Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 18
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Capítulo 18

P ontia no recuerda haber sentido tanto enfado en sus años de vida.

No sabe cuántos días han pasado desde que vio a Lily por última vez en aquel encuentro que para ella fue maravilloso, pero que —al parecer— para la agente no fue más que un acto desestabilizador en su existencia.

Después vino aquel «me encuentro confundida y me gustaría analizar los motivos» y Pontia esperó con la poca paciencia que suele tener para estas cosas, aunque convencida de que recibiría una llamada pronto, por eso casi trastabilla cuando estaba saliendo de la ducha la tarde anterior y su móvil sonó en el salón.

El nombre de Lily Porter apareció en su pantalla y ella sonrió entusiasmada.

—Hola —dijo con la voz melosa—. ¿Cómo estás?

—Buenas tardes, Pontia. Estoy bien, gracias —la agente no la llamó por su nombre completo, lo cual fue un paso esperanzador, aunque todo cambió en cuestión de segundos—.

Tengo una casa que encaja perfectamente en lo que buscas y tiene todo lo que los Taylor requieren.

Te he agendado mañana a las diez de la mañana y te llamo para confirmar.

La psicóloga apretó los dientes, era una llamada profesional con el tono diligente que siempre usaba Lily para estas cuestiones.

Sintió más rabia, unas pequeñas hormigas carnívoras le devoraban la piel y ella no podía hacer nada para evitarlo.

Estuvo a punto de decirle que no, que no quería ver más casas si antes no obtenía una explicación de su parte, pero de inmediato pensó en su padre y su insistencia para que se decidiera de una vez por una propiedad.

No quería causarle un disgusto ni tampoco escuchar a Katherine avasallándola por el mismo tema. Así que cedió a su pesar.

—Sí, a las diez puedo hacer la visita —la voz le salió desanimada, pero por lo visto, Lily no lo notó.

—Estupendo —lo dijo mientras se escuchaban tecleos de fondo—. Ahora te llegará la dirección a tu correo. Por favor, no llegues tarde, solo doy diez minutos de cortesía.

Pontia se mordió los labios para no bufar.

—Lo sé, Lily.

—Bien —respondió la mujer con demasiado entusiasmo—. Nos vemos mañana. Buenas tardes, Pontia.

Y ahora la chica Taylor está llegando en un Uber a una casa que, al menos la fachada y la zona, están haciendo que su mal humor no sea el de un tigre feroz.

La propiedad tiene un jardín delantero precioso sin rejas ni muros que lo cubran y, aunque a su hermana Katherine le daría un infarto, lo que ella catalogaría como «poca seguridad» a Pontia le parece perfecto porque disminuye la sensación de vivir en el asfalto y más cerca de la naturaleza.

Aunque tiene vecinos a ambos lados, la casa está entre dos garajes amplios, eso, sumado a los jardines laterales, hace que tenga la suficiente separación entre viviendas.

Cuando avanza hacia la entrada, siente un cosquilleo moverse por su pecho y bajarle por ambos brazos.

Lily está de pie junto a la puerta principal, erguida, con el maletín delante de su cuerpo y vestida con un traje rosa que le queda increíble.

Pontia maldice porque le gusta tanto esta mujer que le cuesta estar enfadada con ella.

—Hola, Pontia Tay… —Lily se ajusta las gafas con un dedo y carraspea—. Bienvenida.

Cuando estira el brazo para estrecharle la mano, Pontia siente el ferviente deseo de zarandearla y preguntarle si es que ha olvidado todo lo que ha pasado entre ellas, pero al final le coge la mano y se la aprieta con gentileza.

Lily no se la limpia con una toallita como es habitual y eso calma un poco la furia de la chica Taylor.

—El salón es una de las zonas más amplias de toda la casa —la agente inmobiliaria sigue siendo tan profesional como siempre una vez cruzan la puerta principal—. Los antiguos propietarios eran apasionados de las películas antiguas, así que lo convirtieron en una especie de cine casero.

Lily coge un mando a distancia y empieza a tocar algunos botones. De inmediato el respaldo de uno de los inmensos sofás se inclina hacia atrás, quedando casi como una cama. Luego unas pequeñas luces led en el suelo se iluminan mientras del techo baja una pantalla que ocupa toda la pared.

—Vaya —dice Pontia, impresionada, nunca había visto algo así.

—Todas las ventanas quedan completamente cubiertas con cortinas automatizadas para una mejor experiencia —señala Lily y se hace a un lado para que su clienta observe la zona con tranquilidad.

La visita sigue con esa misma tónica en cada una de las estancias.

La casa tiene tres habitaciones y la misma cantidad de baños.

Un sótano convertido en oficina que a Pontia le ha parecido perfecto para su propia consulta y un patio trasero con una zona de barbacoa.

Lily ha explicado cada espacio con el tono diligente de siempre sin hacer ninguna diferencia entre un cliente cualquiera y la mujer con la que se acostó hace semanas.

—No tienes que darme una respuesta en este momento, pero te aconsejo que lo hagas lo antes posible porque tengo dos visitas concertadas para esta casa la próxima semana —Lily lo dice sin mirarla porque está apuntando en su libreta alertar a los propietarios sobre una pequeña mancha de humedad que ha visto en el baño de abajo.

