Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 21
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Capítulo 21

—¿Quieres que te traiga algo más? —pregunta Pontia, poniendo una mano en el muslo de Lily que hace que la mujer se sobresalte.

Lily no puede concentrarse, la fiesta ha comenzado, hay un grupo tocando y el bar está lleno de gente que habla y grita haciendo que todas las conversaciones se filtren en su mente porque no sabe cómo desconectarse.

Tiene un agua con gas delante que ha estado bebiendo a pequeños sorbos —casi en modo automático— mientras Pontia se toma una cerveza y habla con su hermana, que está sentada frente a ellas con una cerveza sin alcohol entre las manos.

—¿Lily?

Pontia le pone una mano en la mejilla y prácticamente tiene que obligarla a que la mire porque la mujer está completamente rígida.

—¿Qué pasa? —pregunta parpadeando.

—¿Estás bien? No tenemos que estar aquí si no quieres, podemos subir a casa y ver una peli en el sofá.

Ella frunce el ceño. Ya se siente lo bastante diferente al resto del mundo como para romper este momento que Pontia comparte con una parte de su familia a la que ve muy pocas veces al año.

No quiere ser la causante de frustrarle el fin de semana solo porque ella todavía no ha logrado aprender a moverse en un sitio así.

Tendría que haber bajado al bar con su libreta; quizá tomando notas sobre ciertos comportamientos y dedicando el suficiente tiempo a analizarlos y hacer las debidas consultas en internet, lograría entender los estallidos eufóricos de algunos, los piropos estúpidos que gritan otros a la chica que canta o la sonrisa permanente que hay dibujada en muchas expresiones cuando las letras de las canciones no tienen ninguna gracia.

—Estoy bien.

—¿Segura?

Lily asiente.

—Puedo beberme otra agua con gas, gracias.

Pontia sonríe, pero cuando va a moverse, Rachel la detiene.

—Voy yo, que Ashley y Dakota tienen mucho lío.

La mayor de las Taylor se levanta y Pontia vuelve a girarse hacia la agente.

—¿De verdad estás bien?

—¿Por qué me haces una pregunta que ya he respondido? —pregunta Lily con verdadero interés.

Pontia se ríe, comprendiendo que jamás logrará acostumbrarse a las respuestas de esta mujer.

—Tienes razón, pero quiero que te lo pases bien, y te noto muy tensa.

—Mi cerebro tiene que acostumbrarse a estas situaciones si sigo compartiendo tiempo contigo. He leído que si las parejas no salen y hacen actividades juntas, el porcentaje de divorcio es mucho mayor.

—Vaya, te estás informando muy bien —sonríe Pontia—, pero has de saber que no todas las parejas funcionan de la misma forma. Cada persona es diferente y lo importante es saber adaptarse.

—No te entiendo. —Sin que ella se dé cuenta, su mente convierte todo el ruido en un murmullo lejano porque la conversación con Pontia le parece más interesante que centrarse en entender lo que a ella le parece un montón de personas que no saben comportarse de manera civilizada.

—Verás —Pontia le coge una mano entre las suyas, completamente girada hacia Lily y un poco inclinada hacia delante—.

Es cierto que a mí me gusta salir y hacer cosas con mi pareja, pero eso no quiere decir que tengan que ser cosas que a la otra persona la incomoden.

Tú quieres salir para complacerme, porque crees que algo se romperá si no lo hacemos, y como tú haces ese esfuerzo, lo mínimo que puedo hacer yo es buscar actividades que no impliquen estar rodeadas de gente que grita y te sobresalta.

Lily se ajusta las gafas mientras asiente.

—Por ejemplo, en lugar de ir a un bar, podemos ir al cine a ver una película que nos guste a las dos.

O a visitar un museo, hacer un viaje corto como este a otra ciudad, pasear por la calle sin ningún objetivo, solo porque nos apetece, o pasarnos todo el fin de semana tiradas en el sofá con Kitty y un montón de palomitas; ese plan también me llama mucho la atención.

El corazón de Lily está muy acelerado. Pontia Taylor le gusta mucho, y cuanto más la conoce, más le cosquillea el pecho provocándole esa sensación tan agradable que le arranca suspiros como si tuviera desasosiego.

