Capítulo 6
La Torre Cero no tenía nombre en el directorio del vestíbulo.
Solo un logotipo grabado en el cristal, tan discreto que la mayoría de los humanos pasaba junto a él sin verlo.
Eso era el poder bien ejercido: no necesitaba letras doradas ni recepción con sonrisas entrenadas.
Bastaba con estar ahí, en mitad de la Castellana, ocupando altura con la tranquilidad de quien sabe que no va a marcharse.
Los fae no anunciábamos el dominio. Lo instalábamos sin pedir permiso porque, durante milenios, había sido nuestro.
Llegué a la planta cuarenta y dos con tres minutos de retraso.
Había cogido el metro. El hierro de las vías, el acero de los vagones, el roce constante de Madrid bajo tierra me embotaban la magia como si alguien pusiera un paño húmedo entre mi naturaleza y el mundo.
Una resaca de baja intensidad que llevaba años siendo el precio de vivir aquí.
Aun así, prefería el metro al teletransporte o a convertirme en dragón.
El teletransporte era eficiente; sobrevolar los edificios cubierto de escamas y escupiendo fuego, una temeridad.
Además, el metro no te obligaba a mirar a una ciudad a la cara, a sentir su peso específico, a recordar que Madrid era real e indiferente a sus habitantes.
Entré sin llamar.
Mi padre estaba de espaldas al ventanal, con los edificios a sus pies, como a él le gustaba.
Aodhan Ashveil no ocupaba una habitación: la reclamaba.
Pelo plateado, más oscuro que el mío. Traje impecable.
Hombros rectos. Esa quietud exacta de quien no necesita moverse para que todo lo demás parezca mal colocado, como si la gravedad funcionara de forma distinta en su radio inmediato.
No se giró al oírme entrar.
—Tres minutos.
—He venido en transporte público.
Un cuarto de giro. Los ojos azul violáceo me encontraron con la expresión que reservaba para lo que consideraba, con toda la paciencia del mundo, innecesario.
—Tienes coche.
—También puedo teletransportarme y no lo he hecho. Odio el tráfico y usar la magia con tanto metal me da dolor de cabeza.
—Este encuentro lo justificaba.
—Tres minutos no son una situación límite. Son pura anécdota.
Se giró del todo.
No había irritación en su rostro. Tampoco afecto. Entre nosotros, esa falta de temperatura era casi una forma de educación. Nos conocíamos demasiado para interpretar cada frase como una herida, y demasiado poco para permitirnos el descuido de la ternura.
—Siéntate.
Obedecí.
Era mi padre. También era mi rey. Conviene no confundir el orden de esas dos realidades. Él nunca lo hacía.
Yo sí. Ese era, según él, mi defecto más persistente.
Sobre la mesa había una carpeta delgada y una copa de agua sin tocar. Aodhan, mi progenitor, rey de la Corte del Velo de Ceniza, se sentó frente a mí y deslizó la carpeta con dos dedos. No la empujó. El gesto llegó hasta mí con la claridad de una orden.
La abrí.
Una página. Cifras. Estructura societaria. Firmas. Tres meses de proceso resumidos en columnas que cualquier humano habría llamado complejas para no admitir que no entendía dónde estaba el poder real.
La empresa adquirida aparecía en el centro.
Editorial Vetusta.
El nombre estaba demasiado limpio sobre el papel. Sin tachones, sin anexos, sin esas pequeñas cicatrices administrativas que dejan las operaciones urgentes cuando alguien compra por necesidad y no por diseño. Una firma cerrada a toda prisa. Una muerte todavía reciente.
Mi padre no improvisaba. Nunca. Así que su nueva adquisición me llenaba de incertidumbre.
«¿Por qué la has comprado, padre? ».
—¿Qué quieres que haga con esto? —pregunté con desinterés.
—La escritora publica allí.
No le hacía falta decir más ante la noticia del momento, que mantenía en vilo tanto a sobrenaturales como a humanos.
—La traductora trabaja allí —prosiguió—. La ilustradora colabora con ellos.
Mi padre dejó una fina capa de silencio para que asumiera lo que me estaba diciendo. El exceso de palabras era, para él, una concesión que no hacía falta hacer.
—También lo hace un vampiro que asiste al grupo de regulación emocional interspecies que dirige el demonio que plantó el árbol en el Edén.
Cerré la carpeta con cuidado.
—Lo conozco. Acudo a esas reuniones porque me obligas.
—Todo el mundo está obligado. Lo pactamos en el Consejo.
La forma en que lo dijo no contenía solo información. Contenía vigilancia.
Aodhan sabía más que el nombre de Darian Blake.
