Capítulo 16
Los humanos no habían dejado de creer.
Solo habían cambiado de religión.
Antes levantaban templos, sacrificaban cabras y se abrían la cabeza unos a otros para decidir qué Dios tenía la verdad más grande.
Ahora decoraban antiguos conventos con velas eléctricas, colocaban libros sobre altares de terciopelo y esperaban horas para que una escritora les firmara una edición especial sin doblarles la sobrecubierta.
El progreso era conmovedor.
La misa literaria de Vetusta ocupaba la nave central de una iglesia desacralizada cerca de Malasaña.
Habían cubierto los bancos con telas negras y repartido flores oscuras entre candelabros, arcos de ramas secas y reproducciones de objetos de la saga.
En el ábside, una pantalla proyectaba fragmentos de los libros entre ilustraciones de demonios, vampiros y lobos demasiado depilados.
Dos centenares de invitados VIP sostenían velas falsas mientras una violinista interpretaba la versión instrumental de una canción que, hasta donde yo sabía, hablaba de follar en un coche.
Había visto cultos menos elaborados. También más sangrientos. Aunque la noche era joven.
—Procura no ofender a nadie —dijo Ciarán a mi lado.
Vestía un traje gris oscuro y el estoicismo de quien llevaba toda la tarde impidiendo que doscientos humanos descubrieran que su nuevo ejecutivo podía transformarse en una criatura con escamas y alas capaz de arrasarlos.
—¿Estoy aquí para decorar o para conversar?
—El consejo quiere que estés cerca de la escritora.
—El consejo me ha sugerido que investigue.
Avanzamos entre creadoras de contenido, libreros, periodistas culturales y lectoras vestidas para una coronación demoníaca, no para una campaña editorial.
Varias me reconocieron. Lo supe por cómo cambió el aire alrededor, por los cuchicheos y porque algunas ya sacaban los móviles con la intención de pedirme un selfie .
El deseo tenía una temperatura exacta. La noté en la piel, en el ritmo de las respiraciones, en la atención que se inclinaba hacia mí aunque los ojos siguieran al frente.
En una sala llena de mujeres que habían leído seis novelas sobre criaturas capaces de dar placer sin preguntar y que llenaban sus galerías con fotos y vídeos míos, podía considerarme objeto de anhelo oscuro hecho realidad.
Lo filtré. Llevaba milenios haciéndolo.
Percibir el interés ajeno no me da derecho a él. Esa distinción había tardado demasiado en entrar en ciertas cabezas, humanas y sobrenaturales.
Localicé a Beatriz junto al escenario, dando instrucciones a tres personas a la vez mientras sonreía a una cámara con el gesto de quien ha calculado el precio de una crisis y no le gusta el resultado.
Nina cruzaba la nave con una carpeta contra el pecho, un auricular puesto y suficiente tensión en la mandíbula para decapitar a un becario.
Sabía quiénes eran cada una de ellas; las conocía mucho más de lo que les habría gustado, sobre todo porque, cuando te metes en sus sueños y te alimentas de lo que más codician, descubres los impulsos primitivos que los humanos tratan de ocultar al resto.
— Allora , las acreditaciones doradas entran por la derecha, las negras son prensa, y como alguien vuelva a mandarme una booktoker a la fila de proveedores, lo meto en las catacumbas.
Darian la observaba desde una columna con una copa intacta en la mano. Muy discreto, aunque podía percibir su sed por la traductora.
También yo había fingido indiferencia alguna vez. Antes de que Roma tuviera alcantarillado.
Sandra grababa la decoración hablando con una energía que le nacía medio palmo por encima del miedo. Patri estaba en el lateral del escenario, revisando las láminas expuestas y frunciéndole el ceño al móvil. Olía a tinta, a excitación reciente y a lobo.
No pregunté. Los licántropos eran propensos a convertir cualquier emoción en reunión de manada sin mi ayuda.
Entonces la encontré.
No tuve que verla para saber dónde estaba. La reconocí entre doscientas respiraciones, cámaras, perfume, miedo y entusiasmo. Su presencia se me clavó bajo el esternón con la familiaridad de algo que llevaba dos años entrando en mi cama sin haber cruzado nunca la puerta.
Aimara hablaba con una lectora junto al altar.
Traje verde oscuro, tacones, un cárdigan negro que alguien debía de haber intentado convencerla de quitarse. El pelo oscuro, atravesado de canas plateadas, le caía sobre un hombro. La manicura impecable. Por supuesto.
Ella no sabía que, en cierto modo, había sentido sus uñas clavarse en mi carne y disfrutaba recreando aquel placer.
Me gustaba que pudiera estar a tres titulares de perder la carrera, la libertad o la fe en la especie y que, aun así, no permitiera que el apocalipsis la pillara con una cutícula levantada.
Sonreía con una boca que quería besar y sentir alrededor de mi polla. La lectora no habría notado nada.
Yo sí, presionando en el interior del pantalón, porque pasaba de ropa interior.
Me fijé en su pulgar frotando el lateral del índice. Los hombros demasiado quietos. La mirada saltando cada pocos segundos hacia las puertas. La sonrisa llegando un instante tarde, como si primero tuviera que recordar dónde la había dejado.
