Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 19
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Capítulo 19

El viernes llegué a la editorial con la cabeza convertida en una freidora industrial.

El evento de Aimara había salido bien. El discurso mantuvo al fandom contenido, emocionado y con esa cara peligrosa de quien decide que una escritora venezolana y su muso demoníaco son patrimonio emocional de la comunidad booktokiana .

Los periodistas no habían hecho demasiada sangre ni habían conseguido darle a la muerta una pátina de rentabilidad en directo, y Ciarán Ashveil saltó el escollo con la elegancia de quien nunca ha tenido que correr para coger el autobús en hora punta.

Por desgracia, Darian Blake seguía existiendo en la mesa de enfrente. Traje impecable, un café intacto que llevaba ahí desde las nueve como elemento decorativo, mis páginas impresas delante con una pluma estilográfica cargada de tinta roja y esa cara de juzgar hasta las grapas.

Llevaba toda la mañana leyendo mi traducción, subrayando y haciendo anotaciones que me moría por leer, porque seguro que había inquina en cada uno de sus rancios comentarios. De la que no insulta: diseca.

Había visto el instante exacto en el que llegó al capítulo trece y, no, no era el de la mala suerte, o tal vez sí, según se mirara.

Contenía una escena que yo conocía demasiado bien porque había pasado tres horas decidiendo si cazzo sonaba más a «joder», «polla» o «maldita sea» según el grado de humedad literaria del párrafo.

Spoiler : en esa escena no había mucha sequedad.

También estaban fottimi —fóllame—, mordimi —muérdeme— y stronzo .

Que podía traducirse como capullo, gilipollas o, en el caso concreto del señor Blake, hombre con acceso injustificado a mis terminaciones nerviosas.

Darian pasó una página. Despacio. A mí me sudaron las manos.

Porque una cosa era traducir aquellos párrafos en la intimidad de mi casa, con moño de supervivencia, calcetines feos y un mate al lado.

Y otra muy distinta era ver a Darian Blake leerla a tres metros de mí, con esos ojos grises levantándose de vez en cuando por encima del papel como si supiera exactamente dónde me había temblado el pulso al elegir un verbo.

Darian levantó la vista otra vez.

« Porca puttana ».

—¿Ocurre algo? —pregunté, con ganas de sangre.

—Tu uso de las palabras malsonantes y de ciertos términos corporales está siendo de lo más…

—¿Instructivo?

—Revelador.

—Cuidado, Blake. Eso casi ha sonado a elogio.

—No era un elogio.

Pasó una página con una lentitud que debería estar penada con cárcel y trabajos comunitarios en atención al cliente.

—Ven aquí.

Solté una risa.

«Sí, claro. Ahora mismo me tumbo sobre tus rodillas para que me des unos azotes sobre mi tanga de encaje».

Su mirada se intensificó.

La madre que lo parió.

—No pienso ir. Pásame el papel.

Negó.

—Necesito que me expliques una frase para poder anotar mientras lo haces.

—Tienes todo lo que necesitas en el documento. Úsalo como una persona del siglo XXI.

—Prefiero escucharte. Y debatir. ¿O prefieres que haga una mala interpretación de tus palabras?

Mi organismo, traidor y golpista, decidió apagar tres sistemas y redirigir toda la energía a zonas que no iban a ayudarme en una reunión laboral.

Me levanté igual, porque soy imbécil. Imbécil con responsabilidad editorial, pero imbécil.

Darian señaló una línea.

—Esta.

Me incliné lo justo para leer porque él, por supuesto, no se movió. Error de cálculo. Blake olía como debería oler una biblioteca antigua si tuviera ganas de arruinarte.

— Mordimi, cazzo, non essere gentile adesso —leyó en un italiano ronco.

Para ser franca, no lo leyó, lo invocó.

Voz baja, grave, de audiolibro con advertencia sanitaria: prohibido escuchar durante el manejo de maquinaria pesada, reuniones con superiores o decisiones ginecológicas importantes.

