Capítulo 50 #2
No tuve que girarme para saber lo que iba a ocurrir.
Había reconocido a la víctima. Había perdido el control delante de media escena, había acusado a un testigo sin saber siquiera quién era y estaba a un mal movimiento de echarme encima de dos hombres que, hasta aquel momento, solo habían intentado auxiliar a un herido.
En cuanto cruzó el perímetro y vio mi cara, tomó la decisión que yo mismo habría tomado con cualquier otro inspector.
—Fuera.
—Puedo seguir.
—No.
—¡Es Salas!
—Precisamente.
—Esos tíos estaban con él y…
—He dicho fuera. A partir de este momento no intervienes en ninguna diligencia relacionada con la muerte de tu compañero. Entrega lo que hayas anotado, si es que has apuntado algo, y vete a casa.
«A casa. ¡Y un cojón!».
No iba a quedarme de brazos cruzados mientras ellos identificaban a los asistentes, recogían teléfonos y reconstruían los últimos movimientos de Salas. Mientras alguien avisaba a su familia y otra brigada entraba en su vida para decidir qué partes eran importantes.
Incluida la mujer por la que me había pedido la noche libre.
Mi cabeza empezó a correr más rápido que el miedo.
Mi compañero salió de la comisaría a las ocho y cuarto. Había quedado con ella. Había terminado en una fiesta vinculada con mordeduras, máscaras y otra escena arrancada de los libros de Aimara.
En cuanto localizaran su domicilio, lo precintarían. Y en cuanto mi jefe explicara que éramos amigos, se asegurarían de mantenerme a kilómetros de cualquier prueba.
—De acuerdo —dije.
Mi jefe me observó, preparado para otra pelea. No la tuvo.
Me quité el mono, los cubrecalzados y los guantes, entregué mis notas preliminares y crucé el perímetro sin volver a mirar el cuerpo. No porque hubiera recuperado el control, sino porque, si lo miraba otra vez, quizá no sería capaz de irme.
Me metí en mi coche y pisé a fondo.
Ignoré dos llamadas de mi jefe y una tercera de la comisaría. En el maletero llevaba una caja de guantes de nitrilo; en el llavero, la copia que Salas me había dado cuando se rompió el tobillo y tuve que ir a sacar a su perro durante una semana.
Sabía que podía contaminar la investigación, perder la placa y regalarle a cualquier abogado una vía para destrozar el caso.
Me dio igual.
Aparqué frente a su portal, me puse unos guantes limpios y entré.
Todavía olía a él y a café frío. Sobre la encimera había una taza sin lavar. En el respaldo de una silla, su sudadera. En el recibidor, unas zapatillas de correr.
Todo estaba esperando a que volviera. Yo también.
Cerré la puerta y respiré por la boca.
No podía registrar el piso como policía. No tenía orden ni testigos ni acta. Solo podía buscar antes de que llegaran los que sí harían las cosas bien.
Solo había dos posibilidades: o Patricia Espejo era la tía con la que se acostaba, lo cual no terminaba de cuadrarme, o la principal sospechosa había salido por piernas.
Necesitaba su nombre. Averiguar quién era, dónde vivía y con quién se relacionaba.
Revisé la mesa del salón, la correspondencia y los cajones. Nada. El teléfono estaría con Científica. El portátil no aparecía.
Entonces vi la puerta del fondo.
—El trastero —me había dicho una vez—. Si entras, pierdes el respeto que te queda por mí.
Giré el pomo.
No había herramientas ni ropa vieja. Había una vida entera.
Estanterías llenas de novelas de Aimara. Primeras ediciones, ejemplares firmados, cantos tintados, cajas negras con cintas moradas. Láminas de Patricia, velas, antifaces. En una esquina, una cámara, dos focos, un micrófono y un fondo oscuro.
Sobre la mesa había un ordenador encendido.
