Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 8 #2
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Capítulo 8 #2

Mateo arrastró una silla y se sentó. Nos miró a los tres con esa cara suya de estar procesando más de lo que decía. Luego clavó los ojos en mí. Solo un instante. Una ceja apenas levantada.

«Mierda».

Había olido algo.

No literalmente, eso era cosa nuestra.

—¿Queda café o este par de gorrones me han dejado el poso?

—Hay suficiente para ti también, animal.

Patri le sirvió una taza. Mateo la aceptó sin dejar de mirarme del todo.

Con él nunca habíamos perdido el contacto.

Llamadas, mensajes, audios de taller llenos de insultos al motor de alguna Yamaha y amenazas cariñosas.

Lo primero que hicimos al volver a Madrid fue llevarle las motos: para decirle que estábamos de vuelta y para dejarle dinero por curro, que a los amigos no se les visita con las manos vacías salvo que vengas a pedir perdón o a esconder un cadáver.

Aquella vez veníamos a las dos cosas.

Más o menos.

—¿Y a qué debemos el honor de esta visita sorpresa? —Mateo se recolocó en la silla—. Porque no me creo que hayáis venido solo a por café de jarra.

«A que alguien está usando el trabajo de tu hermana para montar una escena del crimen.

A que Yara nos ha pedido que la vigilemos sin parecer dos perros guardianes, cosa difícil porque técnicamente…

bueno, a veces nos pican pulgas. A que tu hermana huele igual que un problema escrito con purpurina y yo siempre he tenido debilidad por las malas ideas.

A que Remo no suele gastar diez palabras seguidas y desde que hemos entrado todas han ido a parar a Patri.

A que quiero tirármela, mucho, muchísimo, y no sé cuánto tiempo podré aguantar con las garras lejos de ella».

Dejé la taza sobre la mesa.

—A que algunos problemas se resuelven mejor en persona. Y, dadas las últimas noticias, me parece que a tu hermana no le vendrán mal un par de militares especializados en misiones complejas.

Patri arqueó una ceja.

—¿Misiones complejas?

Mateo se tensó.

—¿Mi hermana? ¿De qué demonios hablas? ¿Se ha liado ya por lo de la IA y ha tomado el control del mundo del arte?

Patri cerró los ojos un segundo y se pinzó el puente de la nariz.

—Hay cosas que nunca cambian. Mi hermano sigue siendo alérgico a leer o ver las noticias.

—Se llama trabajar, Patri. Algunos mantenemos vehículos reales, no novios imaginarios con abdominales imposibles.

—Mis novios imaginarios facturan más que tú.

—Eso ha dolido y, lo peor de todo, es que empieza a ser verdad.

—Ese era el objetivo.

Remo dejó la taza en la encimera con un sonido seco.

—No ha pedido refuerzos.

Patri lo miró.

—Exacto. Gracias, sombra con bíceps. ¿Entonces?

A Remo no se le movió ni una pestaña.

A mí casi se me escapó una carcajada. Casi. Estaba demasiado ocupado intentando no pensar en lo bien que sonaba Patri insultándonos.

—No hace falta que los pidas —intervine—. Somos así de generosos. Aparecemos, molestamos y damos soluciones no solicitadas.

Mateo golpeó la mesa con los nudillos.

—Rómulo, ¿puedes contarme de qué mierda va esto?

Ahí estaba. El tono de capitán. El de hermano. El de «como te atrevas a tocar a mi hermana o meterla en uno de vuestros tríos, te entierro debajo del elevador hidráulico».

Le sostuve la mirada.

No podía explicarle lo de Yara Sanz, ni el Consejo, ni la orden de mantenernos cerca de Patri sin levantar sospechas.

No podía decirle que una parte del mundo que él no conocía estaba mirando a su hermana como posible problema, posible víctima o posible detonador.

Tampoco podía decirle que yo llevaba cinco minutos intentando decidir si protegerla de los demás o de mí.

Remo habló antes de que yo metiera la pata.

—Cualquier precaución es poca después de lo ocurrido.

Mateo giró la cabeza hacia él.

—¿Pero qué cojones ha ocurrido?

Le di una palmada en la espalda. Su mono dejó una marca de grasa en mi mano.

—Tranquilo, colega. Te lo vamos a contar.

Patri me miró como se mira a un tío que acaba de colocar un mueble feo en mitad de tu salón y encima espera que le des las gracias.

—No necesito que nadie me vigile. —Se cruzó de brazos.

—Perfecto. Nosotros tampoco necesitamos autorización para vigilarte.

—Qué cómodo. ¿Ahora sois stalkers en serie?

—Es una de mis peores cualidades.

Mateo apoyó los antebrazos en la mesa.

—Rómulo, céntrate —chasqueó los dedos.

Ahí estaba otra vez. El tono de capitán. El de hermano. El de «elige bien la siguiente frase o te desmonto por piezas».

Yo miré a Patri.

El problema era que, si elegía bien, igual no me creía nadie.

—Hay alguien usando su trabajo para cargarse a gente. Puede ser un caso aislado o no serlo. Y, como más vale prevenir que lamentar, alguien de arriba quiere que estemos atentos —pronuncié al fin, sin mentir del todo.

—¡No necesito protección! ¡¿Estamos tontos o qué?!

—Bueno, mejor tener a dos militares cerca que a un posible asesino obsesionado con recrear tus obras. Vamos a asegurarnos de que sigas siendo solo una borde con muy buen pulso antes de que el mundo decida convertirte en sospechosa, inspiración o posible víctima.

Patri abrió la boca.

No llegó a contestar.

Porque, en ese mismo momento, el móvil de Mateo empezó a sonar sobre la mesa.

En la pantalla apareció un nombre.

Patri lo vio antes que nadie y soltó un exabrupto que habría asustado a una manada entera.