Pontia Taylor (Hermanas Taylor 4) Capítulo 16
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Capítulo 16

K atherine acelera el ritmo, haciendo que sus embestidas sean no solo más rápidas sino también más fuertes.

Está encima de Jodie, tendidas en el sofá de cualquier manera porque la cocinera ha llegado del Magnolis antes de lo habitual y, sin previo aviso, se ha acercado a su mujer, le ha quitado el libro que tenía entre las manos y la ha besado con una voracidad que ha hecho que Katherine Taylor haya soltado un gemido animal.

—Fóllame, y no pares de hacerlo hasta que me corra —la cocinera lo ha pedido con el ceño fruncido y la furia desbordada en su voz.

Jodie está rabiosa y la causante de ese sentimiento es la mujer que tiene sobre ella.

En el tiempo que llevan juntas jamás había experimentado ese resentimiento por Katherine porque aunque habían discutido por muchas cosas, casi enseguida lo superaban.

Se enamoró de la Taylor más tozuda, pero también de la más racional cuando toca serlo, por eso no comprende esa actitud esquiva que le parece mezquina.

Esas peleas infantiles que nunca se resuelven porque Katherine no tiene los ovarios de decirle que no quiere ser madre porque está acojonada.

Jodie lo supo en el instante en que le dijo que la idea de tener un hijo no le disgustaba y vio el terror en sus ojos, aunque a la vez notó cómo se suavizaron sus habituales facciones tensas.

Le dio tiempo para que lo pensara y esperó con paciencia, pero lo único que recibió fue el enfado perenne de la persona con la que está casada.

—Más fuerte, quiero sentirte hasta el fondo —sisea Jodie y le muerde con fuerza el hombro a la rubia—, vamos, sé que puedes darme más.

Katherine se incorpora y añade un tercer dedo. Con la mano que le queda libre le acaricia los pechos a su mujer con nada de delicadeza y luego la sube al cuello para apretarla un poco. Le encanta follar así, lo único que lamenta es que en este momento su mujer esté tan enfadada.

Sabe que está furiosa, lo nota en su mirada oscura y en el mohín de unos labios que se abren con deleite, pero se cierran con rabia.

También se da cuenta porque Jodie no la toca, se deja hacer todo lo que a la rubia le apetece, pero no se acerca a ella ni siquiera para rozar sus labios.

Lo único que ha hecho es regalarle varios mordiscos a Katherine que sabe que le dejarán marcas durante días.

Lo cierto es que la empresaria estaba esperando a Jodie esa tarde para tener la conversación de la que llevaba semanas huyendo, estaba decidida a comportarse como una adulta y, además de disculparse por su estúpida actitud, le diría que fuera cual fuera el plan, ella se uniría.

—¿Cuándo estés embarazada te podré follar así de fuerte?

Katherine lo nota enseguida, como su mujer se aprieta, abre los ojos por la sorpresa y el orgasmo la derriba de un solo golpe. Apenas le sale la voz mientras se deshace entre sus dedos y la rubia no puede evitar que los ojos se le humedezcan.

—Joder, Kate —solloza Jodie, estirando los brazos para que su mujer se tumbe sobre ella y la abrace.

—Lo siento, cariño —le besa los párpados varias veces—. Me he comportado como una imbécil.

—Y como una idiota —Jodie se sorbe los mocos y ahora la voz le sale como si una sonrisa le bailara en los labios.

—No te pases —Katherine la besa porque no puede fingir que está enfadada—. ¿Qué te parece si te vistes y hablamos?

La cocinera asiente y se pone de pie. Siente un leve mareo porque llevaba días queriendo acostarse con su mujer, pero el cabreo no se lo permitía y hoy todo se ha vuelto tan intenso de repente que se siente débil.

Quince minutos después están sentadas de nuevo en el sofá. Jodie se ha duchado y se ha puesto ropa cómoda mientras la ansiedad por la expectación crecía por segundos.

—¿Qué te ha hecho cambiar de opinión? —dispara la cocinera primero. Necesita saberlo.

Katherine aprieta la mandíbula mientras se yergue.

—No he cambiado de opinión —comienza y ve como su mujer frunce el ceño—. Creo que en el fondo sabía lo que quería, pero el miedo a cambiar mi mundo, a no ser suficiente o a hacerlo mal, me paralizó.

