Capítulo 8
—Hola, peque. ¿Nos has echado de menos?
Ni siquiera le di tiempo a responder.
La agarré por la cintura y la levanté del suelo.
—Pero, ¡¿qué haces?!
La hice girar una vez. Solo una. Principalmente porque, si le daba dos, acababa mareada y, si eso ocurría, Mateo me mataría.
—¡Suéltame! ¡Ya no tengo quince años!
—Pues nadie lo diría por tu tamaño —bromeé.
—No es mi culpa que tú midas casi dos metros. Algunas somos tamaño estándar.
La bajé despacio. Muy despacio. Probablemente más despacio de lo estrictamente necesario.
Error.
Tenerla cerca siempre había sido un error.
—Estás igual que cuando me marché.
Mentí con descaro. Patri no estaba igual ni de lejos. El pelo castaño oscuro parecía más abundante, brillante y largo. Además, ahora llevaba un piercing bajo el labio inferior que se me antojaba de lo más apetecible, por no hablar de sus curvas.
La última vez que la había visto discutía con Mateo por el mando de la tele y me llamaba imbécil una media de quince veces al día.
Me miró a la cara. Yo la dejé mirar.
«Tómate tu tiempo, peque, por si no te has fijado soy todo lo que necesitas».
Ya no era una niña y mi lobo interior iba a tener que lidiar con esa información.
—Tú estás más… más…
Me apuñaló con el dedo.
—Idiota. Cosa que creía imposible.
Me reí. Porque era eso o admitir que llevaba demasiado tiempo echando de menos que me insultara.
Demasiado.
Muchísimo más del que debería.
Joder. Dieciséis años. Dieciséis putos años diciéndome que era la hermana de mi mejor amigo y que eso zanjaba el asunto, y allí estaba yo, en el pasillo de esa casa, con el corazón de lobo ajeno al paso del tiempo.
Llevaba años tratando de convencerme de que, en cuanto la viera en persona, el hechizo se rompería.
Pues resultaba que el hechizo no se había roto una mierda.
Patri apartó la mirada de mí y la clavó en Remo.
Mi hermano seguía exactamente donde había estado todo el tiempo. Dos pasos detrás, callado, observándola. Con esa cara de pocos amigos que llevaba usando desde que cruzó el umbral de mi manada y mamá nos informó de que teníamos un hermano nuevo al que cuidar.
Por algún motivo inexplicable, que yo nunca iba a entender del todo, su actitud distante provocaba que la gente quisiera acercarse todavía más.
—Hola, Rem.
Remo inclinó la cabeza. Fue lo único que Patri obtuvo.
Ni una palabra. Ni un hola. Ni un gruñido. Ni una miserable sílaba.
Resoplé.
—¿Lo ves? Hay cosas que no cambian jamás. Mi hermano sigue siendo un sieso de cojones.
Ella rio por lo bajo. Un sonido pequeño, casi a su pesar, de esos que escapan antes de que puedas decidir si deseas reírte a boca llena.
—¿Queréis un café?
Se giró hacia dentro sin esperar respuesta y nosotros entramos detrás, porque era lo que había que hacer. Lo que siempre habíamos hecho.
La casa de los Espejo tenía esa memoria que tienen las casas donde uno ha pasado muchas horas: la misma disposición, la misma luz de la tarde entrando por la ventana de la cocina, la misma sensación de que allí el tiempo funcionaba de otra manera.
Salvo que el olor de sus padres era más tenue ahora.
El de Mateo estaba incrustado en la madera del perchero. Y el de ella atravesaba toda superficie, como si los demás fueran capas de fondo y ella fuera el tema principal.
Dieciséis años. Dieciséis putos años sin olerla y bastaba un segundo para subirme las revoluciones.
El mismo tema. Más volumen.
—¿Sigues olisqueándolo todo?
Lo preguntó sin mirarme, desde la cocina, con el tono de quien recita una certeza.
—Uno nunca pierde las viejas costumbres.
—Hubiera puesto la mano en el fuego de que acabarías siendo perfumista en lugar de militar.
Remo se instaló junto a los armarios. No se sentó porque Remo no se sienta en sitios que no controla del todo. Se apoyó en la encimera con los brazos cruzados y el gesto de quien lleva la partida estudiada aunque todavía no haya empezado a jugar.
—¿Estáis de permiso?
Ella cogió la jarra llena de café y nos miró interrogante. Fue extraño: el tiempo se plegó y volvimos a ser aquellos tres adolescentes que pasaban más tiempo en su casa que en la nuestra.
—Lo hemos dejado —se anticipó Remo.
Patri clavó sus ojos marrones en él. No pudo evitarlo.
—¿Eso se puede?
—De todo se puede salir en esta vida —dije—, excepto de la muerte.
Su expresión cambió de golpe. Como cuando coges una frase que parecía de relleno y te das cuenta de que pesa más de la cuenta. Se giró con un movimiento demasiado brusco.
Remo fue a por las tazas sin que nadie se lo pidiera. Yo fui a por la leche a la nevera, porque hay cosas que no cambian.
«Tercera balda, izquierda del todo».
Allí seguía.
Saqué el brick y me apoyé en la encimera de enfrente para observar a Patri mientras ella fingía estar muy concentrada en el nivel del café.
Remo dejó las tazas sobre la mesa. Al tenderle una, sus dedos se rozaron.
Ella contuvo el aliento.
Un segundo.
Apenas.
Suficiente.
