Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 13
20%

Capítulo 13

La residencia privada de Aodhan Ashveil no figuraba como sede del Consejo.

Ese detalle importaba.

Las sedes oficiales tenían actas, custodios y una cantidad obscena de rituales destinados a fingir que el poder obedecía normas. Las casas privadas servían para lo contrario: ninguna constancia, ningún protocolo y la cómoda posibilidad de negar que aquella noche hubiera existido.

Aodhan había elegido el terreno.

Primera ventaja para el rey fae .

La convocatoria llegó por boca de su hijo al final de mi jornada. Ciarán la llamó invitación. Los fae mantenían desde hacía milenios una relación creativa con ciertas palabras, sobre todo con «libertad», «verdad» y «no es una amenaza».

Entré sin quitarme el abrigo.

Aodhan presidía la estancia sin necesidad de ocupar la cabecera de nada: pelo plateado, ojos azul violáceo y la comodidad regia de quien no recordaba cuándo fue la última vez que esperó a alguien.

Marcellus Varga estaba a su izquierda, impecable y pálido, con esa expresión helada que los vampiros antiguos confundían con buena educación.

Ciarán permanecía a la derecha de su padre, erguido con la rigidez hereditaria de los príncipes. No sabía si había decidido ayudarme o si solo le molestaba que otro pudiera manipular la verdad antes que él.

Samael ocupaba un sillón al fondo, con el hastío de quien ya había asistido a aquel juicio en otra civilización y recordaba que la crítica no había sido favorable. Fue el único que me dirigió una mirada sin contenido fiscal.

No me tranquilizó.

Valerian Nocte aguardaba junto a la biblioteca con una copa de borgoña en la mano. Traje gris, gafas finas y aspecto de ilustrado del siglo XVIII obligado a presentar una declaración trimestral.

Coordinaba las conexiones del Consejo con la policía, la judicatura y los registros humanos. También era especialista en fisiología vampírica.

Lo conocía de nombre, cargo y reputación. No de trato.

Que Aodhan lo hubiera incluido significaba que aquella noche no solo iban a juzgar mis actos. También pensaban abrirme en canal con terminología médica.

—Me alegro de que aceptara mi invitación, señor Blake —saludó el rey fae .

—La confundí con una orden. Debe de ser la caligrafía monárquica.

Ni él ni su hijo reaccionaron.

Una familia encantadora. En una cena navideña debían de conseguir que hasta el pavo confesara.

—Hemos analizado la plancha de silicona —prosiguió—. Su mordida coincide con la de la víctima. La humana está muerta y Marcellus lo visitó después de la última reunión del Consejo sin informar a nadie. La suma no lo favorece. La solución más limpia es la custodia preventiva.

Lo expuso con la temperatura de quien ordenaba cambiar una cerradura.

No hacía falta vivir siglos para comprender que la decisión estaba tomada y que aquella reunión solo servía para darle modales.

No respondí.

Marcellus había acudido a mi casa, había tanteado mis recuerdos incompletos y se había marchado sin aclarar si pretendía protegerme o decidir el método de ejecución.

Llevaba horas esperando oírlo.

La curiosidad vampírica también tenía sus normas de cortesía.

Marcellus cruzó una pierna sobre la otra.

—Vi las imágenes forenses en los canales reservados. La profundidad, el ángulo del cuello y el patrón de ambas marcas me resultaron conocidos.

—Una observación conmovedora —intervino Aodhan—. Algo menos útil cuando se oculta.

—No lo oculté. Fui a contrastar una posibilidad.

—Sin informar al Consejo.

—El Consejo suele confundir conocimiento con derecho de acceso.

Aodhan lo miró con una quietud afilada.

Marcellus no bajó los ojos.

Eso éramos los vampiros antiguos: criaturas capaces de convertir una omisión en principio político.

—Conozco su historial y necesitaba contrastarlo —concluyó.

La habitación dejó de fingir que aquello era una conversación.

El monarca centró la atención en mí.

—Háblenos de ese historial, señor Blake.

Marcellus iba a hacerlo por mí. Lo vi en la forma en que apoyó las manos sobre los brazos del sillón, como quien ordena documentos antes de abrir un archivo.

No le concedí ese placer.

—Sufrí un episodio de apnea de control vampírico.

Ahí estaba. Mi peor antecedente, servido en voz alta para consumo de la sala.

Aodhan giró apenas la cabeza hacia Valerian.