Se me contrajo hasta el apellido.

«Ni se te ocurra ponerle su cara al protagonista, Nina. No. ¡No puedes! Y mucho menos te conviertas en la mujer de la escena. Mala. Atrás. Pulverizador. Ponle cara de cucaracha».

Darian no miró el papel. Me miró a mí. Oré para que mi lengua no se anudara.

—¿Qué le pasa?

—¿A quién?

—A la frase. No finjas peor de lo que traduces.

Tragué saliva.

—«Muérdeme, joder, no seas amable ahora» —traduje.

Sus ojos grises bajaron a mi boca, descendieron hasta la parte baja de mi escote y regresaron a mis pupilas con una calma que debería ser denunciable.

—Interesante elección cuando el protagonista tiene un pezón en la boca.

Me atraganté con mi propia saliva.

—No está pidiendo que se lo arranque, solo que se lo muerda. Hay distintos niveles de fuerza que no implican amputación, Blake. Qué manía con dramatizar.

—Entonces, ¿la acción es correcta o es lo que a ti te habría gustado que hiciera?

—Es lo que pide la escena.

—No he preguntado eso.

Su pluma subrayó la frase y trazó un círculo obsceno sobre «muérdeme» y, como si le hubiera pedido opinión, me aclaró:

—Yo habría escogido una succión profunda. Después una pasada de lengua. Lenta. Tortuosa. Lo bastante medida como para que la palabra morder llegase tarde y aun así pareciera inevitable.

«¡ Cazzo ! ¡No! ¡Su boca en tus tetas, caca! Y sí, yo habría preferido succión; de hecho, se lo dije a Aimara, pero eso no viene al caso, Madonna santa bendita».

Darian ladeó apenas la cabeza.

—Lo sabía.

—¿Qué? —pregunté, medio ahogada, medio a punto de solicitar asilo político en Nepal.

—Eres más de succión.

—Yo no he dicho eso.

—No hace falta. Soy experto en lenguaje corporal. Pupilas dilatadas, respiración irregular, pulso visible en el cuello y… —Bajó la vista con una delicadeza insultante— una pequeña insurrección en tu escote.

«¿Acababa de señalarme las tetas con la estilográfica sangrienta?».

Iba a contestarle. De verdad que sí. Algo brillante, ácido, con referencias a su árbol genealógico y quizá a la momificación de sus genitales. Pero en lo único que podía pensar era en su boca en un lugar muy impropio y en que mi cuerpo acababa de dimitir de la cordura sin preaviso.

La puerta se abrió.

Lucía Monreal entró con una carpeta en una mano, el móvil en la otra y esa expresión de abogada exigente que convertía cualquier habitación en una vista oral.

—Nina.

Me separé de Darian de un salto, atravesada por una descarga.

—Aquí. Viva. Profesional. Sin antecedentes.

—Nueva llamada policial formal. Necesitan una ampliación de datos para ayer.

El estómago se me fue al sótano del edificio, que en esta editorial era decir mucho porque había tres.

—¿Qué quieren?

—Cadena completa de manipulación de la caja de septiembre. Imprenta, almacén, empresa de envíos, responsables internos, colaboradores, personal acreditado y cualquier incidencia relacionada con el evento.

El ruido de la oficina quedó lejos, detrás de una puerta de cristal invisible.

—Eso es muchísimo.

—Pues ponte ahora mismo.

—No tengo todos los datos acá . Necesito ir al despacho de campañas.

—Hazlo. Lo quiero todo antes de la hora de comer.

—Lo tendrás —me hizo decir mi incapacidad patológica para no acabar una tarea a tiempo.

Cogí a Pinky, la libreta, mi mate y el poco oxígeno que me quedaba después de dejar a Darian con su teoría de la succión a medias.

El despacho de campañas era un zulo con archivadores y cajas de muestras, en el que yacían los cadáveres de miles de ácaros entre listados, proveedores, presupuestos, albaranes, incidencias y hojas de cálculo con nombres tipo FINAL_final_bueno_ahora_sí_v3 .

