Capítulo 12
Al día siguiente de contarles a mis amigas mi drama inmobiliario, pedir ayuda a mi comunidad y descubrir que en Madrid un zulo sin ventana podía costar lo mismo que una hipoteca, bajé a Lluna a la calle.
Mi aspecto dejaba mucho que desear. Había dormido lo mismo que duerme una madre primeriza durante un brote de dientes.
Pasé la noche saltando entre Idealista, Fotocasa y grupos de Facebook donde la gente alquilaba habitaciones interiores sin ventana por novecientos euros y todavía tenía los santos cojones de añadir «ideal para una persona tranquila y solvente».
Yo era tranquila.
Y solvente… Bueno, tenía dos riñones. De momento.
Mi directo de emergencia se tituló: «Busco piso, no zulo, abstenerse desvividores en serie con sótano privado».
Que una estaba desesperada, pero no era idiota, por mucho que le quedasen menos de cuarenta y ocho horas para recoger una vida entera y meterla en cajas que no tenía.
Funcionó regular.
Mis seguidores me mandaron amor, setecientos corazones, dos contactos falsos, una oferta para compartir una caravana en Toledo y el número de un hombre que buscaba «compañera liberal, limpia y sin prejuicios».
Lo bloqueé antes de descubrir qué clase de limpieza exigía.
Bajé con unas mallas llenas de pelos, una sudadera que decía Powered by Books and Anxiety y el moño sujeto con una pinza de leopardo porque no encontraba ninguna horquilla.
Lluna, por supuesto, parecía impecable. Los perros tenían esa ventaja: podían lamerse el culo delante de una visita y conservar más decoro que tú.
—Como hoy no encontremos algo, nos vamos a vivir a una rotonda —la avisé, pulsando el botón del ascensor—. Tú haces de elemento decorativo y yo vendo marcapáginas.
Ella bostezó.
Mis ideas aburrían hasta a la perra.
En el segundo piso me crucé con la señora Pilar, que llevaba una bolsa de basura en una mano y el gato metido dentro de la bata. No el gato entero. La cabeza asomaba por el escote.
—Buenos días, Sandra. Me han dicho que te vas.
Las noticias en aquel edificio circulaban más deprisa que el wifi y con bastante mejor cobertura.
—Puede.
—Es una pena. Eres una chica muy ruidosa, pero buena.
—Gracias. Creo.
—El del quinto B se separó hace poco.
—¿El que colecciona latas de cerveza en el rellano?
—Tiene terraza.
—Lo tendré en cuenta antes de ligarme al del bajo, cuyo patio es más grande. Esta semana cumple los noventa y me han dicho que tiene una buena pensión.
Seguí bajando, obviando cómo la mujer movía la cabeza con entusiasmo.
En el portal me encontré a Paqui ajustándose el audífono junto a los buzones. Metro y medio con tacones. Treinta años prometiendo que su nieto vendría a desatascar las tuberías comunitarias. Seguíamos esperando.
—Ay, hija, qué mala suerte lo del piso.
«¡¿Pero es que el burofax lo había recibido toda la comunidad?!».
—Gracias, Paqui.
—Te recuerdo que mi nieto sigue soltero, quizá podríamos apañar algo.
—Me alegro por él.
—Tiene buenos brazos.
Sonreí con el entusiasmo de una mujer que estaba valorando seriamente esconderse en el cuarto de contadores hasta que sus vecinos murieran por causas naturales.
Paqui se marchó y yo fui hacia la puerta, entonces vi el anuncio.
Pegado en el tablón comunitario, entre una nota sobre una bicicleta desaparecida en 2019 y una convocatoria extraordinaria para discutir quién dejaba bolsas de basura junto al ascensor.
SE BUSCA COMPAÑERO/A DE PISO CON URGENCIA . PREFERIBLEMENTE CON MASCOTA.
Me detuve tan rápido que Lluna chocó contra mi pierna.
—No me jodas.
Volví a leerlo.
Compañero de piso. Urgente. Con mascota.
Aquello no era un anuncio. Era una señal. El universo acababa de cansarse de mandarme indirectas y había utilizado una impresora HP.
Me acerqué al tablón. Las pestañas con el número de teléfono seguían intactas.
En aquel edificio vivíamos ciento doce personas: ochenta jubiladas, nueve estudiantes que fingían no fumar porros y al menos tres matrimonios que dormían en habitaciones separadas desde que Aznar tenía bigote.
¿Quién buscaba compañero?
