Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 20
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Capítulo 20

Llevaba una semana conviviendo con una humana y una mastina de casi sesenta kilos, y todavía no encontraba explicación a cómo aquello no me había destruido.

Sandra había traído ruido. Llamadas, audios, risas repentinas, conversaciones con Lluna en las que ambas parecían entenderse y una facilidad preocupante para tropezar con muebles que no se movían de sitio hasta que se topaban con sus pies.

Todo en ella contradecía lo que mi educación consideraba tolerable. Era despistada. Hablaba demasiado. Se disculpaba con las lámparas después de golpearse con ellas. Y, contra todo criterio, me hacía gracia.

Aquello era un problema. Los altos fae no encontrábamos divertidas las imperfecciones. Las corregíamos o las omitíamos. Sandra perdía el móvil dentro del sofá y yo contenía algo peligrosamente parecido a una sonrisa.

Me abotoné la camisa frente al espejo del vestidor.

Chaleco bordado en hilo plateado, ceniza y ramas secas, un diseño antiguo de la Corte del Velo de Ceniza.

Apropiado para una cena protocolaria con mi padre, mi madre, los representantes de la Corte Oscura y la mujer con la que llevaba prometido más tiempo del que Sandra consideraría saludable.

A mí me parecía excesivo para sentarme a una mesa y fingir que mi futuro no llevaba siglos redactado por unas manos que no eran las mías.

El metal del edificio me provocaba la jaqueca de siempre. Madrid entero era una resaca mágica con tráfico. Aquella semana, sin embargo, había notado en intervalos sin lógica que el zumbido cedía, que la conexión con lo que yo era se despejaba unos minutos.

Siempre cuando ella estaba cerca.

No lo pensé más. Había cosas que convenía no nombrar hasta estar seguro de querer cargar con ello.

Tomé el abrigo y la puerta del piso se abrió.

—Venga, que ya hemos paseado suficiente, a casa, que hace un frío de…

La frase murió.

Lluna había hecho el cálculo que siempre hacía: identificar a la persona más improbable de la habitación y tratarla como una emergencia afectiva. Cruzó el salón a una velocidad pasmosa y se lanzó con las patas delanteras contra mi pecho para empezar a lamerme la mandíbula con entrega homicida.

El chaleco sobrevivió de milagro. Las patas, no. Dos marcas de barro húmedo quedaron sobre la seda, a la altura del bolsillo, con la precisión de quien deja firma.

—¡Lluna, baja! ¡Baja ahora mismo! —Sandra soltó la correa y cruzó el salón a trote—.

¡Que te juro que te mato! Lo siento, perdona, es que cuando está contenta no hay quien la pare y te tiene fichado porque le das mimos en las orejas— Lluna, en serio.

¡Ay Dios! ¡Te ha puesto perdido! Es que hemos ido al pipican y se ha puesto a chispear.

Bajé la vista. Las marcas eran pequeñas. Perfectamente visibles.

—No pasa nada.

—Madre mía. —Sandra atrajo a la perra por el collar, pero no me miraba el chaleco. Me miraba a mí, con una expresión que pasó del horror a algo menos fácil de clasificar—. Dios. Bueno. El traje está… o sea. Que estás… —Carraspeó—. El barro. Lo limpio. Espera.

Extendió la mano frotó sus palmas contra las huellas y al ver que no se iban las contempló horrorizada.

—Ay madre, creo que lo he empeorado. Cuando me pongo nerviosa mancho más de lo que limpio. Lluna, te odio. Con todo mi amor, pero te odio.

La mastina se tumbó a mis pies y bostezó.

—¿Ibas a salir? —preguntó.

—Sí.

Me miró de arriba abajo con esa mirada suya apreciativa y las mejillas sonrojadas.

—Ay, Dios, debes pensar que soy idiota. Está claro que alguien no se viste así para ver Netflix con una manta encima. ¿Vas a una boda de noche?

—No.

—Bueno, es que tu ropa es como de ceremonia. En mi mundo alguien solo lleva un tres piezas si va a un bodorrio, una comunión o a una entrega de premios. ¿Han premiado a la editorial?

—Voy a cenar con mis padres.

Parpadeó.

—Yo cuando cenaba con los míos iba en sudadera.

Lo dijo con humor, pero la última palabra perdió peso antes de llegar al suelo.

—Perdona, que te entretengo. Ni que tuvieras que darme explicaciones. Yo me haré cualquier cosa para cenar y me conectaré un rato a redes. Disfruta de lo que sea que celebréis.

—Si te soy franco, es lo que menos me apetece esta noche.

Sandra dejó de moverse.

—Pues ve igual.

No lo soltó como orden ni como consuelo. Más bien con una tristeza suave, de las que se te clavan y te dan ganas de saber lo que sucede.

