Capítulo 11
Cuando entré en el office , Nina y Patri estaban debatiendo si Darian Blake se acostaba con el hijo del nuevo dueño.
Lo normal después de una reunión de crisis por asesinato, vamos.
—Te digo que los vi empotrarse contra el cristal —insistía Nina, sujetando el mate a dos manos—. Después bajaron la persiana.
Patri tenía medio cruasán suspendido frente a la boca.
—¿Los dos?
—No habían invitado al de Recursos Humanos ni a la de Contabilidad, ¿tú qué crees, Patri?
—Quién iba a decir que tu conde Pátula tenía esos arrebatos.
Nina se recolocó las gafas con dignidad herida.
—No es mi conde Pátula. Y eso debe de ser porque Ciarán es un tío. Los arrebatos que le entran a este conmigo son muy distintos.
—Yo estaba convencida de que, si te picaba tanto, era porque quería clavarte algo más que sus comentarios afilados.
—Lo que le gusta a este es clavarse un buen pepino. Y, si pertenece al hijo del jefazo, mejor que mejor. El universo es eficiente cuando quiere.
Me quedé en la puerta.
Había días en los que una entraba en una habitación y recibía una señal del universo. Aquella era bastante clara: debía darme la vuelta, abandonar Madrid y montar una posada espiritual en Venezuela.
Patri me vio.
—¿Qué haces ahí de pie? Anda, cuéntanos qué te ha dicho Beatriz, novia cadáver.
—No estoy muerta, aunque casi.
—Tienes peor cara que la chica de la bañera —añadió Nina.
Las dos se quedaron quietas. Yo también.
—Perdón —dijo Nina, cerrando los ojos—. No tuvo gracia, ha sonado fatal. Es que, con lo que he visto, me cortocircuitan las neuronas.
—Un poquito, sí —dije.
Fui hasta la encimera, me preparé un café caliente con una pizca de canela y me senté como quien acaba de regresar de una guerra pequeña. Necesitaba azúcar, especias y quizá una bendición. En ese orden.
Patri dejó el cruasán.
—¿Y a ti qué te pasa? ¿Tan mal ha ido?
—Beatriz me ha contado lo que ha decidido el nuevo consultor de comunicación estratégica y desarrollo internacional.
—Cada vez que pronuncian el cargo completo, un autónomo pierde una ayuda —murmuró Nina.
Patri rio por lo bajo.
—El señor Ashveil ha considerado que lo mejor para demostrar respeto por la víctima es organizar una misa.
—¿Una misa? —parpadeó Patri.
—Con coronas. Muchas. Más coronas que en un evento de princesas Disney.
—¿Misa temática? —preguntó Nina—. Porque una cosa es que organice eventos y otra, funerales random. Yo renuncio.
—No le des ideas, chama . Bastante tengo.
Dejé la taza sobre la mesa.
—Después de la oración colectiva quiere una firma con cena privada para lectoras VIP, tranquilizar al fandom , demostrar que la editorial sigue en pie y convertir el próximo lanzamiento en una especie de homenaje privado, con muestras de los primeros capítulos del libro y una dedicatoria que incluya a la víctima.
—A ver, está claro que algo tienen que hacer para que la editorial y tu libro no se vayan a la mierda —admitió Patri—. Mercenario, sí. Pero tampoco estamos para hundir la editorial y vender órganos para pagar el alquiler.
—No he terminado. Han hablado con Sam Vane.
No fue una mirada cualquiera. Fue la clase de mirada que precedía a un incendio, una boda o una intervención policial.
—¿Sam Vane, Sam Vane? —preguntó Nina.
—No, Nina. El otro gurú mundial del despertar sexual que se parece exactamente al protagonista de mi saga porque yo me fleché en Pinterest. ¡Malditas imágenes sin IA!
Patri apoyó las dos manos en la mesa.
—¿Va a venir?
—Quieren que hagamos una firma-cena conjunta. Él como inspiración. Yo como autora.
Nina abrió la boca. La cerró. Volvió a abrirla.
— Madonna . Al fin vas a conocer al santo patrono de tus pecados de Pinterest.
—Eso dije yo, pero por dentro. Por fuera intenté conservar el prestigio que me queda. No sé si es el mejor momento para hacerlo.
—¡Pero si llevas fantaseando con ello desde antes de publicar el primer libro! —exclamó Patri—. ¡Y todas tus lectoras etiquetándolo en las publicaciones para lograr que se diera cuenta de que te basabas en él, sin conseguirlo! Ni Beatriz ni los de marketing lograron hacer algo conjunto con él.
—Pues al parecer el nuevo jefazo tiene mejores contactos. Lo están gestionando con su equipo, y eso que su agenda está más protegida que la de Beyoncé y el papa juntos.
Sam Vane.
El hombre al que millones de mujeres llamaban gurú del despertar al autoplacer.
El que llenaba retiros con seis meses de espera.
El que podía plantarse frente a una mujer, mover las manos sin tocarla y, según miles de testimonios colgados en redes sociales, desbloquearle el canal hacia el placer femenino.