—Aclare el término para que podamos entenderlo.

Nocte dejó la copa.

—Es un fenómeno infrecuente, documentado en vampiros longevos. Un lapso neural entre deseo, mordida y memoria. Se pierde el dominio sobre la presión de los colmillos y el organismo borra parte de lo ocurrido después. No es una enfermedad en sentido estricto. No se cura. Se gestiona.

—¿Y el señor Blake lo gestionó?

—Ocurrió una sola vez —corté.

Mi voz salió más baja de lo habitual.

Más peligrosa.

—¿Con qué consecuencias? —insistió Aodhan.

Apreté la mano hasta que las uñas se clavaron en las palmas.

No necesitaba sangre para recordar la suya.

—Mi compañera estuvo a punto de morir.

La frase cayó con un peso que ninguna ornamentación habría mejorado.

Habían pasado siglos y aún veía aquella habitación. Las sábanas deshechas. La sangre demasiado oscura contra la piel de la mujer que había confiado en mí. Era vampira, más resistente que cualquier humana. Tardó meses en recuperarse.

Quiso volver a verme.

Yo no lo permití.

No había vuelto a tener compañera desde entonces, solo sexo sin vínculo. Los siglos eran una distancia razonable cuando uno temía despertarse convertido en la peor versión de sí mismo.

—La memoria puede quedar afectada —añadió Valerian—. El patrón coincide con lo que pudo ocurrir la noche del crimen.

—No coincide —repliqué—. Se parece. Los matices existen, aunque los tribunales y los malos traductores insistan en ignorarlos.

—La víctima presenta su mordida —recordó Aodhan.

—Y estaba viva cuando me fui.

—Según usted.

La frase me golpeó donde debía.

No alcé la voz.

—Según lo que recuerdo.

Marcellus me observó con la satisfacción de quien llevaba siglos esperando que admitiera exactamente aquello.

Lo detesté por tener razón.

—Cuando vi las fotografías —explicó—, pensé que podía haberle ocurrido de nuevo.

—Y fuiste a decidir si esconderlo.

—Fui a entender la verdad y preparar los posibles escenarios. Los vampiros gestionaríamos a uno de los nuestros antes de permitir que el Consejo convirtiera el asunto en una ejecución pública. Necesitaba saberlo antes de que alguien tomara una decisión irreversible.

Lo miré.

No había ido a protegerme. Había ido a evaluarme.

Probablemente cruzó Madrid con una daga ritual bajo la chaqueta, dispuesto a hundírmela en el corazón si mis respuestas no le convencían.

Lo peor no era eso.

Lo peor era que, durante las primeras horas de aquel amanecer tras conocer su muerte, con el sabor extraño todavía pegado a la lengua y un hueco negro ocupando el lugar de mis recuerdos, yo había considerado la misma posibilidad.

La ironía dejó de servirme.

—Qué reconfortante saber que llevabas un plan para cada resultado.

Marcellus sostuvo mi resentimiento.

—La lealtad sin previsión es sentimentalismo.

—Y el afecto con arma blanca, tradición familiar.

No apartó la mirada.

—Sigues aquí y estás vivo.

No era consuelo.

Era su argumento.

Samael habló desde el fondo.

—No quisiera arrojar gasolina a un infierno ajeno, pero Abaddon lleva meses saboteando el velo y reforzando memorias de humanas con contacto sobrenatural.

La víctima lo tuvo. La escena reprodujo el capítulo diecisiete de la saga de Aimara Duque con un rigor que exige conocimiento del fandom , fisiología vampírica y antecedentes clínicos.

Darian Blake cumplía todos los requisitos.

Encerrarlo lo convierte en un culpable cómodo y deja una institución dividida.

—Abaddon no habría elegido una escenificación literaria —objetó Aodhan—. Demasiado simbólica y vulgar.

—Abaddon es extremadamente vulgar —concedió Samael—, pero coincido.

Aodhan entrecerró los ojos.

—¿En qué?

—En que no fue él. Lo de mancharse las manos no le va.

Su mirada pasó por Marcellus, Valerian y, al final, por mí.

—Por eso creo que hay alguien más. Alguien capaz de convertir una vulnerabilidad documentada en un arma.

Valerian avanzó con una caja metálica.

—Necesito una muestra de sangre.

—Qué noche tan generosa. Primero saliva. Ahora sangre. A este ritmo terminarán enviándome flores.

