Capítulo 17
El informe estaba sobre la mesa cuando llegué a comisaría.
Salas me esperaba con la carpeta en la mano y esa cara que pone cuando lleva esperando más de lo que considera razonable.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí? —pregunté.
—Suficiente para haberme tomado dos cafés y haberte llamado cuatro veces.
No había cogido el teléfono. La cobertura del evento era mala, o eso me dije.
Miguel Salas llevaba cinco años trabajando conmigo y poseía esa confianza que dan las guardias compartidas, los cafés imbebibles y haber visto demasiados cadáveres a deshora. Dejó la carpeta frente a mí sin esperar invitación.
—¿Qué tenemos?
—Relaciones sexuales recientes. Usaron preservativo. No hay semen en vagina ni restos compatibles con agresión sexual.
Pasé la página.
Fotografías. Cuello. Muñecas. Labios.
—¿Consentido?
—El forense no puede certificar consentimiento, pero no hay lesiones genitales defensivas. Lo que sí hay es saliva, células epiteliales y varias huellas masculinas en el piso. Copa, botella, grifo, borde de la bañera. El tipo no se esforzó en desaparecer.
—¿Coincidencias?
—Ninguna. El perfil genético no consta en nuestra base y tampoco las huellas.
Me detuve sobre la fotografía de la garganta.
Dos perforaciones. Limpias en el centro. Las del monte de Venus, en un primer plano ampliado, eran otra cosa: mucho más profundas e irregulares.
—¿Y esto? —Apunté a las segundas.
Salas se apoyó en el escritorio.
—Según el forense, las marcas principales del cuello corresponden a una mordedura limpia, pero las otras… El tejido está demasiado castigado. Es como si hubiera mordido, soltado y vuelto a morder con más fuerza.
—¿Implantes?
—O una prótesis. El forense dice que no existe una dentadura humana normal capaz de hacer eso.
Volví a mirar la imagen de la escena en general.
El capítulo diecisiete de Las reliquias .
Lo había leído varias veces: antes, cuando Aimara formaba parte de mi vida, y ahora, en busca de posibles pruebas o indicios.
En el libro, el vampiro mordía primero el cuello.
Después bajaba por el cuerpo de la mujer hasta encontrar otro lugar más íntimo donde clavar los colmillos.
Aimara había escrito cada detalle a menos de tres metros de mí, mientras yo cenaba solo frente al televisor y ella aseguraba que terminaría enseguida.
Nunca terminaba enseguida.
—Hay más —añadió Salas—. Marcas de sujeción en muñecas.
Estaba viva cuando la ataron. Adhesivo industrial alrededor de los labios: le taparon la boca y retiraron la cinta después.
Y apareció una sustancia en sangre que el laboratorio no sabe clasificar.
Hay restos de otro compuesto en el vino también.
—¿Drogas?
—No exactamente. No coincide con nada habitual; siguen tratando de identificarla.
—¿Habéis interrogado a los vecinos?
—El de arriba escuchó jadeos y una voz masculina. Se puso los auriculares cuando la muerta empezó a emocionarse. La vecina de enfrente estaba en el cine; entrada validada.
Cerré la carpeta. Salas no se movió.
—¿Qué?
—¿Estás seguro de que debes seguir al frente? Ya sabes…
Hizo una mueca. Lo miré.
—¿Por Aimara?
—Es tu ex y la escena reproduce su libro. Apareciste en su evento sin que nadie te lo pidiera.
—Estoy investigando. A algunos asesinos les pone presentarse en los funerales y volver a la escena para contemplar su obra. Y respecto a lo de mi ex, la tengo muy superada. Ya sabes que estoy saliendo con alguien que sí me valora.
—Claro.
No me gustó cómo lo dijo. Volví a la fotografía de las muñecas.
—Las marcas de sujeción no constan en el capítulo. Los restos de adhesivo tampoco.
—¿Tan bien te sabes lo que sucede?
—Soy el inspector al mando. ¿A ti qué coño te parece? Quiero que sigas explorando las evidencias. No voy a parar hasta que demos con ese cabrón. ¿Estamos?
Salas no añadió nada más. Salió cerrando la puerta.
Me quedé solo con las fotografías y una imagen que todavía no conseguía quitarme de encima: Aimara frente a Vane, colorada e inquieta, mirándolo como si el resto del mundo fuera decorado.
La misma mirada que había visto en ella durante meses frente a la pantalla del ordenador.
Había encontrado las fotografías por casualidad. Al menos, eso me dije. Carpetas llenas de aquel hombre: de pie, sentado, con traje, sin camisa. Pinterest, entrevistas, vídeos descargados. Decenas. Quizá cientos.
