Capítulo 15
Rómulo bailaba con Patri a menos de diez metros de mí.
Parecían bastarse.
Yo seguía apoyado contra una columna, con los brazos cruzados, sin moverme. La pulsera de plata me picaba en la muñeca izquierda. Me picaba siempre. Llevaba años con esa sensación y nunca me la había quitado porque era lo único que no podía perder sin notar que los había perdido para siempre.
Cerré los ojos un instante.
No necesitaba mirarlos para saber dónde estaban. Los oía. Los olía. Los sentía moverse entre el resto de los cuerpos. La música se organizaba en torno a ellos.
Patri se reía. Rómulo también.
Yo no.
Él siempre había sabido entrar en cualquier sitio y convertirlo en suyo. Una pista, una casa, una cama. Rómulo no pedía espacio: lo ocupaba y luego sonreía hasta que los demás agradecían la invasión. Patri siempre caía en su sonrisa. La veía venir y la esperaba igual.
La sujetó por la cintura y la hizo girar.
Ella volvió contra su pecho con una mano cerrada sobre su camiseta.
El olor de Patri cambió antes de que su expresión lo hiciera.
Calor. Deseo. Esa nota más densa y picante que mi lobo reconocía desde que ella era una cría con un cuaderno pegado al pecho y nosotros dos, unos gilipollas incapaces de entender por qué, al entrar en casa de Mateo, todo olía diferente.
Rómulo levantó la vista para clavarla en mí.
Sonrió.
«Ni se te ocurra».
Lo entendió porque él siempre lo hacía, desde que crucé aquella casa solo, desamparado y habiendo perdido todo lo que podía importarle a un crío de doce años.
«Ni se te ocurra», repetí.
Y, como de costumbre, hizo exactamente lo contrario.
Empezó a acercarla hacia mí. Despacio. Midiendo cada paso.
La gente se apartaba sin saber por qué, por ese instinto básico que incluso los humanos conservaban, y Patri no miraba hacia donde iban. Seguía el ritmo, con los ojos cerrados y la cabeza ligeramente echada hacia atrás, contoneándose al son de Repa Queen .
Rómulo me miraba a mí con esa expresión.
La del «ya sé lo que estás pensando y los dos sabemos que tienes razón».
Años de práctica compartida.
Me quedé quieto.
Cuando ella abrió los ojos, seguramente su mirada denotaba sorpresa porque su culo se estrelló contra mi entrepierna.
Si esperaba un sobresalto, no lo obtuvo. Al contrario: me encontró y no se fue. Rómulo le rodeó el cuello con una mano, sin apretar, y dejó caer la otra desde su costado hasta la cintura. Sus dedos se demoraron allí antes de seguir bajando por la curva de la cadera.
Él no apartó los ojos de mí.
«Cabrón».
Ella comenzó a trazar círculos mientras mis manos se crispaban por el deseo de tocarla, de hundir las yemas en su piel, de oler el punto en el que su pulso se disparaba, alarmado, y lamerlo.
«Peor. ¡Joder!».
Patri le rodeó el cuello con los brazos. Él la pegó a su pecho, después a sus caderas, y Rómulo deslizó la boca cerca de su oído. Ella tembló.
Yo también, con la decencia de hacerlo por dentro.
El lobo no tuvo esa cortesía.
Arañó. Empujó contra mi piel como si llevara dieciséis años esperando que Rómulo dejara de fingir por los dos y nos convirtiéramos en tres.
«Compañera».
La palabra me golpeó detrás de las costillas.
«No».
No porque fuera mentira. Porque podía ser verdad y no estaba bien.
La manada aceptaba muchas cosas mientras no obligaran a nadie a reconocerlas en voz alta. Acostarse con humanos estaba admitido. Vincularnos con uno, no. El deseo era tolerable. La elección, al parecer, convertía la polla en un asunto administrativo.
La burocracia también sabía morder.
Patri nunca había sido una humana cualquiera. Era la hermana de Mateo. La niña que llenaba cuadernos cuando creía que nadie miraba. La adolescente que se escondía detrás de la cortina después de espiarnos. La mujer cuyas ilustraciones guardaba ordenadas por fecha en una caja dentro de mi armario.
Un comportamiento perfectamente normal para alguien como yo.
Rómulo descendió por su cuerpo, rozándola con la punta de la nariz y aspirando su sutil perfume hasta absorberlo por completo.
Clavículas. Esternón. El centro de su pecho.
La palma en la cintura. Una caricia lenta por el muslo.
Se deslizó hasta quedar en cuclillas frente a ella, con el rostro a la altura de su vientre, mirándola desde abajo y teniendo tan cerca aquel punto deseable en el que hundir la lengua. Patri clavó los dedos en sus rizos y tiró de su pelo, obligándolo a mirarla.
Mi lobo aulló.
No era una metáfora.
