Capítulo 11
—Hola, Pontia Taylor —saluda Lily en cuanto abre la puerta, justo antes de chasquear la lengua por no haber logrado usar solo su nombre.
Lleva dos horas mentalizándose de que este momento iba a llegar, de que podría controlarlo y sonar informal cuando la viera, pero cuando ha escuchado el timbre, a Lily le ha dado un vuelco el corazón, ha recordado lo que ha sentido cuando Pontia la ha besado y su mente se ha quedado en blanco.
—Hola, Lily —responde la chica Taylor, dando un paso hacia delante para situarse justo frente a ella—. ¿Te puedo dar un beso?
El tono susurrado hace que a la anfitriona se le escape el aliento cuando asiente. Pontia sonríe y que lo haga contra su boca es algo que Lily desearía que se repitiera todos los días.
Pontia se hace a un lado y ella cierra la puerta, moviendo el pomo tres veces porque necesita calmar sus nervios.
Al parecer, todas las medidas que ha tomado para prepararse no han servido para nada, y Lily se ha maldecido por haber improvisado de este modo.
Ella puede controlar sus manías cuando controla las situaciones, pero esta cita con Pontia no estaba en su agenda, así que no ha podido prepararse como quería.
Para empezar, quería tener otra sesión con Rosa antes de los tocamientos, pero se ha tenido que conformar con una llamada —también fuera de su agenda, que le ha provocado picores en el cuello— donde Rosa, después de aceptar atenderla, le ha explicado con mucha paciencia y detalle cómo debía tocarla.
Lily ha tomado muchas notas; tiene casi tres hojas llenas marcadas con un pósit de color rojo porque Rosa le ha dicho que es el color de la pasión. Lo único que tiene claro es que cuando llegue el momento, debe tener tacto, empezar despacio y asegurarse de que Pontia está preparada.
—¿Preparada cómo? —ha preguntado Lily, subiéndose las gafas con un dedo mientras golpeaba la libreta con el bolígrafo de forma constante.
—Ya sabes, húmeda.
—¿Espero a que esté sudando?
Rosa ha suspirado y Lily se ha quedado a medias con el bolígrafo preparado para escribir.
—No; bueno, si suda es buena señal, pero me refiero ahí abajo, a su raja —Rosa siempre ha sido una mujer sin problemas para hablar de sexo, de lo contrario no podría dedicarse a lo que se dedica, pero hablar con Lily de ello le ha supuesto uno de los mayores retos de su vida—, no sé cómo llamas tú a tu coño, Lily.
—No lo llamo, siempre está conmigo —Lily ha soltado una risita porque se ha dado cuenta de que ha hecho una broma sin querer, algo poco habitual en ella—, aunque nos podemos referir a él como la flor.
—Lily, cielo, no puedes estar foll… practicando el coito con una mujer y hablarle de su flor; le vas a cortar el rollo por completo.
Lily ha fruncido el ceño, pero ha tomado nota y ha decidido que tiene razón.
La conversación ha durado casi una hora y, cuando ha colgado, ha sentido que estaba lista, que podía ser tan fácil como los besos —y placentero y emocionante— pero ahora que Pontia está ahí, Lily no sabe qué debe hacer a continuación.
—¿Quieres ir a la cama? —pregunta de repente.
Pontia abre mucho los ojos y su sonrisa se curva ligeramente cuando se da cuenta de que Lily está mirando al suelo y que no deja de retorcer las manos, apoyadas contra su vientre. Se acerca despacio y se las coge con delicadeza.
—No tenemos que ir a la cama, Lily, aunque me encantaría, pero esto es una cita para que nos conozcamos mejor, y quiero que estés relajada, así que deja de pensar en eso como si fuera algo obligatorio.
—¿No lo es? —Lily levanta la mirada de golpe—. Según mis investigaciones es el siguiente paso lógico después de los besos y algunos tocamientos.
Pontia no puede evitar soltar una carcajada, pero es amable y está muy lejos de ofender a Lily.
—Tus investigaciones no están del todo bien, Lily. Que nos hayamos besado no significa que tengamos que acostarnos de inmediato. Hay gente que sí lo hace; otros tardan días, semanas o meses; tú y yo lo haremos cuando llegue el momento y siempre que estés lista, así que tranquilízate, ¿de acuerdo?
Lily suspira, aunque no está muy segura de que ella quiera esperar mucho.
—Entonces, ¿quieres que cenemos ya? —pregunta, mirando hacia la cocina.
—Si tienes hambre, sí. He traído vino —Lily mira la botella en su mano como si fuera una pistola—, pero si no te gusta podemos beber agua.
—El agua es sana; el vino aturde la mente y yo necesito estar concentrada.
—Claro —Pontia vuelve a sonreír—. Dejaremos el vino para otro momento. ¿Dónde está Kitty?
