Capítulo 7
El cadáver tenía mi línea de sombra.
No era una metáfora. Ojalá. Las metáforas se podían corregir, borrar, mover dos milímetros a la izquierda hasta que dejaban de parecer una confesión involuntaria.
La línea, no.
La línea estaba ahí, en la foto que algún medio había publicado esa mañana: el borde de la bañera, el pelo mojado de la víctima, el agua oscura y mi ilustración convertida en reflejo.
Papel satinado. Contraste alto. Mi firma en una esquina, discreta, casi elegante, porque durante años había creído que la elegancia protegía de algo.
No protegía de una mierda.
La tablet seguía encendida delante de mí.
El lienzo en blanco ocupaba toda la pantalla: demasiado limpio, demasiado esperando una desgracia.
A la derecha, el correo de Vetusta acumulaba mensajes sin abrir.
Encargo para redes. Variaciones de personaje.
Un fanfic oficial del nuevo libro con estética «oscura, sensual y viral», que era la forma que tenía la editora de decir: «Haznos algo que la gente comparta fingiendo que no hemos calentado el algoritmo».
Normalmente, eso se me daba bien.
Normalmente, abría un archivo, ponía música, bebía café frío sin darme cuenta y encontraba en el trazo una puerta de salida. La gente meditaba. Corría. Hacía pan de masa madre como si amasar gluten pudiera arreglar la vida. Yo dibujaba.
Ese día no. Ese día cada sombra parecía sangre mal lavada.
El móvil vibró. Lo giré boca abajo. Duró ocho segundos. Volvió a vibrar.
Lo cogí porque era una mujer adulta con la fuerza de voluntad de un gato ante una caja abierta.
Tres notificaciones nuevas. Dos mensajes de Nina.
Uno de Aimara con un audio de cuatro minutos que, por la duración, prometía contener una crisis completa, tres incisos y al menos una blasfemia venezolana.
Y, en redes, mi nombre en la misma frase que «homicidio», «romantasy» y «estética vampírica».
Nunca había tenido ese sueño de niña. Otras querían ser veterinarias, astronautas, bailarinas.
Yo iba encaminada a ser «la ilustradora cuyo arte pudo inspirar a un asesino». Muy de LinkedIn del infierno.
Abrí una noticia y la cerré antes de terminar el titular.
Mi dibujo estaba en todas partes. No como prueba. Todavía. No como acusación. Todavía. Pero mi nombre ya había entrado en la habitación del crimen y, una vez entrabas ahí, costaba mucho salir sin oler a lejía.
El café estaba helado. Lo bebí igual y miré a mi alrededor tomando conciencia de dónde estaba.
El estudio había sido mi habitación de adolescente.
Seguía teniendo la misma luz de la tarde, el mismo suelo con una mancha junto al armario, donde a los trece se me cayó un bote entero de tinta china y decidí que una alfombra podía convertirse en solución suficiente.
Mis padres lo notaron. No dijeron nada. La mesa de dibujo ocupaba ahora el lugar de la cama, las estanterías estaban llenas de originales, cajas de acuarelas, libros de anatomía y libretas deformadas, y en la pared colgaba una taza con la frase «Crea sin miedo», acompañada de ilustraciones que me flipaban.
La giré hacia la pared. Necesitaba aire porque me ahogaba.
Me levanté tan rápido que la silla rodó hacia atrás y golpeó una caja de láminas. Abrí la ventana. La brisa de septiembre me dio en la cara con esa mala leche suave de las tardes cuando una está sudando por motivos que poco tienen que ver con el clima.
Respiré.
Y miré la casa de enfrente, que era el error de siempre.
Porque yo no veía ladrillo, ventanas y macetas.
Veía capas. Bocetos superpuestos. La casa del matrimonio jubilado que discutía los domingos a la hora de comer.
La casa vacía durante meses. Y la casa de aquel sábado de julio en que llegó la familia López al Condado de Villalba, con una furgoneta, un coche, dos motos, ocho hijos alborotadores y la capacidad de convertir una calle tranquila en una escena bélica con cajas de mudanza.
Yo tenía catorce años y estaba en el alféizar fingiendo que dibujaba la buganvilla de la vecina.
Mentira. Dibujaba manos. Siempre dibujaba manos cuando no sabía qué hacer con las mías y porque eran lo más difícil de dibujar.
Los vi salir del camión y mi cerebro los archivó de inmediato, a cada uno con trazo distinto.
