Capítulo 14 #2
Aimara los miró. Después me miró a mí. Volvió a mirarlos con una lentitud que no me gustó nada.
—Ay, no… Patricia Espejo, pero si esos dos tienen un aire a los de la lámina de…
Alargué el brazo y le tapé la boca.
Sabía exactamente de qué lámina hablaba. Una que se había colado en el portfolio de las imágenes del libro de Aimara y que jamás debió ver la luz.
Una mujer de espaldas, desnuda entre dos guerreros muy desnudos.
Piel contra piel. Una mano en su cadera, otra en su nuca.
Demasiada anatomía masculina detallada con demasiado cariño y poquísima intención editorial.
Casi me morí cuando Aimara la abrió durante una reunión de equipo.
Por suerte, los demás estaban a otra cosa.
—Como termines esa frase, te deporto a Venezuela —le advertí.
Aimara me lamió la palma.
La solté con un grito.
—¡Cochina!
—Cochina tú, que dibujaste a uno de rodillas y al otro agarrándole el cabello a la tipa, con su cola enterrada en ella.
—No eran ellos.
—Claro que no, chama . Eran sus primos idénticos.
Nina se dobló sobre la mesa, ajustándose las gafas para ver mejor. Sandra se había olvidado por completo de su tragedia inmobiliario-sexual y los miraba con el interés clínico de quien acababa de descubrir que su noche todavía podía mejorar.
—¿Y dices que son tus vecinos? —preguntó sin disimulo.
—Desde los catorce, aunque se fueron al ejército y han vuelto hace nada.
— Madonna . ¿Y no has hecho nada para tirártelos en todos estos años?
—Se alistaron cuando yo tenía dieciséis y son los mejores amigos de mi hermano.
—Pues bien que los has dibujado desnudos, con detalle anatómico, volumen y sombras —me traicionó Aimara.
—Yo quiero ver esa ilustración —me pinchó Sandra.
—¡Eran figuras de referencia!
—Figuras de referencia con los ojos de tu vecino y la espalda del otro. ¡Qué casualidad! —insistió Aimara.
—Aimi, no podemos juzgarla —intervino Nina—, porque esos dos están para romper la escala de Richter. Quizá podrías hacerles un libro y poner de protagonista a una ilustradora obsesionada con sus miembros.
Los hermanos llegaron hasta nosotras antes de que me diera tiempo a soltarle una fresca o programar una huida.
—Buenas noches, peque. Señoritas —saludó Rómulo con esa sonrisa de bisagra que le abría puertas sin necesidad de llamar—. ¿Quiénes son tus amigas? Son indecentemente guapas.
Remo inclinó la cabeza. Sus ojos —uno verde con ámbar; el otro, castaño con verde lima— recorrieron la mesa y se detuvieron en mí.
Solo un instante.
Bastó para que notara un latigazo en la columna.
—Haced el favor de largaros. Estamos de celebración de chicas y vosotros no estáis invitados.
Alguien me golpeó por debajo de la mesa, aunque no fui capaz de determinar el origen de la patada.
—Peque —añadió Rómulo—, venga ya, no seas aguafiestas.
—Ni se te ocurra tratar de ligar con mis amigas. Y deja de llamarme peque.
Se llevó una mano al pecho con teatralidad.
—En vista de que nuestra querida vecina no se apiada de este par de soldados que acaban de regresar de una misión, tendremos que hacerlo nosotros. Yo soy Rómulo, él es Remo y sí, nuestra madre es una loba.
Oí un suspiro procedente de Aimara.
—Esta noche hemos venido a divertirnos, así que, si nos hacéis un hueco…
Mis amigas casi se partieron el cuello al bajarse de los taburetes para apartar asientos.
—¡Parad! —exclamé.
Fruncí el ceño con toda la mala leche que pude reunir y me dirigí a él.
—Si queréis divertiros, os vais a un parque de bolas.
Rómulo sonrió despacio. La clase de sonrisa que siempre se quedaba a medio camino entre lo canalla y lo peligroso.
—¿Quieres que vayamos a un parque en bolas? ¿Por qué no lo has dicho antes, pedazo de exhibicionista?
—¡He dicho de bolas, analfabeto!
Me agarró por la cintura antes de que pudiera apartarme, tiró de mí y me echó sobre su hombro como si pesara lo mismo que una opinión suya.
—¡Rómulo, bájame!
—No te oigo con la música, peque.
—¡Se lo diré a Mateo!
—Dile también que voy a darte de cenar.
Le aporreé la espalda mientras me reía porque mi dignidad se había quedado sentada en el taburete, junto al cóctel, y no parecía dispuesta a venir a rescatarme.
