Capítulo 21
El retiro de Samael Vane quedaba a las afueras de Madrid, entre San Lorenzo de El Escorial y el monte Abantos, y se llamaba El Umbral.
Porque «Centro de bienestar integral con parking gratuito» no habría tenido el mismo aire de milagro uterino con amenities .
Llegamos el viernes siguiente a nuestra presentación oficial en la misa. Y digo llegamos porque, aunque la invitación había sido para mí, él la hizo extensiva a todas mis amigas bajo amenaza, o lo que viene a ser lo mismo: cuando le dije que sin ellas no pensaba acudir.
El jueves anterior nos tocó atender juntos a muchas fans.
Ciarán dejó dicho que no nos separáramos ni para ir al baño.
Bueno, quizá eso no lo dijo, pero la orden era clara; así que hubo un instante, por raro que parezca, en el que nos quedamos solos.
Creo que fue cuando los actores que interpretaban a los personajes de mis libros montaron una escenita inclusiva con las lectoras de lo más tórrida.
Samael se giró hacia mí y, con aquella mirada impenetrable, me dijo si podía hacerme una pregunta.
—Adelante.
Sentía curiosidad, aunque las dudas masculinas siempre solían ir por el mismo derrotero y preferí no juzgar.
—¿Por qué escribes?
La respuesta, retenida durante años, tensó algo dentro de mí.
No la respuesta bonita de entrevista, la que vende bien, la que la editorial habría enmarcado en una nota de prensa con mucho branding y poca sangre. Le di la honesta.
—Porque no soporto las jaulas. Ni las de oro, ni las de amor, ni las de «es por tu bien», ni las que te ponen con una sonrisa y luego esperan que des las gracias.
Escribo porque toda mi vida he visto a mujeres tragarse el deseo, la rabia, las ganas de irse, las ganas de quedarse, las ganas de pedir más…
y encima pedir perdón por tenerlas. Y no. Qué vaina con eso, de verdad.
Lo miré de frente.
—Escribo porque alguien tiene que decirles que pueden querer sin arrodillarse.
Que pueden desear sin convertirse en pecado.
Que pueden mirar a un hombre, a un monstruo o al mismísimo infierno y decidir si entran, si salen o si le prenden fuego a la puerta.
Porque, hasta donde yo sé, ninguna mujer nació para pedir permiso. ¿Te parece mal?
—Me parece que no es una respuesta pequeña.
—Es que yo no escribo cosas pequeñas. Aunque a ciertos hombres les escueza que una novela con seres paranormales digan más verdad que sus discursos de adulto responsable.
En mis historias salen mujeres con hambre, con colmillos —y no me refiero a los de los vampiros—, con ganas de romper el guion que les escribieron otros.
Mujeres que un día se miran las manos y entienden que no nacieron para obedecer.
Y, coño, si eso molesta a algunos, que se aparten.
Él no se apartó. Al contrario.
—Quiero invitarte.
—¿Invitarme?
«Tierra llamando a útero, dudo que sea ese tipo de invitación. Aimara, contrólate, bella».
—A uno de mis retiros de fin de semana. A mí también me prejuzgan. Me gustaría que vieras de cerca lo que hago antes de decidir qué clase de hombre soy. Quién sabe, quizá encuentres inspiración para una nueva serie que se base en algo más que mi físico.
Aquello escoció un poco y yo, que era una escritora que había sobrevivido a tres mudanzas, a una ruptura y a que me funeara un foro de antiromantasy , decidí que ir sola a un retiro de orgasmos energéticos invitada por mi muso del demonio era una experiencia a compartir.
—No trabajo sola.
Samael arqueó apenas una ceja.
—Eso ya lo sé.
—Si voy, quiero que mis chicas vengan conmigo. Son parte de mis historias tanto como yo y también deben inspirarse.
«¡Qué coño, lo merecen!».
Me sostuvo la mirada; aquella condición le interesaba más de lo razonable.
—Entonces procuraré que el infierno tenga plazas suficientes.
Y ahí estábamos.
Yo lo veía como una escena de uno de mis libros, claro, porque mi cabeza no sabía hacer otra cosa: cuatro mujeres llegando a la casa del prota sexy que todos los maridos quieren aniquilar.
La cámara abriéndose despacio sobre la fachada, el lector sabiendo algo que ellas todavía no.
La diferencia era que en mis libros yo controlaba quién sobrevivía al capítulo.
Nina bajó del coche con gafas de sol, libreta y expresión de estar calculando el coste por metro cuadrado de cada piedra.
Sandra, con el móvil ya en horizontal, grababa un plano de la finca que juró no publicar «a menos que el retiro resultara ser una estafa piramidal».
Patri fue la última: unos jeans negros, labios rojos y se quedó parada un segundo mirando la casa con los ojos entornados, como hacía siempre que algo le pedía que lo dibujara.
—Este tío debe de ganar una fortuna para costear esto aquí. —Sandra era incapaz de bajar el móvil—. Voy a reventar el algoritmo.
—Huele a fraude fiscal con mindfulness —murmuró Nina.
Patri respiró hondo.
—Huele a que aquí una se puede venir arriba sin que la juzguen. —Ladeó la cabeza—. Y mirad la fachada, tías. Toda la piedra en diagonal. Esto lo diseñó alguien que sabe que el ojo sube solo hasta esa puerta. Te obligan a mirar arriba sin que te des cuenta.