—Aunque no te apetezca, aunque a veces parezca que una cena con tus padres es un coñazo, es una bendición que puedas sentarte con ellos a una mesa, hazlo. —Una pausa—. Yo perdí a mi madre por una enfermedad y no hay día que no piense si pude compartir más ratos con ella.

Comprendía lo que decía Sandra, aunque el afecto entre los altos fae se medía de un modo distinto.

Nosotros teníamos siglos para pensar en la muerte. Los humanos la tenían demasiado cerca y eran capaces de nombrarla con una limpieza que dejaba sin defensa.

—Bueno, en fin, que te vayas. Tranquilo, no voy a esperarte despierta. Aunque claro, tampoco tendría por qué hacerlo porque tú y yo, em… bueno, que… —Señaló el pasillo—. Puerta.

—¿Puerta? ¿Me estás echando de mi piso?

Se puso roja de golpe.

—¡No! Qué horror. Quería decir que la puerta está ahí, no que… que no te echo, faltaría más, si el piso es tuyo y yo soy la señora del perro que deja barro donde no debe. Madre mía, Sandra, cállate.

—Tranquila. Te he entendido. Disfruta de tu directo.

—Y tú de tus padres.

Eso sería más difícil.

***

La residencia privada de mis padres no pertenecía a Madrid, aunque los registros humanos la situaran en una finca al norte de la ciudad. Los humanos eran muy tiernos con los mapas.

Crucé el umbral y el metal de Madrid se apagó a mi espalda como un tinnitus que uno ya no recuerda no tener.

Mármol oscuro, árboles blancos creciendo sin tierra, agua negra en canales estrechos.

La belleza medida hasta la crueldad que la Corte consideraba normalidad y que aquella noche me pareció excesivamente quieta.

Mi madre me esperaba en la entrada del salón. Me besó en la frente con la exactitud que marcaba el protocolo. Entonces bajó la mirada y se detuvo en el chaleco perturbada.

—Hay barro en la seda.

—Lo sé.

Sacó del bolsillo un pañuelo bordado y, sin un comentario, empezó a retirar los pelos grises que Lluna había dejado en el filo del abrigo.

Uno. Dos. Tres. Mi madre era el único ser de la Corte capaz de convertir un reproche en un gesto de servicio sin que ninguna de las dos cosas se perdiera por el camino.

—¿Un animal? —preguntó sin levantar la vista.

—Una mastina. De mi inquilina. Ya sabes, las órdenes de padre.

No dijo nada más. Guardó el pañuelo. El barro seguía donde estaba; los pelos habían desaparecido con la eficiencia callada que era su manera de querer.

Papá esperaba dentro, de pie, con una copa que no había tocado. Me miró. Bajó la vista al chaleco. La volvió a subir sin cambiar de expresión, pero el silencio duró un segundo más de lo necesario.

—Llegas a tiempo, aunque poco presentable —dijo, en lugar de saludarme.

—Lo lamento, fue un incidente en el último minuto.

Elowen estaba junto a su madre, alta, el cabello blanco trenzado con piedras negras. La perfección que la Corte producía en serie. Me recorrió con la mirada y se detuvo en el chaleco. Una sola vez, al igual que el resto.

—Ciarán. Llegas con un percance.

—Un encuentro inesperado con una mascota, disculpa.

—¿De quién era la mascota? —preguntó extrañada.

—De alguien que vive conmigo.

El silencio que siguió tenía bordes afilados que ninguno reconoció en voz alta.

Detrás estaba su hermano mellizo. Donde Elowen era blanca y fría, Caedmon tenía algo más oscuro en la piel y en la manera de ocupar la habitación.

También más oscuro en sentido literal: pertenecía a la facción que llevaba años radicalizando sus posiciones sobre los humanos con una coherencia metódica.

Me dio la mano con una sonrisa que se quedaba corta antes de llegar a los ojos.

—Cuánto tiempo.

—Demasiado.

Su mirada también encontró el barro. La sostuvo un instante y la desvió sin decir nada.

El servicio me trajo una copa. Me acerqué a mi prometida e hice lo propio, tomar sus dedos finos para depositar un beso en cada uno de sus nudillos sin apartar la vista de sus ojos dorados.

Ella me ofreció una sonrisa comedida y aceptó tomar mi brazo para que la dirigiera a la mesa, antes de decirle lo hermosa que era.

Le retiré la silla y su vestido morado, etéreo, sobrevoló la madera.

Nos sentamos. La conversación siguió los cauces habituales: el velo, la crisis, los humanos. Tres temas distintos para nombrar el mismo miedo con cubertería de plata.