Un sonido real, atrapado en el pecho, áspero, que empujó contra mis costillas con la urgencia de algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Ella se inclinó hacia delante y su cuerpo se curvó contra el mío.
Las nalgas golpeaban mi entrepierna sin cesar, sin pudor.
Una presión que mi cuerpo registró con un rigor que no tenía ninguna gracia: el calor, la forma, su olor estallando en una nota que mi instinto llevaba dieciséis años catalogando sin mi beneplácito.
No me aparté. No podía. Me quedé clavado contra la columna, apretando los dientes.
Los ojos de Rómulo subieron desde abajo.
Ámbar encendido.
Esa mirada que siempre me invitaba a seguirlo a sitios de los que salíamos sin camiseta, sin decencia o sin ambas cosas. Solo que, esta vez, Patri estaba entre nosotros.
Y esta vez no era una de esas noches en las que nadie se llevaba más de lo que había traído.
El metal me ardía en la muñeca.
Ella volvió a empujar y a mover las caderas. Yo cerré las manos en puños contra mis propios brazos porque la alternativa era cerrarlas en su cintura y no iba a ser capaz de soltarla.
Me acordé de la primera noche en que vi a Rómulo durmiendo en el suelo de mi habitación.
Yo tenía doce años, una bolsa de ropa y ninguna manada. La casa de los López era demasiado grande, demasiado ruidosa y olía a gente. Yo venía de una casa que había dejado de oler a alguien. No recordaba quién me había enseñado el cuarto. Sí recordaba a Rómulo entrando detrás con una almohada.
—¿Qué haces?
—Dormir.
—Tienes cuarto.
—También tengo sueño.
Nuestros nombres parecían unirnos en una profecía para la que ninguno estaba preparado.
¿Destino? Qué sé yo.
Se tumbó sin pedir permiso. No dormí. Él tampoco. A mitad de la noche, me oyó respirar mal.
—Si lloras, roncas menos.
—Vete a la mierda.
—Mañana. Ahora estoy cómodo.
Se quedó.
A la mañana siguiente, seguía en el suelo, atravesado sobre la alfombra con la naturalidad de quien había dormido allí toda la vida.
Y, a partir de ahí, todo ocurrió sin preguntas.
Compartimos habitación porque preferíamos discutir por el espacio antes que dormir separados. Después compartimos colegio, entrenamientos, castigos y mujeres.
La primera vez que una nos quiso a los dos, Rómulo me miró y convirtió aquella decisión en la cosa más natural del mundo.
Lo fue. Igual que besarnos. Tocarnos y corrernos juntos.
Lo que éramos nunca pidió nombre. «Amigo» se quedaba corto. «Hermano» tampoco servía del todo. Nos movíamos en algo hecho de puertas abiertas, noches compartidas, manos en el cuerpo del otro y la certeza de que ninguno iba a marcharse sin avisar.
Natural. Fácil.
Hasta que nos mudamos y apareció aquel olor extraño en la casa de al lado: Patri.
Rómulo se puso de pie, pegado a su espalda, y le acercó la boca a la oreja sin dejar de mirarme a mí.
La imagen me golpeó bajo el vientre con la nitidez de una foto revelada a las tres de la mañana, de esas que sacas del líquido sabiendo que no deberías haberlas tomado.
Los tres.
Piel. Dientes. Ella entre nosotros. Rómulo mirándome mientras la hacía temblar.
Sabía lo que venía después.
La invitación.
Agarré a Patri por las caderas.
Mis manos duraron dos segundos. Los justos para moverla y sacar su cuerpo de la zona que estaba destrozando mi capacidad de tomar decisiones sensatas.
—Fin del espectáculo —le solté a Rómulo—. Antes de que alguien te eche monedas en la hucha.
Patri se volvió.
Desubicada.
—¿Qué coño…?
—Será mejor que vuelvas con tus amigas.
No añadí nada más.
Rómulo me leyó la cara, se puso serio y, cuando atravesé el local hacia la puerta trasera, me siguió. Oí su voz detrás.
—¡Para! ¡No te cabrees! ¡Estaba jugando!
«Ese es el puto problema: que para ti todo es un juego».
Empujé la puerta y salí al callejón hiperventilando.
El aire frío de la noche me golpeó la cara. No sirvió de nada. Estaba demasiado alterado.
Rómulo apareció segundos después, con las manos en los bolsillos y esa postura que adoptaba cuando quería parecer relajado y estaba todo lo contrario.
—Solo teníamos que protegerla y vigilarla, no montarla en plena pista.
—No parecía estar sufriendo.
—Tú nunca ves el problema mientras alguien esté a punto de correrse.
Me miró un momento.
Calculando.
—No he visto ninguna hoja de reclamaciones —bromeó—. ¿O es que te has puesto celoso?
Se movió tan rápido que mis reflejos fallaron.