—En su cesta de la habitación; todavía no se siente bien del todo y está descansando. Aunque sus deposiciones han mejorado desde esta mañana, ahora son más espesas.
—Oh, vaya, me alegro por Kitty. ¿Puedo verla?
Lily parece dudar porque nadie que haya visto a su gata una vez quiere verla una segunda, pero entonces recuerda que Pontia es la única persona a la que su gata no le ha bufado.
—Claro, pero no hagamos ruido para no despertarla.
La mujer la guía por el pasillo y Pontia no puede evitar fijarse en las curvas de su trasero, preguntándose cómo es posible que esta mujer haya ocultado ese cuerpo al mundo durante tanto tiempo.
Lily empuja la puerta de su habitación como si en lugar de una gata, dentro estuviera durmiendo su bebé.
A Pontia la enternece hasta tal punto que por un segundo llega a preguntarse si ella sería una buena madre.
La sigue al interior; la habitación está en penumbra y la cesta de Kitty, bajo la ventana.
Pontia tarda unos segundos en moverse, porque el olor en la habitación, un toque sutil de ambientador que huele a flores silvestres, la hace suspirar y querer quedarse ahí.
Se acerca a la gata, que duerme enroscada con una placidez que ella logra pocas veces y, cuando abre los ojos y la mira, Pontia se queda muy quieta.
—Hola, Kitty —susurra—, lo siento, no quería despertarte.
La gata parpadea y sus párpados caen hasta convertirse en dos rendijas; Pontia siente que la gata le está perdonando la vida en ese momento, así que empieza a retroceder hacia la puerta.
Lily se queda ahí unos segundos, no por hacerle compañía a su mascota, sino porque no deja de sorprenderle que no le bufé cuando es una reacción instintiva de su gata ante cualquiera que no sea ella.
—A Kitty le gustas —dice mientras caminan hacia la cocina.
—¿En serio?
Lily asiente para confirmarlo.
—¿Y a ti? ¿También te gusto? —pregunta con una sonrisa coqueta.
La agente inmobiliaria vuelve a asentir sin atreverse a mirarla.
—Es genial, porque tú también me gustas mucho.
Al escucharla, Lily se detiene frente a la puerta de la cocina y abre y cierra las manos tres veces mientras cuenta, intentando calmarse.
—Háblame de ti —pide Pontia cuando al fin se sientan a cenar.
—No tengo mucho que contar —empieza Lily—, mi vida es muy ordenada como ya has comprobado. No tengo amigas, así que no salgo ni hago cosas de las que… —frunce el ceño, pensativa—, de las que se hacen con amigas.
Pontia traga saliva y algo se le encoge en el pecho cuando comprende lo solitaria que es la vida de Lily.
—Pues todas las mujeres del mundo se lo pierden, porque a mí me encantaría ser tu amiga.
—¿Somos amigas entonces?
Pontia juguetea con el tenedor un segundo, removiendo la pasta de forma lenta mientras Lily la observa embelesada.
—Yo no quiero ser tu amiga, Lily; quiero que seamos otra cosa.
—Para que podamos seguir besándonos y practicar el coito —Lily no pregunta, habla como si fuera un hecho, pero Pontia no puede evitar reírse.
—Sexo, Lily, es mejor que coito.
La mujer levanta la mirada y Pontia entiende que necesita una explicación.
—Coito es una palabra digamos que demasiado formal.
Está muy bien que la utilices cuando hables con alguien a quien apenas conoces, porque es educado y no suena grosero, pero con alguien que te gusta, es decir, yo —se señala orgullosa—, puedes usar sexo.
Es más sucio, más sexy —Lily tiene la boca seca—, y más excitante.
El carraspeo de Lily sumado al color casi morado de sus mejillas le deja claro a Pontia que ha logrado su objetivo.
—Sexo —murmura Lily.
—O follar; esa es incluso mejor.
Lily recuerda entonces las palabras de Rosa y se maldice por haber usado coito cuando ya le había dicho que no era muy apropiado, pero está orgullosa de haberla contratado, porque es evidente que sabe de lo que habla.
—Follar —susurra Lily, preguntándose si será apropiado levantarse para coger su libreta y anotarlo.
—Exacto. Venga, cuéntame algo más, ¿cuándo es tu cumpleaños?
—El treinta de junio —responde concentrada.
—Eso es dentro de muy poco, Lily.
Ella asiente sin más.
—El de Kitty es el quince de agosto; siempre lo celebramos con una latita de atún. A Kitty le encanta, pero no puede comerlo a menudo porque el aceite no es bueno para ella, así que lo dejamos para ocasiones especiales.
—Eres la mejor dueña que Kitty podría haber tenido. ¿Cómo te gusta celebrarlo a ti?
