Capítulo 20
—Por favor, no toque mis cosas —exige Lily con las cejas arrugadas frente a un hombre que, por lo menos, debe medir tres metros de alto.
—Señora, es parte del protocolo cuando se detectan artículos no permitidos en la bolsa de mano.
El agente de seguridad del John F. Kennedy sigue en su labor mientras va sacando una pequeña navaja, un destornillador y un mechero, además de dos botes con líquido que exceden el tamaño permitido.
Pontia observa atónita, pero con una sonrisa bailando en sus labios porque la expresión de Lily —entre enfadada e indignada— es lo más gracioso que ha visto en días.
A pesar de que aún no han tenido «la conversación», la chica Taylor se siente más tranquila al respecto; el hecho de que la agente se embarque con ella en un viaje improvisado a un lugar que no conoce solo por no perderse una cita es suficiente aliciente para que Pontia tenga un poco más de paciencia.
—¿Se va a quedar con todo eso? —Lily se cruza de brazos después de ajustarse las gafas.
—Las normas establecidas por la TSA no permiten que los pasajeros transporten este tipo de objetos. —El hombre coge la navaja con dos dedos y la mira directo a los ojos—. Es un arma blanca, señora.
—Es un utensilio muy versátil —discute Lily muy enfadada.
El hombre inclina la cabeza a un lado mientras analiza si la señora frente a él padece algún tipo de trastorno.
No es la primera pasajera que intenta volar con algo así; de hecho, hace dos meses hubo un anciano que quería llevar en cabina el regalo de cumpleaños de su hijo: una sierra eléctrica de última generación.
Pontia le coloca la mano en la espalda baja y a la agente inmobiliaria se le aprietan las costillas.
—Son las normas, Lily. No te dejarán conservar nada de esto y si no nos damos prisa, perderemos el vuelo. —Se lo dice con la voz calmada y el tono bajo.
Lily asiente y vuelve a ajustarse las gafas.
—Que sepa que pondré una queja. —Coge su bolsa de mano con cuidado—. Que tenga buen día.
Se gira y Pontia sonríe porque Lily Porter nunca deja de sorprenderla.
Llegan a la puerta de embarque justo a tiempo, los pasajeros avanzan mientras el personal de la aerolínea comprueba la documentación y en menos de veinte minutos ambas mujeres están instaladas en sus asientos con el cinturón ajustado.
—¿Te da miedo volar? —Pontia no lo pregunta porque observe alguna señal en Lily, pero como es una mujer tan especial, le gustaría estar preparada.
Ella tuerce el gesto como si la chica Taylor hubiera dicho una auténtica locura.
—Los aviones comerciales están diseñados con múltiples sistemas redundantes. Si uno falla, suele haber otro que puede asumir su función. —Se aclara la garganta—. Además, los pilotos reciben entrenamiento continuo y deben superar simulaciones periódicas de emergencia.
Pontia la mira sin poder despegar sus ojos de ella.
—Estadísticamente, el trayecto en coche hacia el aeropuerto suele implicar un riesgo mayor que el propio vuelo —finaliza Lily y de inmediato arruga la nariz. Saca varias toallitas húmedas de su bolsa y empieza a hacer una limpieza a conciencia de todo con lo que puede tener contacto.
El vuelo cumple con los horarios establecidos y en una hora y media están aterrizando en Ithaca. Pontia se ha negado a que Rachel la recogiera; es consciente de la cantidad de trabajo que tienen en el bar con la fiesta de aniversario como para que vaya a por ellas.
Toman un taxi y en cuanto el coche avanza lo suficiente para que los majestuosos paisajes empiecen a notarse, Pontia suspira sintiendo la tranquilidad que le supone pisar esa ciudad desde que forma parte de la familia Taylor.
—Hay mucho… verde —suelta Lily de repente con la cabeza girada hacia la ventanilla.
—Sí, Rach vive en una zona preciosa con varios senderos. Ya los verás.
Lily aprieta tres veces los puños y Pontia lo nota.
—¿No te gusta?
La agente carraspea sin mirar todavía a su acompañante.
—Me parece un paisaje agradable con colores llamativos —vuelve a abrir y cerrar las manos tres veces—, pero no me gustan los bichos. En los senderos y zonas montañosas hay muchos, de todas clases. Mosquitos, serpientes, roedores, avispas. Todos peligrosos.
Pontia no sabe qué decir a eso porque hay parte de razón en lo que Lily dice.
—Siento no haberte avisado de que mi hermana vive en este entorno.
Lily se gira, y ahora sí la enfoca.
—Sé dónde vive. Hace unos años, Warren Taylor me dio la dirección para que buscara alguna propiedad por una zona parecida, quería regalarle un sitio más grande.