Tal vez el señor Luis, el viudo del tercero A. Aunque llevaba diez años hablando con las cenizas de su mujer y dudaba que ella aceptara una tercera persona en la relación.
Podía ser Mónica, la del segundo C, que tenía seis canarios, dos ninfas y un exmarido que seguía entrando a por táperes sin avisar.
¿O el nieto de Paqui?
No. Antes vivía debajo de un puente.
Arranqué una pestaña.
Las puertas del ascensor se abrieron a mi espalda.
Me giré y se me cayó directa a sus pies, porque el hombre que salió del ascensor no parecía real.
No en el sentido de que fuera transparente o llevara una sábana.
En el sentido de que cualquier mujer con cuenta en BookTok habría mirado a aquella criatura y habría pensado: «Esto está generado con inteligencia artificial.
Nadie tiene esa cara sin haber vendido tres almas y contratado iluminación profesional».
Alto era quedarse corto.
Tenía el pelo plateado, los rasgos demasiado exactos y un abrigo oscuro cortado a la medida exacta de su cuerpo. No caminaba: se desplazaba con la tranquilidad de quien sabía que el suelo iba a portarse bien.
Lluna gimoteó.
«No sabes cómo te entiendo. Yo también estoy llorando por dentro».
Él se agachó para recoger la pestaña y yo inspiré con fuerza.
Error.
Olía a algo entre fruta oscura, madera húmeda, flores nocturnas, humo y aire frío. Un perfume nicho, seguro. Uno de esos que no podías comprar sin una entrevista previa y una herencia. Nunca había olido a nadie así de bien en mi vida.
Mi última cita tenía un aliento tan agresivo que abandoné el bar antes del primer morreo alegando una gastroenteritis súbita. El hombre insistió en acompañarme a urgencias y tuve que fingir que me llamaba mi ginecóloga porque tenía verrugas genitales.
Aquel, en cambio, se incorporó y me tendió el papel.
—Creo que esto te pertenece.
Abrí la boca.
— Grazf .
Perfecto. Un gracias impecable recitado en élfico antiguo, porque no podía catalogarlo de otro idioma.
Una de las comisuras de su boca se elevó apenas.
Me derretí por dentro.
Lluna, más práctica, le babeó un zapato.
«Menudas dos patas para un banco».
—Perdona —conseguí articular—. Es muy cariñosa y no lleva bien el control de babas.
—No pasa nada —su voz llegaba en notas graves que mi sistema nervioso archivó sin consultarme—. Suele ocurrirles a los de su raza.
«Y a las de la mía al ver a alguien como tú».
Mi mascota gimoteó. Él se agachó otra vez y le rascó detrás de las orejas. La mastina cerró los ojos con una expresión de placer tan indecente que me sentí representada.
«Quiero ser tu perra».
Dios, qué mal había sonado eso. Y qué necesitada.
—¿Eres el nieto de Paqui? —solté con esperanza.
Él dejó de acariciar a Lluna.
—No.
«¿Tú eres idiota, Sandra? Paqui mide un metro cuarenta y cinco. Su nieto desatasca cloacas y este tiene aspecto de liberar otro tipo de cañerías».
Me ardieron las mejillas.
—Claro. No. Perdona. Es que aquí nos conocemos todos y la mayoría tienen más de sesenta, así que, cuando aparece alguien nuevo… Bueno, no nuevo como concepto humano, sino nuevo en el edificio. Aunque podrías ser nuevo como concepto humano también, porque tienes una cara bastante…
«Cállate. Cállate ya».
Menos mal que fingió no escucharme.
—¿Te interesa el anuncio? ¿Buscas piso o es para alguien que conoces?
Se me secó la boca.
—¿Este? Sí. Bueno, para mí. El dueño de mi piso lo necesita de forma urgente y, o encuentro algo, o me veo volviendo a Barcelona. Lo cual no es que me apetezca en exceso porque regresar a casa de mis tíos con más de cuarenta tacos no es un gran plan.
—Puedo alquilarte la habitación.
Parpadeé. Más bien fue una sucesión de parpadeos en plan tic nervioso.
—¿Tú… tú eres el del anuncio?
—Sí.
Claro. Por supuesto. El universo no podía limitarse a enviarme una habitación. Tenía que envolverla en dos metros de fantasía sexual y dejarla en el portal como una bomba sin instrucciones.
—No me fío de alquilar a cualquiera —explicó—. Pensé que, si lo colocaba aquí, quizá apareciera alguien con referencias. Nunca se sabe quién puede llamar a tu puerta.
«Desde luego. Porque un tío como tú nunca aparecería en la mía».