Yo llevaba años escribiendo sobre un hombre idéntico.
Idéntico no. Mi personaje tenía alas, pecados bíblicos y tendencia a aparecer en sueños donde nadie llevaba ropa suficiente. Sam Vane tenía página web, vídeos virales y un equipo de prensa que ríete tú de Vetusta.
Nina sonrió despacio.
Mal asunto.
—Aimi, tú creaste al protagonista gracias a él.
—No lo creé gracias a él… —mentí.
Ella rio.
— Tenés un tablero entero de Pinterest.
Patri se giró hacia mí.
—¿Cómo se llamaba?
—No importa.
—Se llamaba «Material de investigación demoníaca» —dijo Nina—. Y lo compartió con todas en el grupo para las ilustraciones.
Cerré los ojos.
—Era un título profesional.
—Tenía cuatrocientas ochenta y siete fotos —argumentó.
—Era una investigación profunda.
—Profundísima —asumió Patri, llevándose la mano al pecho—. Por lo que se veía en algunas fotos.
—No sé si estoy preparada para conocer a ese hombre —admití—. Mercurio sigue retrógrado, Venus está en cuadratura con Saturno y la Luna entra en Escorpio este fin de semana. Eso no favorece los encuentros importantes.
Nina y Patri se miraron. Patri rompió primero.
—Lo único que necesitas es que ese tío te haga un eclipse total y te llene el cielo de estrellas nuevas, además de la boca de jadeos. Seguro que tiene una nave espacial descomunal.
Nina escupió mate sobre la mesa.
Yo me atraganté con el café.
Patri se rio con tanta fuerza que tuvo que apoyarse en la encimera.
— Son unas ordinarias.
—Somos tus amigas —dijo Nina, limpiándose la barbilla con la manga—. Viene incluido en el pack .
—No es el momento. Ha muerto una lectora.
El humor se frenó. No del todo, pero sí lo suficiente para que la culpa volviera a sentarse conmigo.
Nina alargó la mano y me apretó los dedos.
—Eso es verdad. Pero tu sexualidad lleva muerta desde antes de que te separaras de Javi. Le has guardado demasiado luto a la minchia moscia .
—¿A la qué?
—La polla mustia —tradujo Patri, desplegando su máster imaginario en italiano.
—No significa exactamente eso —protestó Nina.
—Pues debería.
Me tapé la cara con las manos.
—De verdad. No sé por qué las quiero.
—Porque nadie más soportaría tus fases lunares —expuso Patri.
Su móvil vibró sobre la mesa.
—Es Sandra.
Aceptó la videollamada y apoyó el teléfono contra el azucarero. Las tres nos juntamos para salir en la pantalla.
La imagen apareció torcida. Después se estabilizó.
Sandra estaba sentada en el suelo de su loft . Lluna ocupaba media pantalla. Tenía el pelo recogido de cualquier manera y la cara hinchada de quien lleva un buen rato llorando y ya ha perdido la esperanza de parar.
Se nos borró la risa.
—¿Qué pasó ? —pregunté.
—No me da la vida. —Y volvió a llorar.
Nina agarró el móvil.
—Sandi, mirame . ¿Te han dado los resultados?
—No. Ojalá. Bueno, no ojalá, porque imagínate que son malos y yo diciendo ojalá. No es eso. Es el piso.
—¿Qué ha pasado con el piso? —preguntó Patri—. ¿Se ha inundado? ¿Plaga de cucarachas? ¿Aluminosis? Mira que te advertí que tenías que mudarte, que ese edificio es muy antiguo.
Sandra levantó una carta arrugada delante de la cámara.
—Pues voy a tener que hacerlo. He recibido un burofax. El casero recupera la vivienda. Tengo cuarenta y ocho horas para irme porque, según él, la necesita un familiar. Un familiar que seguramente se llama Airbnb y cobra por noche.
—Eso no puede hacerlo así —dijo Nina.
—Pues lo ha hecho. Y los alquileres en Madrid están imposibles. He llamado a siete pisos y en uno me han pedido seis meses por adelantado, aval bancario, nóminas, un riñón y el certificado de bautismo de Lluna. ¡Que nadie quiere alquilarte con un perro que te dobla el tamaño!
La mastina apoyó la cabeza en su hombro.
—Si no encuentro nada, tendré que volver a Sant Celoni.
Lo dijo intentando bromear, pero se le rompió la voz al final. Y ahí fue cuando entendí que esta vez no estaba exagerando para hacernos reír.
—No vas a irte —dije, porque las cuatro nos necesitábamos.
—Chicas, yo solo llamaba para que os fuerais haciendo a la idea. Que os quiero mucho. Que habéis sido mi familia aquí. Que recordéis subir vídeos míos cuando muera para que el algoritmo no me olvide.
—No te estás muriendo —declaró Patri.
—Peor. Vuelvo con mis tíos, que ya sabéis que mi padre se mudó a Canarias y a mí eso de vivir bajo un volcán como que no me va.
