Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Durante siglos, los humanos habían demostrado una capacidad admirable para temer justo lo que no debían.

Había que reconocerles el talento.

Los enseñabas a buscar colmillos, capas, ataúdes, castillos en ruinas y hombres pálidos con demasiada gomina, y ahí iban ellos, obedientes como lectores con una preventa firmada, mirando en la dirección equivocada con una fe enternecedora.

El miedo bien diseñado era una obra de arte.

Y nosotros habíamos sido excelentes artistas.

Conduje por la M-40 con una mano en el volante de mi Chevrolet Impala del 67 y la otra apoyada sobre la palanca de cambios. Negro. Impecable. Restaurado pieza a pieza durante años con una devoción que algunos llamarían obsesiva y que yo llamaba tener criterio y saber invertir.

Lo compré en el 71 a un texano afincado en Bilbao que necesitaba dinero con urgencia y, desde entonces, ha sobrevivido a cuatro décadas de Madrid y dos reformas de la M-30.

El motor ronroneaba con un recato que los coches modernos habían perdido en algún punto entre el bluetooth y esa manía absurda de parecer electrodomésticos con complejo de nave espacial.

Nina lo había llamado Baby en su imaginación.

No, no me lo había dicho directamente. Pero por algún motivo un tanto especial, cuando sus pensamientos me incluían, yo los oía. Ya fuera para cabrearse o para fantasear un poquito acerca de lo que podríamos llegar a hacer en el asiento trasero si yo no fuera tan pedante y gilipollas.

Aquella mujer tenía en la cabeza una mezcla peligrosísima de cultura pop, ansiedad laboral y referencias que no deberían caber en un cuerpo de metro y medio.

También sabía que no tenía idea de conducir.

Y que, por algún motivo lamentable, ya me había imaginado enseñándole.

«Mal. Muy mal, Darian».

Giré hacia La Moraleja mientras Madrid quedaba atrás con su tráfico, sus luces y esa arrogancia de ciudad convencida de que todo lo que importa ocurre dentro de la M-30.

La carretera se abrió entre urbanizaciones silenciosas, setos perfectos y casas pensadas para gente que necesitaba demostrar que tenía dinero sin cometer la vulgaridad de decirlo.

Los vampiros no éramos inmortales, pero vivíamos lo suficiente para arruinarnos o tener auténticas fortunas.

Ese era otro de los grandes éxitos de nuestra campaña de desinformación.

Éramos longevos. Envejecíamos despacio. Muy despacio. A una velocidad ofensiva para cualquiera que hubiera invertido en sérums cargaditos de retinol. Los humanos lo confundían con eternidad porque, en general, confundían cualquier cosa que durase más que su matrimonio.

Nos latía el corazón. Comíamos. Caminábamos al sol. Nos reflejábamos en los espejos, y era fácil de entender, si lo pensabas bien.

Si un humano buscaba vampiros por inconsistencia frente al cristal, no estaba mirándonos a los ojos: el espejo del alma. Y justo ahí es donde ocurren las cosas que de verdad importan.

¿Y qué me dices del famoso ajo?

Yo llevaba siglos pidiendo alioli para acompañar un buen entrecot.

El mito venía de la porfiria, una enfermedad humana hereditaria en la que el azufre del ajo desencadenaba crisis de dolor agudo.

Las víctimas solo salían de noche porque la luz solar les quemaba la piel.

Los vecinos de la época lo archivaron como vampirismo.

Nosotros encontramos el malentendido útil y no lo corregimos.

Pequeñas alegrías de la existencia prolongada.

Lo de morder cuellos y la sangre era más complicado.

Teníamos colmillos retráctiles, eso era cierto, pero no servían para beber sangre, sino para inyectar una sustancia que amplificaba las sensaciones del otro de una manera que solo podía compararse con el éxtasis líquido.

El mito de la mordida fatal fue culpa de un ancestro que no tuvo la precaución de informarse sobre hemofilia antes de actuar.

Un error de cálculo sobre coagulación que, lamentablemente, se ha ido repitiendo porque, cuando te acuestas con una mujer, es difícil cribar enfermedades que, en ocasiones, ni siquiera saben que tienen.

En resumen, no bebíamos sangre para sobrevivir; nos alimentábamos al cincuenta por ciento de comida y el otro cincuenta, del deseo.

No necesariamente sexual, aunque el fandom parecía incapaz de imaginar un deseo que no acabara contra una pared y con una buena hincada de colmillos de fondo.