Rómulo era todo boceto rápido: rizos que no obedecían a ningún criterio, un hoyuelo en la barbilla que la partía insolente, una manera de moverse con cuatro planes en marcha simultáneamente.
El tipo de figura que una ilustradora dibujaría con línea suelta y no corregiría después porque la imprecisión era exactamente el punto.
Remo apareció detrás de él y se me cayó el lápiz.
Remo era la obra terminada. Líneas limpias, facciones angulosas y serias con esa composición tan perfecta que necesita un punto de fractura para no resultar fría.
Y luego estaban los ojos: uno verde oscuro con ámbar en el borde, uno castaño con un filo de verde claro que parecía estallar en el centro.
La heterocromía que una artista pondría deliberadamente para que el conjunto no se resolviera demasiado pronto y el espectador siguiera mirando más de lo que había planeado.
Los dos alzaron la barbilla y tuve la impresión de que olfateaban algo.
Mi neurona espejo se activó y yo también olí, aunque lo único que captaba eran los aromas de siempre. Quizá venían de un lugar supercontaminado y el aroma a pino los tenía desconcertados.
Entonces enfocaron la mirada y… me pillaron. Cómo no. Rómulo levantó la mano y sonrió. Remo no lo hizo, él solo miró. Yo me escondí detrás de la cortina con la elegancia de una rata sorprendida robando queso.
Mateo apareció en la puerta de mi cuarto con esa cara de hermano mayor que se cree gracioso porque el universo todavía no le había repartido suficientes collejas.
—Has dejado tu marca de nariz y babas en el cristal, hermana.
Le tiré una goma de borrar. Fallé. Como artista, acepté la derrota; como hermana, no.
—El de los rizos es Rómulo. El otro, Remo. Juegan al baloncesto.
—¿Cómo lo sabes si acaban de llegar?
—Información privilegiada de capitán.
En mi casa eso significaba condena. Mateo jugaba al básquet desde que pudo sujetar la pelota entre las manos y mis padres creían que apoyarlo en cada partido era una obligación constitucional.
Yo llevaba años sentada en gradas oliendo a Reflex, bocadillo de tortilla y sudor adolescente mal ventilado.
Dibujaba las líneas de la cancha porque algo tenía que justificar estar ahí.
Hasta que los López cambiaron mi inspiración.
En el siguiente partido estaban ahí, los dos.
Rómulo corría, dueño de la pista, y protestaba cada falta con un entusiasmo que el árbitro claramente no compartía.
Remo apenas hablaba, se movía con una economía de gestos que en la cancha resultaba casi hipnótica: sin florituras, sin energía desperdiciada, cada salto resuelto con la misma precisión limpia de sus facciones.
Me daban ganas de dibujarle el movimiento por capas: talón, gemelo, muslo, espalda, mano, aire.
Me daban ganas de dibujarlo todo por capas, que era el problema.
Llenaba páginas sin darme cuenta.
Todo iba medianamente bien hasta que empezaron a aparecer por mi casa, que era lo que pasaba cuando tu hermano convertía a los recién llegados en sus mejores amigos: que de repente las novedades estaban en tu cocina, abrían la nevera sin preguntar y te llamaban peque con una sonrisa diseñada para resultar impune, solo que no lo era.
—No me llames peque —resoplé, apuñalando a Rómulo con los ojos.
—Vale, mini.
Mateo le soltó un golpe en la nuca. Rómulo lo esquivó sin dejar de sonreír, lo cual sugería práctica.
Remo estaba apoyado en la encimera, con una sudadera negra y una pulsera de plata en la muñeca izquierda. No hacía nada. No decía nada. Remo podía no hacer nada con una intensidad que te arruinaba el sistema nervioso.
—¿Qué dibujas?
No se movió de la encimera. Su voz era más baja de lo que esperaba, rasposa.
Cerré el cuaderno tan rápido que me pillé un dedo.
—Nada.
Rómulo se inclinó sobre la mesa.
—Eso suele significar algo interesante. ¿Tienes novio, mini?
—¿Mi hermana? ¿Estás loco, chaval?
La mano de Rómulo se alargó con esa sonrisa lobuna.
Y yo le di un manotazo.
—Significa que, como toques mi cuaderno, te clavo el compás.
—Uhhh, pero si tienes garras…
—Tiene punta —murmuró Mateo.
Remo miró el compás. Después me miró a mí. En ese orden, con esa pausa entre los dos.
—Va a necesitar algo más.