Di un sorbo para bajarme las ideas impuras y me puse manos a la obra.

Dos horas después, el conde Pátula apareció en la puerta.

—Ni se te ocurra venir con uno de tus debates correctivos.

—Ciarán me ha asignado oficialmente el calendario internacional del lanzamiento del libro en la reunión de las diez.

—Pues dile a Ciarán que se busque un hobby . Macramé. Velas artesanales. Podar bonsáis. Lo que sea antes de seguir jodiéndome.

—Dijo que debía ayudarte.

— No vabbè , qué generoso il capo de la melena perfetta . Puede meterse su ayuda donde le quepa, y tú, volver a tu mesa. Estoy con el requerimiento de la policía e intento no entrar en prisión por homicidio administrativo. Tu agenda y la mía hoy no se hablan.

Entró obviando mi voluntad.

Rodeó mi mesa, se colocó detrás de mi silla y se inclinó a leer por encima de mi hombro. Su mandíbula quedó a un palmo de mi sien.

—Puedo ayudarte más de lo que piensas si me dejas.

—Estoy convencida. Puedes empezar por comprarte un billete de ida y sin vuelta a Alaska.

—Prefiero las zonas cálidas y echarte una mano sería más útil.

«Sobre todo si son las dos y tu boca entra en contacto con mi pezón».

La comisura de su boca se movió apenas.

—Estoy buscando la cadena de custodia: incidencias, acreditaciones, tarjetas VIP, imprenta, mensajería y personal de apoyo. No es literatura centroeuropea triste. Es logística.

—La logística también tiene su punto, Yanina.

—Te juro que si vuelves a usar mi nombre completo, te denuncio por acoso textual.

Su mano apareció junto a la mía, sobre el ratón.

—Ese documento no está bien filtrado. Se puede mejorar el acceso a los datos.

Le aparté los dedos de un manotazo.

—Mi ratón. Mi ordenador. Mi infierno.

Su boca estaba demasiado cerca de mi oreja y mi espalda empezaba a sudar.

«¡Maldito sótano sin ventanas!».

—Diez mil unidades, mil sin dedicar, proveedores, almacén, transporte, personal interno, colaboradores —enumeró con esa calma de quien te arruina la mañana por orden alfabético—. Tus listas no señalan a nadie, Nina. Ensucian a todo el mundo.

Me cabreé porque tenía razón.

Eso era lo peor de Darian Blake. No que fuera irritante, elegante y guapo de un modo muy poco sindical. Lo peor era que, de vez en cuando, acertaba.

—Gracias por iluminarme desde tu torre de marfil.

—No era condescendencia.

—En ti viene de serie, carissimo . Como el bluetooth en los coches nuevos.

Alargó la mano hacia el teclado y casi se la arranqué.

—Quieto… No quiero tus dedos sobre mis… —«tetas»— teclas.

—Necesito ver la pestaña de incidencias.

—Necesitas pedir autorización.

—¿Me la darías?

—No.

—Por eso no la he pedido.

Giró mi silla. De golpe.

Me dejó frente a él, encajada entre los reposabrazos y sus manos apoyadas a ambos lados.

La cara demasiado cerca. No me tocaba. Eso era lo criminal: que no me tocara y que yo sintiera el contacto igual, como si me lo hubiera escrito debajo de la piel con esa letra de hombre que firma cheques, sentencias y finales desgraciados sin mancharse los puños.

—Deja de jugar conmigo, Darian —susurré.

Entornó los ojos.

—Esto no es un juego, Yanina. ¿A qué crees que juego?

—A confundirme. A acercarte así, a leerme frases guarras con esa voz de pecado dispuesto a hipotecarte el alma. Los dos sabemos por qué lo haces.

—Ilumíname.

Algo me hormigueó en el estómago. Llevaba demasiado tiempo sin sexo y mi cuerpo empezaba a confundir amenazas con planes.

