Capítulo 5
A la mañana siguiente, Madrid amaneció con esa luz de septiembre a la que no le apetecía despedirse de agosto, la muy pesada, aunque ya estuviéramos metidos de lleno en la segunda semana del mes.
Yo lo hice con el móvil boca abajo, el pelo pegado a la mejilla y una camiseta de Val Daver que había pasado a ser mi favorita para dormir. Y es que cómo amo a Valentino Dalton... Tenía la espalda hecha polvo y la sensación de que me había atropellado un camión cisterna cargado de ansiedad.
No me daba la vida.
No como frase de internet, como diagnóstico oficial.
La noche anterior, una de mis cuatro fantásticas y escritora de cabecera desde que la descubrí, Aimara, estaba mal. Mal de verdad. De ese mal que no se arregla con una infusión, una manta y un «intenta no pensarlo».
Pero no era solo ella, porque lo que había ocurrido nos afectaba a todas y Nina activó el código rojo.
Dejamos todo lo que estábamos haciendo y fuimos con provisiones al rescate, en nuestra propia versión de la patrulla vagina que tanto me hizo reír cuando leí la serie de gimnastas de la SSU.
Nina tenía cara de calcular daños mientras por dentro gritaba en tres idiomas, que es lo que tiene ser políglota.
Patri estaba blanca y algo borracha después de beberse prácticamente sola la botella de tequila, así son los artistas.
Y yo hacía lo de siempre cuando algo me superaba: hablar demasiado rápido para no oírme por dentro.
Mi hábitat natural, vaya.
Había muerto una chica. Y me dirás… Miles de personas fallecen todos los días, es ley de vida, y no te equivocas. La cosa es que no todos los días asesinan a una lectora, a un miembro de la comunidad y, mucho menos, a una de mis seguidoras.
No la conocíamos personalmente. Bueno, quizá había ido a alguna de las firmas de Aimi.
Fuera como fuese, la muerte siempre era una putada.
Y mucho más si te mataban representando una escena que una de tus amigas había escrito, otra había ilustrado, otra había traducido y tú habías comentado como una de las mejores del primer tomo de la serie.
El de la bañera. El que había reventado BookTok con edits , comentarios de «después de una escena así yo podría morir» y fanarts que habrían sonrojado al algoritmo.
Pues toma.
Un asesino que había elegido una fantasía colectiva y la había convertido en expediente policial.
¿Cómo no iba a sentirse culpable Aimara?
Aunque no lo fuera. Aunque escribir no matara a nadie. Aunque el monstruo no estuviera en el Word, sino fuera. La culpa se pegaba mucho peor que una mancha de cereza.
¿La gente empezaría a odiar la saga? ¿Se resentiría la producción audiovisual? ¿Qué pasaría con el último volumen, que salía en nada con un pack exclusivo para Halloween?
Todo se había convertido en una maldita pesadilla de magnitud épica.
Anoche, mis amigas me prohibieron mirar el móvil. Nina me lo quitó con autoridad de madre en excursión escolar, porque sabía de mi dependencia digital. Patri me señaló con un dedo.
—Ni se te ocurra.
Aimara no dijo nada. Solo me miró, atacada por lo que estaría ocurriendo.
Y cuando ella te miraba así, con el agobio pegado a las pestañas y la amenaza de ponerse a limpiar en cualquier momento, porque esa era su mayor terapia, obedecías aunque fueras Tauro, cabezota y una señora de cuarenta y uno que pagaba religiosamente sus autónomos.
Me metí en la cama sin mirar nada. Eso sí, me ocupé de que el teléfono estuviera al cien por cien de batería, porque auguraba que lo de hoy sería de traca.
Ni TikTok. Ni Instagram. Ni Threads. Ni X. Ni YouTube. Ni WhatsApp.
Un milagro que me hubiese podido resistir. Que alguien avisara al Vaticano, porque esto pintaba que necesitaba un exorcismo.
Dormí fatal, claro. Luego abrí los ojos, estiré la mano hacia el móvil y cometí el error.
La pantalla se iluminó como si dentro viviera una community manager poseída por Satanás, tres cafés y una hoja de Excel llamada Apocalipsis Editorial.
Notificaciones por todas partes.
Mensajes privados. Menciones. Comentarios. Audios. Llamadas perdidas. Un correo de una marca preguntando si seguía en pie la colaboración de velas literarias para zombis porque «quizá el tema vampírico tenía más tirón».
