Capítulo 10
Durante tres segundos exactos, después de terminar mi intervención y decir a cada uno lo que esperaba de él, la sala me observó con esa mezcla humana de desconcierto y ofensa, como si tomar decisiones en una crisis fuese una vulgaridad.
Los humanos tenían esa costumbre encantadora: pedían liderazgo en situaciones extremas y luego se sobresaltaban cuando alguien tomaba decisiones.
Beatriz Martínez fue la primera en recomponerse. La escritora seguía pálida. La ilustradora me observaba con la intensidad de quien decidía qué color usaría para retratar mi cadáver. Nina Goffi sujetaba el mate con una tensión admirable para alguien de su tamaño.
Darian Blake, en cambio, no parecía sorprendido.
Ese era, precisamente, el problema. Compartir terapia grupal nunca fue bueno ni para humanos ni para sobrenaturales.
—Señorita Martínez —dije, dando por concluida la reunión—, hable con la señorita Duque sobre lo que hemos concretado respecto al señor Vane.
La escritora alzó la mirada sorprendida. Bien. La curiosidad era una forma útil de mantener a la gente en movimiento.
Me giré hacia el vampiro.
—Señor Blake, acompáñeme. Necesito concretar algunos aspectos de sus nuevas funciones.
Darian se levantó despacio, con esa elegancia irritante de los tipos milenarios que fingían rondar los cuarenta y cinco bien llevados. Al pasar junto a la señorita Goffi, ella lo siguió con los ojos. No la culpaba. A mí también me habría parecido sospechoso.
Mi despacho llevaba tres horas siendo mío y aún no tenía nada personal dentro, salvo la carpeta de mi padre y el kit forense en el bolsillo interior de la chaqueta. Cerré la puerta. Darian no se sentó.
—Bonito decorado. —Miró el escritorio—. ¿La empresa venía con ese mueble o también lo compró Aodhan para vigilarme?
—Mi padre no necesita adquirir una empresa para vigilarte. Y sabes que esto va mucho más allá de ti, de mí y de todos los que trabajan en este sitio.
Vi a la traductora a través del cristal. Se había detenido con unas carpetas contra el pecho y la expresión de quien fingía no mirar mientras lo hacía a través de sus gafas con una determinación profesional. Darian no pareció percatarse.
Sí pareció decidir que su imperturbabilidad había caducado.
En un acto de rebeldía, me cogió por las solapas del traje y me estampó contra el cristal. Nina dio un respingo al otro lado. Tiré del cordón de la persiana. Las lamas cayeron de golpe, bloqueando la línea de visión.
Me deshice de su agarre con más fuerza de la estrictamente necesaria, solo para demostrarle que los berrinches de vampiro no iban a amedrentarme.
—Vigila lo que haces, absorbepecados . A mi dragón interior no le gustan los arrebatos.
Sus ojos grises se oscurecieron una fracción y los míos morados dejaron ver otro tipo de pupila, más fina y alargada.
—Vigila lo que haces tú, abominación.
Ahí estábamos. Vampiro y fae . Dos errores antiguos, según la versión del contrario.
Dos criaturas que llevaban milenios disputándose cuál de las dos no debería haber existido y que ahora compartían despacho con una muerta entre los dos y la cortesía justa para no haber destrozado el mobiliario todavía.
Darian retrocedió, alisándose la chaqueta como si la violencia hubiera sido una falta de etiqueta y no una amenaza.
—Los dos sabemos que Marcellus fue anoche a tu casa —proseguí, punzante.
No se movió.
Pero algo cambió. Un ajuste en la mandíbula, una fracción de tensión en su cuello. No era sorpresa: era cabreo porque los fae lo sabíamos.
—¿Ahora no puede visitarme un familiar?
—¿Justo después de una reunión del Consejo? —Chasqueé la lengua—. Un poco extraño, ¿no crees?
—Tengo buen vino. ¿También controláis quién entra en casa de cada sobrenatural?
—Lo haríamos si tuviera una mordida que podría coincidir con la de la muerta. ¿Por eso fue Marcellus? ¿Para avisarte?
—¿Pero tú de qué vas?
—Solo intento averiguar si su visita se debe a que estás implicado.
—No lo estoy.
—Mi padre quiere entender por qué el responsable del velo, la memoria y la manipulación humana oculta información al Consejo.