La había visto así en sueños. Sin traje ni público, despojada de la disciplina desesperada de quien necesita demostrar que está bien para que nadie haga preguntas. Sin bragas y empapada en mis dedos.
—Él siempre consigue que parezca que exagero.
Me lo había dicho una noche después de alcanzar el orgasmo, desnuda entre mis brazos, y no me refiero solo a la ropa; eso era lo de menos.
Estaba tumbada sobre mi pecho, con una pierna entre las mías y la voz gastada después de pronunciar mi nombre de formas que ningún texto sagrado habría aprobado.
—Aunque sepa que tengo razón, lo miro y vuelvo a dudar de si estoy haciendo lo correcto.
Le acaricié la espalda.
—No dudas de ti. Dudas por cómo te enseñó a hacerlo.
Guardó silencio. Después me besó como para impedir que siguiera diciendo verdades y yo volví a deshacerla entre mis dedos, contra mi palma.
Ella creía que lo que compartíamos era una invención de su mente. Yo me permití seguir siéndolo porque los sueños no tienen que explicar por qué quieren quedarse.
«Cobarde».
La serpiente se movió despacio bajo la camisa, enroscándose en el árbol tatuado en mi espalda.
—Contrólate —le hablé.
—Contrólate tú —respondió.
Aimara levantó la cabeza. Me vio. Su cuerpo me reconoció antes que su mente.
El pulso se le aceleró en la base de la garganta.
Los labios se separaron. El calor le subió desde el escote hasta las mejillas mientras sus ojos recorrían mi cara comparando la realidad con un recuerdo que no debería existir.
Conocía esa mirada. También el sonido que hacía cuando la mordía justo debajo de la oreja.
«No es el momento», me dije.
—Una opinión discutible —respondió mi serpiente.
Ciarán avanzó. Lo seguí; debía hacerlo y el momento que llevaba años aguardando estaba a punto de suceder.
Aimara se despidió de la lectora, aceptó su abrazo y alzó la vista con la cara de quien acaba de encontrarse de frente con una fantasía vestida de negro.
—Señorita Duque —pronunció Ciarán, solemne—. Quería presentarle a uno de nuestros invitados. Samael Vane.
Ella siguió mirándome.
La voz le salió más baja de lo habitual. Carraspeó.
—Sé quién es e-el señor Vane.
—Eso creía. Habría resultado incómodo después de seis libros inspirados en mi persona.
Entornó los ojos.
Ahí estaba. La mujer que me gustaba más cuando dejaba de intentar resultar correcta.
Le ofrecí la mano. Dudó un instante antes de depositar la suya sobre la mía. El contacto me atravesó.
Sin luces ni viento ni ninguna de esas vulgaridades que los humanos usan cuando necesitan que la magia parezca cara. Solo su piel, caliente. El pulso bajo mis dedos. La respiración detenida. Y el deseo que había sentido abrirse para mí cientos de noches.
La serpiente se tensó y yo bajé la boca hasta sus nudillos.
La sostuve un segundo más de lo estrictamente necesario hasta que puse mis labios sobre su piel. El fogonazo fue increíble. Aimara intentó retirar la mano.
—Por fin —murmuré.
Parpadeó.
—¿Por fin?
Solté sus dedos.
—Conozco al fin a la mujer que lleva años utilizando mi cara para vender demonios. Espero haberle sido útil.
El desconcierto dio paso a cierta indignación. Mucho mejor.
—No ha sido exactamente así. Desde la editorial tratamos de hablar con usted en varias ocasiones, pero la única respuesta que obtuvimos fue que su agenda estaba demasiado ocupada y que no me denunciaría si decía en mis redes que su imagen fue fuente de inspiración.
—Y no lo hice. Espero no haberla decepcionado ahora que me conoce en persona. Quizá su personaje es más alto, más peligroso y bastante menos paciente.
Inclinó la cabeza.
—Eso último está por demostrar.
La frase me golpeó con el eco de otra noche. Ella desnuda sobre mis sábanas, mis manos quietas a ambos lados de su cuerpo, la boca desafiándome mientras el placer le temblaba entre las piernas. Abierta, expuesta, mía.
—Confíe en mí. No lo está.
Ciarán nos observaba con la expresión neutra de quien ya redacta el informe mental para su padre. Nina apareció a su lado.
—Señor Ashveil, lo necesito en la entrada. Una periodista intenta colar a su novio con acreditación de proveedor y el novio va vestido de vampiro.
—Voy —dijo Ciarán, y se alejó con Nina.
Nos quedamos solos dentro de una multitud.
Aimara cruzó los brazos y eso empujó su generoso pecho por el escote.
«Tentador».
—No sabía si al final vendría. Traerle ha sido idea del equipo de marketing .
—Las peores religiones también.
Una sonrisa tiró de su boca antes de que pudiera impedirlo. La reconocí. La había besado muchas veces.
—¿Por qué ha aceptado? —preguntó.
—Sentía curiosidad.
—¿Por la misa?
—Por la mujer que guardó miles de fotografías mías en Pinterest.
El rubor volvió con violencia.
—No eran miles.
—Qué alivio.
—Puede que cientos, pero era documentación. No invente.
—Por supuesto. Una investigación exhaustiva sobre mi mandíbula o mis proporciones.