Capítulo 13
—No tienes cita agendada —suelta Lily en cuanto ve que Pontia entra en su oficina cinco minutos antes de las seis de la tarde, cuando ella ya está recogiendo sus cosas para marcharse a casa.
La presencia de la chica Taylor ha sido inesperada, el corazón le ha dado un vuelco al verla y su mente ha colapsado, haciendo que sus manías aparezcan y su respuesta haya sido grosera.
Por suerte, Pontia ya empieza a conocerla y sus reacciones, en lugar de molestarle, le parecen adorables, pero no por eso va a dejar de fingir estar enfadada. Cierra la puerta y se cruza de brazos con expresión sombría, y Lily abre y cierra su libreta tres veces mientras la observa.
—¿Ser la chica a la que te gusta besar no me da ningún derecho?
—¿D-derecho? —Lily tartamudea, cada vez más nerviosa.
Pontia lleva un vestido de verano. Sus hombros están desnudos y su escote no es abultado, pero sí muy llamativo para ella, que ha visto la curva de sus pechos y la lengua se le ha pegado al paladar.
Eso por no hablar de sus piernas desnudas desde las rodillas hasta los pies, donde lleva unas sandalias blancas que, por algún motivo que Lily no puede explicarse, desea quitarle.
Divertida, la chica Taylor da unos pasos hacia ella, hasta colocarse al otro lado de su mesa, tan cerca que Lily huele su perfume, el mismo de la otra noche cuando se besaban en su sofá.
Baja la mirada y empieza a reordenar los bolígrafos junto a su teclado, ajustando cada elemento con cuidado porque concentrarse en ese tipo de tareas ayuda a que su mente se ordene.
—Lily… —dice Pontia.
—Me gusta besarte —responde ella de repente, levantando la mirada hasta encontrarse con esos ojos color chocolate que ya sabe que son su perdición.
—A mí también me gusta besarte, y ahora voy a rodear tu mesa —dice con un tono sensual que agita todo el cuerpo de la agente inmobiliaria—, y te voy a dar un beso porque eso es lo que hacen las parejas.
Lily gira la silla hacia el lado por el que Pontia se acerca, mirándola con los ojos muy abiertos y las manos agarradas al reposabrazos.
—¿Quieres que te bese? —Pontia se ha inclinado hacia ella, apoyando sus propias manos con delicadeza sobre las de Lily.
—Sí —responde con ansia.
Pontia le roza los labios, un beso muy suave que a Lily le sabe a poco. Quiere protestar, pero entonces nota la mano de Pontia deslizarse por su cuello hasta que la palma queda por debajo de su oreja, hacia la que la rubia acerca sus labios.
—Feliz cumpleaños, cariño —susurra, y Lily por poco da un respingo de emoción.
—Te has acordado… —dice entre aturdida y alterada.
—Claro que me he acordado; nada de lo que me dices se me olvida porque me interesa todo de ti —la vuelve a besar y, por un momento, la mente de Lily se apaga y solo reacciona cuando escucha su propio jadeo, que suena tan necesitado que le parece obsceno.
—Entonces —susurra Pontia en tono juguetón—, ¿qué hago? ¿Me voy porque no tengo cita o me quedo y cierras la oficina para que podamos ir a algún sitio más tranquilo?
—Te puedes quedar —Lily se ajusta las gafas mientras intenta recomponerse.
—¿Tienes planes para tu cumpleaños? —pregunta la terapeuta.
—No. Ya te lo dije, lo celebro con Kitty —responde mientras apaga el ordenador.
—¿Y estoy invitada a esa celebración o prefieres no alterar tu rutina?
Lily medita unos segundos. A su mente viene el recuerdo de su primera celebración con Kitty hace doce años, cuando era una gata juguetona de siete meses que acababa de adoptar.
Se sentó con su bol de palomitas como hacía siempre y Kitty saltó sobre ella de repente, metiendo las patas delanteras y la cabeza dentro del bol como si sus palomitas fueran las bolas de una piscina infantil.
Lily gritó asustada, pero cuando la gata corrió por el sofá para colocarse en un rincón y comerse la palomita que le había robado, le pareció muy divertido y, tras tener una charla con su gata y explicarle que no podía saltar así sobre su comida, esta se tumbó a su lado, mirándola como un perro hambriento a la espera de que Lily le diera un snack de la bolsita que trajo para ella.
—No creo que a Kitty le importe que te sientes a mi otro lado.
Pontia levanta una ceja, divertida.
—Genial.
Tres horas después, están en el sofá de Lily, han comido palomitas, helado y han visto una película junto a Kitty, que ha permanecido al lado izquierdo de su dueña con un ojo cerrado y el otro medio abierto.
—¿Eso es normal? —ha preguntado Pontia, pensando que al animal le había dado un pasmo.
—Sí, es por su enfermedad; a veces el ojo no se le cierra del todo, y otras se le desenfocan, como si sus pupilas bailaran —ha explicado Lily con naturalidad.
—Dios mío —a Pontia la ha atravesado un escalofrío mientras se preguntaba si podría acostumbrarse a esa mirada extraña de la gata.
Ahora Kitty ya no está; tras soltar un resoplido molesto cuando ellas han comenzado a besarse, ha saltado del sofá hasta una silla, y ahora está tumbada en una posición imposible, como si se hubiera desmayado.
Pontia ha decidido no preguntar más y, aunque quisiera, no podría porque hay una mano de Lily que se ha colocado en su rodilla y ahora sube por su muslo, haciendo que todo su cuerpo se tense por el deseo.
—Lily —susurra.