—Bellas, lo único que ahora importa es que no haya metido a mis amigas en una secta en la que nos hagan bailar desnudas.
Nina me miró de lado.
—Aimi, vinimos a un retiro organizado por un hombre que parece diseñado por una mujer. Secta no sé, y desnudas tampoco, però buen gusto en branding tiene.
Nos recibieron dos asistentes con sonrisas calculadas y nos pusieron una pulsera de huéspedes premium : las que dormíamos en la finca y lo teníamos todo incluido.
Las participantes con entrada de día se alojaban en un hotel cercano llamado Las Siete Puertas.
Patri soltó una carcajada cuando se lo dije.
—¿Las Siete Puertas? ¿En serio?
—En esta zona hay leyendas sobre entradas al infierno —expliqué, porque una podía tener miedo y seguir siendo una friki documentada—. Lucifer, el monte Abantos, rocas con huellas del Diablo, ese tipo de vainas que tanto me gustan.
Sandra abrió mucho los ojos.
—¿Y este señor ha montado aquí un retiro de placer consciente? A ver si resulta que tiene un altar para los sacrificios y bebe sangre de vírgenes.
—Aquí las vírgenes escasean. Habéis visto el promedio de edad; creo que va a juego con las cuentas corrientes —aseveró Patri.
—Sutil como una pedrada en una vidriera —afirmó Nina.
Yo no contesté porque en ese momento Samael apareció en lo alto de las escaleras.
Vestía de negro, sin túnica rara, sin collares de gurú, sin sandalias de hombre que ha renunciado al desodorante por convicción espiritual. Pantalón oscuro. Camisa negra remangada. Piel que parecía absorber los rayos del atardecer en lugar de devolverlos.
A mi lado, oí a Patri tomar aire entre dientes.
—No. Me. Jodas —susurró—. Mira cómo le cae la luz. No hay relleno ni bótox en esa cara. Si lo dibujo, no necesito sombrear: ya viene con la sombra puesta.
Me vio. Durante un segundo, solo existió eso.
No bajó la vista por mi cuerpo ni hizo ninguna de esas vulgaridades con las que algunos hombres confunden intensidad con falta de educación. Me miró a la cara. Completa. Como si ya conociera la ruta y, aun así, quisiera volver a recorrerla.
—Señoras —nos saludó.
—Señor gurú del placer con parking privado —murmuró Sandra, bajito.
Le clavé el codo.
—¡Sandi!
—¿Qué? No he dicho «señor orgasmo sin tocar», que era peor.
Samael sonrió apenas. Por supuesto que la había oído.
«¡Coño, si es que no las podía sacar de casa!».
Después se dirigió a todas, porque sí, habían acudido en manada al pie de la escalinata al verlo.
—Bienvenidas a mis humildes instalaciones. Mi personal las acompañará a sus aposentos. Espero que les guste la experiencia y vuelvan a sus hogares encontrando lo que han venido a buscar. Nos vemos en veinte minutos en la sala circular. Pónganse cómodas y ábranse al placer.
—Creo que ya he mojado las bragas —Nina se abanicó.
—No me extraña. Después de tu último ligue, que parecía un elfo, necesitas expandir horizontes más allá de la editorial. A veces pienso que duermes en la sala de archivo. —La abrazó Patri por detrás.
—A veces lo hago —confesó Nina—. Pero, aunque no lo crean, tengo un piso. No es una leyenda urbana.
Como dijo Samael, nos condujeron a nuestras habitaciones y nos dieron indicaciones para llegar al punto de encuentro.
La sala recibía aquel nombre porque, en efecto, tenía forma de círculo, con ventanales abiertos al monte. Colchonetas, cojines, velas apagadas y unas treinta mujeres deseosas aguardaban sentadas. Algunas parecían emocionadas. Otras, nerviosas. Una lloraba antes de empezar.
Samael se colocó en el centro.
—No estoy aquí para convenceros de nada. La fe que necesita publicidad suele tener mala salud. Estoy aquí para que observéis qué ocurre cuando dejáis de tratar el cuerpo como una prueba y empezáis a escucharlo y a abrazarlo como una memoria.
Nina se inclinó hacia mí.
— Allora . Como discurso de apertura, no está mal.
—Y sin PowerPoint —susurró Sandra.
—Yo necesito un orgasmo como la que más —soltó Sandra, sin mover los labios.
Patri se llevó una mano al pecho.
—Gracias por verbalizar lo que todas estábamos pensando, hermana.
—Yo no estaba pensando eso —mentí.
Nina me miró por encima de las gafas.
—Claro. Y yo no pienso en vampiros diciéndome guarradas contra un archivador.
—¿Ese vampiro no se parecerá a tu queridísimo conde Pátula? Porque las malas lenguas rumorean que últimamente se te ve muy acalorada en su presencia.
—He dicho vampiro, no Pátula. Y, si me acaloro, es porque lo haría hervir en una olla. Yo solo digo que un orgasmo de esos cósmicos sin necesidad del satys no me vendría mal.
—Yo me apunto —afirmó Patri.
—Amiga —contraatacó Nina, bajando aún más la voz—, después de lo que vimos en el bar con tus vecinos, las tres sabemos que estás en tu etapa come, reza, ama.
—No soy muy de rezar.
Nina chasqueó la lengua.
—No, però seguro que hincas mucho las rodillas para comer y amar durante horas a ese par.
—Ojalá.
Le salió del alma. Durante dos segundos nadie respiró.