—¡Me cago en la puta! ¡Salas! ¡¿Quién coño eras?!
Me había escuchado burlarme de aquel mundo y, sin embargo, todo el maldito universo de Aimara estaba concentrado allí.
Las novelas, las láminas, las cajas, el equipo para grabar, los antifaces.
Había tenido a Salas delante de las narices durante años y ni siquiera sabía qué parte de su vida estaba viendo.
En el escritorio encontré una carpeta titulada «UMbrAL».
La abrí.
Capturas de una aplicación llena de perfiles absurdos.
Loba busca vínculo.
Vampiro discreto, listo para mordidas.
Fae sin interés por humanos curiosos.
Gente que jugaba a ser monstruos.
O gente que utilizaba aquellas fantasías para esconder algo peor.
Una aplicación en la que miles de personas fingían ser exactamente las criaturas que estaban apareciendo en nuestros asesinatos.
Me tiré del pelo.
Un momento.
¿Y si Salas estaba llevando una investigación paralela? ¿Y si se había infiltrado en toda aquella mierda sin contárselo a nadie? Tal vez buscaba a alguien relacionado con los crímenes. Algún colgado que hubiera convertido los libros de Aimara en una religión, un juego o un manual para matar.
Había capturas, ubicaciones y horarios. Y el perfil de una mujer guardado entre los favoritos.
No aparecía su nombre real. Solo fotografías parciales, mensajes sobre carreras nocturnas y referencias a ausencias que duraban días.
La chica misteriosa, la razón por la que me había pedido la noche libre.
Entre los archivos encontré el cartel de El Rastro, la dirección de la finca y la fecha de aquella noche.
Salas sabía dónde se celebraba, sabía cuándo y había acabado muerto allí.
Seguí buscando.
Tenía una carpeta dedicada a la mujer. Dentro había parte de sus conversaciones, fotografías borrosas y una imagen que no parecía sacada de Umbral.
Era una comida al aire libre. Ella aparecía en el centro, rodeada de varios hombres.
Lo que de verdad me llamó la atención fue que ya había visto a dos de ellos.
—¡Mierda, mierda, mierda! ¡No puede ser!
Los mismos tíos que habían encontrado el cadáver y trataron de ayudarlo, o eso decían.
La hipótesis se formó sola.
Salas tenía un alter ego que había usado para hacerse pasar por uno de aquellos colgados y así investigar los asesinatos. Había terminado acostándose con una mujer a la que le molaba aquel mundo de raritos mientras reunía información.
Después descubrió que ella iba a acudir a El Rastro y se presentó allí para seguirla, pillarla con alguien o conseguir pruebas. Pero no estaba sola.
Aquellos dos se la estaban tirando. Quizá Salas les había dado el alto. Quizá los había enfrentado. Quizá descubrieron que era policía y se le echaron encima antes de que pudiera avisar a nadie.
Después fingieron encontrarlo y trataron de salvarlo para justificar la sangre.
No eran dos desconocidos que habían tropezado con un cadáver, eran los hombres de la fotografía. Los tíos que estaban con Patricia, los culpables de que mi compañero estuviera muerto.
La certeza me golpeó a lo bestia.
Era demasiado pronto. No tenía pruebas. En cualquier otro caso me habría obligado a desmontar la teoría antes de permitir que arraigara.
Seguí buscando cualquier cosa que vinculara aquellos cabrones con el asesinato.
Abrí documentos, revisé capturas y recorrí una lista de archivos hasta encontrar un correo guardado en una carpeta.
Lo que me llamó la atención no fue el contenido, fue el destinatario.
Conocía de sobra aquel nombre, y la rabia me subió de golpe por el pecho.
Hice doble clic con tanta fuerza que el ratón crujió bajo mi dedo.
«Los libros son una maldita guía de campo para cruzar el velo y dar con los sobrenaturales. Tenemos que vernos y hablar sobre la serie sin que Javi lo sepa».
S.