Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 18
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Capítulo 18

Aimara Duque sabía mantener una sala en silencio.

No era una virtud menor. Los humanos, en grupo, tendían a convertirse en una sustancia ruidosa y muy dada a grabarlo todo en vertical.

Aun así, allí estaban: lectoras con velas, móviles levantados y esa fe peligrosa de quien había decidido que una escritora podía salvarles la vida a golpe de historias que nunca vivirían.

Quinientos años me habían enseñado a distinguir la fe del fanatismo.

La diferencia era pequeña y raras veces importaba al final.

Ciarán Ashveil se encontraba más adelante, junto al pasillo central, impecable y rígido.

Desde allí no podía verme salvo que se girara, y los fae no se giraban sin convertirlo en una declaración de intenciones.

Demasiado orgullo para los movimientos descuidados.

Lo había calculado cuando me coloqué donde lo hice.

Permanecía junto a una columna, lo bastante atrás para observar. Cerca de Nina, sin invadir su espacio vital, porque al parecer yo también tenía días de autocontrol ornamental.

Ella sostenía una carpeta contra el pecho, con las gafas algo torcidas y la expresión de quien llevaba horas evitando que el evento acabara en cancelación viral o sacrificio público.

Le hacía gestos desde lejos a alguien del equipo con la urgencia silenciosa de quien sabe que, si levanta la voz, pierde el control de la sala; y el control de la sala era, para mi compañera, algo parecido a un segundo sistema respiratorio.

«No la mires».

La miré, porque llevaba dos años demostrando una disciplina admirable y bastante inútil en lo referente a ella.

—Blake.

Samael Vane apareció a mi lado sin hacer ruido.

Daba la impresión de que no caminaba. El espacio se apartaba de él con la prudencia ancestral de las cosas que habían aprendido a conservarse enteras durante siglos.

—Vane —respondí.

Aimara acababa de decir algo sobre no permitir que nadie convirtiera la fantasía de miles de mujeres en una coartada para el miedo. La sala contuvo el aliento; los asistentes asentían.

—He conseguido una copia de las fotografías —dijo Samael en voz baja—. Ya sabes que el Consejo me ha encargado averiguar quién está detrás. Y he recibido hace unos minutos una copia de lo último que ha descubierto la policía.

—Qué reconfortante. La corrupción institucional sigue teniendo iniciativa.

—Escúchame bien: la fallecida tenía marcas en las muñecas. De sujeción. Recientes. Claras.

El auditorio siguió existiendo. Lo sé porque Aimara continuó hablando. La información se colocó entre nosotros con una minuciosidad desagradable.

No la até. De eso sí estaba seguro.

El recuerdo no estaba completo, pero algunas ausencias tienen bordes y ese era uno de ellos. La copa. Su piel. El baño preparado. El sabor en mi boca, un dulzor metálico cuando hundí mis colmillos en su sexo abierto. Después, el vacío.

—Yo no la até. Un vampiro adulto no necesita recursos de secuestrador amateur —dije. Sin elevar el tono. Las verdades desesperadas envejecen mal si se gritan.

—Lo sé.

Aquello fue casi más incómodo que una acusación, porque no esperaba que aceptara con tanta facilidad mi respuesta.

—También encontraron restos de adhesivo en los labios. La amordazaron y retiraron la cinta después.

—Tampoco hice eso.

—Eso también lo sé.

—Qué generoso.

—No te equivoques, una cosa es criterio y otra generosidad. La generosidad suele traer factura, y a mí lo que me mueve es otra cosa.

Ni las ataduras ni la mordaza pertenecían a aquella escena.

En el capítulo diecisiete no había forcejeo: había entrega.

Y en una intervención vampírica real tampoco habría cinta.

La sugestión existe precisamente para evitar chapuzas con adhesivo, marcas visibles y ese tipo de teatralidad barata que suele entusiasmar a los criminales con poca imaginación.

Si hubiera necesitado que no se moviera, habría usado sugestión.

Quien lo hizo fue porque no tenía esa opción, así que podía descartar a los de mi especie.

—¿La sugestionaste? —preguntó Samael.

—Nunca lo hago con mis amantes. Salvo para borrar el recuerdo de que han estado conmigo.

—Muy considerado.

—Qué opinión tan cómoda viniendo de un íncubo que se cuela en los sueños para follar.

—Yo no borro lo que despierto.

—No. Tú lo llamas despertar y dejas que una mujer publique seis libros sobre ello.

Su sonrisa se afiló.

—Hay más. La víctima llevaba en el cuerpo una sustancia que los humanos no saben nombrar, algo que es su forma favorita de fingir que no existe. Según los análisis del vino, estaba en la copa que bebisteis los dos.

El sabor dulce volvió a mi lengua con una claridad absurda.

—Valerian habló de una posible poción en la última reunión.

—Imagino que nuestro laboratorio tendrá pronto los resultados. Si aparece también en tu analítica, dejarás de ser sospechoso útil y pasarás a ser víctima incómoda. Al Consejo le entusiasman mucho menos las víctimas incómodas.

