Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 14
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Capítulo 14

Sandra nos había convocado para tomar una copa con un mensaje que decía:

Aquella última frase fue la que terminó de preocuparme.

Sandra no invitaba sin motivo. Sandra proponía pagar a medias, dividía el Bizum hasta el último céntimo y era capaz de recordar durante seis meses quién se había comido una croqueta de más.

Ella decía que no era por el gen catalán, sino por equidad, y debía de ser verdad porque, en todo lo demás, era supergenerosa y jamás se olvidaba de un cumpleaños.

Si de pronto ofrecía barra libre, solo había dos opciones: le había tocado la lotería o había encontrado un sitio donde dormir que no incluyera un sofá prestado, una maleta abierta en mitad del salón y a Lluna juzgando sus decisiones desde Sant Celoni con cara de mastín decepcionado.

Fuera lo que fuese, merecía tacones, eyeliner y alcohol. Mucho alcohol.

El local estaba en Malasaña, en la parte donde te servían cerveza artesanal dentro de un tarro de mermelada y te cobraban ocho euros por llamarlo experiencia.

Era un bar musical con paredes oscuras, lámparas doradas que proyectaban sombras largas y sofás de terciopelo verde porque alguien con buen criterio cromático los había dispuesto pensando en cómo quedarían en una foto cenital.

La pista se iba llenando de siluetas recortadas contra una luz cálida que me picaba en los dedos.

Mi cerebro ya estaba encuadrando sin consenso: la curva de un hombro, el perfil de una mandíbula, el gesto de una mano sobre un vaso.

Deformación profesional.

O vicio.

Dependía de a quién le preguntaras.

Yo llevaba unos vaqueros de tiro bajo, un top rosa con la espalda al aire y suficiente brillo en los labios para provocar accidentes de tráfico.

Nina se había puesto un vestido negro que gritaba «tengo una reunión con Recursos Humanos, pero podría acabar montándomelo en los baños».

Aimara llevaba pantalones de cuero, botines y una blusa granate con un escote que convertía sus tetas en patrimonio cultural venezolano.

Y Sandra había aparecido con una minifalda, botas altas y una sonrisa de las que pedían gafas de sol para no deslumbrar.

Estábamos espectaculares, para qué negarlo.

Cuatro mujeres preparadas para tomar decisiones horribles y bebernos hasta el agua de los floreros.

Justo lo que necesitábamos.

—Un copazo y buenas noticias —declaré mientras levantaba mi copa—. No pido más.

—Has pedido un cóctel que lleva cinco alcoholes distintos —puntualizó Nina.

—Porque una tiene que diversificar sus inversiones, hermana.

Aimara sonrió.

—Yo solo quiero aclarar que, si esta noche terminamos en una comisaría, no pienso llamar a Javier.

—Antes llamamos a una tuneladora —dije—. Seguro que da menos problemas y nos saca antes.

Sandra tenía esa expresión que pone la gente antes de enseñarte algo que le ha cambiado la vida y que a ti probablemente va a provocarte una úlcera.

—Bueno —comenzó, juntando las manos—, estamos aquí reunidas porque ha ocurrido un milagro.

—¿Te has metido en una secta? —preguntó Nina.

—Mejor.

—¿Has encontrado un casero que acepte perros a cambio de servicios de pornochacha?

—Mucho mejor.

Aimara se inclinó hacia delante.

— Chama , escúpelo ya, que tienes cara de haberte acostado con alguien o de haber encontrado un ático con ascensor.

—¡Tengo habitación en mi mismo edificio!

Las tres gritamos a la vez.

Sandra levantó las manos, encantada con el efecto dramático.

—Habitación enorme en el ático. Baño propio. Piso de revista. Terraza. Y acepta a Lluna.

—Eso no es un milagro —sentencié—. Eso es una estafa piramidal. ¿A cuál de los viejos te has tirado?

—A ninguno.

—¿Cuánto cuesta?

Nos dijo la cifra.

Nina entrecerró los ojos.

—Eso es tráfico de órganos. Ese anciano necesita un corazón y ha visto posibilidades en el tuyo.

—No me va a cobrar el primer mes y, como le hablé de mis finanzas, ha aceptado que pague lo mismo que le daba al casero.

La miramos.

—Ese tipo quiere clavarte la dentadura postiza —decidió Aimara.

—¿Has revisado los cajones por si tenía viagra? —pregunté.

—No es un anciano, aunque sí tiene el pelo gris. Dejadme contaros cómo pasó.

Sandra se lanzó a relatarnos el encuentro en tono storytime de romcom en directo.

Primero, el anuncio desesperado. Después, el ascensor, el papelito volando en un arco perfecto y aterrizando, cómo no, a los pies de un hombre que parecía haber sido fabricado por L’Oréal para vender champú, perfume y suspiros en un mismo plano.

Lo describía con tanto detalle que yo ya le estaba poniendo proporciones mentales al personaje. Pelo plateado. Altura desproporcionada. Línea de mandíbula digna de un estudio de perfil clásico.

¿Por qué me sonaba?

«Mierda, Patri, le estás poniendo la cara de tu jefe nuevo. Menuda idiota».

—Se agachó, lo recogió y me lo dio —explicó, recreando el gesto con la mano—. Y dijo: «Creo que esto te pertenece».

—¿El papel o tus bragas? —pregunté.

—Me parece que ambos. Hasta Lluna le babeó los zapatos y yo respondí «grazf» en lugar de «gracias». ¡Qué vergüenza!

—Eso lo entiendo —admitió Nina—. Allora , hay hombres que provocan dislexia vaginal.