—Verdad fae exacta. Lo que omití era que las órdenes incluían averiguar si Darian tenía algo que ver con la muerte, aunque ya fuese implícito—.
Que tú formes parte de esa información es una decisión suya, no mía.
No quería parecer una amenaza.
—Pues que me lo pregunte directamente, en lugar de mandarme a su hijo. Aunque supongo que para eso sirven los herederos: para obedecer con mejor postura que un lacayo.
Obvié su impertinencia, que solo buscaba alterarme.
—Si no tienes nada que ver, no te importará lo siguiente.
Saqué el sobre que mi padre me había facilitado antes de la reunión. Dentro había dos fotografías impresas. Las puse sobre un mueble todavía vacío.
No eran de la escena completa. Solo la yugular y el monte de Venus. Primer plano técnico, escala métrica, profundidad exacta.
Darian las miró.
No palideció. No retrocedió. No hizo ninguna de las cosas que hace alguien cuando algo lo sacude y no puede controlarlo. Se quedó demasiado quieto, con la mandíbula tensada un milímetro hacia donde no debería.
Reconoció la marca. Percibí la emoción antes de que dijera nada.
Metí la mano en el interior de la chaqueta y saqué una cajita.
—No hace falta que te arrodilles, es la peor petición de mano que me han hecho en la vida y llevo mucha recorrida.
Casi sonreí. Debía reconocer que su humor tenía algo que me hacía gracia.
—Necesito una muestra de tus colmillos y tu saliva.
Alzó la vista.
—Hay formas menos ambiguas de solicitar intimidad. ¿Es eso lo que te pone, fae ? ¿Quieres mis colmillos sobre tu cola?
Me empujó contra el cristal. La persiana se movió con el golpe, dejando pasar una línea de luz entre dos lamas. Al otro lado, una sombra se quedó muy quieta.
Nina seguía allí. Casi podía percibir su curiosidad. Cómo no.
Lo aparté.
—Muerde y acabemos con esto rápido —dije, empujándole la lámina de silicona hacia las manos.
—No acostumbro a hacerlo por orden de un fae y la velocidad nunca ha sido una de mis virtudes.
—Entonces hazlo para demostrar que esa marca no es tuya.
No pudo responder a eso.
—¿Y si lo fuera?
Lo soltó clavando su mirada acerada en la mía.
—Entonces tu explicación deberá ser francamente buena.
Se apartó y caminó arriba y abajo de la estancia, calibrando su respuesta.
—La conocía —zanjó al fin.
Ya había llegado a esa conclusión.
—¿Cuánto?
—Lo suficiente.
—¿Estuviste con ella esa noche?
—Sí.
—¿La mordiste?
El silencio duró lo que ninguna de sus otras respuestas.
—Sí.
—¿La mataste?
—No.
Inmediato. Limpio. Sin floritura ni defensa. Eso me molestó. Era mucho más fácil sospechar de alguien que adornaba la verdad. Los fae no somos polígrafos, pero llevamos suficientes milenios leyendo respuestas como para saber cuándo una llega demasiado rápida y demasiado precisa al mismo tiempo.
—Si no lo hiciste, no hay problema. Muerde. —Volví a ofrecérsela.
Darian ni siquiera miró la lámina.
—Ya sabes cómo funciona esto. Tendrás que darme algo que desee para que se me alarguen los colmillos, abominación. Los colmillos responden al deseo, no a la obediencia. Comprendo que para un heredero la diferencia resulte confusa.
Reconozco que escoció, aunque no lo suficiente para mostrarle reacción alguna.
Los vampiros de su tipo se alimentaban de deseo. No del sexual: del hambre de crear, de dejar algo, de que una parte de ti sobreviviera al cuerpo. Había algo particularmente incómodo en ofrecerle una parte íntima de mi voluntad a una criatura que se nutría de lo que los demás querían en silencio.
Cerré los ojos un instante.
Pensé en el cielo abierto bajo mi forma real.
En las escamas desplegándose sin permiso, sin cálculo, sin la mano de mi padre ajustándome la dirección.
En no ser heredero. No ser promesa. No ser herramienta de la Corte del Velo de Ceniza.
En elegir algo solo porque lo deseaba y no porque alguien hubiera escrito mi nombre en un contrato dinástico antes de que yo aprendiera a pronunciarlo. Pensé en renunciar a mi compromiso.
Cuando abrí los ojos, Darian me estaba mirando.
