Capítulo 9
A las nueve y media yo ya había perdido la fe en la humanidad, en el organigrama editorial y en la capacidad de una persona adulta para renombrar un archivo sin convertirlo en una prueba de cargo.
Sobre mi mesa tenía a Pinky, mi portátil cargado de stickers , tres carpetas, el mate y una lista de tareas tan larga que, si la imprimía, podía empapelar medio edificio.
No lo hice porque en Vetusta no teníamos presupuesto para eso. Sí, para crisis reputacionales, por lo visto.
La reunión urgente empezó a las diez. En teoría. En la práctica, Beatriz llegó diez minutos tarde, hablando por teléfono con alguien de la productora y poniendo esa cara de directora editorial que ha vendido su alma al diablo.
Aimara estaba sentada a mi derecha, con gafas oscuras en la cabeza, ojeras, labios apretados y una mano cerrada sobre la otra.
Patri ocupaba la silla siguiente, con una libreta abierta donde no dibujaba nada reconocible, solo líneas rápidas, agresivas, como si el papel la hubiera ofendido en lo personal.
Darian Blake estaba frente a mí, por supuesto. Solo lo hacía para tocarme la moral.
Impecable, insoportable y con una libreta de cuero marrón y una estilográfica edición coleccionista, porque el hombre era incapaz de vivir una emergencia sin hacerse el interesante.
—Buenos días, Yanina —saludó, a sabiendas de lo mucho que me molestaba que me llamara por mi nombre completo.
—Así solo me llama Hacienda, mi madre cuando amenaza y los hombres que desean sufrir. No te lo aconsejo.
Patri soltó una risa mínima. Aimara ni eso. Le rocé el brazo por debajo de la mesa para calmarla.
—¿Cómo vas?
—Con ganas de meterme en la cama y despertar de esta pesadilla con cero homicidios alrededor.
—¿Te consigo una?
—Ojalá se pudiera… Pero lo intenté anoche y no funcionó.
Antes de que pudiera seguir, Beatriz colgó el teléfono y dejó el móvil sobre la mesa como quien abandona un explosivo.
—Bien. Vamos al grano, que imagino que estaréis deseando saber por qué os he reunido.
Eso en editorial significaba que íbamos a ponerle nombre a tres subgranos y salir con más preocupación de la que habíamos traído.
—La situación es delicada, no os voy a engañar —continuó—. Tenemos una víctima, una investigación policial abierta, el nombre de la saga en todos los medios y un lanzamiento previsto para Halloween que, de momento, sigue en pie.
Aimara se puso rígida. Yo le apreté la mano. Patri levantó la cabeza.
—¿De momento?
—De momento —repitió Beatriz—. La productora de la adaptación no ha cancelado la serie, pero quiere garantías de que la gente no se le va a echar al cuello.
Distribución quiere saber si mantenemos fechas.
Comunicación necesita una línea clara. Legal necesita que nadie diga una sola palabra sin revisión previa.
Y la policía ha solicitado información sobre envíos, preventas, cajas literarias, eventos, acreditaciones y colaboraciones.
Todas las miradas vinieron hacia mí.
«Fantástico».
Porque claro, cuando el Titanic se hundía, siempre había alguien mirando a la persona que guardaba las llaves del almacén.
—Yo tengo la mayoría de esas listas —aseveré—. No prometo que estén limpias, porque cada departamento bautiza los Excel como si estuviera poseído por un ente distinto, pero existen.
Darian bajó los ojos a algo que había garabateado en su Santo Grial de libreta.
—Qué curioso que llames ente a la falta de método.
Lo miré cabreada.
—Y tú qué curioso que siempre confundas método con ganas de tocar los ovarios.
—Solo señalo una evidencia.
— Allora , lo único que indica tu sugerencia es que tu superioridad moral sigue siendo tu única fuente de cardio.
Beatriz carraspeó. Darian puso una expresión petulante que me dio ganas de arrojarle el mate a su fea cara, pero le tenía demasiado aprecio a mi yerba para malgastarla.
—Por favor. —Nos riñó mirándonos a uno y a otro.
La puerta se abrió sin que alguien golpeara y entró un tipo que parecía sacado directamente de una ilustración de Patri.
No lo conocía de nada. Lo que me sobresaltó fue que Beatriz se cuadró y pareció que la mesa tenía que pedirle venia para seguir siendo una reunión de equipo.
Era superalto, pelo plateado de anuncio, traje de diseñador y cara de no haber hecho una cola en Correos en su puñetera vida.