Sabía, probablemente, con qué frecuencia entraba y salía de ciertos edificios, qué archivos tocaba, a quién había decidido no deber obediencia completa, qué compraba en Mercadona los martes por la tarde, si es que compraba algo y si es que había algún martes.
Los reyes llamaban a eso prevención. Los hijos solían llamarlo de otra manera. Yo no lo llamé nada.
—Los humanos se encargarán de las banalidades cotidianas.
Contratos. Reuniones con agentes. Decisiones que no afecten a lo que importa.
Tú empiezas mañana; se te asignará un despacho y tendrás dos objetivos: entender cómo una escritora conoce algunos entresijos de nuestro mundo con una minuciosidad que no debería tener, y averiguar si el vampiro tiene algo que ver con lo de ayer.
—¿Qué tiene que ver Darian Blake con todo esto?
Aodhan apartó la copa de agua un par de centímetros. No bebió. Solo corrigió su posición en la mesa. En él, un gesto así era casi una declaración.
—Anoche, después de la reunión del Consejo, Marcellus fue a su casa.
La frase quedó sobre la madera sin que nadie la recogiera.
Marcellus Varga. Miembro del Consejo, representante vampírico, responsable del velo y la memoria. Elegante, antiguo, con esa cara de archivo funerario que los de su especie confundían con saber estar. Una criatura que había convertido la omisión en estructura.
Que hubiera ido a verlo de noche, sin informe previo, después de una reunión donde se había debatido exactamente el peligro de la exposición sobrenatural, no era una visita de cortesía; no hacía falta ser príncipe para saberlo.
Era una fractura en el acta.
—¿Están ocultando información? —pregunté.
—Todo apunta a eso y no me fío. Ni de Marcellus ni de Darian ni de Samael.
Ese íncubo se cree por encima del bien y del mal; siempre lo ha hecho, está en su naturaleza.
Temo que sus filtraciones a través de los sueños hayan podido confundirlo y que haya olvidado la diferencia entre guardar un secreto y protegerse de él.
No había desprecio en su voz. Mi padre no despreciaba a Samael. Lo evaluaba como se evalúa una reliquia peligrosa: con respeto por la antigüedad y poco conformismo ante las fallas.
—¿Qué información?
—No lo sé, y eso es otra de las cosas que deberás averiguar. Acércate a todos.
Lo dijo con la neutralidad de quien da una dirección. No una orden, no una pista, no una correa. Una dirección que debía tomar.
Eso era lo que mi padre hacía mejor que nadie: Colocaba el suelo inclinado y a la espera de que confundieras la caída con una decisión propia.
Formaba parte de la naturaleza de los fae .
—¿Puede que alguien esté rompiendo el velo desde dentro y que la culpa sea del vampiro y el demonio? —Necesitaba datos.
—Puede. —Se recostó apenas—. O puede que el relato haya crecido tanto que el velo ya no sea suficiente para contenerlo. Esa segunda posibilidad me preocupa más.
Y ahí estaba. El centro de todo.
Los sobrenaturales habían emergido del mundo: la luna tirando de la sangre hasta crear lobos donde antes solo había hambre, la muerte buscando forma estable y encontrando vampiros, el deseo pidiendo un cuerpo y recibiendo demonios con demasiada memoria.
Criaturas de impulso. Naturaleza en movimiento.
Instinto al que alguien le había puesto nombre.
Los fae no habíamos emergido.
Nos habían elegido.
Alguien o algo había diseñado belleza, dones y función en una misma arquitectura.
Los sobrenaturales llamaban a eso artificialidad, error de laboratorio, arrogancia con orejas puntiagudas.
Lo que no podían soportar no era la idea de que hubiéramos sido hechos con intención.
Era la implicación que eso dejaba flotando sin respuesta: si había diseño, había intención, y si la intención era anterior a nosotros, quizá también lo era a ellos.
Para los demonios, Dios, al que ninguno había visto, era un ser superior, aburrido y de temperamento discutible. Mi padre no usaba ese término. Lo consideraba impreciso. Algo anterior a los hombres había decidido que el mundo necesitaba testigos.
Los sobrenaturales eran la naturaleza moviéndose.
Los fae , el testigo que quedaba después.
Y quizá por eso nos odiaban: porque quien guarda el relato acaba creyendo que también posee la verdad.
Y eso era lo que se había roto.
Una parte de mí lo creía sin fisuras. Otra parte, más pequeña y más difícil de disciplinar, sospechaba que una historia repetida durante suficientes milenios podía volverse indistinguible de una jaula bien decorada.