Jodie estira el brazo y le coge una mano. Pocas veces ha visto a Katherine con los ojos brillantes de algo diferente a la alegría. Esto se parece más a un pánico que le queda demasiado grande.

—Cuando perdí a mi madre, fue duro. Papá lo hizo lo mejor que pudo, pero no por eso fue menos doloroso —Katherine aprieta la mano de Jodie—. Pensar en tener un hijo y fallarle de cualquier manera, realmente me aterroriza.

—Cariño —Jodie se acerca a ella y pega su frente con la de la rubia—. ¿Por qué no me lo dijiste? Sabía que tenías miedo, aunque pensé que era por tener que poner tus negocios en segundo puesto.

—En tercero.

Jodie se echa hacia atrás para mirarla a los ojos.

—¿Cómo dices?

—Desde que te conocí, mis hoteles dejaron de ser lo más importante —le acaricia la cara y Jodie cierra los ojos—. Tú eres lo único imprescindible en mi vida y cuando llegue el bebé, lo seréis los dos.

Para ese momento Jodie Sinclair vuelve a ser un mar de lágrimas y sollozos que no contiene. Se sacude en espasmos mientras también sonríe, por lo que agradece estar en la intimidad de su casa y no en un sitio público donde la gente piense que ha perdido la cabeza.

Katherine la abraza sintiendo que el nudo de alambre de espino que llevaba meses cortándole el pecho empieza a desaparecer. Sabe que fue tonta, por no decir inmadura, pero a la vez se siente orgullosa de haber dado el paso, de enfrentar la verdad y ser sincera con su mujer.

—Dios, Kate, no sabes lo feliz que estoy —Jodie sonríe y reparte besos cortos por el rostro de Katherine—. Tenemos que empezar a pensar en los nombres. ¿Si es niña, cómo la llamaremos? Hay que elegir cuál será su habitación, aunque yo quiero que esté cerca de la nuestra.

Jodie se pone de pie de un salto y empieza a caminar frente a la rubia mientras mueve las manos como una controladora aérea.

—Los muebles los puede hacer Parker —abre la boca, impresionada por su propia ocurrencia—. Así quedarían a medida y con los colores que elijamos.

La cocinera aplaude varias veces mientras Katherine la observa pensando si debe preocuparse.

—Creo que deberían ser neutros ¿no? —pregunta Jodie.

—¿El qué?

Su respuesta es bufar y chasquear los dedos frente a la empresaria.

—Los colores, Kate —se pone las manos en la cintura y los ojos en blanco—. ¿No has escuchado ni una palabra de lo que te he dicho?

Katherine Taylor convierte su mirada en un bloque macizo de hielo y se pone de pie. Le coloca los dedos en la barbilla y se la levanta un poco para que Jodie la mire a los ojos.

—Cariño, primero te tienes que quedar embarazada —intenta hablarle con suavidad—, y para eso necesitamos buscar una clínica, informarnos, comenzar un tratamiento...

Jodie hace un puchero a la vez que los ojos se le humedecen. Katherine se pregunta cómo será cuando esté embarazada.

—Vale —otro mohín acompaña la respuesta.

—Vamos a ser mamás —Katherine sonríe y a ella también se le empañan los ojos.

—Una pequeña Taylor —dice Jodie, y la empresaria se tensa porque recuerda a Caroline de niña y los dolores de cabeza que le dio—. Igualita a ti.

—O a ti —la besa—. A mamá Jodie.

—La que la protegerá de los regaños de mamá Kate.

Ambas sueltan una carcajada que no ayuda a disipar los nervios, pero sí a sentirse un poco mejor.

El abrazo dura una eternidad y cada una en su mente rememora recuerdos de un pasado que ahora parece muy lejano.

Jodie y el enamoramiento por su jefa, esa rubia despampanante que parecía de hielo.

Katherine cuando Jodie empezó a mostrar celos y se enfadaba con la presencia de Annie, haciendo que su mejor amiga se comportara como una zorra y la hiciera rabiar.

De eso ya ha pasado mucho tiempo y lo que han construido —con sus buenos y malos momentos— para ellas es perfecto.

—Te quiero, Kate.

—Y yo a ti, cariño.