—Esto es muy raro —admití.
Magnífica estrategia. Acusarlo de raro mientras yo llevaba una pinza de animal selvático, ojeras de mapache y una perra enamorada de sus zapatos.
Él ladeó apenas la cabeza.
—Lo es. —Al menos no mentía—. Si no te interesa, seguiré buscando. Aunque a tu perra parece que le he caído bien. Los animales tienen bastante instinto.
No pensaba explicarle que el instinto de Lluna la había llevado a enamorarse de un chihuahua llamado Rambo en el pipicán y a pasarse tres tardes plantada en la verja como una damisela victoriana.
Ni que el mío podía conducirme directamente a una red de albano-kosovares especializada en secuestrar creadoras de contenido, obligarlas a grabar reseñas de electrodomésticos y vender sus órganos entre colaboración y colaboración.
O, peor, que aquello fuera el método de captación de un tipo guapísimo que te metía en su piso y luego salías convertida en siete paquetes refrigerados porque el canibalismo estaba de moda en la dark web .
—¿Puedo pensármelo?
—Por supuesto. Podríamos vernos esta tarde y te enseño la habitación. Vivo en el ático, así que la perra tendría espacio.
El estómago me dio una voltereta.
«No es una cita. No es una cita. No es una cita».
Era una visita inmobiliaria con un hombre que parecía capaz de venderte una mazmorra sin ventanas y conseguir que preguntaras si incluía esposas.
—Imagino que querrás referencias. Puedo darte el teléfono de mi casero, aunque nuestra relación atraviesa una fase complicada. También el de la editorial para la que trabajo. Y el de mis amigas. Bueno, Nina puede parecer agresiva por teléfono, pero es italiana y argentina, no es personal…
—No es necesario. Me fío de ti.
Eso fue todavía más raro.
—¿Por qué?
Me miró con una atención que me revolvió algo entre el pecho y las bragas.
—Tengo información suficiente.
No supe qué demonios significaba aquello, pero su tono clausuró cualquier pregunta.
—Debo irme a trabajar.
—Sí. Claro. Yo tengo que pasear a Lluna, que está que se muere de ganas de salir.
Miré a la mastina. Estaba tumbada a la bartola sobre sus zapatos.
Él alzó una ceja.
—Ya lo veo.
Tiré de la correa. Ella protestó con un gemido de señora mayor a quien interrumpen la siesta.
«Traidora».
Aunque tampoco podía juzgarla. Yo también me habría quedado tumbada a sus pies. A cuatro patas. Preferiblemente jadeando, y no por el paseo.
El pensamiento me incendió la cara.
—¿Nos vemos luego? —preguntó.
—Sí. Vivo en el quinto C.
—Yo encima de ti.
«Encima o debajo, puedes quedarte a vivir en cualquier parte de mí. ¿Crees en los flechazos?».
—¿Te va bien a las seis?
«Sí, quiero. Mierda, que me he equivocado de frase».
—Perfecto. Yo… Me llamo Sandra. Sandra Ruiz. Y ella es Lluna, aunque eso ya lo habrás deducido porque llevo tratándola como a una persona desde que has salido del ascensor.
—Ciarán Ashveil.
«Por supuesto. Hasta tu nombre es para correrse del gusto».
—Encantada.
Me abrió la puerta del portal y se hizo a un lado. Tiré de mi mastina, que no estaba por la labor, tropecé con el escalón, recuperé el equilibrio de milagro y salí a la calle intentando fingir que aquello formaba parte de mi forma habitual de caminar.
Ciarán se alejó en dirección contraria.
Casi dos metros de abrigo oscuro, espalda perfecta y posibilidades pésimas para que quisiera algo conmigo en horizontal.
Lluna se sentó a mirarlo marcharse. Yo también.
—No podemos irnos a vivir con un desconocido solo porque huela bien y esté muy bueno —le advertí.
Ella ladeó la cabeza con su mancha marrón.
—Ya sé que también tiene buenas manos, la manicura perfecta y eso no ayuda. Pero sería raro, ¿no crees?
Ella ladró y movió la cabeza en una negación perfecta.
Me guardé la pestaña con el número en el bolsillo de las mallas.
A las seis iba a entrar en casa de un hombre que había puesto un anuncio en el momento más adecuado. Aquello podía ser una señal.
También podía ser el inicio de un documental de crímenes reales.
El problema era que, por primera vez en veinticuatro horas, las dos opciones me parecían bastante más interesantes que volver a Sant Celoni. Y eso decía mucho de mi instinto de supervivencia, o de mis bragas.