Me incorporé en la cama.
—Me cago en la puta.
Abrí TikTok primero, porque una era idiota, pero idiota con método. El primer vídeo que me saltó ya tenía una barbaridad de visualizaciones. Una chica con eyeliner perfecto y cara de funeral rentable decía:
—No estáis preparados para esto. Atentos, queridos miembros de la comunidad: ¿nos enfrentamos al primer asesinato inspirado por una saga romantasy española?
Cerré los ojos. Los abrí. Seguía ahí.
Otro vídeo:
—¿Y si los vampiros existen de verdad y esto solo es un aviso de que no vamos a comer insectos como proteína porque la proteína somos nosotros?
Otro:
—No compréis el pack de Halloween hasta que la autora se pronuncie.
Un comentario debajo:
@irma_books96: Al contrario, reservad ya, que la primera edición valdrá millones y podréis revenderla en Wallapop por un riñón y cuatro corazones.
Otro:
—Yo tengo una teoría: todo esto es puro marketing de la editorial.
Solté una carcajada seca. Ojalá.
Ojalá hubiese sido marketing . Una campaña agresiva, mal planteada, denunciable y con gente sudando como pollos. Pero no. Había una chica muerta, y eso no era engagement . No era estrategia. No se arreglaba con un comunicado con fondo bonito o un carrusel de Canva.
Entré en Instagram. Más de lo mismo. Threads ardía. X era Mordor con fibra óptica.
#LaCulpaFueDeBookTok.
#VampirosEnMadrid.
#ChúpamelotodoLestat.
#AimaraExplica.
#MarketingOMuerte.
#CanceladLaSaga.
Había miles de hilos. Miles. Cronologías, comparativas de capítulos, capturas antiguas y hasta una tabla con «posibles próximos asesinatos según escenas icónicas».
A veces el fandom era maravilloso. A veces era una señora con una vela en la mano y gasolina en el bolso.
Las teorías que iban ganando por goleada eran claras: muerte aislada o inicio de una serie de crímenes recreando escenas de los libros. Y, por supuesto, ¿los vampiros existían de verdad o todo era puro marketing ?
A esa gente le deseé mentalmente que pisara un Lego descalza cada mañana durante una semana.
No sabía qué responder a mis seguidores ni qué vídeo subir, aunque algo tenía que hacer porque tenía el móvil petado de DM .
Y ese era el problema, porque mi comunidad era enorme. La más grande de las cuatro. Lo que yo dijera podía calmar un poco el incendio o echarle más leña al fuego para hacer saltar todo por los aires.
Hice scroll .
Vi vídeos de bookfluencers analizando la escena, el capítulo, las ediciones, la productora y el lanzamiento de Halloween. Internet nunca sabía parar: abría un melón, luego otro, y cuando querías darte cuenta ya habíamos pasado de frutería a cloaca oficial donde verter nuestras mierdas.
Me levanté y me hice un café con mucha leche y poco café, porque yo tomaba leche caliente con una amenaza de cafeína.
Mi loft medía cuarenta metros cuadrados y aun así lograba parecer más pequeño. Cama, cocina, escritorio, cajas de libros, aro de luz y ropa limpia sin doblar cohabitaban conmigo, además de mi mastina, llamada Lluna, que ocupaba casi más espacio que yo.
Sé que un piso como el mío no es el hogar perfecto para un can que pesa setenta kilos y mide más que yo, pero la perra de mi hermano se quedó embarazada y yo no podía dar esa preciosidad a alguien que no fuera a darle el suficiente amor.
Ambas compartíamos espacio vital. Lo creas o no, en Madrid eso era un lujo. Vivir sola sin donar un órgano y parte del alma era prácticamente pertenecer a la nobleza menor.
Lluna vino a darme tres lametones y me trajo su correa para indicarme que su vejiga no aguantaría mucho más.
—Lo sé, bonita, me tomo mi brebaje mañanero y te saco a pasear.
Ella movió el rabo, contenta, y se tumbó a mis pies para esperar.
Miré de nuevo el teléfono. Yo había empezado todo esto por hobby , en pandemia, como la mayoría de los que ahora teníamos una comunidad grande.
Trabajaba en un banco y, para no volverme loca, me aficioné a subir vídeos de mis lecturas, me grabé viendo y comentando series y me hice adicta al pan de plátano. No sé en qué momento se me ocurrió subir un vídeo hablando del último libro que había leído, como quien lanza una botella al mar.