—Aquí están las bebidas. —Rachel pone los vasos frente a ambas.

—Gracias —dice Lily—, voy a ir un momento al servicio.

—¿Quieres que te acompañe? —se ofrece Pontia, y ve cómo la duda se refleja en el rostro de Lily—.

No te ha de dar vergüenza, te puedo abrir paso a codazos si es necesario —bromea, y Lily se muerde el labio mientras sigue debatiéndose entre aceptar algo que realmente necesita y la vergüenza de pensar que una adulta no debería necesitar que otra persona le evite el contacto con la gente.

—A lo mejor estarás más cómoda si subes al baño de casa —propone Rachel, sacando las llaves para ponerlas sobre la mesa—. Si sales por la puerta principal apenas te cruzarás con nadie, y puedes entrar por la lateral. Solo asegúrate de cerrar cuando lo hagas.

—¿No te importa? —pregunta Lily, mirando las llaves fijamente.

—Claro que no, mujer.

Pontia coge las llaves y se levanta.

—Te acompaño solo hasta la puerta, así me da el aire.

Lily sabe que miente, que la chica Taylor no necesita despejarse y que solo lo hace para que ella se sienta más tranquila.

Lo acepta con un movimiento de cabeza y entrelaza los dedos con los de Pontia cuando esta le ofrece la mano.

Pontia se pone delante de ella y le evita rozar con nadie hasta que llegan a la puerta del bar y la atraviesan para dirigirse a la de la casa.

—Gracias por acompañarme.

—De nada. —Pontia le da un beso en los labios—. Te espero aquí.

—No. —Lily niega con la cabeza.

Desde la entrada hasta la mesa en la que están hay pocos metros y está segura de que puede lograrlo.

—Iré yo, ve con tu hermana, por favor.

—No me importa esperar, Lily…

—Por favor… —repite la agente.

—De acuerdo.

Pontia la besa de nuevo, pero no se dirige a la puerta del bar hasta que escucha cómo Lily cierra con llave desde el otro lado.

—No tenéis que estar aquí por mí —dice Rachel cuando Pontia regresa, cogiéndole una mano—. Ve con ella, tú y yo podemos charlar mañana cuando bajéis a ayudarnos a limpiar este desastre.

—¿No te importa?

—Claro que no; si sigue diez minutos más aquí, creo que va a colapsar. De hecho, me parece impresionante que haya soportado una hora entera.

—A mí también. —La sonrisa de Pontia se expande y se levanta—. Nos vemos mañana entonces.

—Entra por la puerta interior y deja la puerta de arriba sin echar la llave, yo usaré las de Dakota.

Tras despedirse de su hermana, Pontia sube las escaleras de dos en dos, encontrándose a Lily justo cuando empuja la puerta para entrar.

—Te he dicho que no hacía falta que me esperases —dice la mujer, con el ceño fruncido.

—No te espero. Es que me he cansado de estar ahí y he pensado que nos podríamos quedar aquí.

Lily la mira como si la estuviera estudiando, pero se aparta de la puerta para dejar de bloquearle el paso.

—¿De verdad te parece más divertido estar aquí arriba? —pregunta todavía dudando.

Pontia cierra la puerta, la coge de la mano y la lleva a la habitación, donde empieza a besarla en cuanto están dentro.

—Por supuesto que esto me parece mucho mejor —susurra contra su boca.

El corazón de Lily se desboca y nota que el cuerpo entero le flojea entre los brazos de esta mujer, pero no puede evitar pensar que en esta casa viven Rachel y Dakota y que pueden escucharlas.

—Espera —pide sofocada cuando Pontia se quita la camiseta—, hemos dicho que no… follaríamos aquí, no creo que sea apropiado.

—¿Crees que ellas no follan? —Los ojos de Lily se abren mucho—. Perdona, no quería ser tan brusca. —Pontia deja caer la camiseta a los pies de la cama y vuelve a pegarse a la agente—. Si te apetece que sigamos, no pasa nada, lo único que hemos de hacer es no gritar, así nadie nos escucha.

Lily frunce el ceño, comprendiendo que tiene sentido.

—Vale, entonces seguimos porque tengo mucho cosquilleo entre las piernas.

