Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 3 #2
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Capítulo 3 #2

—Hay una chica muerta —continuó—. La encontraron en una bañera. Sin sangre. Con marcas en la garganta y en su… —se aclaró la voz—, como en el capítulo diecisiete, con la edición especial de septiembre a sus pies.

Sandra se llevó una mano a la boca.

Sentí que mi cabeza abría carpetas sola. Capítulo diecisiete. Vampiro. Bañera. Sangre. Recordaba la preventa, la caja literaria, las listas de envío. Se vendió una burrada.

—¿Tu capítulo diecisiete? —preguntó Patri con tiento.

Aimara asintió.

—Al parecer, el libro estaba abierto por esa página, la de tu ilustración.

—Me cago en todo, ¡eh! —proclamó, sirviéndose otro chupito.

—Javier me citó para hacerme preguntas, Lucía vino a rescatarme.

Sandra soltó una risa seca.

—¿No hay nadie más en la policía para ocuparse de un homicidio? ¿Tiene que ser tu ex? ¿El capullo que odia todo lo que tiene que ver con tus libros?

—Es su unidad, quizá que sea su expareja no tiene nada que ver…

—Seguro —bufé.

—Lucía dijo que es cuestión de horas que se filtre a la prensa. No sé qué pasará con el lanzamiento del nuevo libro, la propuesta de la serie y mi carrera…

— Contanos todo —pedí—. Desde el principio.

Mientras ella hablaba, no pude evitar pensar en Javi.

Todas lo habíamos conocido y vivido, en parte, cómo fue su ruptura.

Javier Expósito era guapo, alto, mandíbula correcta, mirada de persona convencida de que era el hombre de la casa, el proveedor de seguridad y alimento, hasta que la carrera de Aimara se disparó a lo bestia.

A medida que ella crecía, él necesitaba recordarle que el mundo real no funcionaba como sus novelas, que hoy estaba en la cima y mañana podría estar en el olvido.

Lo decía con esa calma de quien cree que está siendo razonable y lo que está siendo es alguien que no soporta ocupar menos espacio que su pareja.

—Javi nunca superó que ganaras más que él —comentó Sandra.

—Te revisaba el ordenador —le recordó Patri.

Aimara bajó la mirada.

—Fue una vez.

—Una vez que sepamos —la corrigió. No para herir, porque era verdad.

—Eso ya es pasado, lo que más me inquieta es lo que me dijo Lucía.

—¿Qué te dijo? —pregunté, recolocándome las gafas.

—La dedicatoria.

Sandra frunció el ceño.

—Yo me puse a revisar en mis archivos mentales por si tuvimos alguna incidencia con dedicatorias.

Diez mil unidades. Lo sabía porque yo había peleado con imprenta, almacén, distribución, marketing , mensajería y una señora de Murcia que juraba haber recibido dos láminas de la escena de los lobos y ninguna del demonio como si le hubiéramos robado la herencia.

Diez mil unidades parecían muchas hasta que una aparecía junto a una muerta.

Entonces se convertían en una lista. Y las listas eran mi territorio.

—¿A quién iba dedicado? —quise saber.

—A mí —respondió Aimara.

—No puede ser —dije—. ¿La muerta se llama como tú?

Negó.

—El asesino me lo dedicó.

—¡Hostia puta! —Patri señaló el aire con el vaso y cayó el tercer chupito.

—Eso suena a pista o a amenaza… —A Sandra le flipaba cualquier mierda con olor a misterio.

—Eso suena a problema —corregí.

Sandra sacó su móvil.

—No voy a publicar nada. Solo miro si se mueve algo para añadir luz a toda esta mierda.

—Sandra… —carraspeé.

—Será rápido, lo juro.

Aimara se hundió en el sofá.

—Javier llegó a preguntarme dónde estaba anoche.

—Javier es un idiota —dije—. Y su opinión me la paso por el orto.

—Me dio la sensación de que cree que oculto algo.

Patri soltó una carcajada sin humor.

—Claro. Porque, si una mujer escribe deseo, muerte y monstruos, o está loca, o miente, o necesita que un señor con placa le explique que todo este tiempo ha estado equivocada y debe besar el suelo que pisa, no te jode.

Aimara sonrió. Pequeño. Pero sonrió.

Me agarré a esa sonrisa como a una barandilla.

Nosotras no habíamos crecido juntas; de hecho, yo era mitad argentina, mitad italiana, afincada ahora en España.

Aimi llegó hacía cinco años a nuestro país, con mucho miedo, dejando Venezuela a sus espaldas para abrirse paso con un contrato editorial y una promesa que no tenía muy claro si se iba a cumplir.

Las raíces de Patri eran cordobesas y las de Sandra, catalanas.

Las cuatro nos encontramos en el peor sitio posible para crear vínculos sanos: el mundo editorial.

Aimara entregaba manuscritos rozando la fecha límite.

Patri llenaba las historias con ilustraciones de enmarcar.

Sandra vendía más ejemplares en uno de sus directos caóticos que con tres semanas de anuncios en el metro.

Y yo organizaba fiestas temáticas, me ocupaba de dirigir el equipo del merchandising de las cajas literarias y, por supuesto, de las traducciones en italiano.

Javi se enamoró de la aspirante a escritora, no del fenómeno editorial del momento. Miraba nuestro círculo como si quisiera encontrar la puerta para prenderle fuego.

—Ese pavo odiaba que tus libros te dieran un sitio donde él no alcanzaba —insistió Patri—. Y ahora quiere reducirte a cenizas, no se lo permitas.

Aimara se quedó muy quieta. La frase había hecho mella en ella.

Entonces vibró mi móvil. Luego el de Sandra. Luego el de Patri. Tres sonidos distintos. La misma patada.

Sandra miró primero. Se le borró el color de la cara.

—Chicas…

Yo ya estaba desbloqueando el mío.

Foto borrosa de un portal acordonado. El nombre de la saga escrito con todas sus letras.

«Fuentes policiales relacionan el asesinato de una joven en Madrid con una escena de la saga superventas de A. S. Duque».

Yo llevaba años haciendo listas para que nada se descontrolara. Y en ese momento tuve una intuición que esperaba que no se cumpliera: alguien podía tener una lista muy distinta a la mía. Y esa chica podía ser solo la primera. Ojalá me equivocara.