Capítulo 14
—¿Está bien, señorita Porter? —pregunta un hombre de barba poblada que la mira con curiosidad porque de las tres preguntas que le ha hecho solo ha contestado una y mal.
Lily está en la oficina de registros de la zona norte de la ciudad donde todo el mundo la conoce porque lleva años acudiendo a la misma, sentándose en la mesa siete a las ocho de la mañana.
Hoy es jueves —porque ese día hay menos gente según su experiencia—.
Han pasado un par de días desde el encuentro que tuvo con Pontia y está tan desconcertada que no deja de cometer errores.
—Sí, estoy bien —se ajusta las gafas y enfoca al hombre frente a ella—. ¿Qué documento necesitas?
El trabajador tuerce el gesto.
—Ya me los ha entregado todos, le preguntaba si la firma se llevará a cabo con los nuevos propietarios o usted hará de representante.
—Con los propietarios —contesta unos segundos después, aturdida, porque ha tenido que pensarlo bien dado que no se acordaba.
No funciona de esa manera: Lily Porter necesita tener todo controlado para que sus nervios y sus manías también lo estén.
No como ahora que se despide del trabajador y al levantarse mueve la silla tres veces antes de colocarla en su sitio al igual que abre y cierra su maletín mientras parpadea varias veces.
Ayer por la mañana le sirvió a Kitty los huevos revueltos que se había preparado y en su propio plato puso la latita de salmón.
No entendía por qué su gata la miraba enfurruñada hasta que se llevó el tenedor a la boca y sintió el sabor salado de ese veneno que ama su mascota.
También olvidó regar las plantas y ventiló su casa tan solo por diez minutos, no los dieciséis que tiene estipulados porque se confundió al elegir la alarma que tiene programada.
Todo ha sido un caos para la agente, pero lo que más la tiene fuera de su elemento es la eterna humedad entre sus piernas y ese cosquilleo en el vientre que no la deja pensar, por lo que esa mañana, sin buscarlo, encontró una forma eficaz de detenerlo, pero ahora sus bragas cada vez están más mojadas.
—Joder —dijo mientras el agua de la ducha le caía en la espalda y la espuma de jabón adornaba sus pechos.
Tenía los pezones tan erectos que le dolían y cuando bajó la mano para lavar su sexo, la sacudida la hizo tambalearse.
Apretó las yemas contra el botón hinchado, justo como lo había hecho Pontia la tarde anterior y esos mismos dedos siguieron el camino hasta su abertura que la esperaba deseosa.
Le bastaron unos pocos movimientos para correrse mientras intentaba mantener el equilibrio con la mano libre sobre los azulejos y con unos gemidos tan altos que temía que algún vecino la oyera.
Lily sabía bien que era el sexo porque aunque no lo hubiera practicado y fuera una mujer inocente no significaba que fuera una ignorante, pero nunca se había masturbado.
No había sentido jamás ese deseo hasta que Pontia Taylor entró en su vida y la excitación se fue acumulando en su vientre.
Y tras conocer de primera mano lo que era un orgasmo —cuatro si los contaba— se dio cuenta de que había descubierto algo extraordinario y si era la chica de ojos chocolate quien se los provocaba, eran el triple de intensos que buscarlos ella sola.
Llega a su despacho pasadas las diez de la mañana y agradece no tener ninguna visita programada ese día porque no cree que su mente esté preparada para mostrar una propiedad con profesionalidad.
Ordena los bolígrafos sobre la mesa, alinea el taco de hojas de la izquierda y se sienta en su silla, tan erguida que le duele la espalda.
El teléfono suena sobresaltándola y se obliga a mantenerse serena mientras busca en su maletín el aparato, pero sus constantes se disparan cuando ve el nombre de la chica Taylor en su pantalla.
—Lily Porter al habla —responde de forma mecánica con el pulso estallando en su garganta.
—Hola, Lily. —La voz de Pontia suena casi como siempre, aunque hay un deje de inseguridad apenas perceptible—. ¿Cómo estás?
La agente se aclara la garganta y baja la mirada hacia su pantalón porque nota cómo la excitación se dispara al escuchar esa voz.
—Bien, ¿tú cómo estás?
Pontia quiere resoplar, pero se detiene porque sabe que la mujer al otro lado del teléfono no es como el resto de las personas a las que conoce y ella como terapeuta ha tratado a varias con un nivel de hermetismo y TOC mucho más severos que los de Lily.
—No sé nada de ti desde la otra noche y me he preocupado —dice Pontia—. Solo quería saber si te pasaba algo o si he hecho algo que te molestara.
Lily abre y cierra la mano que tiene desocupada mientras se muerde los labios una y otra vez.
Cuando Pontia abandonó su casa, fue el momento de ponerse en marcha.
