Capítulo 2
El Consejo también tenía sede en Madrid, en un edificio del barrio de Salamanca que desde fuera parecía un despacho de abogados tributaristas.
Naturalmente.
Nada decía «criaturas antiguas gestionando el equilibrio del mundo» como una fachada pensada para que nadie entrara salvo por obligación fiscal o desesperación hereditaria.
La ficha de obsidiana me dejó en el vestíbulo interior, delante de dos puertas de nogal, una alfombra demasiado cara y un cuadro abstracto que llevaba décadas intentando fingir que no era un sello de contención. Lo hacía mal. Pero con confianza, que es la base de casi todas las instituciones.
Un recepcionista humano levantó la vista y me sonrió amable; no era la primera vez que venía por estos lares.
El Consejo seguía usando humanos en la entrada porque, según Helena, «normalizaban el edificio». Según yo, porque no había nada más sobrenatural que contratar a alguien por mil doscientos euros al mes para custodiar secretos milenarios sin saberlo.
Las puertas se abrieron antes de que las tocara.
Siempre les gustaba recordarme que podían dejarme pasar.
Qué detalle.
La sala circular estaba ocupada: el Consejo en pleno. Pues sí que tenía que ser gordo el asunto a tratar… No los veía a todos juntos desde… Bah, mejor no recordar; siempre fueron situaciones pésimas.
Helena Varcázar presidía desde el sello de las brujas, pelo blanco recogido, manos quietas, ojos oscuros. Su calma no era serenidad. Era puntería.
Marcellus Varga ocupaba el asiento vampírico, impecable y pálido, con esa cara de archivo funerario que los de su especie confundían con elegancia.
Bruna Velasco, bruja de linaje castellano, tenía el bastón de fresno entre las manos y el gesto de quien ya había decidido que todos éramos idiotas, pero algunos con más expediente.
Yara Sanz, loba de la manada central, no se sentaba: contenía el cuerpo en una silla.
Ereshkiel Damar sonreía desde el sello demoníaco con la grasa moral habitual de los abogados de pactos.
Y en el asiento fae estaba Aodhan Ashveil, el rey de la Corte del Velo de Ceniza. Padre de Ciarán. La misma belleza ofensiva, la misma quietud calculada, la misma expresión de quien considera la existencia ajena una interrupción menor en su agenda dinástica.
Lo miré apenas.
—Señores, señoras.
—Samael —pronunció Helena mi nombre con la boca apretada—. Siéntate, por favor.
En el centro de la mesa había una proyección.
Tecnología humana. Muy del Consejo. Les encantaba fingir adaptación cuando, en realidad, seguían oliendo a polvo institucional.
La imagen mostraba una bañera, una mujer desnuda sumergida en ella, con las piernas abiertas que sobresalían por el borde.
Sangre en el agua. Sangre en el borde. Baldosas encharcadas. Y en el suelo, abierto con una exactitud demasiado limpia y sin una gota que lo emborronara, un libro que conocía al detalle.
El humor que me quedaba se apagó. No por la sangre.
Había visto suficiente sangre como para no concederle poder por volumen. Por el libro. Por la página. Porque sabía quién lo había escrito y qué decía la escena al completo.
Reconocí el capítulo antes de que nadie lo dijera, solo por la escenificación.
El Diecisiete. En numerología se asociaba a la intuición, la autodisciplina y la búsqueda de la iluminación. Representaba a personas bondadosas, con una gran capacidad de transformación, y se comparaba, a menudo, con la leyenda del ave fénix.
Solo que Aimara Duque le había dado un significado distinto en su libro; en él, una chica dulce y confiada se había entregado a un vampiro en la bañera.
Nunca había sentido el éxtasis y el vampiro le prometió uno sin igual, aferrando su boca a su sexo.
Aimara había escrito aquella escena con demasiada verdad para no preocupar a cualquiera con acceso a archivos reales. Y con demasiada ignorancia para no preocuparme a mí, ya que la chica del capítulo falleció, al igual que la de la imagen de la proyección.
—Una humana ha aparecido muerta —dijo Helena.
—Lo deduzco por la decoración.
Yara apoyó los nudillos en la mesa.
—No estamos para comentarios de los tuyos.