El deseo que nos nutría era más antiguo: el hambre de crear, de dejar algo, de que una parte de ti sobreviviera al cuerpo.

Por eso trabajaba en una editorial.

No por esnobismo. Bueno, no solo por esnobismo.

Los autores, traductores, editores e ilustradores ardían de una forma muy concreta.

Querían que algo importara. Querían que una frase cruzara el tiempo y encontrara a alguien al otro lado.

Esa ambición tenía un sabor limpio. Terrible a veces. Adictivo casi siempre.

Nina ardía así.

Con rabia, con cansancio, con una voluntad tan terca que resultaba incómoda.

Traducía como si cada palabra tuviera dientes.

Organizaba eventos como si el fracaso fuese un enemigo personal al que pensaba estrangular con una hoja de cálculo.

Y cuando se enfadaba, que era a menudo en mi presencia, sus pensamientos se volvían afilados, veloces, llenos de italiano, porteño y una cantidad preocupante de insultos a medio formar que yo oía con una claridad que no debería ser posible.

Solo cuando pensaba en mí. Solo entonces. Se abría una frecuencia concreta, sintonizada de una forma que el resto no.

Me fascinaba y me había vuelto un adicto.

Contra todo buen juicio. Contra la higiene mental. Contra mi instinto de conservación, que seguía funcionando, aunque la gente creyera que dormía en un ataúd y lloraba sangre sobre terciopelo rojo.

También le gustaba el romantasy .

Eso no ayudaba.

El romantasy era una catástrofe con cantos tintados.

Durante siglos habíamos implantado en la memoria humana versiones cuidadosamente defectuosas de nosotros.

Mentiras útiles. Mentiras elegantes. Mentiras que mantenían los ojos humanos lejos de lo importante.

Luego llegó internet. Después, BookTok .

Y, con él, miles de mujeres decidieron que el depredador nocturno en realidad era material de novio si tenía trauma, mandíbula marcada y una playlist a la altura.

Había algo casi conmovedor en la estupidez colectiva. Casi.

El problema era que ya no nos temían bien. Nos deseaban mal. Y una especie al borde de la extinción no podía permitirse el lujo de convertirse en fetiche viral.

Quedábamos pocos. Muchos menos de los que el Consejo admitiría jamás en voz alta.

Procrear era difícil incluso en las mejores condiciones, y hacía siglos que no vivíamos en ellas.

Los embarazos vampíricos consumían a las madres desde dentro.

Muchas no llegaban a término. Las que llegaban…

demasiadas veces no sobrevivían al parto.

Eso no salía en los fanarts .

No vendía tanto como el «te haré mía para siempre y seremos eternos».

Mi mandíbula se tensó.

Eternos. Qué expresión tan humana. Tan arrogante. Tan adorablemente idiota.

Aparqué frente a la casa y apagué el motor.

La mía estaba al final de una calle privada, detrás de una verja negra y un muro de piedra cubierto de hiedra.

Moderna, amplia, demasiado sobria para parecer nueva y demasiado nueva para parecer antigua.

Cristal, madera oscura, líneas limpias. Una piscina que casi nunca usaba.

Un jardín diseñado para que nadie sospechara que su propietario llevaba varias vidas viendo morir árboles.

La verja se cerró a mi espalda con un sonido suave. Las luces exteriores estaban encendidas en su intensidad mínima. Todo estaba exactamente como debía estar.

Excepto por una cosa. Aspiré con fuerza y capté unas notas que no deberían estar.

Había alguien dentro.

No fue solo la bergamota, también hubo un sonido, o mejor dicho, la ausencia de uno.

Mi casa tenía una forma precisa de callar cuando estaba vacía.

Una respiración estructural hecha de madera, climatización y sistemas de seguridad.

Aquella noche había algo más. Una alteración mínima. Un peso en el aire.

Apagué las luces del coche.

Mis dedos rozaron el compartimento oculto bajo el salpicadero y se cerraron alrededor de la empuñadura de la pistola.

No era mi arma favorita. Las armas de fuego eran ruidosas, vulgares y tremendamente humanas.

Pero servían para recordar a ciertos visitantes que la modernidad también tenía sus encantos y yo muchos metros de jardín para ocultar indeseados.

Salí sin cerrar la puerta.

La grava apenas cedió bajo mis zapatos. Rodeé la casa por el lateral, entre los cipreses y el muro.

Desbloqueé el acceso de servicio desde el móvil y entré por la cocina.

El mármol blanco reflejó una franja de luz azulada.

El cuchillo que había dejado sobre la tabla ya no estaba en la misma posición.