—Sandra… —empezó Nina.
—Os quiero.
Colgó.
Las tres nos quedamos mirando la pantalla negra.
—¿Acaba de hacer una despedida de reina destronada? —preguntó Patri.
—Sí —respondí—. Le ha faltado la música de Juego de tronos para acompañarla.
Nina ya estaba desbloqueando el móvil.
—Busquemos un piso.
—¿Con un mastín de setenta kilos? —recordó Patri.
—Cierto, mejor casa.
—¿En Madrid?
—Yo optaría por un especialista en milagros —dije.
—También podríamos cederle un sofá y ofrecer custodia compartida, cada semana con una… —sugirió Patri.
—¡Pero si tú eres alérgica al pelo de perro! —espetó Nina.
—Pues que me receten unas pastillas o que Lluna duerma fuera… Ya nos apañaremos.
Empezamos a hablar a la vez. Que si un alquiler temporal. Que si el primo de alguien. Que si una residencia de artistas. Que si esconder a Lluna en el archivador de Vetusta, idea que descartamos porque el perro de Sandra era más grande que cualquier archivador.
—¿Puedo ayudarlas?
Las tres nos callamos a la vez.
Ciarán Ashveil estaba junto a la cafetera, con una taza en la mano y esa expresión suya de estatua cara que indicaba que llevaba escuchando bastante más de lo recomendable.
No sabía cuánto tiempo. Con un poco de mala suerte, desde lo del pepino.
Nina bajó los ojos a su mate. Los subió.
Los bajó. Los volvió a subir, como si necesitara confirmar visualmente que sí, que efectivamente Ciarán estaba ahí, en carne y traje, y que la teoría que acababa de exponer sobre sus preferencias gastronómicas la había soltado a tres metros de la persona implicada.
Le subió un tono rojo al cuello que jamás le había visto antes.
Patri reaccionó la primera, porque Patri reaccionaba siempre la primera cuando había que tirarse a una piscina sin saber si tenía agua.
—Señor Ashveil. No tendrá usted por casualidad algún piso procedente de un fondo buitre, ¿verdad?
Ciarán la miró como quien observa una especie nueva.
—No acostumbro a beneficiarme de la desesperación habitacional, señorita Espejo.
—Menos mal —suspiré.
—Era por probar. —Se encogió Patri.
Nina recuperó la compostura el tiempo justo para mentir con una profesionalidad que merecía nómina.
—Tenemos un problema con la señorita Ruiz, señor Ashveil.
La creadora de contenido que colabora con la editorial.
Hace un trabajo estupendo, lleva con nosotros varios proyectos en marcha y debe abandonar su vivienda en cuarenta y ocho horas.
Si no encuentra otra, tendrá que volver a Barcelona.
Y nos viene fatal, porque me ayuda con la coordinación de eventos, las campañas con influencers y las colaboraciones del último lanzamiento.
La mentira le salió tan limpia que casi me dieron ganas de contratarla como agente.
Ciarán inclinó apenas la cabeza, en un gesto que no significaba nada y que probablemente tenía un protocolo asociado en alguna corte de algún país centroeuropeo.
—Comprendo.
Y dejó la taza sobre la encimera.
—Estoy seguro de que encontrarán alguna solución para su amiga. Buenos días, señoras.
Se marchó.
Eso fue todo.
Ni piso milagroso. Ni una oferta sacada de la manga. Ni siquiera la cortesía de fingir que el tema lo conmovía. Solo se quedó con la información, dejó la taza exactamente paralela al borde de la encimera y se largó por el pasillo con la misma elegancia con la que había entrado.
Patri frunció el ceño.
—¿Y ya está?
—Creo que lo hemos abrumado —soplé—. Tampoco pretenderías que resolviera el mercado inmobiliario de Madrid antes de terminarse el café.
Nina lo siguió con la mirada hasta que desapareció.
—Hombre, con ese cargo tan largo, alguna utilidad tendrá además de organizar misas con coronas de princesa Disney. —Volvió a coger el mate—. Y de empotrar a empleados contra paredes de cristal, por supuesto. Eso también es desarrollo internacional, supongo.
Me llevé el café a los labios.
Después se preguntaban por qué había tan poca empatía laboral en este país.
Con jefes que escuchaban tus problemas, asentían con elegancia, dejaban la taza colocada al milímetro y se marchaban antes de que terminaras de hundirte, el verdadero misterio era que todavía no hubiéramos incendiado Recursos Humanos.
Aunque, siendo sincera, lo que ahora ocupaba la mayoría de mis preocupaciones no era el alquiler de Sandra ni el funeral.
Era que, en pocos días, iba a tener delante a Sam Vane.
Al hombre que llevaba años entrando en mis sueños, haciendo cosas que ni siquiera me atrevía a confesarles a mis amigas y sin saber que yo existía.
O eso creía.
Porque, con mi suerte, seguro que el universo ya le había mandado mi expediente completo, mis vergüenzas y el enlace directo a mi tablero de Pinterest.