—Siempre he querido ser reducido a apéndice de laboratorio.

—Es mejor que ser reducido a asesino.

No respondí. Porque tenía razón. Y detestaba que la tuviera.

Quien montó aquello entendía el valor de una buena puesta en escena. Vampiro. Bañera. Libro abierto. Demasiado obvio para ser torpe. Demasiado torpe para ser casual.

—¿Piensas que Abaddon puede estar detrás?

—Si pides mi opinión personal, dudo que eligiera estética de fandom para ajusticiar. Usaría cadáveres y después daría un sermón sobre pureza sobrenatural que duraría lo que tardara en aburrir a su propio auditorio.

—¿Entonces no crees que la facción esté detrás?

—No me atrevo a tanto. Puede que sí sea alguien de la facción, o alguien sugestionado, manipulado, alguien que ha aprendido nuestras reglas desde fuera o desde un borde muy específico.

Los bordes eran los lugares más peligrosos. Siempre lo habían sido.

—¿Por qué me cuentas tus teorías? —pregunté.

—Tú has preguntado.

—Podrías no haber respondido.

Los demonios no ofrecían teorías por cortesía. Las soltaban como quien deja caer una cerilla y espera a ver qué arde.

—Llámalo hastío. Llámalo que Aodhan Ashveil me cae como el puto culo. Llámalo no me gusta que me manipulen y odio los métodos de Abaddon.

—Motivos nobles para alguien de tu especie.

—La nobleza es para discursos y epitafios. Estoy de parte de que no me usen para tapar una grieta real. Tú solo estás en el mismo incendio.

—Una alianza preciosa.

—No te emociones.

—¡Chssss!

Nina nos cortó por la mitad.

Los dos la miramos. Resultaba ofensivo que alguien de su tamaño pudiera mandar a callar a dos criaturas antiguas con la autoridad de una bibliotecaria.

Tenía ganas de sonreír.

Estaba a un metro, bajita, furiosa, con la carpeta apretada contra el pecho.

—No sé si os habéis dado cuenta, pero Aimara está dando un discurso. Uno importante. De esos en los que la gente escucha, se emociona y no necesita a dos señores de traje haciendo tertulia de funeral en la esquina.

Samael ladeó la cabeza, interesado.

Yo cometí el error de hablar.

—Yanina…

Sus ojos se estrecharon detrás de las gafas cat eye .

—No. Te lo he dicho mil veces. Tú me llamas Nina, como todos los demás.

—Nina —corregí paladeándolo—, intentaba captar la esencia del señor Vane para la traducción. Ya sabes, documentación. Eso que separa una versión rigurosa de un crimen contra el idioma para esa corrección que tenemos a medias.

—Tú y yo no tenemos nada a medias, Darian, y, si necesitas mirar al modelo para entender el personaje, igual el problema no es la traducción, carissimo , es comprensión lectora. Si no sabes interpretar la historia como merece, renuncia.

—Eso jamás.

Levantó un dedo, enfurruñada.

— Allora , boca cerrada, los dos. Hay gente grabando, Aimara está intentando no desmoronarse delante de medio fandom y vosotros parecéis dos viudos victorianos cotilleando. Os falta el pañuelo bordado y una herencia mal repartida.

—Técnicamente —dije—, ninguno de los dos es viudo.

—Técnicamente, como sigas hablando, vas a necesitar que alguien traduzca tu acta de defunción. Y te aviso: pienso cobrar tarifa urgente.

Nos chistó de nuevo sin que le temblara el pulso.

Después volvió a su sitio con la espalda recta y el mentón alto. Sosteniéndolo todo por pura mala leche italoargentina.

Samael soltó una risa baja.

—Menudo carácter.

—No te haces una idea.

—Estoy viendo tu cara. Me hago una idea bastante indecente.

—Mantente al margen, íncubo.

—¿De tu cara o de sus sueños?

—De ambas cosas —siseé, cabreado.

Ella se giró para silenciarnos de nuevo con otra mirada aniquiladora.

El demonio apretó los labios y contuvo la sonrisa.

Seguí la estela de Nina hasta que llegó junto a Sandra.

Antes de que el inspector Expósito fuera a por Aimara, lo vi acercarse a ella para pedirle las listas de los envíos, el personal acreditado en todos los eventos de los últimos meses y todo lo relacionado con la caja literaria de septiembre, que llevaba la huella profesional de mi compañera por todas partes.

Si alguien había usado aquella caja para montar una escena, el rastro pasaba demasiado cerca de ella.

Cerca de sus listas, de sus proveedores, de sus malditos archivos de Excel. Y no me gustó. Nada.

—Por cierto —dije, sin mirar a Samael—. Cuenta conmigo para ayudarte.

Samael tardó un momento.

—Lo tenía calculado.

—Entonces empecemos antes de que alguien decida escribir la siguiente escena por nosotros.

Quien hubiera montado aquella trampa acababa de cometer un error muy concreto: hacerlo personal. Y yo tenía una memoria excelente para las ofensas.