—¿Mi cumpleaños? Kitty y yo nos sentamos en el sofá a ver una película con palomitas y después me como una tarrina de helado de chocolate con pepitas de fresa.
Es mi favorito. Me como una cucharada por cada año que cumplo.
Esta vez tocarán cuarenta; cuando cumpla ochenta moriré de un subidón de azúcar.
—Es una bonita forma de celebrarlo, Lily. A mí también me gusta mucho el helado de chocolate con pepitas de fresa.
—¿En serio? —Lily la mira ilusionada y Pontia asiente, a pesar de que no lo ha probado, pero piensa hacerlo algún día, a ser posible con ella.
Siguen charlando un rato más sobre sus gustos y las cosas que a Lily le gustaría hacer y todavía no ha tenido ocasión —o alguien con quien hacerlo— como patinar sobre hielo en Navidad o saltar en paracaídas, siempre y cuando la dejen desinfectar el suyo antes de ponerse el arnés.
—¿Ha sido grosero no querer vino? —pregunta Lily de repente, cuando acaban de sentarse en el sofá.
—No, no lo ha sido; además, tenías razón: el vino te embota la cabeza, y yo también quiero estar muy despejada porque me gustas mucho y necesito autocontrol para no lanzarme sobre ti.
El aire escapa de los pulmones de Lily cuando Pontia se mueve, pegándose a ella hasta que sus muslos se tocan.
—¿Te parece bien si nos besamos otra vez?
—Tengo muchas ganas; he pensado en ese beso todo el día —confiesa Lily con su sinceridad desmedida.
Pontia se acerca un poco más, le pone una mano en la espalda, la otra bajo la barbilla y empieza un beso suave y exploratorio que la propia Lily —con sus recientemente adquiridos conocimientos— profundiza sin pensarlo porque nada le parece suficiente con Pontia.
La chica Taylor se controla. Si la cita fuera con cualquier otra mujer y hubiera ido así de bien, lo más probable es que ya la tuviera desnuda y estuviera enterrando la cara entre sus muslos, pero Lily Porter no es una mujer cualquiera, así que Pontia se esfuerza por detener esa necesidad que la empuja de forma constante a llegar hasta el final.
Un jadeo de Lily contra su boca hace que su cuerpo entero se estremezca y la ansiedad le palpite entre las piernas. Decide tantear, probar si pueden tener algo más que besos y, cuando su mano sube de la rodilla de Lily hasta su muslo, sonríe ante el gemido sexy que escapa de la boca de la mujer.
Decide moverse un poco más, subir esa mano por su pierna con la intención de quedarse muy cerca de donde Lily más la necesita sin saberlo, pero cuando la agente inmobiliaria nota la corriente que estalla entre sus piernas con el roce de esos dedos tan cerca de su coño —porque de esto sí se acuerda y ha decidido que flor tampoco sirve— da un respingo y su mano se cierra de forma automática sobre la de Pontia, deteniendo su avance.
—Perdona —susurra Pontia, tragando saliva angustiada ante la idea de haber ido demasiado rápido.
—No es eso —dice Lily—, es que no he recibido instrucciones sobre qué hacer si me tocas.
Lily comprende ahora que su plan tenía un gran fallo. No ha dejado que Rosa la tocara y ahora no sabe cómo gestionar todo ese gustito que está experimentando.
—¿Instrucciones? —pregunta Pontia, confundida—. ¿Te refieres a tu libreta?
—No; ahí anoto mis búsquedas en internet y los consejos de Rosa Pérez.
—¿Quién es Rosa? —la chica Taylor está descolocada, y cachonda, pero eso último no importa ahora mismo.
—Es la prostituta a la que he contratado para que me enseñe a follar. Quiero que te guste.
Lily baja la mirada, sintiéndose avergonzada de repente ante la expresión de perplejidad de Pontia, cuyos ojos se han abierto como platos y las palabras se le han atascado en la garganta.
La terapeuta decide tomarse unos segundos para encajar la información que acaba de recibir, pero cuando ve el gesto abatido de Lily y comprende que todo lo ha hecho para complacerla a ella, le coge las dos manos entre las suyas.
—Lily —dice en voz baja, y la mujer levanta la mirada—.
En primer lugar, estoy segura de que no necesitas que nadie te enseñe a hacer eso; te aseguro que eres muy capaz y estoy convencida de que me encantará cualquier cosa que me hagas, pero si tienes dudas respecto a algo, puedes preguntarme a mí.
Yo te contaré todo lo que quieras saber y estaré encantada de mostrarte cómo hacerlo.
La mente de Lily hierve durante un segundo, y después asiente.
—Tiene sentido, sí. Entonces, ¿no estás enfadada?
—No; creo que es imposible que me enfade contigo.
—Entonces la llamaré mañana para despedirla —decide Lily convencida, poniéndose las gafas para ir a buscar su agenda y anotar la tarea.