La mujer abre los ojos e intenta centrarse. Siente un burbujeo en el vientre que la tiene llena de ansiedad, jadeando contra la boca de Pontia mientras intenta entender por qué motivo tiene tantas ganas de tocarla de forma tan íntima.
—¿Qué? —responde contra sus labios.
—Quiero hacer el amor contigo si estás lista.
Nota una humedad repentina mojar su ropa interior y Lily, asustada, cierra las piernas de golpe. Su propia presión provoca un estallido necesitado en su clítoris y su cuerpo comienza a temblar con tanta necesidad que ni siquiera responde; solo afirma con la cabeza.
—¿Sí? —Pontia pregunta sin apartar sus labios de su boca, y Lily la abre y le mete la lengua cuando asiente.
El beso se intensifica y Pontia toma el control, sentándose a horcajadas sobre ella mientras le desabrocha la camisa despacio.
Cuando se la abre, rompe el beso y la mira, y por su sonrisa de satisfacción, Lily deduce que los conjuntos de ropa interior que Katherine la ayudó a elegir son totalmente acertados.
—Eres jodidamente sexy, ¿sabes?
Lily no puede más: el tono bajo y sensual de Pontia y ese fuego de su mirada que le va quemando la piel es lo que termina de encenderla, dándole el valor que le faltaba para hacer todo lo que lleva rato conteniendo.
Sus manos se enganchan al borde de la falda del vestido y tiran hacia arriba.
Pontia se lo pone muy fácil, se apoya en las rodillas y deja que se lo suba mientras ella misma se baja la cremallera lateral y termina de quitárselo por la cabeza.
No se detiene ahí; cuando ve la mirada de pupilas dilatadas de Lily, se desabrocha el sujetador y libera sus pechos, provocando un jadeo ahogado en la mujer.
—Yo también quiero verte a ti —susurra Pontia, y Lily no pone ninguna objeción cuando se levanta y tira de ella para que se ponga de pie, quitándole la camisa y los pantalones, observándola un segundo con la misma mirada encendida de antes—. ¿Estás bien?
Lily asiente con las manos temblando y las rodillas flojas, sintiendo que la corriente le vibra por el cuerpo cuando Pontia le pasa las manos por los costados antes de llegar a su sujetador y quitárselo.
La última prenda que abandona su cuerpo son sus bragas y, para su sorpresa, Lily descubre que no le da vergüenza estar desnuda delante de Pontia; le gusta estar así y ver cómo la mira mientras su respiración se va acelerando.
Durante unos segundos, Pontia titubea porque no sabe qué hacer.
Lo que le pide el cuerpo es lanzarse sobre esta mujer y devorarla y follarla de todas las formas posibles, pero es muy consciente de que es la primera vez para Lily, y quiere que la recuerde como algo perfecto; así que, durante minutos que a ella se le hacen eternos y a la anfitriona desesperantes, le besa cada rincón del cuerpo con ternura.
Empieza debajo de su oreja y va bajando, viendo cómo la piel de Lily se va erizando allá por donde pasa mientras siente sus manos inquietas sobre la espalda.
Cuando llega a su vientre, Lily está tan necesitada que tiembla de la cabeza a los pies, pero Pontia quiere seguir deleitándose con esas reacciones; así que baja hasta sus pies y empieza por ahí, subiendo por sus piernas hasta que llega a la cara interna de sus muslos.
Levanta un poco la cabeza para mirarla. Lily está roja, sudando y con los labios temblando, y entonces le pasa una mano por detrás de la rodilla y le dobla primero una pierna y después la otra, abriéndola para colocarse entre ellas.
—Creo que estás más que lista —murmura, pasando un dedo por su abertura, que encuentra caliente y empapada.
Lily da un pequeño respingo porque no ha sabido cómo controlar la brutal sensación de placer que acaba de sentir, pero Pontia no se asusta, le besa el muslo y baja, pasando la lengua plana tras separar sus labios con los dedos.
—¿Bien? —pregunta cuando Lily se tensa por completo.
—S-sí —tartamudea, y a Pontia le parece rematadamente sexy.
—¿Sigo? —la provoca.
—Por favor.
Esas palabras son las últimas que Pontia escucha, aunque Lily murmura unas cuantas que no entiende porque se mezclan con los suspiros continuados de la mujer, que mueve las caderas contra la boca de Pontia cada vez más rápido, buscando algo que intuye que la arrasará en cuanto llegue.
—No pares —jadea de pronto, cuando Pontia se separa un poco porque necesita asegurarse de que está bien.
—Ni loca —susurra, y sus labios atrapan su clítoris, sorbiéndolo mientras lo presiona con la lengua y pasa un dedo por la entrada, insinuando la punta hacia dentro.
—¿Quieres que…?
Lily levanta la cabeza del cojín y asiente con violencia, y cuando Pontia la penetra con un dedo y vuelve a trazar círculos en su clítoris, su espalda se arquea de golpe, los músculos se le tensan y su cuerpo se diluye en un orgasmo tan intenso que sus gemidos se convierten en un grito gutural que hace que Pontia se corra al escucharla.
—¿Qué tal? —pregunta Pontia minutos después, cuando la respiración de Lily se ha normalizado y la mujer al fin se gira para mirarla.
La terapeuta se ha tumbado a su lado mientras se recuperaba y se ha deleitado observando cómo sus mejillas volvían a un color normal y sus dedos, cerrados con fuerza contra un cojín, se iban aflojando.
—Es mi mejor cumpleaños —dice Lily con voz ronca.
—Me alegro, aunque todavía podemos hacer que mejore un poco más —susurra Pontia, atrapando la enorme sonrisa de Lily con un beso.