Capítulo 12
—Kate, no te he mentido —Jodie mete una de sus chaquetas de cocinera en una bolsa con más fuerza de la necesaria. —Ocultarme que querías ser madre es casi como mentirme.
Katherine se lleva la mano a la melena que aún no ha tenido tiempo de peinar porque prácticamente desde que salieron de la cama han estado discutiendo.
La empresaria sabe que está alargando el tema más de lo que debería, pero está tan nerviosa que no puede evitarlo.
Esa mañana ha buscado a su mujer nada más abrir los ojos porque ha tenido un sueño muy húmedo que la ha hecho despertarse bastante cachonda.
Han pasado de tener el mejor sexo del mundo al menos tres veces por semana a hacerlo de vez en cuando y de una manera tan mecánica que, sin llegar a ser insatisfactorio, no se siente del todo llena, pero Jodie la ha rechazado con un «no me apetece ahora mismo, además tengo que entrar pronto al Magnolis».
Eso ha hecho que Katherine estallara y le echara la culpa a toda esa idea de tener un hijo, porque estaban bien, eran un matrimonio perfecto hasta que Jodie quiso dar un paso que a ella le aterroriza.
—No te lo he ocultado, Katherine —su nombre completo en la boca de Jodie le duele casi tanto como un puñetazo—.
Nunca lo hablamos antes de casarnos, pero de repente llegaron las ganas y…
—Tener un bebé no es ir a por un helado porque te llegan las ganas, Jodie —la voz le sale dura, como nunca le ha hablado a su mujer—.
Es una responsabilidad que no estoy segura de querer tener. ¿Y si no sirvo para eso?
Jodie detiene lo que está haciendo y da varios pasos hasta la rubia. Sus ojos azules están opacos, pero no es rabia lo que ella ve: es miedo, desconcierto y algo que no puede controlar. Levanta ambas manos y le coge la cara.
—Cariño, eres una mujer alucinante —sus dedos acarician la piel fina de su rostro—. Inteligente, capaz de dirigir dos hoteles, ocuparte de tu padre y ser el pilar de tus hermanas, ¿cómo se te ocurre pensar que serías una mala madre?
Katherine se pierde en las caricias de su mujer, en el tono bajo de su voz y en esa forma de mirarla que la cautivó hace mucho tiempo.
El cuerpo le tiembla por dentro porque la verdad es que está aterrada, no solo de hacerlo mal, sino de fallarle a Jodie o no dar lo suficiente para que su familia esté a salvo.
Y como le cuesta tanto verbalizarlo, su reacción es convertirse en la Taylor que siempre ha sido, la más arisca y la más fría, incluso con la única mujer que sabe cómo dominarla.
—Ese no es el punto —Katherine se aleja de las manos de Jodie y endurece la mirada—. Tenías que habérmelo dicho.
La cocinera arruga la frente y niega con la cabeza.
—Basta ya, Katherine —chasquea la lengua porque detesta discutir con ella—. Olvida el tema, ya está —comprueba su reloj de pulsera—. Llego tarde a la reunión con el personal de cocina.
Se acerca a su mujer y le da un beso fugaz en los labios porque Jodie Sinclair puede estar rabiando por dentro, pero jamás sale de casa sin despedirse de Katherine ni besarla.
La rubia no dice nada, solo la mira mientras se marcha y escucha cómo se sube a su coche.
Se muerde los labios; el pequeño vehículo pasa más tiempo en el garaje que circulando por las calles de Nueva York porque Katherine se niega a que su mujer conduzca, sobre todo cuando sale del Magnolis, agotada de dirigir la cocina y coordinar los turnos del personal, pero desde que discuten sobre un bebé que ni siquiera existe, la empresaria ha estado dispersa.
Duerme mal, sale más tarde de lo habitual y no es capaz de darle a Jodie lo que hasta ahora le ha ofrecido.
Justamente por eso se pregunta cómo lo hará con un niño mientras dirige dos hoteles y mantiene a su mujer contenta.
—¿Estás bien? —pregunta Mike unos minutos después de que su jefa y amiga se suba al coche. No ha dicho ni una palabra —lo habitual—, pero el gesto le dice que algo pasa.
Katherine sigue con los ojos clavados en su ventanilla.
—No —escupe con el cuerpo tenso—, pero no tengo ganas de hablar del tema.
Mike gira por una de las calles y enciende la radio a un volumen bajo. Conoce lo suficiente a esta Taylor como para no agobiarla a que le cuente algo que quizá quiere mantener en privado.
Media hora después, la SUV se detiene en la acera frente al portal donde vive su hermana Caroline. Ha quedado con ella y con Pontia para desayunar porque últimamente se ven muy poco. Sus negocios con Indira se han expandido por América del Sur y, entre tanto viaje, apenas han hablado.
—Joder, ¿qué ha pasado? —la recibe Caroline cuando abre la puerta y nota el gesto de su hermana más adusto de lo normal.
Katherine atraviesa el salón sin contestar y Caroline pone los ojos en blanco mientras camina detrás de ella.
—Primero ponme un café —pide mientras se sienta—, y vamos a esperar a tu hermana porque no quiero repetirme.
—Sí, señora Taylor —se mofa la dueña de los cruceros y se gira para ir a la cocina.
Apenas unos minutos después, el timbre anuncia la llegada de una nueva rubia y Caroline se levanta a abrirle.
Pontia le besa la mejilla y pasa a su lado como si huyera de un asesino en serie. Se planta muy cerca de su casi gemela y se pone las manos en las caderas.
