragantó con el vino.
—¡Eso no es así!
—Es peor —dijo Sandra—. Te lo estás guardando en lugar de compartirlo con nosotras.
—Estoy de acuerdo en ambos casos —asumió Patri—. Nina, a ti Pátula te pone a mil y tú, Aimara, debes dejar que te ponga sus manos encima por el bien de la comunidad.
—El problema, bellas, es que yo no soy migajera —les aclaré, rellenando las copas—. No me conformo con las migas y este señor es uno para todas. Lo siento, Patri: yo no comparto.
Patri me apuntó con la copa.
—Pues por una vez en tu vida, deberías. Si luego escribes una escena floja porque no quisiste vivir la experiencia, te la dibujaré con violencia.
—Es que ese tío no es comparable a Javier —soltó Sandra, de pronto seria, con el vino a medio camino—. No ha tocado a la pobre Mara y la mujer ha visto a Dios. No es la misma liga. Ni el mismo deporte.
Nina levantó la copa.
—Brindo. Por los hombres que no necesitan manual de instrucciones y por los que te imantan el líroris con solo acercar las manos.
—El líroris —repitió Patri, encantada—. Me lo apunto para un fanart .
Me reí, aunque lo cierto era que me había picado el gusanillo y solo tenía ganas de probar.
—Muy bien, ustedes ganan. Mañana me ofreceré solo por el bien de la comunidad y de la nueva novela que saldrá de aquí.
—¡Así se habla, hermana! —festejó Patri.
Traidoras. Las tres sonrieron como hienas con gloss .
Mara pasó junto a nosotras con la tarjeta VIP asomando en la funda del móvil y una sonrisa tan luminosa que, al día siguiente, me iba a parecer obscena.