Por Culpa de Booktok (Booktok 1) Capítulo 1
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Por Culpa de Booktok (Booktok 1)

Por Culpa de Booktok (Booktok 1)

Por Rose Gate

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Capítulo 1

La sala parecía diseñada por alguien que odiaba a la humanidad, las revistas de interiorismo y probablemente a su madre.

Fue lo primero que pensé y lo que seguía pensando cuarenta minutos después, acomodada sobre una silla coja.

No es que me hubiesen llamado de comisaría a las diez y veintisiete de la noche, que habría sido más de libro...

Lo habían hecho a las once de la mañana, lo que provocó que dejara abandonado un carrito en mitad del Mercadona con papel higiénico, limones, dos aguacates duros como traumas y una bandeja de pollo que, a esas alturas, ya debía estar reconsiderando su relación con la cadena de frío.

Volví a mirar la sala.

Porque era escritora y una, antes de entender si la van a detener, asesinar o pedirle una reseña en Goodreads , registra el escenario. Prioridades, bella.

Mesa metálica con arañazos. Sillas de esas que te dejan la espalda lista para el fisio.

Una luz blanca desde el techo que hacía que cualquiera pareciera culpable, incluso una planta.

La pared tenía una mancha cerca de la puerta y yo necesitaba no pensar en qué podía haberla causado. El café era de hoja de reclamaciones.

Lo probé igual.

«Ujum. Puaj».

Confirmado: tristeza institucional con notas de calcetín mojado.

Miré el reloj.

Doce de la mañana.

Llevaba cuarenta y tres minutos allí sin que nadie me explicara nada.

Y yo no era de las que dejaban las urgencias para después.

Eso se me había quedado pegado de Venezuela, donde si alguien te decía «vente ya», tú salías con la documentación, el pasaporte, una copia de la partida de nacimiento, una estampita, efectivo en billetes pequeños y el alma preparada para que al llegar te dijeran que no ibas a volver a ver la luz del sol, y no porque un vampiro te hubiera mordido.

Así que cuando la policía dijo «cuanto antes», yo fui.

Coño de la madre, si en este país algo sonaba urgente de verdad, mejor no tentar al universo. Y menos yo, que tenía una relación cordial con él siempre que me mandara señales claras y no en formato «sufre, reina, que esto tiene desarrollo de personaje».

Me froté las manos. La crema se me había quedado en casa. Mal asunto. Cuando no me daba crema, mi cuerpo lo interpretaba como anuncio de catástrofe.

—Estamos tranquilas —murmuré.

La puerta se abrió y el universo, que a veces se parece a un guionista resentido, me mandó una señal con placa: Javier Expósito. Mi ex.

El hombre al que había amado lo suficiente como para confundir costumbre con casa.

El hombre que me había visto vomitar de ansiedad, reírme con la boca llena, llorar sin hacer ruido y escribir a las tres de la mañana.

El que no supo gestionar mi éxito sin denostarlo.

Y precisamente por eso era la última persona que quería ver entrando en una sala de interrogatorios.

Lo hizo con una carpeta bajo el brazo, chaqueta oscura y esa cara de no haber roto nunca un plato que solo tienen los hombres que han aprendido a romperte la paciencia.

—¿Qué es esto, Javi?

Se detuvo alzando la ceja.

—Inspector Expósito —me corrigió—. Hace mucho que dejé de ser Javi para usted, señorita Duque.

—¿También tengo que llamarte excelencia o con inspector ya te alcanza?

No sonrió.

Antes sí sonreía con mis ocurrencias. Antes se le escapaba aunque no quisiera. Después dejó de hacerlo conmigo. O peor: empezó a sonreír desde la condescendencia, convencido de que me estaba concediendo algo.

—Esto no es una charla para ver cómo está, Aimara. Ni para que me firme uno de sus autógrafos. Estoy trabajando, así que, si no le importa…

Ahí estaba. El veneno. Fino, administrado bajo aquella capa de procedimiento.

—Tranquilo —suspiré, cruzándome de brazos—. No llevo boli. Solo un carrito del súper abandonado.

Javier dejó la carpeta sobre la mesa y se sentó frente a mí.

—Antes de empezar, tengo que informarle de su situación.

«Soltera, entera y sin ganas de repetir con capullos como tú».

—Qué ilusión.

—Tómese esto en serio, señorita Duque, por favor.