—¿Sabías que Lily había contratado a una prostituta para que le enseñara a follar?
Caroline abre la boca y Katherine la mira con sus ojos envueltos en hielo.
—Estás invadiendo mi espacio personal —escupe la dueña del hotel.
—¿Qué coño me estoy perdiendo? —interrumpe Caroline el duelo de miradas de sus hermanas.
Pontia se gira mientras señala a la dueña del hotel Mallois.
—Tu hermana me ha ocultado que Lily ha contratado los servicios sexuales de una mujer para ganar experiencia —Katherine se lleva la taza de café a los labios como si el tema no fuera con ella.
—¿Lily Porter? —Caroline no sale de su asombro.
Katherine suelta un resoplido de cansancio.
—Nuestra querida agente inmobiliaria está coladita por esta —la señala con desdén—, y como quiere que todo sea perfecto, se ha ido a un club de lujo para que alguien la instruya.
Caroline aún no ha cerrado la boca.
—¿Y me lo has ocultado? —le recrimina Pontia, y Katherine no puede evitar pensar en el paralelismo con la discusión que ha tenido esa mañana en casa.
—Lily acudió a mí y no iba a traicionar su confianza.
—Soy tu hermana —la señala Pontia—. ¿Eso no me da ninguna ventaja?
—A ver, vamos a calmarnos —decide intervenir Caroline porque sabe bien que la respuesta de Katherine será alguna bofetada hiriente bastante digna de ella. Clava su mirada en Pontia—. ¿Estás saliendo con Lily?
La terapeuta compone una sonrisa pequeña y se deja caer en el sofá.
—Sí, de hecho ayer tuvimos nuestra primera cita.
Katherine quiere preguntar qué tal le fue porque se muere de curiosidad, pero prefiere quedarse con la intriga antes de mostrar interés. Por fortuna, Caroline hace las preguntas adecuadas.
—Dios, esto sí que no me lo esperaba —solo le faltan las palomitas—. ¿Qué tal ha ido?
—Mejor de lo que había pensado —Pontia vuelve a sonreír—. Es inexperta, pero todo lo que hace se le da muy bien. Vamos despacio porque, aunque yo quisiera… ya sabes, ir más rápido, Lily no es como las demás.
Caroline se muerde la lengua para no contestarle que decir que Lily no es como las demás es un eufemismo de los grandes.
Ella —que conoce a muchísima gente por sus empresas además de por ser una Taylor— jamás se ha encontrado con un perfil como el de la agente inmobiliaria.
Sabe que es una mujer inteligente y sobre todo muy diligente, pero Caroline llegó a pensar que Lily no era humana.
Pontia explica durante unos minutos lo que le contó Lily sobre Rosa Pérez. Hay momentos en que Caroline estalla de la risa porque no deja de estar impresionada ante la genialidad de la mujer. Katherine apenas participa, sin entusiasmo, como si estuviera muerta por dentro.
—¿Nos vas a decir lo que te pasa? —la rubia da un respingo cuando Caroline le pone la mano en el muslo.
No tiene ni que pensarlo para contestar porque de una manera u otra necesita soltar lo que le asfixia. Apenas lo ha hablado con Pontia y Annie, pero eso no es suficiente y su hermana Caroline no sabe nada.
—Jodie quiere ser madre y me lo ha ocultado.
La dueña de los cruceros frunce el ceño.
—¿Cómo que te lo ha ocultado?
Katherine le cuenta desde el momento en que comenzó todo y cómo se enteró del deseo de su mujer por tener un bebé. Caroline la escucha con atención, pero su gesto se va contrariando a medida que su hermana lo explica.
—Espera, ¿aún no has hablado con ella? —interrumpe Pontia, porque no puede creer el nivel de estupidez de su hermana. Se gira a mirar a Caroline—. Hace días nos contó a Annie y a mí que llevaba un mes dándole largas a Jodie con este tema —vuelve a enfocar a Katherine—. ¿Por qué tienes tanto miedo?
Katherine endurece la mirada, pero sus ojos se mueven nerviosos y a Pontia se le cierra el pecho. Es la primera vez que ve esa angustia en ella.
—Yo no estoy…
Pontia le coge una mano y la reacción de Katherine es tensarse, pero al final logra relajarse porque sus dos hermanas la miran como si no hubiera nada más importante en el mundo para ellas que ayudarla.
—Estoy acojonada —suelta al fin, y se lleva la mano libre a la cara—. Nunca… joder, nunca me había planteado ser madre y no estoy segura de poder serlo.
—Claro que da miedo, Kate, pero si de verdad quieres formar una familia con Jodie, entonces ese miedo lo enfrentáis juntas. ¿Quieres cargar a una pequeña Taylor entre tus manos? —pregunta Caroline, que está segura de que ese bebé inexistente será una niña.
Katherine sonríe, sorprendiendo a las dos mujeres.
—Quiero —contesta con voz firme.
Caroline se levanta dando un grito que la hace saltar del sofá y se abalanza sobre la futura madre.
—Será preciosa —dice abrazándola con fuerza, y Pontia se limpia los ojos húmedos al ver la escena.
—No vayas tan rápido —Katherine intenta quitársela de encima.
—Ahora tienes que hablar con Jodie —sigue Caroline, aún abrazándola.
—Y disculparte con ella —apunta Pontia.
Katherine tuerce el gesto, pero por dentro sabe que su hermana tiene razón. Su corazón palpita con fuerza; jamás lo pensó, pero pronto una nueva persona habitará su casa y espera que sea idéntica a su mujer.