—Si el señor Vane está en lo cierto —continuó, inmune a mi encanto—, pudieron administrarte una sustancia a través de la propia víctima.

Cualquier enviado de Abaddon, o un humano sugestionado, pudo darle a la mujer un compuesto que se transfiriera durante el contacto.

Una poción de bruja, una preparación alquímica o una mezcla menos elegante de sustancias demoníacas.

Abrió la caja.

—La segunda posibilidad es el acceso al historial médico vampírico. Quien planeó esto pudo consultar tu ficha para saber qué sustancia utilizar y qué respuesta provocar. El círculo es reducido: miembros del Consejo, médicos de registro…

O el propio Valerian.

Miró a Marcellus. Este no movió un músculo.

Ciarán sí. Desplazó la atención hacia Valerian con una determinación nueva y sospeché que habíamos llegado a la misma conclusión.

Valerian podía ser el especialista que necesitábamos o el hombre perfecto para fabricar el problema. Ambas posibilidades vestían igual de bien.

—La tercera —continuó— es una recaída espontánea. Darian sufrió un episodio. Puede haber vuelto a ocurrir sin intervención externa.

—También podría haber un topo —comenté—. Alguien de los oscuros capaz de fabricar un análisis impecable.

Valerian me miró por encima de las gafas.

—Por eso la muestra debe ir a un laboratorio independiente —intervino Ciarán antes de que su padre o Nocte respondieran—.

Encerrar al señor Blake nos deja sin acceso al único testigo del tramo que falta.

También demuestra que el Consejo reacciona antes de investigar.

Mantenerlo en Vetusta permite vigilarlo, estudiar sus recuerdos y esperar el resultado del análisis.

Si alguien lo utilizó, creerlo libre puede obligarlo a moverse.

Aodhan observó a su hijo.

No había orgullo en su expresión.

Solo cálculo.

—Eso supone confiar en él.

—No —corrigió Ciarán—. Supone elegir una jaula con horario de oficina.

Lo miré.

«¡Hijo de fae !».

—Qué alivio. Temía que empezaras a caerme bien y a ejercer de abogado del vampirito.

—Una cosa es utilidad y otra afecto, no te equivoques.

—Jamás cometería un error tan trivial.

Samael esbozó una sonrisa desde el sillón.

La testosterona de aquella habitación habría bastado para fundar una religión menor y arruinarla en menos de una década.

Marcellus habló antes de que Aodhan tomara una decisión.

—Si al final es culpable, yo mismo me ocuparé de ajusticiarlo. Los vampiros limpiamos nuestra propia mesa.

Nadie respondió.

Aquello tampoco era una defensa.

Era un plazo.

Aodhan no cedió. Los reyes rara vez lo hacían: rebautizaban la concesión hasta que parecía una orden propia.

—Custodia operativa. Ciarán vigilará al señor Blake en Vetusta. Samael supervisará su asistencia al grupo de regulación emocional interspecies mientras trata de arrojar algo de luz sobre este asunto. La muestra irá a un laboratorio neutral.

—Llevo años asistiendo a ese circo —le recordé—. Sé cómo va.

—Enhorabuena —me felicitó Samael—. Has ascendido de problema antiguo a paciente oficial.

—No lo molestaremos más, señor Blake. Mañana tiene que madrugar. Hijo, acompáñalo a la puerta.

Ciarán obedeció y caminó en silencio a mi lado hasta el Impala del 67.

—¿Por qué elegiste mantenerme suelto? —pregunté.

—No lo hice. Elegí la opción que ofrece más información.

—Mañana podrías descubrir que has defendido a un asesino.

—Y tú podrías descubrir que lo eres.

Nos detuvimos junto al coche.

—Mañana en Vetusta. A las nueve.

—Qué entusiasmo por compartir jornada, jefe.

Se marchó sin regalarme una réplica.

Cerré la puerta del Impala y aferré el volante.

Repasé la noche.

El bar. La copa. La bañera. Su cuerpo. La puerta cerrándose a mis espaldas. El pasillo.

Y entonces volvió.

Un recuerdo pequeño, casi sin peso, pero estaba ahí.

Un olor.

Floral. Cerrado. Químico.

No pertenecía a la víctima.

Cuando entré en el edificio, no estaba.

Podía ser el perfume de algún vecino.

O podía haber alguien más cuando salí.

Si aquel olor pertenecía a otra persona, mi memoria no había regresado sola.

Acababa de señalarme hacia una puerta que alguien se había molestado mucho en cerrar.