—Quieres dejarme en evidencia. Demostrar que eres mejor que yo en mi propio terreno frente al nuevo jefazo. Usas tu físico, tu voz y esa manera tuya de estar de pie como si el aire tuviera que pedirte cita previa para sacarme de mis casillas.

«Y provocar que se me empañen las gafas y te desee».

—¿Me deseas?

—No tergiverses.

«¡ Cazzo ! ¿Cómo lo hacía? Parecía que pudiera leerme el pensamiento».

—No lo hago. Estás acelerada, sonrojada y no dejas de mirarme la boca.

El corazón me dio una patada en las costillas. O quizá fue el útero pidiendo atención.

—Es por el sótano y los informes, o quizá perimenopausia, qué sé yo.

—¿Te ponen cachonda los informes?

« Madonna ».

La sangre me subió a la cara con la puntualidad de un AVE.

—Qué sabrás tú lo que pienso o lo que me pone.

Una sonrisa peligrosa le atravesó los labios. De esas que no prometen nada bueno y, aun así, una, que es idiota, firma abajo sin leer la letra pequeña.

—Juraría que quieres que te diga que me pones hambriento.

Bajó el tono hasta dejarlo en un lugar donde no debería caber mi entusiasmo.

—Que tengo hambre de tu piel. De tu aliento cuando se rompe. De tu boca cuando decide discutir conmigo para no pedirme otra cosa. Un apetito crudo. De los que no se dicen porque, si se dicen, hay que hacerse responsable.

Apenas podía respirar. Era una tostadora a punto de quemar todas sus tostadas y provocar evacuación del edificio.

Se me resecaron los labios y saqué la lengua para humedecerlos.

Él siguió el movimiento.

«Cabrón».

—También sé que quieres que alguien te acaricie primero la mente antes que el cuerpo. Que te provoque ahí, donde los demás solo ven a una profesional. Que encienda ese fuego que llevas años apagando con trabajo, mate y mala leche.

—Cállate.

—Pídemelo, Nina.

Me agarré al borde del jersey como quien se agarra a una boya en pleno naufragio hormonal.

—Pídeme que sea eso que necesitas y quizá te lo conceda.

—No necesito nada de ti.

—Mentirosa.

Boqueé como una merluza, decidiendo si me quitaba el jersey para ahogarlo con él o para exigirle que demostrara cada una de sus frases solo por joder.

La puerta se abrió de golpe.

—¿Tienes ya lo que pedí? —soltó Lucía.

Darian se enderezó con una calma inquietante.

Yo debía de estar roja Ferrari.

—Sí. No. Sí —balbuceé—. Es que el jefe me ha mandado a este idiota para desconcentrarme, cosa que no ha conseguido porque soy una profesional y él un stronzo con zapatos caros.

Lucía nos miró a los dos.

No se le escapaba una; por algo facturaba lo que facturaba a la empresa.

—Me da exactamente igual si estáis preparando una traducción, un informe de lectura o una infracción grave del convenio colectivo.

Las orgías, fuera de horario laboral. Nina, necesito esos datos ya.

Y tú —señaló a Darian con la barbilla—, a tu mesa.

Deja de descentrar a mi chica o te redacto una demanda tan bonita que vas a querer enmarcarla.

Darian alzó las manos.

—Me envió Ciarán.

—Como si te hubiera enviado el papa con burofax. Largo.

Se apartó de mi silla, se metió las manos en los bolsillos y caminó hacia la puerta.

Antes de salir, se giró.

Me miró una última vez.

—Cuando decidas si soy una estrategia laboral o justo lo que llevas dos años deseando, estaré en mi mesa.

Se fue sin importarle que estuviéramos en presencia de la abogada.

Lucía chasqueó los dedos delante de mi cara.

—Nina. Informes.

—Sí. Voy.

Abrí la carpeta equivocada tres veces.

Y lo peor no fue eso.

Lo peor fue que, cuando por fin encontré el archivo correcto, seguía oyendo su voz en mi cabeza y una parte muy estúpida de mí ya había empezado a pedir.