Pontia la observa mientras hace trazos delicados sobre la hoja y cómo frunce el ceño cuando parece pensar algo.

—Te diré algo en cuanto tome una decisión —Pontia saca su móvil para pedir un taxi, a la vista está que la visita ha acabado.

—De acuerdo —responde Lily y guarda la libreta en su maletín—. ¿Quieres tener la tercera cita esta noche?

Lo suelta con tanta tranquilidad que a Pontia hasta le parece un insulto.

—¿Perdona?

Lily se ajusta las gafas.

—¿Que si quieres tener…

—Te he entendido a la primera, Lily.

La agente arruga las cejas, completamente perdida.

—¿Entonces por qué has dicho «perdona» como si no me hubieras entendido?

Pontia suspira, no tiene ánimos para explicarse.

—Hoy no puedo, tengo un compromiso.

—Claro, te lo he preguntado con poca antelación —analiza Lily mientras asiente, cayendo en la cuenta de que ha cometido un error terrible—. ¿Y mañana por la tarde? Con más de doce horas de antelación creo que es factible.

La chica Taylor es capaz de comprender la forma de ser de la mujer que está frente a ella, de hecho, tiene pacientes con personalidades tan complicadas como variadas, pero ahora mismo siente tal mezcla de confusión y desasosiego que no es capaz de pensar con claridad para darle una respuesta coherente e incluso amable.

—Pasado mañana me voy a Ithaca y tengo que prepararlo todo para el viaje, por lo que, si quieres esa cita, tendrás que venir conmigo.

Y no miente, Caroline le había prometido a Rachel que la visitaría esta semana para ayudarla con la fiesta aniversario de The Heaven, pero un viaje de última hora con Indira la ha hecho posponerlo.

Lo comentó en una videollamada con las cuatro hermanas y ella, que puede trabajar donde sea, no dudó en ofrecerse a sustituirla y así intentar despejarse.

Lo que no tenía planificado era soltar esa invitación improvisada que no debería haber hecho bajo ningún concepto.

—De acuerdo —la respuesta de Lily la deja sin palabras. La mujer vuelve a sacar su libreta y empieza a escribir en una hoja nueva—. Tendrás que darme algunos datos, será mi primera vez en Ithaca. Necesito saber método de transporte, horarios, vestimenta adecuada, cuántos días estaremos…

La agente sigue soltando frases mientras Pontia la mira con los ojos muy abiertos.

Lily ha aceptado una invitación a la primera a un lugar al que jamás ha ido, pero no ha sido capaz de decirle en ningún momento qué ha decidido tras ese análisis que debía hacer sobre ellas.

Sin embargo, Pontia decide darle una tregua, aunque esté enfadada, tiene que actuar como una adulta.

—Lily, ¿estás segura?

—¿De qué? —pregunta mientras enfoca a la chica Taylor.

—De venir a Ithaca conmigo.

La agente tuerce el gesto, contrariada.

—Me has dicho que si quería esa cita, tenía que ir contigo —se quita las gafas, saca un pequeño estuche del maletín y limpia los cristales con una tela gris—. Y yo quiero esa cita. Así que sí, estoy segura.

Levanta las gafas para confirmar que están limpias y, cuando parece satisfecha, vuelve a ponérselas.

Pontia solo quiere besarla porque esa mujer puede tener todas las manías del mundo, pero es adorable y comprometida, aunque le cueste comunicarse.

Decide que puede ser un buen plan, alejarse de la ciudad y pasar unos días en otro sitio quizá relaje a Lily para que puedan hablar con calma.

—En avión es lo más rápido y la ropa cómoda. Rachel vive muy cerca de la naturaleza y… —se detiene cuando se da cuenta de algo—. ¿Y Kitty? ¿Qué harás con ella?

El cerebro de Lily se comprime cuando Pontia está cerca de ella, tanto así que se convierte en un monstruo haciendo planes sin pensar en su adorable felina.

Abre mucho los ojos, moviéndolos de un sitio a otro mientras piensa, porque no pretende dejar a Kitty sola, pero tampoco quiere perderse esa cita con Pontia.

—¿Tienes a alguien de confianza a quien puedas dejársela o que vaya a verla a tu apartamento? He leído que los gatos prefieren estar en su espacio.

Lily asiente, orgullosa de que Pontia maneje esa información.

—Estás en lo correcto, sin embargo, Kitty se adapta a casi cualquier espacio salvo que haya otros animales o muchas personas —apunta en su cuaderno que tiene que hacer una llamada esa misma tarde—. Y sí, tengo a alguien de confianza, Katherine Taylor seguro que podrá cuidarla.

—¿Mi hermana? —pregunta, impactada.

—Sí, somos amigas y, según mi investigación, las amigas hacen estas cosas. ¿Estoy equivocada?

Pontia se muerde los labios para evitar reírse. Katherine va a morirse, pero antes la matará a ella.

—Claro que sí, las amigas cuidan a los gatos de sus amigas.

A Lily se le ilumina la cara y solo por eso, estará dispuesta a hacer lo que sea para que la dueña de los hoteles se quede con —la que ella considera— la gata diabólica.