Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

—Era para construir el personaje; después, cada quien le pone la cara que quiere en su cabeza.

—¿Y en su mente tiene mi cara?

—No exactamente. —Se lamió el labio.

«Mientes».

—Entonces seguro que me ha mejorado en la suya.

Resopló y desvió la atención hacia la entrada. Otra vez.

—¿Siente la necesidad de buscar la salida cuando hay demasiada gente?

Volvió la cabeza despacio.

—¿Cómo sabe que busco la salida?

«Sé incluso cómo gimes cuando te corres».

—Porque soy buen observador y lo ha hecho varias veces desde que he llegado. No parece ser una admiradora de las puertas; más bien parece calcular cuánto tardaría en llegar hasta ellas.

Me estudió con más atención.

—Habla como si me conociera.

—Hablo como alguien que presta atención.

—Pues me ha prestado demasiada atención. Qué vaina con usted.

«No te haces una idea».

El aire cambió de golpe y ella pareció sentirlo tanto como yo.

Se tensó antes de girarse.

—Señorita Duque.

Javier Expósito avanzaba hacia nosotros con una acreditación colgada del cinturón y la seguridad de los hombres que creen que una placa convierte su presencia en una prioridad colectiva.

Lo reconocí. Había ocupado demasiadas conversaciones en los sueños de Aimara, demasiadas lágrimas tragadas y demasiadas dudas con su voz incrustada dentro. También había ocupado su lado de la cama mientras ella yacía conmigo.

Era más vulgar de lo que recordaba.

—Inspector —respondió ella, poniéndose en guardia y adoptando su rol.

Javier me miró de arriba abajo; vi reconocimiento y rencor.

—El famoso señor Vane, intuyo.

—¿Lo sabe porque es seguidor mío en internet?

—No, no me gustan los falsos gurús que venden humo en redes.

Sé de usted porque llevo el caso de la mujer que asesinaron.

Y sé que fue la inspiración de la serie.

—Media sonrisa—. He visto bastantes fotografías suyas durante la investigación.

La señorita Duque tenía una colección muy completa en su ordenador.

Aimara apretó los brazos. La vergüenza le cruzó el pecho. No por las fotografías, sino por haberle confiado esa parte de sí misma a un hombre que ahora la usaba para exponerla.

Mi ecuanimidad, que había sobrevivido a guerras santas, inquisidores y varios siglos de poesía mística masculina, empezó a mostrar grietas.

—Me halaga que el Estado dedique recursos a mi perfil bueno.

Javier sonrió.

—Mejor eso que ir detrás de usted por presunta estafa. Dudo que las mujeres alcancen el éxtasis sin tocarlas.

No preguntaba. Se burlaba.

—No ocurre con todas las mujeres.

—Depende de lo ilusas que sean.

—Depende de cuánto necesiten liberarse. A algunas les basta con que el hombre con el que comparten vida deje de estorbar.

Sandra, que grababa a pocos metros, se atragantó con una copa.

Aimara por poco suelta una carcajada. Javier no apartó los ojos de mí. Mi serpiente pidió que no fuera tan concesivo y lo aniquilara.

—Difícil de demostrar, ¿no cree?

—El placer femenino siempre ha resultado ser difícil de demostrar para los hombres que jamás han presenciado uno.

La mandíbula de Aimara tembló. No de miedo. Intentaba no reírse con todas sus fuerzas.

Javier dejó de sonreír.

—Necesito hablar con usted a solas, señorita Duque.

No fue una petición.

Aimara miró alrededor. Varias cámaras seguían grabando. El pulso volvió a dispararse.

Me giré hacia ella.

—¿Quiere hablar con él?

La pregunta la sorprendió. A Javier también. Aimara respiró despacio.

—¡¿Pero usted quién se cree que es, ah ?!

—No lo digo a malas, inspector. Relájese. Lo digo por el lugar en el que estamos. Quizá no sea lo propio.

—Esto es una investigación por homicidio.

—E imagino que la señorita Duque tiene abogada.

—No necesito que me explique cómo hacer mi trabajo.

—No. Necesita que alguien le recuerde que una exigencia no se convierte en consentimiento porque lleve placa.

Javier dio un paso hacia mí.

—Tenga cuidado, señor Vane. La señorita Duque tiene cierta tendencia a confundir fantasía con realidad.

La frase cayó exactamente donde él quería. Aimara dejó de respirar.

Yo ya la había oído. Con su voz, en sus recuerdos, en noches enteras en las que ella se preguntaba si todo lo que sentía era demasiado, si su carrera era casualidad, si su imaginación la apartaba del mundo real o si el hombre que dormía a su lado simplemente no soportaba no ser el centro de ninguna de sus historias.

Los candelabros se inclinaron hacia mí. Las llamas que los coronaban ya no parecían parte del decorado.

Javier tragó saliva. Su orgullo le impidió retroceder, aunque algo dentro de él se lo aconsejaba.

Me acerqué lo justo para obligarlo a levantar la barbilla.

—La señorita Duque distingue perfectamente la fantasía de la realidad. El problema es que algunos hombres solo respetan la realidad cuando los coloca en el centro.

Su olor cambió. Ira. Inseguridad. Una gota de miedo.

«No vuelva a utilizar algo que ella le confió para humillarla en público». Mi pensamiento lo atravesó porque lo dirigí justo al lugar de su cerebro donde debía llegar.

Javier entrecerró los ojos.

Aimara me miró sin entender lo que ocurría.

Un hombre se acercó deprisa por el lateral de la nave. Traje barato, placa, cansancio acumulado alrededor de los ojos. El compañero de Javier. Le tocó el brazo y se inclinó.

—Tenemos la confirmación del laboratorio.

El resto se perdió en la música y las voces. Para los humanos. Yo distinguí palabras sueltas.

La cara de Javier cambió.

—¿Estás seguro?

El agente asintió y añadió algo más al oído.

—Tengo que irme. —Javier se volvió hacia Aimara—. Continuaremos esta conversación, señorita Duque.

—Cuando esté presente mi abogada. No se equivoque conmigo —le aclaró, resuelta.

Sostuvo su mirada unos segundos y se marchó.

Aimara observó cómo cruzaban la puerta.

Beatriz apareció al pie del escenario, gesticulando.

—¡Aimara! Empezamos en dos minutos.

—Voy.

No se movió. Siguió mirándome como si buscara el borde de una imagen escondida dentro de otra.

—Gracias por sus palabras. Aunque no necesitaba que me defendiera.

—Lo sé. Es solo que he conocido a demasiados como él.

— ¿Pendejos?

Eso me hizo sonreír.

—No se hace una idea.

Por primera vez en varios milenios, no encontré una respuesta que no fuera mentira.

Aimara sonrió.

—Sé que va a parecerle imposible, pero es como si ya lo conociera de antes. Imagino que describirlo tantas veces en mis libros ha terminado por volverlo extrañamente tangible.

La música bajó. Las lectoras empezaron a ocupar sus sitios. Beatriz volvió a llamarla.

—Quizá haya sucedido en sus sueños…

Se le separaron los labios.

—¿Qué…?

—¡Aimara! —insistió Beatriz.

Tuvo que marcharse.

Subió al escenario entre aplausos y velas levantadas, se colocó tras el atril y cerró los ojos para respirar.

Entonces sentí su deseo abrirse para mí exactamente igual que en sus sueños. Solo que, esta vez, Aimara estaba despierta y yo tenía demasiadas ganas de que sucumbiera.