La botella volvió con veinte mil personas dentro.
Después llegaron YouTube, las colaboraciones, las ofertas para anunciarse en mi canal... No era como para tirar cohetes, porque ser autónoma en España era una experiencia espiritual diseñada por alguien que odia la alegría, pero me daba para pagar el loft y la comida.
Si alguien me hubiera preguntado con veinte años cómo me imaginaba a los cuarenta y pocos, no habría dicho: hablando de vampiros en internet mientras intento monetizar YouTube y labrarme un nombre.
Tampoco: con miedo a que cualquier revisión médica me devolviera el nombre de la enfermedad que mató a mi madre.
Pero mira, la vida siempre te sorprendía de la forma más macabra.
Mamá murió de ELA.
Esa enfermedad siempre se me quedaba grande y pegada al cuerpo. Como un abrigo mojado. Pesaba incluso cuando no la decía. Estaba ahí, conviviendo conmigo casi a diario, aunque no la pronunciara.
Me acercaba a la edad en que a ella empezaron a fallarle cosas pequeñas. Una mano. Una palabra. Un gesto. Detalles que al principio parecían cansancio, estrés, mala postura, y después resultaron ser una cuenta atrás de lo más cruel.
Me miré los dedos alrededor de la taza.
Los abrí y los cerré. Solía hacerlo más de lo que me gustaría. Se movían bien. Claro que se movían bien.
—No empieces con tus paranoias, Sandra.
Hablando de revisiones… ¿cuándo mandarían los resultados de la última?
El pensamiento me atravesó justo cuando alguien golpeó la puerta.
No llamó al timbre. Golpeó.
Porque el timbre llevaba roto dos meses y mi casero decía que «lo miraría», que en su idioma significaba «morirás antes de que ocurra».
Pegué un bote. El café salió disparado y doscientos treinta mililitros de leche muy caliente me abrasaron una teta.
—¡Me cago en la puta!
Me gustaba que humeara y dejar que se enfriara entre mis manos. No nivel infierno bíblico, pero sí nivel «mi pezón acaba de ver a Dios y no le ha gustado».
Lluna ladró, por si no me había enterado.
—Lo sé, lo sé.
Volvieron a aporrear.
—¡Voy! ¡Un segundo! ¡Que me he quemado una teta, un poco de respeto, hombre!
Dejé la taza sobre la mesilla, salí dando trompicones, con Lluna compitiendo conmigo por ver quién llegaba antes y la correa entre los dientes.
—Todavía no, pesada, vete a tu cama.
Ella me hizo un mohín sin separarse de mi pierna.
—Como quieras, pero todavía no toca, así que espera.
Abrí la puerta con una mano en el pecho, la camiseta mojada y la vergüenza abandonada entre la cocina y el felpudo.
Al otro lado había un trabajador de Correos.
—¿Sandra Ruiz?
—Sí, soy yo. Perdón por las pintas. Es que me acaba de caer café encima y no café de cafetería, café de persona que no sabe vivir, o sea, más leche que café, pero quema igual, ¿sabes? Y, como el timbre no funciona, he pegado un salto y…
El hombre parpadeó, ignorando mi diatriba.
—Burofax.
La palabra me revolvió el estómago.
—¿Burofax?
—Eso acabo de decir. ¿Lo acepta o no?
Miré el sobre con la cautela reservada a los animales que muerden.
Carta oficial. ¿Hospital? ¿Resultados? ¿ELA?
Mi cerebro hizo la asociación tan rápido que me pitó un oído.
«No, a ver, Sandra, respira. Eso como mucho te llega por carta certificada. Y con los retrasos de la sanidad pública es imposible que tengan ya nada. Respira. Calma, collons ».
El trabajador de Correos me miró con hastío.
—¿Puede firmarme, darme su DNI y me voy, que tengo prisa?
—Em… sí. Lo siento, solo quería explicarle por qué…
Vi en su cara que mis explicaciones se la traían al pairo y reculé.
—Da igual.
Le di el número, firmé y cogí el sobre con los dedos manchados de café y pánico. El hombre se fue sin desearme buen día, cosa que me pareció razonable.
Cerré la puerta. Rompí el borde del sobre y desplegué la carta.
Leí la primera línea, luego la segunda, luego el membrete.
Y claro, supe de inmediato algo que mi vida me había demostrado cientos de veces: que las desgracias nunca venían solas y que, a mí, el universo me las devolvía multiplicadas por tres.