Darian levantó la vista y su expresión hizo que me planteara si sabía algo que yo no. Me ajusté las gafas.
Interesante.
Beatriz se puso en pie.
—Otro de los motivos de esta reunión es informaros de que Vetusta ha cerrado su integración en Ashveil Global.
Tengo el placer de presentaros a Ciarán.
El señor Ashveil se incorpora desde hoy como consultor de comunicación estratégica y desarrollo internacional.
Nos ayudará a reconducir esta delicada situación y a integrarse cuanto antes en el equipo.
«Comunicación estratégica. Madonna ».
A mí esas palabras me daban la misma confianza que un «tenemos que hablar» a las tres de la mañana.
Ciarán inclinó la cabeza.
—Gracias, señorita Martínez. —Su voz era grave, con un deje musical que podría catalogarse de hipnótico.
Era de esos hombres que justificaban una mala decisión antes incluso de abrir la boca.
Darian se removió en su asiento y sentí un golpe punzante en el tobillo. Menos mal que tenía las piernas cortas; si no, me las amputaba.
—¡Au!
—Perdón, has ocupado mi espacio.
Abrí y cerré la boca con ganas de soltarle una fresca, pero la mirada de Beatriz me contuvo. Si no hubiera sido por eso, iba a explicarle la teoría de Dirty Dancing contra sus pelotas. Encima, el muy mamón me miraba con cara de leerme la mente y decir: «Lo estoy deseando».
« Coglione ».
El superjefazo carraspeó. Me recoloqué e intenté prestar atención.
—Sé que el momento es difícil y quiero comentarles la estrategia que seguir dada la inesperada muerte de una lectora de nuestra serie estrella.
Lo primero será trasladar nuestras condolencias a la familia por los cauces adecuados.
La editorial enviará una corona, una carta privada y un comunicado respetuoso.
Sin especulaciones. Sin convertir el dolor ajeno en herramienta de venta.
Aimara tragó saliva.
—A mí me encantaría mandarles una carta manuscrita —murmuró.
Él la miró. No con dureza. Con una atención tan exacta que incomodaba.
—Lo tendremos en cuenta. Es un bonito gesto. También debemos evitar que una investigación abierta destruya carreras, contratos y puestos de trabajo de personas cuyo único delito ha sido dejarse la piel en la editorial. Así que intentaremos darle la vuelta a la situación.
Patri cerró la libreta.
—Dicho así suena a que hay que sacarle rentabilidad a una muerta.
El silencio cayó con todo el peso. Ciarán no parpadeó.
—No, señorita Espejo. Suena a que no podemos permitir que provoque daños irreparables a quienes no causaron la muerte de la fallecida. La empatía no exige hundir una editorial. Exige actuar con respeto sin entregar el relato al pánico.
Aimara se quedó quieta.
Yo odié un poco que tuviera razón. Solo un poco. Tampoco nos teníamos que venir arriba.
—Necesitamos tres líneas de trabajo —prosiguió—. Legal y comunicación. Datos internos. Y continuidad editorial para que el lanzamiento del último tomo no se vea afectado.
Ahí tuve un mal presentimiento.
Mi instinto laboral, que ya sobrevivía a base de mate y resentimiento, se incorporó en una silla imaginaria en cuanto escuché mi apellido.
—La señorita Goffi coordinará listas de envíos, cajas, eventos, acreditaciones, preventas y contactos con colaboradores.
Que supiera quiénes éramos sin mirar una sola nota le concedió medio punto. No más. Tampoco iba a regalarle mi respeto por hacer los deberes.
—En cuanto al manuscrito del próximo lanzamiento internacional en Italia —añadió Ciarán—, Darian Blake asumirá la traducción prioritaria y trabajará directamente con la señorita Goffi para garantizar que el calendario no se vea afectado.
Mi cerebro hizo el mismo ruido que una impresora al morir en arameo.
—Perdón —dije despacio—. ¿Asumirá? Ese es mi trabajo y soy muy capaz de seguir llevándolo a cabo.
«Aunque deba dormir dos horas al día, paso de que ese cultureta del infierno manipule mi manuscrito».
La traducción era mi montaña, mi puta montaña, y no iba a dejar que ese frígido me cambiara los penes por penas, que de esas ya teníamos demasiadas.
Darian no se movió, solo alzó una ceja divertido. Iba a terminar lanzándole mi pajita de acero entre las cejas para ser acusada de pajicidio .
Aimara giró la cabeza hacia mí. Beatriz apretó los labios.