Oí a Aimara de fondo:
—No manches , ¿ese es el de rodillas o el del pelo? Porque desde aquí no distingo.
Tuve ganas de gritar.
Remo no se rio.
Siguió las manos de su hermano con la mirada y algo se le tensó en la cara.
Caminó detrás de nosotros sin decir nada. Cuando Rómulo me bajó al suelo, lo vi de reojo: mandíbula apretada, brazos cruzados y los ojos fijos en el punto donde las manos de su hermano acababan de soltarme la cintura.
—No vuelvas a cogerla así.
Su voz salió baja. Sin adornos.
Rómulo lo miró.
Remo le sostuvo la mirada.
No duró más de tres segundos, pero a mí me dio tiempo a notar que el aire entre ellos se había convertido en otra cosa. Dos fuerzas tirando del mismo punto, equilibradas solo porque ninguna cedía.
—Tranquilo, colega. Solo quería traerla a la pista.
Entonces empezó Efecto , de Bad Bunny.
Rómulo me cogió de la mano.
—Baila conmigo y enseñémosle al muermo cómo se hace.
—No.
Tiró de mí.
—Qué convincente.
Rómulo sabía de sobra que me flipaba bailar y a él no se le daba nada mal.
Los cuerpos nos cerraron el espacio. Las luces doradas recortaban sombras contra la pared y el bajo hacía vibrar el suelo bajo mis pies.
Rómulo se colocó detrás de mí, apoyó la palma abierta en mi cadera y me hizo seguir el ritmo con una presión lenta que no tenía nada que ver con bailar y todo que ver con una negociación que yo estaba perdiendo.
Mi espalda chocó contra su pecho.
Su boca quedó a la altura de mi oreja.
—Así que me quieres en un parque en bolas…
—Cállate.
—Haz que me calle.
Moví las caderas solo para castigarlo.
Error garrafal de cálculo.
Su mano se afianzó en mi cintura y me guio hacia atrás con una cadencia que me obligó a cerrar los ojos porque, si los mantenía abiertos, iba a grabar aquello en mi cabeza.
Y lo que mi mente estaba fabricando no era apto para un portfolio ni para ningún otro sitio que no fuera debajo de mi almohada o sobre mis sábanas.
Rómulo bailaba de la hostia.
El muy cabrón sabía exactamente cómo mover las caderas contra las mías para que cada compás terminara un centímetro más abajo de donde debería. Me giró, me acercó y dejó una pierna entre las mías sin dejar de sonreír, pero sus ojos ya no eran los de siempre. Tenían destellos ámbar.
Un dorado que aparecía y desaparecía como la luz a través de un cristal de miel y que solo le salía en determinados momentos.
En la cancha de baloncesto, cuando protestaba una falta.
En la cocina de mi madre, cuando me pillaba mirándolo.
Ahora.
Tragué saliva. Entonces miré por encima de su hombro.
Remo seguía apoyado contra una columna, observándonos, quieto.
Los brazos cruzados. Sus iris clavados en nosotros. En mí.
La heterocromía se perdía a esa distancia, pero yo no necesitaba distinguirla. Sabía de memoria que el izquierdo era verde oscuro con ámbar y el derecho, castaño con verde lima.
Rómulo siguió el recorrido de mi mirada. Su sonrisa no desapareció. Se volvió más lenta, más deliberada.
Y mi mente voló a aquella noche en la que había visto gemir a una chica entre ellos. La misma noche en la que no pude evitar tocarme y correrme sobre mis propios dedos.
Rómulo me giró otra vez, sujetándome por las caderas, y me colocó frente a Remo mientras él se pegaba a mi espalda.
El calor me subió por el esternón.
Remo bajó la mirada hasta las manos de su hermano en mi cintura. Después, hasta mis caderas.
Apretó la mandíbula.
Se pasó la lengua despacio por uno de los colmillos sin dejar de mirarme.
Cuando volvió a mis ojos, no apartó los suyos. No parecía enfadado. Parecía hambriento. Y eso era infinitamente peor.
La canción seguía sonando, pero yo ya no la oía. Lo único que escuchaba era mi respiración y un ruido de fondo que se parecía demasiado a media vida de cuadernos llenos cayéndose de una estantería.
Entonces entendí lo que mis dibujos llevaban años intentando explicarme.
El problema nunca había sido decidir cuál de los dos quería dibujar.
El problema era que, mientras Rómulo me enseñaba cómo se componía el fuego, Remo me miraba como la línea de tensión que sostenía todo el encuadre.
Y yo llevaba media vida dibujándolos juntos, muriéndome por ser el centro de la imagen.