Capítulo 3
Aimara me llamó a las cinco y dos.
Ese detalle importaba porque sabía cómo era yo.
A las cinco terminaba mi horario laboral oficial.
A las cinco y un minuto empezaba mi segundo turno: traducir frases que no se dejaban domesticar, organizar presentaciones con escritores que confundían puntualidad con opresión burguesa y evitar que media industria cultural se derrumbara por culpa de egos con beca, apellido o columna fija.
En el mejor de los casos solía extenderme una media hora más; en el peor, me topaba con las limpiadoras de la oficina.
Lo hacía por voluntad propia, ya que nadie me pagaba las horas extra, pero a la tirana de mi Virgo interior no parecía importarle que el esfuerzo no se viera reflejado en la nómina.
Sesenta segundos después, mi móvil vibró sobre la mesa.
Aimara.
Yo estaba frente a Darian Blake, también conocido como el insufrible conde Pátula —vale, me has pillado, puede que solo yo lo llamara así para referirme a él con mis amigas—.
Era mi archienemigo de oficina, mi detestable compañero, el elitista di cazzo y único hombre capaz de alterarme bajo la capa de hielo que tantos años, terapia y delineador líquido me había costado construir.
Con él no podía hablar de Aimara. Ni de BookTok . Ni de romantasy . Darian Blake no pronunciaba la palabra romantasy y, si llegaba a hacerlo, lo haría con la misma cara con la que otra gente encontraba un pelo en la sopa.
Nuestras conversaciones, más allá de los bufidos o los gruñidos, se limitaban al uso correcto de una coma, su coma, por supuesto, en la traducción de una novela centroeuropea donde todo el mundo sufría en pisos húmedos, nadie follaba con alegría y la esperanza aparecía solo para morir en un campo de concentración nazi.
—Ahí va una coma —dijo, señalando el archivo con el bolígrafo—. Es una pausa de sentido.
Lo miré. Él me sostuvo la mirada con esa calma insoportable de los hombres que habían convertido el desprecio en criterio estético.
—Ahí no va nada.
—Es respiración.
—Darian.
—Nina.
—La coma no respira. Como mucho, entorpece en este párrafo.
—La traducción literaria no consiste en despejar obstáculos para que el lector corra hacia el final con el carrito desbocado.
Las gafas se me escurrieron por el puente de la nariz porque siempre que lo tenía tan cerca mis poros se dilataban y sudaba.
¡Qué maldita manía tenía de pegarse a mi espalda e interferir en mi espacio laboral! ¡¿Es que no había visto Dirty Dancing ?!
Sabía la respuesta antes de pensarla: seguro que solo veía películas en blanco y negro, antiguas o de las que solo van a festivales.
Me tensé como una cuerda. Porque, aunque lleváramos dos años trabajando juntos, ahí estaba. Flotando entre nosotros. El desprecio. No lo decía directamente porque Darian Blake era demasiado fino para escupirte a la cara. Te dejaba el veneno en una copa buena y esperaba a que elogiaras el cristal.
—Perdón —carraspeé—. Se me había olvidado que tu trabajo preserva la civilización occidental y el mío solo evita que los autores, los técnicos, los libreros y los periodistas se maten entre ellos antes de una presentación.
—No he dicho eso.
—No. Tú nunca dices nada tan vulgar como lo que piensas.
Su boca se movió apenas. Casi una sonrisa. Casi una herida. La observé en el reflejo de la pantalla de mi ordenador, a través de mis gafas.
Entonces vi el móvil.
Aimara.
Algo en mi estómago bajó tres pisos sin ascensor.
—Después te contesto, conde.
Darian bajó la vista al teléfono. No leyó el nombre. Tenía demasiada educación para parecer maleducado y demasiada soberbia para no serlo.
—Me llamo Darian y no soy de la nobleza.
—Escarba en tu linaje, seguro que hay alguno.
Descolgué mientras me levantaba de la silla y tomaba distancia.
—Aimi.
Al otro lado hubo silencio. No un silencio de buscar palabras. Un silencio de «si hablo, me rompo».
Me paré junto a la ventana.
—Te-te necesito…
No hizo falta escuchar más, el tono me lo dijo todo.
— Decime dónde estás.
—En casa —murmuró, apenas audible.
Tenía la voz de alguien que ha llorado incluso en la ducha.
Porca puttana .
—No te muevas. Voy.
Colgué. Darian seguía allí, perfecto, oscuro, irritante, con su coma y su superioridad moral.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó.
—Sí. Algo importante. No te preocupes, no viene en tapa dura ni ganó ningún premio alemán.
Cogí mi bolso, cerré el portátil y agarré el abrigo con una sola mano.
Salí antes de que pudiera contestarme con una frase impecable y una puñalada.
Activé el protocolo de emergencia en el ascensor.
No estaba escrito en ninguna parte, porque éramos adultas, pero funcionaba mejor que cualquier plan de comunicación editorial. Tampoco era difícil. El plan de comunicación editorial solía consistir en mi jefa gritando un: «¡Todo el mundo a la sala de reuniones, ya!», en el chat de la editorial.
BOOKELARRE 🧙🏻♀️✍🏻📖
Veinte minutos después estábamos las tres frente a la puerta de Aimara.
Sandra llegó despeinada, con una bolsa enorme que decía «No me juzgues, estoy leyendo».
Patri iba con los labios rojos y un moño sujeto con un boli mordido.