Está siendo escuchada como testigo, de momento, en relación con un suceso ocurrido en las últimas horas.

Esta conversación está siendo registrada.

Tiene derecho a no declarar si considera que alguna respuesta puede perjudicarla.

Puede solicitar la asistencia de un abogado antes de responder a cualquier pregunta o pedir que le asignemos uno de oficio. ¿Quiere un abogado?

—Debe estar en camino. Como comprenderás he llamado a mi agente cuando me han interrumpido en plena compra y dudo que no la haya avisado ya, pero no necesito esperarla.

Javier bajó la vista a la carpeta.

—¿Está segura?

—No he hecho nada malo, claro que estoy segura.

Los pelos de mis brazos se erizaron y eso que me los había depilado.

Lo miré. La silla cojeó debajo de mí, como si también quisiera largarse.

Javier sacó una fotografía de la carpeta. La puso en el centro de la mesa, con dos dedos, sin acercármela del todo. Me dieron ganas de reír.

Ahí estaba mi libro. ¿De qué se me acusaba? ¿De la preciosa edición especial que sacamos en septiembre ilustrada por Patri?

Los cantos eran una maravilla, de esos en los que aparecía una figura u otra según el sentido en que los pasaras.

Tapa dura con stamping dorado. Cubierta reversible.

Esa preciosidad que había costado seis reuniones.

Diez mil ejemplares en preventa. Seis mil lectoras grabando unboxings , oliendo las páginas, acariciando los cantos como si fueran a invocar al demonio protagonista por fricción.

Spoiler : ojalá el marketing funcionara tan bien, porque se dispararían todavía más las traducciones de Nina.

—¿Reconoce esto?

Su dedo presionó la imagen.

—¿Se trata de algún tipo de juego macabro? Sabes tan bien como yo que es mi libro.

—¿Reconoce esta edición concreta? Sí o no.

—Javi…

Alzó la vista.

—Inspector Expósito.

—Inspector Expósito —corregí, porque una también podía ser generosa antes de morder—, hay diez mil ejemplares de esa edición y ese es uno de ellos, sí

—Entonces lo reconoce.

Bufé.

—Sí, por supuesto. ¿A qué estás jugando?

Sacó otra foto. Esta vez no era un libro. Era una mujer. Y se acabó la broma.

La imagen era limpia, de identificación. Sin sangre ni horror explícito. Y, aun así, algo en mi estómago se cerró como una puerta.

Tendría treinta y tantos. Pelo castaño claro.

Rostro normal. Una de esas caras que quizá había visto en una firma, en una cola, detrás de un móvil, sonriendo con un libro pegado al pecho.

O quizá no. Ese era el problema de tener lectoras: algunas te contaban su vida en tres minutos y tú las querías de verdad durante ese tiempo, pero luego el cerebro hacía lo que podía.

Y el mío ya funcionaba con demasiadas pestañas abiertas.

—¿Conoce a esta persona?

Miré bien. Nada. Ni una chispa.

—No.

Javier anotó algo en su libreta.

—Fíjese bien.

—Ya lo hago.

—Podría ser lectora suya.

—Media España podría ser lectora mía si le preguntas a mi agente.

—Señorita Duque —me reprendió.

—No, no la conozco —repetí—. Y si vas a hacerme sentir culpable por no recordar una cara, ponte a la cola. Mi síndrome del impostor llegó antes y trae silla plegable. ¿Qué pasa con ella? ¿Su familia me ha denunciado por adicción literaria?

Quise restarle hierro al asunto.

Javier no se movió. Eso era lo peor de él. No necesitaba subir el tono. Nunca lo había necesitado. Te dejaba hablar hasta que tú misma ponías el cuchillo sobre la mesa.

—Hábleme del capítulo diecisiete, señorita Duque.

Sentí que algo me bajaba por la espalda. Frío, cabrón.

—¿Qué?

—Capítulo diecisiete. El vampiro en la bañera.

Mi boca se quedó seca.

Claro que sabía qué capítulo nombraba y él también...

Todo el mundo se había hecho eco. El maldito capítulo diecisiete había tenido más edits que algunas adaptaciones de Netflix.

Vampiro. Bañera. Agua teñida de rojo. Mujer abierta de piernas y él succionando en ese punto tan dulce hasta su muerte por éxtasis y vaciado sanguíneo.

Promesas que una escribe creyendo que el papel aguanta todo porque, en teoría, la ficción no llama a la puerta de tu casa con una placa.