—Entonces deberíais haber convocado a alguien que no llevara dos horas oyendo a licántropos procesar sus problemas con el cáñamo.
Marcellus deslizó un dedo y la imagen se amplió.
Libro. Página. Dibujo…
—Nuestro agente de homicidios llegó antes de que la policía humana contaminara más pruebas. Primer parte: posible exanguinación, marcas en yugular y monte de Venus compatibles con caninos vampíricos adultos y puesta en escena coincidente con la novela del momento.
—Qué oportuno —farfullé—. Un cadáver, una bañera, colmillos y un libro abierto por la escena exacta. Al asesino solo le faltó dejar una nota que dijera: «Por favor, acusad al primer vampiro disponible».
Marcellus no parpadeó y eso significaba que coincidía conmigo, aunque no lo dijera.
—Las marcas son precisas —aclaró.
—La precisión se compra. Se aprende. Se imita. Lo que no se imita tan fácilmente es la necesidad de ser tan obvio —comenté.
Bruna apretó el bastón.
—La escena señala a un sobrenatural.
—No. Señala hacia un sobrenatural. Son cosas distintas. La primera requiere naturaleza. La segunda, intención. Si queréis mi opinión, podría tratarse de un tarado, un asesino que ha visto en la serie algo que ha llamado su atención para replicar las muertes.
Ereshkiel inclinó la cabeza.
—También puede ser uno de los nuestros.
—Uno de los nuestros no necesita copiar una novela para matar.
—No todos son tan antiguos como tú o como yo; además, sabes que los oscuros llevan tiempo deseando el exterminio.
Helena hizo aparecer la portada.
A. S. Duque.
Su nombre brillaba sobre la cubierta, convertido a la vez en prueba, arma y amenaza por obra de una misma tipografía.
Noté a la serpiente moverse bajo mi piel. No mucho.
Lo suficiente para recordarme que ella tampoco estaba de buen humor cuando se trataba de Aimara.
—La escritora ha sido citada como testigo por la policía —me comentó Helena—. Llevas dos años entrando en sus sueños y nos está pasando factura.
Ahí estaba.
La muerta era el motivo. Aimara era el centro y yo la puta diana.
—Soy un íncubo, sabéis a qué dedico mis ratos libres.
—Eres el íncubo cuyos rasgos aparecen descritos en seis novelas publicadas —especificó Bruna—. Eres el vínculo más evidente entre una humana que sabe demasiado y un velo que lleva meses fallando.
—Los humanos aciertan cosas por accidente desde que aprendieron a mirar el fuego.
Marcellus sostuvo mi mirada.
—No así.
Lo irritante de los vampiros antiguos era que a veces tenían razón. No completa. Nunca tan generosa. Pero sí lo suficiente para ensuciar el aire.
Yara se inclinó hacia delante.
—Sus libros tienen detalles que no debería conocer. Rituales. Anatomía. Conductas. Debilidades. Normas internas.
—Entonces quizá deberíais revisar vuestros archivos, vuestras filtraciones y vuestra costumbre de contratar incompetentes antes de señalar a una mujer con portátil.
—O a ti —dijo Ereshkiel.
Sonreí. Siempre le había gustado tocarme los cojones a base de bien.
—Por fin. Pensé que ibais a tardar otro cuarto de hora en llegar al insulto oficial.
Helena no levantó la voz.
—Nadie te acusa del asesinato.
—Qué alivio. Lo pondré en una taza.
Ella me miró con fastidio.
—Pero tus visitas han podido debilitar la separación entre sus sueños y lo que convierte en ficción.
La serpiente se tensó.
Aimara dormida. Aimara riéndose en sueños. Aimara llamándome hermoso como si la palabra no tuviera dientes. Aimara despertando con escenas en la cabeza que yo no recordaba haberle dado y que ella escribía con esa fe absurda de quienes piensan que crear es ordenar el caos.
No era inocente.
Tampoco era cien por cien culpable, quizá al noventa y nueve.
Qué concepto tan incómodo para una mesa llena de burócratas antiguos.
—El velo no se rompe porque una escritora sueñe conmigo y yo la haga jadear —aclaré—. El velo se rompe porque alguien está abriendo grietas desde dentro y ese no soy yo.