—Lo mejor es que él la acarició, hablamos y resultó que era quien había puesto el anuncio. Buscaba alquilar una de las habitaciones y quedamos para que me enseñara el piso a las seis… —Sandra se llevó una mano al pecho—. Tiene una bañera de diseño con vistas. Nunca he visto nada igual.

—Hermana, céntrate —le pedí—. ¿Cómo se llama? ¿Has buscado su nombre en internet para asegurarte de que no sea narco?

Ella negó.

—No tenía pinta. Es muy amable y educado.

—Esos son los peores —comentó Aimara mientras sacaba el móvil—. Recita.

—Se llama Ciarán Ashveil.

Las tres dejamos de reírnos.

La camarera apareció con el resto de los cócteles, los distribuyó y se marchó sin saber que acababa de depositar tres explosivos sobre una mesa sumida en el silencio.

Aimara me miró.

Yo miré a Nina.

Nina miró a Aimara.

Sandra bebió de su copa.

—¿Qué? Ya sé que suena a novela de escoceses…

—No suena a eso —soltó Nina.

—¿Y a qué suena?

—A que el jefazo ha movido ficha y oyó más de la cuenta.

—¿Qué jefazo? —Sandra frunció el ceño.

—Está claro que nos oyó —prosiguió Aimara—. Fijo escuchó la parte de la operación colchón con Darian y esta ha sido su forma de callarnos la bocota . Le pedimos ayuda e hicimos un pacto con Satán. ¡Diablos!

Sandra bajó despacio la copa.

—¿Qué operación colchón? ¿De qué pacto habláis?

Nina se rascó una ceja.

—Una estrategia habitacional. Qué listo. No podemos confiarnos.

—¿Alguna puede decirme de qué habláis?

Sandra nos estudió una por una con esa mirada suya de booktoker a punto de abrir un unboxing que no le iba a gustar.

—¿Vosotras conocéis a Ciarán?

Cogí aire.

Me daba muchísima pena matar aquel brillo porque conocía lo bastante a Sandra para entender que ya había fantaseado con nuestro jefe. No podía culparla. Su estructura ósea y corporal era excepcional.

—A ver, hermana… —Le cogí la mano—. Siento joderte tus planes románticos, porque el señor Ashveil está para que lo unten en aceite y lo sirvan en una bandeja, pero es el nuevo jefe de la editorial y Nina lo pilló enrollándose con el conde Pátula.

Sandra abrió la boca.

—No.

—Sí.

—¿El nuevo jefazo?

—El mismo.

Parpadeó varias veces.

—Pues no me dijo nada.

—Escuchó nuestra videollamada —dijo Nina.

—Le pedimos ayuda y creo que por eso alquiló el piso y te ofreció la habitación —añadió Aimara—. Para sobornarnos.

Sandra palideció.

—Ay, Dios. Y yo pensando que habíamos conectado. Si es que soy idiota. ¿Estáis seguras? No puede ser gay.

—Puede ser bisexual —sugerí, dando un trago.

—Eso tampoco me ayuda si está liado con Blake.

Se quedó mirando su copa como si contuviera las ruinas de su futuro sentimental.

—Aunque, ahora que lo decís… Tiene un pelazo, es amable, atento, huele bien, le gustan los perros y el piso está decorado de la leche. —Sus hombros cayeron—. Mierda. Es gay.

—Ven aquí, hermana.

La abracé por un lado. Aimara la rodeó por el otro y Nina le dio unas palmaditas en la rodilla.

—Está claro que ninguna de las cuatro está para protagonizar Mujeres al borde de un ataque de miembros …

—Para una vez que un tío bueno me ofrece una habitación —se lamentó—, tiene que ser de la otra acera.

—Mira la parte buena: tienes habitación —recordó Nina—. Y, como es gay, puedes pasearte en tetas.

—Y una bañera de revista —añadió Aimara.

—Puedes hacerte fotos desnuda en ella y pedirle que te las haga —propuse—. El tipo no va a follar contigo, pero puede colaborar para que alguien lo haga.

Sandra soltó una risa contra mi hombro.

—Sois gilipollas.

—Y tú ya no eres una sintecho —celebré—. Ea, ya está. Ahora vamos a brindar, ¡no me jodas!

Las copas chocaron.

Aimara, que miraba por encima de mi cabeza hacia la entrada, se quedó petrificada con el cóctel a medio camino de la boca.

—Ay, no.

—¿Qué pasa?

—Esperen. —Bajó la voz y agarró el brazo de Nina sin dejar de mirar—. Que igual acaba de llegar la solución que necesita Sandra… y alguna de nosotras. Pero miren esos dos papitos . Qué guapos son y están mirando hacia la mesa.

Las cuatro nos giramos.

Lo que pasó dentro de mi pecho no fue un salto. Fue algo rompiéndose por la mitad: una imagen que reconoces antes de poder nombrarla.

Rómulo y Remo acababan de traspasar la puerta del local y lo peor de todo era que no iban con Mateo.

Rómulo llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba los deltoides con una precisión obscena, pantalones oscuros y los rizos húmedos con un descuido que, claramente, le había costado cuarenta minutos de método curly .

Remo iba de gris, con una sobrecamisa abierta, las mangas subidas hasta los antebrazos y su pulsera de plata en la muñeca izquierda.

La misma que llevaba desde que yo tenía memoria y que nadie le había preguntado nunca por qué usaba si le provocaba ronchas.

Uno entraba en un sitio, se adueñaba de él y parecía encontrar gracioso que los demás estuvieran allí.

El otro entraba tomando nota de cada salida de emergencia.

—¡Esos son mis vecinos! —conseguí toser después de atragantarme con el cóctel.