—El Consejo trata la exposición del velo como un accidente —dijo Caedmon, con la calma de quien llevaba tiempo esperando el momento adecuado para hablar—. No lo es.

Mi padre dejó la copa sobre la mesa.

—¿ Abaddon está detrás?

Mi cuñado sonrió apenas.

—No tenemos órdenes suyas para intervenir.

No era una respuesta. Era una puerta entreabierta.

—¿Entonces? —insistí.

—Entonces diría que estamos ante una consecuencia. Alguien ha alimentado la proximidad entre humanos y sobrenaturales con información que jamás debió circular. —Hizo una pausa exacta—. Espero que la investigación no confunda proteger el equilibrio con proteger a quienes han provocado su ruptura.

—Una distinción interesante —pronuncié—, viniendo de alguien que considera la desaparición de la humanidad una solución aceptable.

El silencio fue breve. Perfectamente educado.

—Nuestra corte siempre ha sido clara al respecto —afirmó mi futuro suegro—. No nos escondemos detrás de sentimentalismos. Precisamente por eso confío en que sabrás conservar la perspectiva adecuada, teniendo en cuenta que estás prometido a mi hija.

Mi padre llenó su copa.

—Mi hijo cumplirá con lo que se espera de él.

Caedmon limpió sus labios con una servilleta antes de lanzar uno de sus puñales:

—¿Eso incluye vivir con un humano hembra?

Elowen dio un respingo mínimo. Lo bastante leve para que cualquiera pudiera fingir no haberlo visto.

Yo no fingí.

—Mi hijo ha aceptado una posición estratégica —intervino mi padre—. Madrid exige vigilancia. Y estarás de acuerdo en que Ciarán es el más indicado después de que el Consejo haya designado a Samael para investigar la filtración. Es importante infiltrarnos en el entorno de la escritora.

El padre de Elowen asintió.

—La humanidad lleva siglos confundiendo deseo con derecho. Esa editorial ha prendido una mecha que nunca debió encenderse.

—No habría sido un problema mayor si no hubiera muertos —dije, manteniendo la voz en un punto razonable—. Los cadáveres siempre complican el argumento.

Elowen habló entonces, comedida, sin elevar el tono.

—A veces lo aclaran.

Caedmon tomó su copa.

—Estoy de acuerdo con mi hermana. Un cadáver bien colocado puede hacer más por una causa que cien discursos discretos.

Lo dijo mirándola con orgullo.

Mi madre dejó los dedos inmóviles sobre el tallo de cristal.

—No estamos aquí para hablar de política, sino para celebrar la próxima unión de nuestros reinos, así que será mejor que cambiemos de tema, a las damas nos aburre.

—Por supuesto, majestad —respondió Caedmon.

No se disculpó, tampoco retiró lo dicho.

La cena prosiguió con la normalidad impecable de las cosas podridas por dentro. Se habló de alianzas, de protocolos y de la necesidad de evitar que los humanos siguieran creyendo que podían tocarlo todo sin consecuencias.

Más de una vez pensé en mi piso. En el ruido torpe de Lluna. En Sandra y su verborrea descontrolada. En una calidez absurda, humana, imperfecta, que jamás había sentido en la corte.

Cuando me levanté para marcharme, Elowen me acompañó hasta la salida. El protocolo marcaba que no podíamos quedarnos demasiado tiempo a solas. No era respetable.

Qué cómoda resultaba siempre la respetabilidad cuando se necesitaba evitar una conversación.

—Siempre has tenido buen criterio —murmuró en la puerta—. Espero que Madrid y esa mascota no te hagan perderlo.

—No lo harán —respondí.

Era verdad aunque quizá no la que quería escuchar. Elowen sostuvo mi mirada. Después elevó la barbilla, esperando mi boca.

Tomé aire y deposité los labios en su frente. Ella frunció el ceño.

—Te respeto.

Asintió, pero sus ojos se enfriaron un grado.

Mi padre me había dado instrucciones claras antes de que regresara al piso. Instrucciones que debía cumplir y ello me pesaba.

Durante el viaje de vuelta pensé en Caedmon. En su sonrisa. En los muertos que, según Elowen, aclaraban las cosas. En la facilidad con la que ambos habían hablado de cadáveres sin concederles importancia.

Los fae no podíamos mentir. Caedmon no había mentido sobre Abaddon. Solo había dicho que no tenían órdenes suyas para intervenir.

Eso podía no significar nada o podía significar exactamente lo contrario.

Después, sin pedirlo, pensé en Sandra diciéndome que fuera aunque no me apeteciera. En el hilo de luz que quizá encontraría bajo su puerta al llegar.

Había un problema en que ambos pensamientos ocuparan el mismo espacio. Y otro, mucho más grave, en que la orden de mi padre también lo hiciera.