«Documentación», lo llamó ella.
«Fin de nuestra relación», lo llamé yo.
Porque, en cuanto se puso en serio con la trama, empezaron los gemidos.
La primera noche pensé que estaba despierta y fui hacia ella contento, creyendo que por fin volvía a desearme y se estaba tocando. Aimara estaba dormida, las piernas tensas bajo las sábanas, las manos aferradas al tejido y la respiración rota.
Arqueó la espalda, se corrió sin esperarme y pronunció su nombre.
—Samael.
No el mío.
Si intentaba tocarla, me decía que estaba cansada.
¿Cansada? ¡Y una mierda! Sí estaba cansada, pero de mí.
El libro se metió entre nosotros mucho antes de publicarse. Primero fueron las madrugadas tecleando. Después, las firmas, los viajes, las lectoras convencidas de que ella había inventado el deseo. Cuando estaba en casa, estaba agotada o inmersa en el siguiente tomo.
—Tengo que cumplir con el plazo, Javi. Te prometo que, en cuanto lo entregue, nos hacemos un viaje y remontamos. Es importante para mí; necesito que me apoyes.
Siempre había otra página antes que yo, hasta que nos convertimos en desconocidos.
Hice tamborilear los dedos sobre la mesa, miré a un lado y a otro. Cada cual estaba a lo suyo.
Abrí el navegador de incógnito y tecleé:
«La otra cara de BookTok».
El foro tenía ocho mil trescientos doce miembros. Hombres y mujeres hartos de ver cómo una fantasía se colaba en sus camas para convencer a sus parejas de que la vida real no era suficiente y de que lo único válido eran esos personajes creados para darles lo que anhelaban.
Lo había creado después de la ruptura. Solo pretendía demostrar que yo no era el único afectado y ahora éramos miles.
Entré en la zona privada de moderadores. Había un mensaje de Daniel.
Dani Ferreira. Investigador privado afincado en Buenos Aires después de enamorarse de una porteña que lo dejó tirado.
Especialista en lo que él llamaba «ingeniería del deseo romántico».
Había sido de los primeros en llegar al foro y siempre comentaba cada vez que yo publicaba entradas que solo leíamos tres personas y que el algoritmo ignoraba por completo.
Era el más lúcido, el más documentado, el único que nunca escribía desde la rabia, sino desde el análisis.
Por eso le había dado acceso de moderador y le pasaba avances de la investigación que no habría compartido con nadie, porque no solo era un usuario, sino también mi amigo y confidente.
Nos habíamos visto en videollamada quizá no fuera suficiente, aunque con todo lo que habíamos interactuado, a mí me hacía sentir como que nos conocíamos de toda la vida.
Sonreí porque estaba en línea. Desde el coche patrulla le había estado enviando imágenes y mensajes. Le abrí un privado.
SobrenaturalDeath: Vi las imágenes del evento. Ese Vane no me gusta. Si apareció allí, no es por casualidad. Investígalo.
TheOtherSide: Tenemos evidencias nuevas, te las paso. Dame unos minutos.
Me puse manos a la obra y, en cuanto tuve el archivo enviado, esperé su respuesta.
SobrenaturalDeath: Me mosquea lo de las sustancias, las ataduras y el adhesivo.
TheOtherSide: A mí también. Y que no tenga antecedentes, más.
SobrenaturalDeath: Yo seguiría pegado a Aimara y a las personas con las que se relaciona, y no la descartaría como posible asesina.
TheOtherSide: Hubo penetración.
SobrenaturalDeath: Pudo usar un dildo o puede que tuviera un cómplice. Esas miradas con Vane no son normales. ¿Y si la mataron entre los dos?
TheOtherSide: No creo que Aimara pudiera hacer algo así.
SobrenaturalDeath: Tampoco creías que pudiera terminar lo vuestro por una fantasía.
O quizá nunca fue una fantasía. Los monstruos existen mucho antes de que enseñen los colmillos.
Y tú sabes tan bien como yo que ella gemía por ese hombre por las noches mientras tú dormías a su lado. Yo no los descartaría.
Tragué con fuerza y apreté los puños, frustrado.
TheOtherSide: Tengo trabajo, luego te escribo si averiguo algo. Gracias, tío.
SobrenaturalDeath: Ya sabes, para lo que necesites.
Cerré la conversación y volví a mirar las fotografías.
Puede que Aimara no fuera una asesina. Pero llevaba años eligiendo monstruos, y yo estaba hasta los cojones de que nadie le exigiera responder por todos los cadáveres que dejaba a su paso.