Me estampó contra la pared de broma, con una mano abierta sobre mi hombro, ligero. Como cuando teníamos doce años y él ya sabía exactamente dónde meterme el dedo para que reaccionara.
No, no era en el culo.
No por entonces.
Lo empujé.
—Sabes que no es eso.
—¿Y qué es, Rem?
—Es Patri. —La frase me salió con más músculo del que pretendía—. ¿No piensas en Mateo? ¿En la promesa?
Algo cruzó su cara.
Solo un segundo.
—Llevo haciéndolo desde que los conocimos.
—No vuelvas a usarla para provocarme.
Rómulo dejó de sonreír.
—No la estaba usando.
—La tenías entre nosotros y no dejabas de mirarme.
—La tenía entre nosotros porque era donde quería estar.
—No puedes saber eso.
—No finjas que no lo oliste.
«Eso no podía rebatírselo aunque me jodiera».
—Me pareció que lo necesitaba, que los tres necesitábamos pasarlo bien.
—Pues no ha sido divertido.
Rómulo se puso frente a mí con esa sonrisa de medio lado que usaba cuando quería provocar una pelea o un beso.
Con nosotros nunca había demasiada diferencia.
—¿Estás seguro?
Me cerró el paso y llevó la mano directa a mi erección.
Lo noté todo a la vez: la presión, el calor a través de la tela, la maldita claridad de lo que mi cuerpo llevaba haciendo sin consultarme desde que entramos en el bar y vi su espalda desnuda.
Rómulo me sostuvo la mirada.
—Eso me temía.
—Quita la mano.
—Oblígame.
Intenté apartarlo. No lo conseguí porque no lo intenté del todo y ese era exactamente el problema.
Se acercó más. La boca a la altura de mi mandíbula. La voz baja.
—¿Desde cuándo te excita tanto, Rem?
—Para.
—Pues confiesa. —Me mordió levemente en el ángulo de la mandíbula y pasó la lengua por la comisura de mi boca—. Dímelo. ¿Desde cuándo te pone tan cerdo?
Mi cuerpo lo reconoció antes que mi orgullo. Rómulo cogió mi mano y la llevó hasta su entrepierna.
Duro. Tan jodido como yo. Nos miramos.
El olor de Patri seguía pegado a ambos. A su camiseta, a la pretina de mis vaqueros, al espacio entre nuestras bocas.
—Ella no tiene nada que ver.
—Entonces deja de oler como si quisieras comértela.
Esta vez sí me aparté.
El empellón fue bastante más bestia de lo que pretendía. O no.
Rómulo chocó contra la pared de enfrente.
—¡Basta!
Mi voz rebotó contra el ladrillo húmedo.
—Podemos follar con cualquiera. Con quien quieras. Cuando quieras.
—Pero no con Patri —terminó Rómulo.
—No con Patri —especifiqué. Enmudeció dos segundos.
—¿Por qué? —preguntó al final.
—Porque no podemos jodernos así. Ni a ella ni a nosotros.
Frunció el ceño. Se calló.
«Milagro de la fauna ibérica».
—Entré en tu casa sin familia, sin manada y sin saber dónde coño encajaba.
—Rem…
—No. Tú no preguntaste nada. Te metiste en mi cuarto, dormiste en el suelo y, al día siguiente, ya te comportabas como uno más de la casa. Desde entonces, has sido todo lo que no sabía que necesitaba. Manada. Hermano. Lo que fuera aquello que hacíamos cuando ninguna de esas palabras alcanzaba.
Su mandíbula se tensó.
—Nunca te pedí respuestas —continué—. Tú tampoco a mí. Compartimos porque nos salía natural. Las mujeres, las camas, el cuerpo, la vida. Nadie nos obligó a ponerle nombre.
—Nunca ha hecho falta —dijo más bajo.
—Con Patri sí. Si la tocamos, cambia todo: la manada, las reglas, Mateo, nosotros. No estamos aquí por ella.
Rómulo dejó de respirar.
Mi cabeza no dejaba de dar vueltas. Por él. Por ella. Por lo que éramos antes de atrevernos a comprobar si cabíamos los tres.
Era una pésima idea, aunque me sedujera.
Me aparté de la pared.
—Entra tú. Y mantén las manos quietas.
Rómulo no sonreía. El deseo todavía se marcaba en sus pantalones.
—Tenemos que vigilarla.
—¡Pues entra de una maldita vez! Yo necesito aire.
Me alejé por el callejón. No miré atrás.
Porque, si Rómulo me seguía, lo besaría. Y, si volvía al local, agarraría a Patri de las caderas y terminaría lo que el muy cabrón había empezado.
Esa noche, mi lobo los quería a los dos.
Yo llevaba media vida queriendo a Rómulo sin necesitar explicaciones. Mi vecina era la primera persona capaz de obligarnos a buscarlas.
Y eso me daba bastante más miedo que cualquier muerte o prohibición.