—Traigo la manta. Compresas, porque nunca se sabe si la crisis viene acompañada de un ataque menstrual.
Dos cajas de Kleenex con aloe vera. Calmex 50 mg.
Cacao sabor fruta de la pasión, no les quedaba el de mango y ya sabes que es propensa a que se le resequen los labios cuando se deshidrata.
Chocolate con almendras, chocolate sin almendras y una vela que huele a bosque oscuro.
—Te dije algo reconfortante.
—Ponía «Abrazo del demonio», me pareció temático.
Patri llevaba una mochila y una botella envuelta en una sudadera.
—Tequila —agitó el bulto— y, en la retaguardia, pan de cristal, queso curado, aceitunas, patatas fritas de churrero y una navaja.
Sandra parpadeó.
—¿Una navaja?
—Para el queso. O para despellejar. Según avance la noche podemos convertirla en El silencio de los corderos .
—Espero que no haga falta apuñalar. —Pulsé el timbre.
Aquello éramos nosotras: el kit de rescate emocional menos homologado de Madrid. Comida, alcohol, manta, cacao labial, medicación legal, mala leche y una disposición razonable a cometer delitos menores por una amiga.
A los pocos segundos la puerta se abrió.
Aimara estaba en pijama cómodo, de esos suaves que te envuelven.
Llevaba el pelo húmedo, oscuro, pegado al cuello.
La manicura seguía perfecta, porque Aimara podía estar al borde del colapso, pero jamás permitiría que el apocalipsis la pillara con las cutículas mal.
Tenía los ojos hinchados. No mucho. Lo justo para que se me partiera algo por dentro.
—Hola —musitó.
Sandra hizo un ruido. Patri se descolgó la mochila. Yo la abracé y las demás se sumaron.
—Trajimos suministros.
— Son las mejores.
Aimara no siempre toleraba bien el contacto inesperado.
Había días en los que su cuerpo era una casa con demasiadas alarmas encendidas.
Pero entre nosotras era distinto. Entre nosotras el abrazo no invadía: sostenía.
Yo la rodeé primero, pequeña y feroz. Patri se pegó por el otro lado. Y Sandra cerró el círculo.
Tras el saludo inicial, entramos en tromba directas al salón.
Aimara se dejó caer en el sofá, respiró una vez. Dos. A la tercera se aflojó.
Ahí supe que era grave.
La estancia tenía el caos exacto de una escritora que fingía que las montañas de libros eran decoración: taza abandonada, libretas abiertas, cárdigan sobre el sofá y varios pañuelos desperdigados en la mesita de café.
Se oyó un sonido de uñas correteando sobre el parqué. Artyom apareció primero.
Grande, mestizo de pitbull, con esa cara de bueno que tienen algunos perros. Se acercó a Aimara antes que a nosotras, le empujó la mano con el hocico y esperó.
Ella se agachó despacio para rascarle entre las orejas.
—Hola, mi vida, ¿has visto quién ha venido a vernos? Saluda a las chicas —murmuró.
Él ladró y vino a por carantoñas.
Zeus Alejandro llegó detrás, derrapando, con mucha menos nobleza y muchísima más opinión. Era pequeño, peludo y la energía de un señor bajito dispuesto a denunciar a la comunidad de vecinos si no lo respetaban.
Se plantó delante de Sandra.
La miró.
Sandra lo miró.
—Hola, Satanás —lo saludó.
—Zeus Alejandro —corrigió Aimara.
—Perdón. Excelentísimo Satanás Alejandro.
Zeus Alejandro decidió que aquello era aceptable y se subió al sofá, pegándose a nuestra amiga con una agilidad ofensiva para alguien de su tamaño. Artyom, en cambio, se colocó en el suelo, a sus pies, atento, protector.
—Tu perro sabe que hay que matar a alguien —dijo Patri, dejando la mochila en el suelo para sacar el tequila después.
—Artyom no mata, es muy bueno.
—No he dicho que lo haga él. He dicho que lo sabe.
Tras dejar la botella y la mochila, fue directa a la cocina.
—Voy por vasos. Algo fuerte. Tengo la intuición de que no me va a gustar una mierda lo que vas a contarnos.
—Chupitos no —se quejó Aimara.
—Chupitazos —corrigió Patri—. Hoy respetamos el aumentativo.
Nos sentamos como pudimos. Yo ordené comida sobre la mesa porque, si no ordenaba cosas, tenía que mirar demasiado la cara de Aimara y no iba a poder contenerme. Patri sirvió tequila con expresión de camarera de tugurio de carretera.
—A las penas, puñalás —brindó cuando todas tuvimos nuestra bebida.
—Eso es muy de abuela —murmuró Sandra.
Bebimos. El tequila ardió, preparándonos para lo que vendría.
Aimara dejó el vaso y se frotó las manos despacio, comprobando que seguían ahí.
—Me ha llamado Javier.
El salón perdió temperatura. No por el clima: por los antecedentes.
—¿Javier, Javier? —preguntó Sandra.
—¿Cuántos Javieres desgraciados conocés ? —dije.
Patri apoyó los codos en las rodillas.
—No me digas que ahora, después de todo lo que te lio, quiere volver…
Aimara cerró los ojos y negó.
—Soy testigo en una investigación, o acusada, o móvil, no lo tengo muy claro.
Nadie habló.
A veces la amistad era eso: escuchar y no interrumpir a quien tenía algo que decir.