—Necesitamos liberarte carga, Nina. Tú sola no puedes.
—Llevo traducido más del sesenta por ciento del manuscrito. Sabes lo importante que es para mí…
—Precisamente —intervino Ciarán—. Su avance facilitará la transición. El señor Blake leerá su trabajo previo para que el lector no note la diferencia y, si le surgen dudas, confío en que usted, como buena profesional, se las resolverá.
La transición. La transición, dijo. Como si mi traducción fuera una rotonda en obras y yo debiera resolverle las dudas.
Sonreí.
Muy mal asunto. Cuando yo sonreía así, mi nonna habría escondido los cuchillos y mi madre me habría ofrecido azúcar.
—Una traducción no se cambia de manos como una caja de tote bags defectuosas. El manuscrito necesita alma y al señor Blake se la arrancaron hace milenios.
Lo dije demasiado rápido.
La frase salió sola, atravesó la mesa y le pegó a Darian justo donde yo sabía que no había corazón.
—Aimara no escribe solo escenas calientes con monstruos guapos —continué, porque mi lengua ya había decidido suicidarse y arrastrarme con ella—.
Tiene ritmo, humor, heridas, cadencia. Tiene una voz que no se traslada palabra por palabra como si estuviéramos montando una caseta de jardín.
Yo ya estoy dentro de ese texto. Ya sé dónde respira, dónde muerde y dónde se ríe para no llorar.
Y, con todo el respeto, no creo que Darian pueda darle lo que necesita simplemente leyendo la primera mitad.
Silencio.
Patri abrió los ojos ante el accidente y, por la cara que puso, solo le faltaban las palomitas.
Aimara me miró con una mezcla de amor, pánico y « chama , por favor, no nos hundas más».
Darian dobló el documento con una calma obscena.
—Qué curioso.
—¿El qué?
—Que confundas mis gustos literarios con falta de profesionalidad y comprensión.
—Yo no confundo nada.
—Por supuesto que no. Solo acabas de decidir que soy incapaz de entender un texto porque no venero las escenas spicy de la misma forma que tú.
Me ardió la cara.
Porca puttana.
—No he dicho eso.
—Lo has pensado.
—¿Ahora puedes leer la mente? Porque, si es así, dinos a todos el próximo número premiado de la lotería.
«Así me compro una isla bien lejos para no verte».
Darian inclinó apenas la cabeza.
—He leído tu traducción. De hecho, las he leído todas.
Durante medio segundo, se me apagaron todos los insultos.
—¿Qué?
Se me secó la boca y algo en mi interior se estremeció.
—Basta —zanjó Ciarán—. Trabajaréis juntos. La señorita Goffi supervisará el trabajo del señor Blake para que el libro conserve la dirección de voz. El señor Blake asumirá los cambios necesarios. Ambos criterios deberán quedar unificados antes de enviar el material a corrección.
—O sea —resumí—, me vais a encerrar con él en un documento compartido.
—Lo ha expresado de una forma menos institucional —dijo Ciarán—, pero sí.
Miré a Darian.
Él me sostuvo la mirada con esa cara suya de biblioteca juzgando al populacho.
—Intentaré no embalsamar tus frases, aunque igual necesito algunas horas extra.
—Y yo intentaré no prender fuego a tus comentarios.
—Excelente —concluyó Ciarán—. Ya tenemos un equipo.
«Qué puta maravilla».
La cooperación había nacido y ya pedía custodia compartida.
El móvil de Beatriz vibró sobre la mesa. Lo miró. Luego miró a Lucía, la abogada de la editorial.
Lucía leyó la pantalla y su expresión cambió medio milímetro, que en ella era el equivalente a incendiar una catedral.
—La policía insiste en que mandemos la documentación solicitada.
Vamos a tener que trabajar rápido —comentó en mi dirección—.
Debemos preparar los listados completos del envío de la caja literaria de septiembre, haciendo hincapié en las ediciones especiales enviadas sin firmar.
También solicitan destinatarios VIP, personal acreditado y colaboradores externos. Acabo de reenviártelo, Nina.
Levanté la vista.
Aimara estaba pálida. Patri había dejado de dibujar. Darian ya no parecía divertido.
La policía no buscaba solo un libro. Buscaba cómo había llegado hasta allí.
Y todas las respuestas parecían estar en mis archivos.
Perfetto.
Además de compartir una traducción con Darian Blake, acababa de aterrizarme una investigación policial en el ordenador, y eso que el día todavía no había llegado al almuerzo.