—Es una escena de mi libro.

—¿Se documentó para escribirla?

Solté una risa corta. Sin gracia. La duda escoció porque ahí estábamos juntos y el sexo había pasado a mejor vida.

—¿Me estás preguntando por mi método creativo en una sala de interrogatorios? ¿O por si te puse los cuernos?

—Le estoy haciendo una consulta en referencia al caso, limítese a responder.

—Me documento. Leo. Tomo notas. Me obsesiono.

Sueño cosas raras. Escribo de madrugada.

Borro, reescribo y me odio un rato. Me digo frente al espejo que soy la favorita del universo.

Vuelvo a escribir. A veces prendo una velita.

¿Quieres que te haga un taller o recuerdas cómo funciona? ¿Qué te pasa, Javier?

Empezaba a inquietarme.

Por primera vez, su expresión mutó.

—Cuidado con sus respuestas.

—¿De qué va esto? ¿Alguien ha muerto, o qué?

No contestó. Y ahí estaba la respuesta, sentada entre nosotros, con mi libro abierto sobre la mesa.

Sentí que los dedos se me quedaban helados.

—Espera, ¿esa chica ha muerto y crees que tiene algo que ver conmigo?

—Es una posible línea de investigación por homicidio y su libro apareció en la escena del crimen.

El aire se volvió espeso.

Miré la fotografía otra vez. Los cantos parecían más oscuros bajo aquella luz.

—¿Mi libro apareció dónde? —Necesitaba procesarlo.

Crimen, había dicho crimen.

Javier no contestó.

—¡Javi, por Dios!

—Inspector Expósito.

—Concha de la madre, Javier, dime si mi libro estaba al lado de una muerta.

El silencio que siguió me lo dijo todo.

Me llevé una mano a la muñeca izquierda, al tatuaje de la runa. Transmutación. Cambiar una cosa por otra. Dolor por sentido. Miedo por movimiento. Aquella vez no funcionó.

—¿Dónde estuvo anoche?

Esa sí que era buena.

—¿Crees que lo hice yo? —pregunté—. ¿En serio piensas que puedo ser una asesina?

—No he dicho eso.

—No hace falta. Tú siempre has sido buenísimo dejando que las cosas feas respiren solas.

La puerta se abrió antes de que pudiera responder.

Entró una mujer con traje oscuro, bolso caro y cara de haber nacido para cobrar por segundos. Lucía Monreal, abogada de la editorial. La clase de persona que no caminaba: avanzaba sobre una nube de jurisprudencia.

—Mi clienta no va a responder a más preguntas.

Javier giró la cabeza.

—Está declarando como testigo.

—Y ahora está dejando de hacerlo.

Lucía puso una carpeta sobre la mesa con suavidad.

—Si no hay orden de arresto, me la llevo.

Javier la miró. Lucía le sostuvo la mirada sin parpadear.

Yo respiré por primera vez en no sé cuánto.

Mi ex recogió las fotos. Primero la mujer. Después mi libro. Ese orden me dio náuseas.

—Señorita Duque, le recomiendo que no se vaya de Madrid. Si tiene firmas, anúlelas.

Yo también me levanté. La silla coja gimió al liberarse de mi peso. Al menos una de las dos había sobrevivido.

Lucía me tomó del brazo y me sacó al pasillo. Tuve una náusea muy fuerte y la bilis abrasó mi garganta.

—¿Estás bien? —me preguntó Lucía.

—Solo algo mareada, necesito respirar.

Caminé sin mirar atrás, porque si lo hacía y él seguía allí, iba a odiarme por reconocer todavía la forma exacta en que ocupaba una puerta.

Una vez fuera, me apoyé contra una de las paredes y tomé una bocanada de aire enorme. Lucía se inclinó hacia mí.

—Aimara, escucha, mientras venía para acá he hecho algunas llamadas para saber a qué nos enfrentábamos.

—¿Y? ¿Ha muerto alguien por mi libro? No me digas que ha sido el arma del crimen.

—No sé si ha sido por tu libro o por otra cosa, pero la víctima apareció en una bañera llena de sangre. Y el primer tomo de la serie estaba abierto por el capítulo diecisiete.

—Dios mío…

Me masajeé las sienes.

—Hay más —dijo Lucía—. El ejemplar estaba dedicado.

Me faltó aire.

—¿A quién?

Lucía apretó los dedos sobre mi brazo.

—A ti.