Lo capté antes de que ella se diera cuenta de que lo había pillado.
Su pulso acelerado y una bocanada de su aroma ahogándome por dentro. El problema con Patri siempre había sido ese: que la olía de un modo diferente, con mayor intensidad, desde que puse un pie en el césped de la casa de al lado y miré hacia su ventana.
Como a una compañera.
Lo cual era imposible, porque ella no era sobrenatural.
Me dije que tenía el olfato atrofiado. Llevaba años repitiéndomelo y nunca se lo había dicho a Remo porque hacerlo implicaba una conversación demasiado complicada.
Más incluso que la que ya teníamos pendiente.
Una que empezaba con un «creo que Patri es…
» y terminaba con preguntas para las que ninguno tenía respuesta.
Remo la estaba mirando con esa expresión que él llamaba neutral y que yo llevaba toda la vida leyendo como todo lo contrario.
Preferí cambiar de tema.
—Hemos visto la noticia.
Patri se puso el pelo detrás de la oreja, agitada.
—Tú y medio país. —Dejó las tazas sobre la mesa—. Es horrible que alguien se inspire en una obra tuya para hacer algo tan terrible. Jamás hubiera imaginado algo así.
—A lo largo de la historia han sido muchos los que se han inspirado en el arte para hacer daño.
—Remo apoyó los codos en la encimera—. Werther , de Goethe, desató una oleada de suicidios en el siglo XVIII.
La naranja mecánica fue retirada del Reino Unido durante años porque Kubrick creyó que estaba generando imitadores.
El arte que incomoda siempre encontrará a alguien dispuesto a usarlo de excusa.
Ella parpadeó, alucinada de que alguien tan parco en palabras soltara una retahíla como aquella asociando arte y muerte.
Justo lo que necesitábamos.
—Gracias, Sherlock —solté.
Patri nos miró a uno y luego al otro y sirvió el café con el gesto de quien no sabe bien si reírse o tomar nota.
—Ya, pero eso es arte con mayúsculas. Yo dibujo escenas que aparecen en libros, portadas, fanarts …
—Eso también es arte.
Ella abrió la boca. La cerró. Miró a Remo como si acabara de hablarle en un idioma que entendía pero que no esperaba oírle usar jamás.
Asentí.
—Tus ilustraciones son lo primero que ve la gente cuando coge un libro de Reliquias del Deseo Oscuro . Antes de leer una sola palabra ya están dentro porque tú los has metido a través de tus dibujos. Eso no es decoración, peque. Es la puerta a un mundo que tú les abres con los ojos.
Patri no supo qué hacer con eso.
Nunca sabía qué hacer con los cumplidos directos. Los recibía con la cautela de quien detecta una trampa que no merece. Por eso me gustaba dárselos: para verla un segundo sin coraza.
Me acerqué. Rodeé sus hombros con un brazo y apoyé los labios un segundo en su sien. Noté cómo se tensaba entera antes de decidir si protestaba o no.
—Tranquila, peque. Hemos venido a ayudarte.
«Y a tocarte hasta que dejes de mirarme como si no llevaras años dibujándonos a escondidas».
Quise controlar el pensamiento, pero no pude. Llevaba demasiados años prohibiéndomela.
La puerta de la calle se abrió de golpe.
—¿Qué hacen aparcadas las motos de los gilipollas más grandes del universo en el vado de casa?
Mateo entró en la cocina cubierto de grasa hasta los codos, con mono de taller y una sonrisa de oreja a oreja que le borraba diez años de golpe.
Se quedó en el umbral, midiendo el panorama —su hermana, mi hermano, yo, tres tazas de café y una tensión que habría podido arrancar azulejos—, y soltó una carcajada.
Dejé ir a Patri a regañadientes.
Mucho.
No porque quisiera, que yo de tonto tenía lo justo para parecer simpático, sino porque mi mejor amigo seguía teniendo manos de mecánico, mala hostia de hermano mayor y memoria suficiente para recordar todos los huesos que podía partirme sin matarme.
Y si me pillaba mirándola como la estaba mirando, la conversación que llevaba dieciséis años esquivando iba a aterrizar en la cocina con las botas llenas de barro.
Mateo abrió los brazos.
—Venid aquí, cabrones.
Fui el primero. Choque de palma derecha, gancho de pulgar, golpe de nudillo, cierre de puño y tres palmadas en el hombro izquierdo.
El saludo llevaba con nosotros desde los diecisiete, cuando Mateo lo inventó después de un partido por razones que ninguno recordaba ya.
Requería coordinación, práctica y una disposición al ridículo que solo conserva la gente que se ha querido mucho antes de que los críos empiecen a llamarla «señor».
Lo hicimos en cuatro segundos.
Perfecto.
Luego Mateo señaló a Remo con el pulgar.
—Aquí el muermo.
Mi hermano ni se movió de la encimera.
—Vuestro nivel de madurez emocional es indirectamente proporcional al tamaño de vuestros bíceps. Escaso.
—Anda, ven, Robocop.
Mateo fue a por él. Remo sostuvo la mirada tres segundos, como si aceptar contacto físico no autorizado fuera una cláusula abusiva, pero al final cumplió con el código. Palma, pulgar, nudillo, puño, hombro.
Patri negó con la cabeza.
—¿Cómo podéis acordaros de esa mierda?
La miré sin esconderme.
Error táctico. Placer estratégico.
—Hay cosas que nunca se olvidan, peque. Aunque uno se esfuerce mucho en hacerse el idiota.