Anoche estuve investigando todo sobre la zona para tomar todas las precauciones.
—Lily guarda silencio un instante y la comisura de sus labios se estira—.
Será como una cita salvaje, pero intentaremos mantenernos alejadas de los bichos.
Pontia quisiera besarla; no recuerda que alguien con el que haya tenido algún tipo de romance haya hecho este tipo de cosas.
Lo máximo que han hecho por ella es cuando salía con un chico llamado Huge que condujo durante treinta minutos hasta su casa para llevarle una hamburguesa que se le había antojado.
Y allí está Lily, dispuesta a enfrentarse a —según ella— bichos peligrosos por estar con Pontia.
—Qué guapa estás. —Rachel rodea a su hermana con los brazos y la aprieta tan fuerte que Pontia escucha crujir sus propios huesos—. Gracias por venir.
—Tenía muchas ganas de verte. —Se separa de ella y le señala a su acompañante—. ¿Recuerdas a Lily?
Pontia tuvo una llamada con su hermana mayor en la que le explicó por qué Lily la acompañaba y le recordó sus rarezas, sobre todo para que no se escandalizara cuando la mujer le estrechara la mano y luego se limpiara con una toallita.
—Buenos días, Rachel Taylor —la agente hace una corta inclinación de cabeza.
—Me alegra volver a verte. —Rachel no intenta ningún acercamiento—. Vamos dentro, os enseño vuestra habitación y sirvo la comida.
Suben hacia la planta superior donde están las habitaciones y Rachel pasa directamente hacia aquella que ocupó Dakota —hace tanto tiempo que parece que ha pasado una eternidad— y les señala el espacio.
—Tenéis toallas limpias en el armario y si necesitáis lo que sea, decídmelo —explica la mayor de las Taylor—. Voy a llamar a Dakota para que suba a comer con nosotras. Os espero abajo.
Cuando la mujer abandona la habitación, Lily está petrificada justo al lado de la cama. No se mueve, lo único que hace es mirar cada esquina como si estuviera tratando de ubicar la salida de emergencias.
—Lily, ¿pasa algo?
—¿Dormiremos aquí juntas? —Lo pregunta de inmediato y señalando la cama.
Pontia no sabe cuántas veces es capaz esta mujer de sorprenderla.
—Si te incomoda, no te preocupes, puedo dormir en el sofá —aporta Pontia sin saber qué otra alternativa darle.
Lily niega rápidamente.
—Me apetece dormir contigo. —Luego baja la voz hasta convertirla casi en un susurro—. Es que pensé que solo dormían juntas las parejas que van a tener coito y en casa de Rachel Taylor no creo que sea adecuado.
Pontia sonríe y, aunque cree que no se lo merece, se acerca y le da un beso suave que las hace suspirar a las dos.
—No es necesario hacer algo solo porque durmamos juntas —le explica—. Si ambas estamos de acuerdo, no hay problema.
Lily asiente complacida porque claro que quiere follar con Pontia, lleva deseándolo desde que lo hicieron esa única vez y solo anhela que se repita.
Bajan las escaleras y caminan hasta la cocina.
Dakota Foster está de pie frente a Rachel y le sonríe como si estuviera viendo los fuegos artificiales del 4 de julio.
La mayor de las Taylor le está comentando algo mientras le toca los dedos de las manos, y para Pontia no hay duda de que su hermana es inmensamente feliz con esa chica.
—Hola. —Dakota saluda en cuanto se da cuenta de la presencia de ambas, al mismo tiempo que Lily se lleva el dedo a las gafas para ajustárselas.
Pontia es la primera en acercarse a la chica y es la misma Dakota quien cierra el espacio entre ellas para darle un abrazo corto.
En el tiempo que ha pasado, la ahora profesora de música ha seguido en sus largas sesiones con su terapeuta y ha avanzado muchísimo, sobre todo en el contacto físico con la gente a la que le tiene aprecio.
Con la familia Taylor le ocurre que es capaz de sentirse cómoda en todo momento; con Jodie y con Indira también fue muy sencillo ese acercamiento, por lo que cuando Pontia llegó a la familia fue algo automático poderse acercar a ella.
—Soy Lily Porter —se presenta la agente, que sabe bien quién es Dakota —la conoció en la boda de Katherine—, pero no hubo interacción entre ellas.
Ninguna de las dos hace el ademán de extender los brazos, solo un ligero movimiento de cabeza y nada más.
—Bueno, vamos a comer, espero que tengáis hambre. —Rachel corta el momento en el que todas se han quedado calladas de repente.
Lily siente el impulso de sacar su paquete de toallitas y limpiar cada rincón de la mesa, pero no lo hace por dos razones: la primera es que todo parece muy limpio y la segunda es que Dakota parece relajada, y eso de alguna manera hace que ella se sienta muy cómoda.