El sexo de Pontia se contrae cuando la escucha.

—¿Quieres ir a la cama o seguimos así? —susurra, desabrochando los botones de la camisa de Lily.

—A lo mejor aquí está bien —responde, porque no está segura de poder caminar hasta la cama.

Pontia la besa y, en esta ocasión, Lily se lo devuelve con toda la intensidad que ha estado conteniendo. Las manos de la chica Taylor empiezan a moverse con rapidez por su cuerpo y, en pocos segundos, a Lily solo le quedan las bragas puestas.

—Espera —pide Pontia con tono ronco cuando Lily le intenta bajar el pantalón que acaba de desabrocharle—, estás demasiado sexy como para no disfrutarte entera aquí mismo.

Lily no entiende muy bien a qué se refiere, pero cuando Pontia —sin dejar de mirarla a los ojos— se empieza a agachar despacio mientras tira de sus bragas hasta sacárselas por los pies, entiende que no le importa esperar y ver qué es lo que pretende hacer.

Pontia se queda de rodillas en el suelo y empuja las piernas de Lily con cuidado para que las abra.

La agente está ardiendo, el corazón le palpita entre las piernas y su cuerpo comienza a temblar cuando Pontia besa primero la cara interna de sus muslos, entreteniéndose ahí durante un tiempo que solo provoca desesperación en Lily, para después lamerla como si su sexo fuera un manjar líquido del que no piensa desperdiciar ni una gota.

Lily tiene el abdomen tan tenso que le duelen los músculos, pero no cambiaría esta posición ni lo que siente por nada del mundo.

Es incapaz de apartar la mirada de la cabeza de Pontia, que la sujeta con firmeza y mueve la lengua de una forma que hace que Lily se sienta cerca de las estrellas.

De vez en cuando, la chica Taylor mira hacia arriba, y todas esas veces, la agente siente un pellizco en el estómago que hace que su respiración se entrecorte.

—Quiero besarte mientras te corres. —Pontia se ha detenido y se incorpora, y Lily cierra los ojos con fuerza un segundo mientras se muerde los labios para controlarse y no cerrar las piernas como siente la tentación de hacer, porque sabe que le falta un poco de roce y volverá a estallar como la última vez.

Pontia no le da tiempo a seguir pensando, se pega a su boca y la penetra despacio al mismo tiempo.

—Me gusta mucho —jadea Lily contra sus labios, incapaz de describir lo que siente en todo el cuerpo.

—A mí me gustas tú —responde Pontia, y los jadeos de Lily se convierten en algo parecido a gemidos porque está a punto de correrse.

La terapeuta no detiene los movimientos de sus dedos, la sigue penetrando con el mismo ritmo, y cuando Lily no puede más, suelta algo parecido a un rugido y Pontia le pone la otra mano en la boca para silenciarla.

—Hemos dicho que nada de ruido —le susurra, y los ojos de Lily se abren de golpe al sentir esa mano que le corta parte de la respiración.

Su cuerpo burbujea de un modo que está muy por encima del de la última vez y se corre sin poder hacer nada para retrasarlo. El orgasmo la arrasa con violencia mientras ella resopla contra la mano de Pontia y, sin pensarlo, cierra las suyas alrededor de su brazo y le clava las uñas con fuerza.

Cuando termina, Pontia aparta la mano y Lily pierde el color rojo de sus mejillas hasta que estas se vuelven pálidas y las rodillas le ceden.

—Ey. —Pontia la sujeta y la mujer se abraza a ella todavía resoplando contra su hombro.

—Ha sido… —trata de explicar Lily, pero no encuentra las palabras para describir la sensación tan increíblemente placentera que ha experimentado.

Pontia no lo necesita. En cuanto le ha tapado la boca, la humedad de Lily se ha doblado y se ha corrido como si la hubiera sacudido un terremoto.

—Parece que a alguien le gusta que la priven un poco del aire —murmura divertida mientras guía a Lily hacia la cama y se tumba con ella.

La mujer la mira, todavía desconcertada, pero cuando se imagina la mano de Pontia de nuevo en su cara, su sexo palpita con una necesidad nueva que hace que ella misma busque fricción contra la pierna de Pontia.