Que quizá la diferencia entre custodia y control era, en la práctica, una cuestión de quién firmaba el contrato.
—Los sobrenaturales llamarán a esto injerencia —dije.
—Llevan siglos llamándonos abominación y no ha cambiado lo que somos.
—No. Pero tampoco ha resuelto nada.
Mi padre me miró. Era una mirada que llevaba milenios perfeccionando: sin hostilidad, sin decepción, con una ecuanimidad tan larga que se te metía bajo la piel.
—No pareces convencido.
—Estoy pensando.
—En mi experiencia, suele ser el principio de tu desacuerdo.
—En la mía, el principio de cualquier conclusión útil.
Aodhan sacó un sobre del cajón lateral. Lo dejó junto a la carpeta sin ceremonia. Accesos, identidad, agenda preliminar.
—La directora editorial te espera a las diez. Serás el nuevo consultor de comunicación con experiencia en adquisiciones internacionales.
—Aburrido.
—Creíble. Lo bastante aburrido para que nadie pregunte. Lo bastante creíble para que nadie dude.
—¿Esto viene del Consejo o de ti?
—Ya sabes que de mí.
Hay preguntas que no buscan información, sino comprobar qué parte de una mentira ha decidido no vestirse todavía.
Mi padre no mentía. Ningún fae podía hacerlo.
Pero Aodhan había construido una vida entera sobre la diferencia exacta entre decir la verdad y permitir que otro muriera mirando en la dirección equivocada.
Él era padre y rey. Sangre y cargo. Podría haber dicho «la corte».
Podría haber escondido su voluntad dentro de una estructura mayor, como hacía todo gobernante que quería que sus decisiones parecieran inevitables en lugar de personales.
No lo hizo. Era una forma de respeto. También un recordatorio muy preciso de quién firmaba la orden y quién iba a cargar con las consecuencias si algo salía mal.
—¿Qué quieres exactamente que averigüe de Darian?
—Dos cosas. Por qué Marcellus fue a verlo anoche sin decírselo al Consejo. Y qué puede llegar a saber que a nosotros se nos escape. Darian lleva varios años orbitando la mesa de la traductora. Cerca de las páginas, cerca de las dudas, cerca de lo que no se dice cuando una frase se resiste.
Traducir no era mover palabras de un idioma a otro.
Esa era la explicación para los impacientes, para quienes confundían fidelidad con equivalencia.
Traducir era entrar en la arquitectura mental de otro ser y reconstruirla con materiales distintos sin que se desplomara.
Si Aimara Duque llevaba varios años escribiendo verdades imposibles sobre nuestro mundo, Darian Blake había vivido muy cerca de esas verdades, viendo cómo otra persona había buscado su equivalencia en otro idioma, lo que significaba que las había entendido antes de trasladarlas.
Mi padre se levantó. La reunión había terminado.
—Ciarán.
Me detuve en la puerta.
—No mezcles obediencia con acuerdo.
—Nunca lo hago.
—Bien. —Una pausa exacta—. Pero tampoco embrolles desacuerdo con libertad. —El sábado de la semana que viene te esperamos a cenar; el gran día se acerca y debes dar un paso más con respecto al pacto. No llegues tarde. No queda bien hacer esperar a tu prometida.
No respondí. Era una advertencia, y sabía que mi padre no iba a aceptar un no por respuesta.
Salí con la carpeta bajo el brazo y el estómago hecho ceniza.
Llevaba prometido desde la cuna, no era algo que ignorara. Mi prometida era una princesa y había sido educada para ser mi consorte. Todo saldría según lo esperado, salvo que yo no sabía si estaba dispuesto a ello.
El ascensor tardó veinte segundos en bajar desde la planta cuarenta y dos. Los conté, no por nerviosismo, sino por método: hay estructuras que ayudan cuando el mundo empieza a ofrecer demasiadas variables al mismo tiempo y tú te sientes atrapado.
Tenía un nuevo cargo, una misión, una mujer a la que agasajar y el velo fallando mientras mi padre presionaba.
Él, que veía en todo aquello una amenaza al relato.
Yo veía una grieta que supuraba.
Quizá era lo mismo. Quizá esa era la diferencia exacta entre un rey y un heredero que todavía no había aceptado convertirse en él.
En el reflejo oscuro de las puertas, la carpeta parecía menos un encargo que una venda doblada con pulcritud. No para tapar una herida. Para cubrirme los ojos y desviar mi atención hacia el lugar en el que todo el mundo miraba.
Aparté la idea antes de que terminara de formarse. Hay sospechas que, cuando llevan el apellido de tu padre, no se piensan en un ascensor lleno de cámaras.