—¿Qué tal va la academia de música, Dakota? —pregunta Pontia antes de meterse un bocado de lasaña que degusta con los ojos cerrados por un momento.
—Mejor de lo que esperaba. Tengo lista de espera y estoy en búsqueda de otro profesor para poder cubrir esas plazas.
La chica sigue explicándose y Lily solo puede observar el brillo en la mirada de Rachel Taylor.
La mujer la contempla con algo que la agente no logra ponerle nombre: ¿amor, quizá?
No lo tiene demasiado claro, pero se parece a lo que ella siente cuando tiene suerte y cierra varias ventas en una misma semana.
—Voy a bajar al bar para terminar de rellenar las neveras —anuncia Dakota cuando acaban de comer—. Ashley debe estar aquí en un par de horas y acabará lo que a mí no me dé tiempo. Nos vemos esta noche en el concierto.
Cuando la chica se marcha, Lily aprovecha para subir a lavarse los dientes; para ella es necesario hacerlo de inmediato tras comer.
—Te ves bien. —Pontia le pasa la mano por los hombros a su hermana.
—Estoy bien —suspira Rachel, y ambas se sientan en el sofá—. Pensé que con todas en Nueva York y yo aquí nunca acabaría de ser feliz, pero Dakota ha llenado un espacio que me hace sentir plena, y con Ashley cerca no puedo pedir más, sobre todo con vosotras visitándome.
Pontia sonríe y le pone una mano en el muslo.
—¿Y tú qué tal con Lily? —pregunta Rachel ante el silencio de su hermana.
Pontia bufa como Kitty.
—No sabría ni por dónde comenzar. Me gusta, es una mujer muy interesante, aunque confieso que hay ocasiones en las que estoy muy perdida porque no logro entenderla.
—Siempre me ha parecido muy peculiar, pero papá no se cansa de repetir que es una mujer brillante y excepcional. —Rachel le coge la mano—. Si te gusta, seguro que tendrás paciencia.
Lily aparece por las escaleras y Rachel se pone de pie haciéndole un gesto a su hermana para seguir hablando luego.
—Nos vemos después. Lleva a Lily para que vea los senderos, seguro que le encantarán.
Lily se tensa y tiene que abrir ambas manos y cerrarlas seis veces porque tres no son suficientes.
Salen de la casa y caminan hacia el primer camino.
Lily lo ve todo con los ojos muy abiertos y no puede parar de mirar hacia abajo, atenta a que una serpiente no la ataque, hasta que siente el toque suave de Pontia atrayéndola hacia ella.
La chica Taylor se ha apoyado en una roca grande que sobresale y ha tirado de Lily para que su cuerpo quede cerca del suyo.
—No voy a hacerte pasar por esto —señala con el pulgar el sendero—, pero quería traerte aquí para que habláramos un rato antes de que llegue mi sobrina, empiece el concierto y mañana estemos ayudándolas en lo que nos pidan.
Lily asiente y se empuja las gafas por el puente de la nariz.
—De acuerdo, entonces este es el momento en el que te explico la decisión que he tomado sobre nosotras.
Pontia esperaba que fuera ella misma la que tuviera que sacar el tema, pero la agente, como siempre, la acaba sorprendiendo.
—Nunca me ha gustado tanto alguien, ni tampoco he avanzado lo suficiente con esa persona como para que me pase esto.
Después de que… folláramos —logra decir con fluidez—, no podía concentrarme, cometí errores, di citas a horas que nunca me he permitido y confundí fechas.
Pontia, yo sé que no soy como el resto de personas, tengo claro que no hay nada de malo en mí, pero sí que soy distinta.
Mi mente funciona como un cuadrado y cuando algo sale de esas líneas me siento completamente perdida.
Pontia siente cómo una mano invisible le aprieta el corazón con fuerza. Es consciente de que la Lily joven tuvo que sufrir bastante.
—Lo siento si no lo hice bien, es mi primera vez, pero quiero mejorar. —Baja la mirada, pero Pontia le coge la cara—. Y según mi investigación, hay más pros que contras en seguir contigo.
La chica Taylor la besa con ganas; a diferencia del beso casto de hace un rato, este tiene lengua y caricias que bajan hasta la cintura de la agente. Está deseosa y le encantaría seguir, pero sabe que no es el lugar correcto. No es una adolescente hormonada.
—Gracias por decírmelo. —Le da un beso corto—. Ahora vámonos al bar a ser útiles antes de que nos pique algún bicho.
Lily suelta un gritito, le coge la mano a Pontia y huye de ahí con una sonrisa pintada en sus labios.