Sus colmillos habían descendido.
—Interesante —murmuró.
Extendí la lámina.
—Muerde antes de que me arrepienta.
Lo hizo. Cinco segundos. La dejó de nuevo en la caja como si acabara de entregar una confesión y no una prueba dental.
Comparé la impresión con la fotografía. No necesitaba un laboratorio para ver lo evidente.
La separación coincidía. La profundidad también. No era compatible. No era aproximada.
Era suya.
—La mordida es tuya.
—Eso no lo he negado. He negado haberla matado. Jamás haría algo así.
—Entonces cuéntame qué ocurrió.
—¿Para qué? Seguramente ya estaba condenado antes de que papi rey te soltara la correa. Esto es una pérdida de tiempo.
—Puede. O puede que sea el único aquí que todavía no ha decidido enterrarte.
Darian bufó. Durante un instante, el cinismo no le alcanzó para cubrir la duda.
—No sé por qué debería confiar en ti.
—No tienes que confiar. Solo entender que, te guste o no, soy la única opción que te queda.
Lo hizo. A trompicones, con huecos donde no debería haberlos. A un vampiro no le fallaba la memoria bajo ninguna circunstancia, salvo que hubiera vivido un episodio brutalmente traumático, algo ajeno a su naturaleza le impidiera recordar o no quisiera contar la verdad.
Me habló sobre un bar con recitales de poesía y música en directo.
No era la primera vez que se veían. Ella era una estudiante de Filología Hispánica con ganas de abrirse camino en el mundo editorial.
Lo invitó a subir aquella noche. Bebieron.
El cuerpo de ella. El deseo. Los colmillos alargándose.
La mordida en el cuello. Ella pidiéndole recrear una fantasía.
Él cediendo. La bañera preparada. Ella abriéndose.
La segunda mordida. Ella corriéndose en su boca.
Todo tenía la textura borrosa de un sueño que alguien hubiese manipulado con las manos sucias.
Y después: oscuridad.
No recordaba cómo había llegado a casa.
Por primera vez desde que había entrado en mi despacho, Darian no parecía cínico. Parecía cansado.
—Supongo que al Consejo le bastará con eso para condenarme. Puedes volver con tu soberano padre y decirle que has cumplido: ya tienes asesino. Solo hay un detalle incómodo. No soy yo.
Guardé la lámina con su marca y aquella sustancia impregnada que no debería pesar tanto como una sentencia.
—Si quisiera entregarte, no estaríamos hablando.
Eso lo sorprendió. Apenas. Suficiente.
—Creía que los fae preferíais saltaros la conversación y pasar directamente a la jaula bonita.
—Solo cuando el acusado insiste en comportarse como presa.
Sus ojos se afilaron.
—Cuidado, príncipe.
—No. Cuidado tú. Soy la mejor posibilidad que tienes de salir de esto con la cabeza en su sitio y ambos lo sabemos. Así que, hasta que averigüe qué ocurrió de verdad, trabajarás donde pueda verte.
—Qué generoso.
—No es lo mismo generosidad que vigilancia. No me gusta equivocarme; estás de suerte.
Darian abrió dos lamas de la persiana con un dedo. Al otro lado, Nina fingía revisar unos papeles con una falta de naturalidad que debería haberse considerado delito.
—La señorita Goffi te arrancará la cabeza cuando descubra que la has utilizado como correa para amarrarme a su trabajo.
—Confío en que tú absorbas la mayor parte de su hostilidad.
—Eso ya estaba ocurriendo antes de que llegaras.
Abrí la puerta.
Darian salió primero, ajustándose las solapas del traje. Yo me quedé en el umbral.
Nina lo miró a él. Después a mí. Después al despacho cerrado. Después a las solapas arrugadas de Darian. Después a las mías.
La conclusión le llegó a la cara con una velocidad alarmante.
El vampiro cerró los ojos y fue directo a su mesa.
Yo observé a la señorita Goffi apartarse con sus carpetas, demasiado satisfecha para alguien que no había entendido absolutamente nada.
Los humanos tenían un talento extraordinario para mirar una grieta en el velo y convencerse de que era una puerta de armario.
Aun así, acababa de crear un problema.
Y los problemas humanos, como los pactos fae mal redactados, rara vez explotaban al firmarlos. Lo hacían después, cuando ya era tarde para fingir que nadie había entendido mal la cláusula.