Bruna asintió, seca.
—Recuerdos reforzados. Fotografías donde el glamour no prende. Vídeos que no se distorsionan. Humanos que deberían olvidar y no olvidan. No es una filtración natural. Es sistemático.
—La facción radical —insistí.
Nadie pronunció el nombre. Cobardes con sillas caras. A mí no me importaba hacerlo.
—Abaddon.
La sala perdió temperatura.
Abaddon. Destructor. Señor del abismo. Viejo fanático con delirios de limpieza. Él miraba a los humanos y veía plaga. Yo veía peligro, deseo, ruido, belleza y aquella manía suya de tocarlo todo con las manos sucias y, aun así, inventar canciones. El libre albedrío.
Él quería cortar el árbol. Yo lo había plantado, le había dado la manzana a Eva para darle a elegir vivir en un paraíso o arrancarse la venda. Y me había follado a Lilith, la única despierta.
Nuestra incompatibilidad no necesitaba comité.
Aodhan habló entonces.
—Abaddon no habría elegido una escena de fandom .
Miré al fae .
—Coincido con un rey. Qué día tan desagradable.
Sus ojos azul violáceo no cambiaron.
—Es demasiado simbólico. Demasiado dependiente de una lectura humana —prosiguió.
—Demasiado vanidoso —añadí—. Alguien quería que entendiéramos el mensaje, o que lo entendiéramos mal.
Helena entrelazó los dedos.
—Eso es lo que vas a averiguar.
Ahí estaba. La orden vestida de encargo. Mira que les gustaba mangonear.
—No soy vuestro sabueso.
—No —aseveró ella—. Eres más útil y estás vinculado a nosotros por el pacto del Edén.
La cadena. Siempre la puta cadena.
Planté el árbol. Elegí las consecuencias. Y desde entonces todas las instituciones viejas del mundo habían encontrado maneras exquisitamente miserables de recordármelo cuando les convenía.
Ereshkiel sonrió.
—Además, el Consejo conserva tu nombre verdadero y ya sabes lo que pasa si cae en manos equivocadas.
El mármol bajo mis pies crujió. Apenas. Lo suficiente para que Marcellus mirara al suelo y Yara dejara de respirar durante un segundo.
—Vuelve a mencionar esa mierda y aprenderás lo mal que puede obedecer alguien que lleva milenios eligiendo cuándo no hacerlo.
Helena levantó un dedo.
Ereshkiel cerró la boca.
Una lástima. Empezaba a disfrutarlo.
—Queremos que estés cerca de la escritora —anunció—.
Y no me refiero a los sueños. Averigua qué sabe.
Si alguien está obsesionado con ella, porque la dedicatoria del libro así lo indica.
—Mi serpiente sibiló ofendida—. Si la escena la construyó un humano, un sobrenatural o alguien de la facción de Abaddon.
Y, sobre todo, si ella es una grieta en el velo o una víctima de esa grieta, queremos saberlo para tomar medidas.
Mi aguante rozó algo con filo.
—Hay un pacto; no podéis tocar a mis humanos —dije—; ningún protocolo antiguo os va a proteger de la promesa que hicimos.
Yara se puso rígida.
Helena no.
—Entonces asegúrate de que no tengamos que hacerlo y averigua quién está detrás. No queremos que se repita ni poner más atención sobre nosotros.
La ficha de obsidiana reapareció junto a la puerta. Señal de que habían terminado y ya no me querían allí.
Me levanté.
—Samael —me llamó Helena. Clavé la mirada en ella—. No la protejas por encima del equilibrio.
Sonreí.
—Siempre me ha enternecido vuestra fe en que ambas cosas puedan separarse.
Salí al pasillo con olor a madera encerada y poder cobarde.
Pensé en la bañera. En el libro abierto por la página exacta. En Aimara.
— Pilas con lo que dices, querida, que el universo escucha —murmuré, robando una expresión que no era mía, aunque Aimara no pudiera oírme—. Alguien está usando tu imaginación como cuchillo y yo voy a averiguar quién.
La serpiente se tensó bajo la camisa y algo, en algún lugar que todavía no podía ver, respondió con hambre.