Interesante. Mis pulsaciones seguían inalterables, porque el miedo no era una emoción vampírica, por lo menos no del mismo modo que la sienten los humanos.

Crucé la cocina sin encender nada. El pasillo hacia el salón parecía más largo en la penumbra. Bajé el seguro de la pistola con el pulgar. Una sombra se movió junto a la chimenea. Agucé la vista. Levanté el arma.

—Un paso más y redecoraré la pared con una parte bastante descerebrada de tu anatomía.

La figura se giró despacio.

Cabello gris plateado. Traje oscuro. Manos largas. Esa expresión de archivo viviente que llevaba siglos juzgando al mundo por no ordenar bien sus catástrofes.

Solté una imprecación entre dientes.

—Marcellus.

—Darian.

Bajé la pistola de inmediato, aunque no la guardé.

—Podría haberte matado.

—No habrías llegado tan lejos.

—Tienes que dejar de colarte en mi propiedad cuando no estoy.

—No me cuelo. Tengo la contraseña del portón.

—No debería habértela dado.

—Tu madre es mi sobrina, somos familia.

—Una muy lejana —refunfuñé.

Marcellus miró la pistola con desaprobación suave.

—Qué recurso tan vulgar.

—Estoy intentando integrarme. Una espada es más difícil de disimular si te para una patrulla.

Encendí una lámpara baja. La luz dorada se extendió por el salón, revelando los ventanales, las estanterías de nogal, la chimenea apagada y a Marcellus en mi sillón favorito, impecable y profundamente indeseado.

Fui hasta el mueble bar. Serví dos copas de brandy . Le tendí una. Aceptó con una inclinación mínima de cabeza.

—¿Qué quieres, Marcellus?

—Hoy hemos tenido pleno en el Consejo.

—Lo sé. Interrumpisteis la reunión de Sobrenaturales Anónimos. Fue muy considerado por vuestra parte. Así pude regresar al trabajo y decir que había terminado antes de lo previsto mi hora con el psicólogo. Hay que ver lo en serio que se toman los humanos lo de la salud mental.

—Haz el favor de atender. Tenemos un problema serio.

—Vosotros siempre tenéis un problema serio. Es vuestra forma de hacer cardio.

Marcellus no sonrió.

Eso fue lo primero que me incomodó.

—¿Dónde estuviste anoche, Darian?

La copa se quedó a medio camino de mi boca.

—Hace mucho que cumplí la mayoría de edad como para que deba responder a esa pregunta.

—¿Saliste a alimentarte con los colmillos?

Dejé la copa sobre la mesa con más fuerza de la necesaria.

—No me jodas…

—Créeme —dijo Marcellus, y por primera vez su voz perdió el tono de archivo y ganó algo que en él era casi inusual: urgencia—. No lo estoy haciendo. Más bien te estoy protegiendo.

—No te sigo.

Se acercó con una lentitud calculada y sacó una fotografía del bolsillo interior de la chaqueta. La sostuvo entre dos dedos, evitando que el papel lo rozara más de lo imprescindible. Luego la puso sobre la mesa.

Miré. Y algo en mí, algo antiguo que no tenía que ver con el hambre ni con el control, se quedó completamente quieto.

Una bañera. Sangre. Una mujer pálida, demasiado blanca contra el rojo oscuro. Dos marcas perfectas en la yugular. Separación exacta. Profundidad limpia. Piernas separadas. Puesta en escena casi teatral.

Y en el suelo, abierto por una página que no necesitaba leer para reconocer, un libro de mi editorial, uno de los que había traducido Nina sonrojándose al completo.

Sentí que mis dedos se cerraban alrededor del vaso.

—Fíjate bien en la mujer y dime que no ha vuelto a suceder.

El silencio se extendió entre nosotros como una grieta.

No contesté.

Porque durante un segundo, solo uno, vi otra bañera. Otra garganta. Otra noche que llevaba décadas enterrada bajo capas de disciplina, libros, brandy y una cantidad ridícula de desprecio bien administrado.

Marcellus lo vio en mi cara. Por supuesto que lo vio. El muy bastardo siempre había tenido talento para mirar donde no debía.

—Darian —dijo en voz baja—. ¿Dónde estuviste anoche?

Miré de nuevo la fotografía.

Las marcas eran demasiado perfectas.

Demasiado nuestras. Demasiado mías. Y esa fue, precisamente, la parte que me heló la sangre. Porque yo no recordaba haber salido. Pero tampoco recordaba haber dormido. Y a ella sí la recordaba.