Cambió las sábanas en las que acabaron tumbadas, aspiró el sofá, abrió las ventanas porque le parecía que había un olor a sudor mezclado con otra cosa que ella nunca había olido y luego se duchó.
Se sentía ligera, con una sensación agradable de felicidad y euforia, pero de repente llegaron los miedos.
Su rutina no incluía citas con una mujer, besos desordenados y coitos —follar, Lily, follar— sin marcarlos en la agenda.
Tampoco sentir lo que estaba experimentando porque la rubia no llevaba ni una hora fuera y ella ya la extrañaba.
Entonces decidió poner su mundo en orden otra vez y eso incluía sacar a Pontia de la ecuación.
No contestó sus llamadas ni sus mensajes, no lo hizo por maldad, lo hizo por necesidad aunque para su desgracia, no había funcionado, todo lo contrario, estaba más perdida y desorientada que antes.
—Me encuentro confundida —Lily no puede evitar ser sincera, como es habitual—, y me gustaría analizar los motivos.
Pontia se queda en silencio un instante pensando qué contestar a eso.
—¿Y qué necesitas para hacer ese análisis? —la duda está presente en su voz.
La agente no tiene ni que pensarlo.
—Una lista de pros y de contras de verme contigo y follar —se felicita mentalmente por usar la palabra adecuada—. Es beneficioso para mi cuerpo, pero no tanto para mi mente y tengo que elegir, tomar una decisión acertada.
Eso Pontia no se lo esperaba sobre todo después de acostarse con ella porque pensaba que era el paso más complicado y cuando se dio cuenta de lo mucho que Lily disfrutaba del encuentro, sintió que habían superado la fase difícil.
—Vale —acepta la rubia con resignación—. ¿Me llamarás cuando tomes esa decisión?
Lily mueve el ratón y teclea para abrir su calendario en el ordenador.
—Claro, estimo que podré comunicarme contigo el martes de la semana que viene. Ese día solo tengo una visita por la tarde —asiente satisfecha—. Este tipo de análisis suelen tomarme unos cinco días.
Pontia tiene los ojos muy abiertos y agradece no estar frente a la mujer.
—De acuerdo. —Hace una pausa y suelta un suspiro—. Por si te ayuda a decidir, para mi cuerpo y mi mente sí es beneficioso verte. No solo tener sexo, me gusta hablar contigo, ver películas en el sofá y conocerte más.
A Lily se le acelera el corazón y se le entrecorta la respiración.
Abre y cierra tres veces el cajón lateral de su mesa mientras busca algo de calma.
Ese tipo de frases la empujan a aceptar que aunque todo lo que siente por Pontia la convierte en un ser torpe y desordenado, vale infinitamente la pena elegirla.
El problema es que ella no funciona así, necesita hacer sus listas, marcar en las columnas correctas qué es lo que es positivo para ella y qué debe descartar.
Es la única manera en la que se siente segura y por primera vez en toda su vida, se odia por eso porque le encantaría ser como los demás y tomar una decisión en ese momento.
—Gracias, Pontia, te haré saber mi respuesta pronto.
La agente cuelga el teléfono y de inmediato se pone de pie para abrir el archivador que tiene en la esquina y pasar los dedos por las carpetas organizadas en fila.
Las cuenta una a una sin perder la calma aunque al principio se equivoca varias veces, pero al pasar de los minutos siente cómo la respiración se le regula y el corazón late con normalidad.
Vuelve a su silla y decide que para tomar una decisión justa debe saber algunas cosas que ignora completamente porque jamás ha estado en una relación.
Recupera su móvil, busca en la agenda un nombre en concreto y piensa por un segundo si debe llamar sin tener ninguna cita concertada, pero luego recuerda que la mujer le dijo que podía comunicarse con ella cuando lo necesitara.
—Lily, ¿va todo bien?
La agente asiente como si estuviera frente a la empresaria.
—Buenos días, Katherine Taylor —saluda con educación—. Quería hacerte unas preguntas sobre las relaciones de pareja.
Katherine sabe que esa mujer nunca dejará de sorprenderla y justo cuando está a punto de contestarle tocan la puerta de su despacho.
—Ahora mismo tengo que entrar a una reunión, Lily, y mañana tengo el día muy complicado, pero pásate pasado mañana por el hotel y resolveré tus dudas.
La mujer vuelve a abrir la agenda.
—¿Estarás disponible a las diez? —inquiere la agente.
—Sí. —Katherine se levanta de su silla—. Nos vemos en un par de días.
Lily exhala con calma y aunque sigue sintiendo esa tensión insoportable en la nuca, saber que va a hablar con la dueña de los hoteles le da algo de alivio. Ella está casada con Jodie y sabrá muy bien cómo explicarle el funcionamiento correcto de una persona cuando le gusta la otra.
Termina de apuntar la cita en su agenda y decide concentrarse en su trabajo subiendo a su web las fotos de una propiedad nueva que tiene que vender.