Se me apagó el cerebro como una lámpara del chino, agarré mi libreta e hice lo que mejor se me daba: huir.
A medida que su amistad se afianzaba, pasaron los meses y llegó su último año de instituto.
Se acercaban la graduación, los finales y los López tenían una boda o algo así.
Rómulo y Remo se quedaron porque ya eran mayores y tenían que estudiar… O eso les dijeron.
Aquella noche no podía dormir. La casa estaba a oscuras. La de enfrente tenía las cortinas abiertas de par en par.
Los vi llegar en las motos. Primero las luces, luego los cascos, luego la chica.
Fui montando la escena como se monta un dibujo complicado: una línea, otra, una sombra debajo de la mandíbula, el peso de tres cuerpos entrando por la misma puerta.
Recordé a Mateo semanas antes, hablando con un amigo sin importarle que yo tuviera orejas: «Los López comparten hasta las chicas. Menos mal que Remo es adoptado, que si no…».
Había oído los rumores y había pensado que eran una exageración de vestuario.
Aquella noche entendí que no.
No vi detalles. Vi siluetas. La chica riéndose. Rómulo moviéndose con esa energía de incendio contenido. Remo quieto, atento, con los ojos fijos de quien sabe exactamente dónde colocar la sombra para que todo lo demás tenga sentido.
Los tres juntos, conformando un triángulo equilátero perfecto.
Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza.
Después me quedé inmóvil en una oscuridad que no supe medir. Hubo un momento en que me odié un poco. Luego un poco menos. Al final llegué a un acuerdo tácito conmigo misma: lo que había pasado se quedaba en esa habitación a oscuras, no viajaba al cuaderno ni a ningún lado.
Viajó al cuaderno.
Esa misma semana. Primero con líneas sueltas, casi abstractas, que podían ser cualquier cosa si alguien las encontraba. Luego con más detalle. Luego con todo el detalle, cambiando el rostro de la chica por el mío.
También los dibujé como hombres lobo, porque siempre fui más de Jacob que de Edward y porque les pegaba.
Cuando entraban en casa, el bosque lo impregnaba todo. Madera, pino, musgo, algo fresco…
Después estaban las carreras nocturnas. Me hacía gracia que salieran a correr con toda su familia y casi siempre de noche.
Mateo decía que era porque los López tenían niños muy intensos.
Salvo las noches de luna llena, que no salían.
Una ilustradora ve lo que otros no ven, o eso me repetía para sentirme menos perturbada. A ver, no es que pensara que eran lobos y eso, pero me gustaba fantasear con ello.
El cuaderno acabó bajo los jerséis de invierno, en la parte de atrás del armario. Después vino otro. Después otro.
Al final de aquel verano desaparecieron, los cuadernos y ellos.
Estaba segura de que mi madre los había encontrado. O puede que Mateo. Nunca me atreví a preguntar, porque lo que contenían era demasiado íntimo, demasiado personal.
Pasé semanas mirando la casa de enfrente como si una persiana cerrada pudiera devolverme algo que ni siquiera había tenido.
Dieciséis años sin verlos y, de la noche a la mañana, habían vuelto.
Si antes estaban buenos, ahora estaban mucho mejor. No los había visto de cerca todavía. Eso decía mucho de mi capacidad para evitar problemas y nada bueno sobre lo que me quedaba de salud mental.
El móvil vibró y me sacó del recuerdo de un tirón.
Volví a la mesa. Abrí un archivo nuevo. No pensé, que era lo que hacía cuando el bloqueo era demasiado grande para forzarlo: dejaba la mano libre y esperaba a ver qué salía.
El lápiz digital tocó la pantalla.
Primero salió una bañera. Luego una mujer.
No era la muerta. Tenía el pelo rizado, grueso, castaño oscuro, los labios rojos y un piercing bajo el labio inferior.
El agua no estaba roja, sino translúcida, llena de luz que se colaba por una ventana que conocía a la perfección.
Y, en el marco de la puerta, dos figuras.
Una ocupaba demasiado espacio incluso sin moverse.
La otra parecía tallada en sombra.
Las reconocí antes de terminarles los hombros. Aparté la mano de la pantalla.
—No me jodas.
Llamaron al timbre.
Miré el dibujo. Miré la puerta. Guardé el archivo sin cerrarlo porque mi instinto de conservación había decidido cogerse vacaciones y sin billete de vuelta.
El timbre volvió a sonar.
Bajé las escaleras. Abrí la puerta.
Y cuando vi quién estaba al otro lado, se me acabó el aire.